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Lunes, 07 Abril 2025 12:03

Celebrando en Familia - Domingo de Ramos

El amor revelado
(Lucas 23:1-49))

Para los que no pueden participar en la misa, reunir algunas palmas. Después de la bendición, se pueden repartir entre todos los presentes. Las palmas son un recordatorio de que la historia de Jesús no termina en la muerte, sino en la vida.

Señal de la Cruz

En el nombre del Padre, del Hijo
y del Espíritu Santo.
Amén.

Preparémonos para escuchar la Palabra

Hemos sido llamados por Dios para ser la Iglesia, 
el Cuerpo de Cristo y el Reino de Dios 
en este mundo.
No somos un edificio, 
somos un pueblo reunido y edificado, 
en la Palabra de Dios 
en el amor de Cristo, 
y en la unidad del Espíritu Santo.
Durante la Cuaresma nos hemos estado 
preparando para la celebración de la Pascua 
con obras de amor y abnegación.
Hoy, en unión con toda la Iglesia, 
recordamos la entrada de Cristo en Jerusalén 
para culminar su obra salvadora como nuestro Mesías: 
sufrir, morir y resucitar.
Nosotros también entramos 
en esta semana santa 
damos la bienvenida a Cristo 
como nuestro Salvador.

Bendición de las Palmas

En el Imperio Romano, la gente usaba ramas de palma y otras plantas como señal de bienvenida y respeto cuando las personas importantes entraban en los pueblos y las ciudades. Los evangelios recuerdan que esto es lo que muchas personas en Jerusalén hicieron con Jesús.

Dios Todopoderoso,
escucha nuestras oraciones:
Derrama tu bendición sobre nosotros y sobre estas
palmas. Hoy aclamamos con gozo a Jesús nuestro
Mesías y Rey. Que podamos honrarlo todos los días
viviendo siempre en él, porque él es Señor por los
siglos de los siglos.
Amén.

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas

Lector 1: En Aquel tiempo, los ancianos del pueblo con los jefes de los sacerdotes y los escribas llevaron a Jesús en presencia de Pilato.
Y se pusieron a acusarlo, ‘Hemos encontrado que este anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que él es el Mesías rey’. Pilatos le preguntó: ‘¿Eres tú el rey de los judíos?’. Él le responde: ‘Tú lo dice’.
Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la gente: ‘No encuentro ninguna culpa en este hombre’. Pero ellos insistían con más fuerza, diciendo: ‘Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde que comenzó en Galilea hasta llegar aquí’. Pilato, al oírlo, preguntó si el hombre era galileo, y, al enterarse de que era de la jurisdicción de Herodes, que estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días, se lo remitió.
Lector 2: Herodes al ver a Jesús, se puso muy contento, pues hacía bastante tiempo que deseaba verlo, porque oía hablar de él y esperaba verle hacer algún milagro. Le hacía muchas preguntas con abundante verborrea; pero él no le contestaba nada.
Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándolo con ahínco. Herodes, con sus soldados, lo trató con desprecio y, después de burlarse de él, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilatos. Aquel mismo día se hicieron amigos entre sí
Herodes y Pilato, porque antes estaban enemistado.
Lector 3: Pilato, después de convocar a los sumos sacerdotes, a los magistrados y al pueblo, les dijo: ‘Me habéis traído a este hombre como agitador del pueblo; y resulta que yo lo he interrogado delante de vosotros y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas de que lo acusáis; pero tampoco Herodes, porque nos lo ha devuelto: ya veis que no ha hecho nada digno de muerte. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré’. Ellos vociferaron en masa:
‘¡Quita de en medio a ese! Suéltanos a Barrabás’. (Este había sido metido en la cárcel por una revuelta en la ciudad y un homicidio.)
Lector 1: Pilato volvió a dirigirles la palabra queriendo soltar a Jesús, pero ellos seguían gritando: ‘¡Crucifícalo, crucifícalo!’. Por tercera vez les dijo: ‘Pues ¿qué mal ha hecho este? No he encontrado en él ninguna culpa que merezca la muerte. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré’. Pero ellos se le echaban encima, pidiendo a gritos que lo crucificara e iba creciendo su griterío.
Pilato entonces sentenció que se realizara lo que pedían: soltó al que le reclamaban (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús lo entregó a su voluntad.
Lector 2: Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús. Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: ‘Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que vienen días en los que dirán: ‘Bienaventuradas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado». Entonces empezarán a decirles a los montes: ‘Caed sobre nosotros’, y las colinas: ‘Cubridnos’, porque, si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?’ Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él.
Lector 3: Y cuando llegaron al lugar llamado ‘La Calavera’, lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: ‘Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen’. 
Hicieron lotes con sus ropas y los echaron a suerte.
Lector 1: El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el elegido». Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo’. Había también encima de él un letrero: ‘Este es el rey de los judíos’.
Lector 2: Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: ‘¿no eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros’. Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: ‘¿Ni siquiera temes a tu a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada’.
Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Jesús le dijo: ‘En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso.’
Lector 3: Era ya como la hora sexta, y vinieron las tinieblas sobre todo la tierra, hasta la hora nona.
El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: ‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’. Y, dicho esto, expiró. [Se hace una pausa en silencio]
Lector 1: El centurión, al ver lo ocurrido, daba gloria a Dios diciendo:‘Realmente, este hombre era justo’. Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, habiendo visto lo que ocurría, se volvía dándose golpes de pecho. Todos sus conocidos se mantenían a distancia, y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando.
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Libertad y perdón
(Juan 8:1-11)

Conocemos tan bien la historia de la mujer sorprendida en adulterio que solemos pasar por alto el hecho de que en esta historia no es solo la mujer quien experimenta el perdón de Dios a través de Jesús.
Los escribas y fariseos, para acusar a Jesús, le colocan a una mujer desventurada en medio de la multitud que está reunida para escuchar las enseñanzas de Jesús. Podemos imaginar su vergüenza cuando la acusan públicamente de adulterio. Le dicen que la ley de Moisés manda apedrear a la mujer hasta la muerte, ¿Tú qué piensas?
Jesús se inclina y se pone a escribir con el dedo en la tierra. No sabemos lo que escribe, pero desde su actitud de humildad, Jesús se las arregla tranquilamente para dar un giro a la situación.
Al principio no dice nada. Cuando los escribas y fariseos insisten en su pregunta, Jesús se limita a decir: ‘el que esté sin pecado, que le tire la primera piedra e inclinándose de nuevo, siguió escribiendo’.
Se percibe un silencio incómodo, los escribas y fariseos que antes eran acusadores, Se retiran desvanecidos. Las palabras de Jesús, les toca profundamente y les disipa tanto su dura actitud hacia la mujer como su deseo de detenerlo. 
Al igual que la mujer, no son condenados por Jesús, sino que reanudan una relación correcta con él y con la mujer: ya no quieren atrapar a Jesús ni hacer daño a la mujer. Se retiran tranquilamente. Jesús perdona a la mujer y le dice que no vuelva a pecar.
Los Evangelios de los domingos anteriores eran parábolas sobre el perdón y el tierno cuidado de Dios en devolvernos la vida. En el Evangelio de hoy vemos en la práctica el generoso perdón de Dios, cuando Jesús se enfrenta a una situación humana concreta de juicio y de condena que amenazan la vida.
Estamos llamados a no ser jueces de los demás, sino practicantes de la abundante compasión y misericordia de Dios.

Un momento en silencio para la reflexión
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El Padre que perdona
(Lucas 15:1-3, 11-32)

El Evangelio de este domingo es una parábola generosa e inesperada sobre el perdón y la reconciliación Es una de las tres parábolas en las que la misericordia de Dios rompe todas las restricciones humanas y religiosas sobre cómo debe actuar Dios con los pecadores.
Un padre rico tiene dos hijos. Muy descaradamente, el hijo menor pide la parte de la herencia que le correspondería a la muerte de su padre. Se trata de un joven que tiene lugares a donde ir y cosas que ver.
Sorprendentemente, el padre le da la mitad de su herencia, y no el tercio que le correspondía al hijo. No es de extrañar que el hijo mayor esté desanimado. El hijo menor se va y se lo pasa muy bien hasta que se le acaba el dinero. Arruinado económicamente, tiene que ganarse el sustento alimentando cerdos. Decide volver a casa, pedir perdón y ser tratado como uno de los jornaleros de la casa de su padre.
El padre espera ansiosamente al hijo cuando este regresa. Corre a abrazarlo. El hijo comienza su confesión, pero el padre no le hace caso. No lo reprende ni lo sermonea. Se niega a tratar a su hijo como un siervo y se dispone a devolverle el sitio que le corresponde en la casa con el anillo, la túnica y las sandalias. Ordena una fiesta para celebrar que su hijo está vivo y ha regresado. No es de extrañar que el hijo mayor esté enfadado y resentido.
Pero el padre se propone asegurarle que su lugar en la casa y en el afecto del padre está asegurado y le insta a reconciliarse con su hermano.
Nos quedamos con la duda de lo que finalmente ocurrió. El Evangelio ofrece no solamente la esperanza del perdón de Dios, sino la certeza del mismo.
El mensaje de hoy es: ¡Alégrate de la misericordia permanente de Dios!
 
Un momento en silencio para la reflexión
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El Viñador paciente
(Lucas 13:1-9)

Si los Evangelios de los dos primeros domingos de Cuaresma (las tentaciones y la transfiguración) son una parábola sobre la vida cristiana (un camino para salir y apartarse de la tentación y ser transfigurado por la gracia de Dios), los Evangelios de este domingo y del siguiente nos dan el ‘mapa de carreteras’.
¿Cómo pasamos de la tentación a la transfiguración? Solamente con el arrepentimiento y el perdón de Dios. Esa es la hoja de ruta de nuestro viaje cristiano.
¡Oh, cómo nos gusta una buena historia sobre el desastre que le sucede a alguien! La fuerza de la respuesta de Jesús a los que le hablaron de los galileos crucificados parece indicar que compartieron esta noticia con cierto deleite. La respuesta de Jesús nos dice que no debemos suponer que las cosas malas únicamente les ocurren a las personas malas y que no debemos pensar que los desastres son una especie de castigo por el pecado; deja de pensar en la culpa de los demás y pon tu esfuerzo en el arrepentimiento, en volver a Dios. La parábola de la higuera que sigue a continuación responde a la pregunta: ‘Si nos arrepentimos, ¿qué tipo de acogida tendremos por parte de Dios?’ Dios trabajará con nosotros como el viñador de la parábola. Nos tratará con amabilidad y ternura y nos devolverá la vida para que podamos producir buenos frutos.
 
Un momento en silencio para la reflexión 
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La Transfiguración
(Lucas 9:28-36)

El Evangelio de la Transfiguración de este domingo completa la ‘pequeña parábola’ formada por los Evangelios de los dos primeros domingos de Cuaresma.
Estos Evangelios nos explican de qué se trata la Cuaresma y en qué consiste la vida cristiana: un viaje constante desde la tentación y la duda hasta la transfiguración y la fe. Un camino que nos aleja de la tentación del mal y nos encamina al bien por la acción del Espíritu Santo en nosotros.
Jesús, como ‘el Elegido’, manifestará plenamente la gloria de Dios con su resurrección. Por un lado, este Evangelio contempla la Pasión y la Resurrección de Jesús. Por otro lado, nos invita a reflexionar sobre nuestro camino de la tentación hasta la transfiguración.
El camino que emprende Jesús no termina en la muerte, sino en la vida. Por medio de la oración, permanecemos en contacto con el corazón de Dios que permite que su amor nos transforme y nos
transfigure en retoños de bondad. Así permitimos que la gloria de Dios se vea en nosotros y a través de nosotros. La Transfiguración significa ser ‘penetrado’ por la presencia de Dios. Ser transfigurado es permitir que la presencia de Dios nos transforme plenamente. Es una revolución de mente y corazón impulsada por el Espíritu de Dios y habilitada por la apertura de corazón.
Nuestra vida como cristianos consiste en ser transfigurados por el Espíritu de Dios, para que Dios sea visto y experimentado por medio de nosotros.
Se necesita fe y perseverancia para dejarnos conducir por la pasión, la esperanza y la visión de Dios en lugar de nuestros propios deseos y anhelos. Se necesita una gran fe para confiar en la Palabra de Dios. Si confiamos, la Palabra viva del Elegido forma en nosotros el corazón de Dios.
 
Un momento de silencio para la reflexión
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Desde la tentación hasta la transfiguración
(Lucas 4:1-13)

¡Nuestro gran itinerario de Cuaresma ha comenzado!
Es un camino que comienza con las cenizas y termina con el agua. El fuego es una parte profunda de la experiencia humana. Conocemos su poder para destruir, ennegrecer y reducir a cenizas.
 
Nosotros sabemos que el mal puede hacer lo mismo: destruye nuestra integridad de espíritu, ennegrece nuestras vidas y reduce la belleza de la vida humana a polvo.
 
Comenzamos la Cuaresma con la ceniza, reconociendo nuestra propia fragilidad en albergar, crear y hacer el mal en nuestros corazones donde el fuego de la ira, de la amargura, del egoísmo o la estrechez de mente y corazón no han dejado más que cenizas frías.
 
La ceniza nos recuerda que nuestra verdadera vida no se encuentra en cosas temporales, que ocasionalmente se convierten en polvo, sino que está en las cosas eternas. También, sabemos que de la ceniza puede brotar una nueva vida fuerte y florecida en plenitud. Ese es el milagro de la Pascua.
 
Como siempre, los Evangelios de los dos primeros domingos de Cuaresmas, nos proporcionan un itinerario cuaresmal desde la tentación (este domingo) hasta la transfiguración (el próximo domingo). 
 
No permitimos ser tentados por la ceniza del egoísmo y de la estrechez de corazón para entrar en una vida de bondad con el corazón abierto. Celebremos la gracia de Dios para con nosotros compartiendo lo que tenemos con los más necesitados, ya sea comida, dinero, tiempo, amor, amistad o compasión. Eso es lo que significa ‘arrepentirse y creed en la Buena Nueva’.
 
En estos días que somos más conscientes del impacto de la vida humana en creación de Dios, podríamos pensar en algún ayuno permanente por nuestro consumo excesivo de energía, de alimentos y gasolina para permitir que nuestra tierra (Casa Común) sane, respires y continúe siendo fuente de sustento y vida para toda la familia humana.
 
Es un tiempo de tranquilidad para reflexionar
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Árbol bueno, fruto bueno
(Lucas 6:39-45)

Vivimos en un mundo de palabras gracias a los medios de comunicación modernos y, en particular, a las redes sociales. Hemos visto la forma extremadamente dañina en que las palabras pueden ser utilizadas para juzgar a otras personas, y el puro vitriolo de algunos en las redes sociales nos hace reflexionar. Nos hace plantear la pregunta, implícita en la primera lectura de hoy (Sir 27,4-7), ‘¿Qué revelan mis palabras sobre quién soy?’
En el Evangelio de hoy leeremos la última parte del Sermón del llano de Lucas. Esta semana, la enseñanza radical de Jesús sigue centrándose en la generosidad en el trato con los demás.
El Evangelio comienza con una parábola sobre un ciego que guía a otro y ambos caen en un hoyo. Los discípulos, al igual que nosotros, están en un viaje de por vida con Jesús, nuestro maestro. En este viaje siempre hay más cosas que descubrir, mayores profundidades que sondear, nuevas percepciones que obtener a medida que crecemos para parecernos más a Jesús; a medida que pasamos de ser ‘ciegos’ a ‘ver’ con los ojos de Jesús.
Poco a poco aprendemos a dejar de lado nuestra inclinación farisaica a juzgar las pequeñas faltas de los demás, sin darnos cuenta de nuestros propios puntos ciegos más grandes y destructivos (la historia de la mota y la viga).
Cuando aprendemos el camino de la misericordia y la generosidad de Dios, nos abstenemos de los tipos de juicios que, de otro modo, limitarían la generosidad, la misericordia y la bondad de Dios que actúan en nosotros. Nuestros corazones se construyen en la bondad.
Como los árboles que se conocen por sus frutos, así los discípulos serán conocidos por sus palabras y acciones, por sus valores y actitudes, por lo que realmente son, por lo que hay en su corazón.
Nuestro camino de aprendizaje con Jesús va construyendo poco a poco el corazón de Dios en el nuestro, para que vivamos, hablemos y actuemos, cada vez más, desde ese gran caudal de misericordia y generosidad.
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Relaciones generosas
(Lucas 6:27-38)

El domingo pasado comenzamos a leer el Sermón del llano de Lucas. Lucas ha utilizado el Sermón de la Montaña de Mateo, pero lo ha cambiado y abreviado considerablemente. Hoy y el próximo domingo leeremos el resto del Sermón.
Esta semana, la enseñanza radical de Jesús se centra en la generosidad desmedida en las relaciones humanas. Las palabras iniciales, ‘Amad a vuestros enemigos’, marcan el tono del resto del texto.
De nuevo, a primera vista las palabras de Jesús parecen absurdas y casi imposibles de seguir. ¿Debemos realmente ofrecer la otra mejilla a quien nos golpea? ¿Debemos realmente dar el resto de nuestra ropa a quien nos roba el abrigo? ¿Debemos realmente no luchar para recuperar nuestra propiedad de quien nos roba? ¿Es esto lo que Jesús nos pide que hagamos?
El objetivo de este tipo de discurso profético de Jesús es estimular a su audiencia (y a nosotros) a reflexionar sobre todo el modelo de comportamiento en las relaciones humanas. En realidad, Jesús no está sugiriendo reglas que deban seguirse literalmente en determinadas circunstancias. Más bien se nos invita a reflexionar sobre cómo podemos responder a las demandas irrazonables y a las heridas personales con nada más que generosidad y abandonando toda pretensión de retribución y restitución.
Lo que Jesús propone son respuestas a los insultos y heridas que rompan los ciclos de represalias violentas y proporcionen vías de paz y reconciliación.
Haciendo esto, dice Jesús, podemos permitir que la total generosidad de Dios brille a través de nosotros.
Hacer el bien solo a los que nos hacen el bien no es suficiente para transmitir la generosidad y la acogida de Dios. Nada más actuar con una generosidad y compasión desbordantes permite que la misericordia, la generosidad y la compasión con que Dios sale al encuentro de cada uno de nosotros se vea claramente en acciones concretas.
La regla de oro: Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti.
Cuando actuamos según la generosidad, la misericordia y la compasión de Dios, absteniéndonos de juzgar y condenar y concediendo el perdón, nos encontramos con la abrumadora abundancia de generosidad de Dios hacia nosotros.
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Dichosos y desdichados
(Lucas 6:17, 20-26)

Durante los próximos tres domingos escucharemos casi todo el Sermón del Llano de Lucas. Lucas ha utilizado el Sermón de la Montaña de Mateo, pero lo ha cambiado y lo abreviado considerablemente. Es importante darse cuenta de que ambos sermones son algo más que las bienaventuranzas que los inician.
En Lucas, las palabras de Jesús se dirigen a los discípulos, no a la multitud reunida, por lo que podríamos considerar el sermón como una enseñanza sobre el discipulado.
Todo el sermón es bastante confuso y desafiante, especialmente los versículos que conforman la lectura del Evangelio de hoy. El sermón comienza con cuatro bendiciones y cuatro ayes.
A primera vista, es muy extraño llamar bendita, afortunada o feliz a la gente que es pobre, hambrienta, que llora y es odiada. Pero hay que escuchar las palabras de Jesús en el contexto de la enseñanza religiosa y el pensamiento general de su tiempo. Entonces, en general, se pensaba que los que sufrían estas cosas estaban experimentando los efectos de su propia pecaminosidad personal o la de un antepasado. Del mismo modo, los que tenían riquezas, abundancia de alimentos y un estatus elevado se consideraban bendecidos y recompensados por Dios.
En las bienaventuranzas, Jesús invierte esta forma de pensar y dice efectivamente lo contrario: Dios está, de hecho, del lado de los pobres y los que sufren.
Ellos experimentan el sufrimiento sin tener culpa alguna (por ejemplo, el pecado), es simplemente la situación en la que se encuentran. Como se desprende de los ayes (‘Ay de ustedes...’), los ricos tienen mucho que perder. Los pobres y los que sufren son afortunados, según Jesús, porque tienen una necesidad que la generosidad desbordante de Dios puede satisfacer.
Se encuentran en situaciones que atraen el impulso salvador de Dios. El Reino de Dios ya está entre ellos.
En igualdad de condiciones, ser rico, estar bien alimentado, ser feliz y gozar de buena reputación es perfectamente deseable. Pero para Jesús no todo es igual. A menudo los pobres son pobres precisamente porque los ricos son ricos. Los impotentes sufren a manos de los que tienen poder e influencia. Los ricos se enriquecen y los pobres se empobrecen es un dicho que perdura hasta nuestros días.
A lo largo de su Evangelio, Lucas hace que Jesús insista repetidamente en la necesidad de que sus seguidores abracen la pobreza y no se hagan ilusiones sobre el peligro de la riqueza. Los que permanecen poseídos por sus bienes y los privilegios que estos conllevan no pueden recibir el don de la salvación, pero incluso ellos pueden unirse a los bienaventurados mediante su atención a los pobres.

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Aquí estoy, envíame
(Lucas 5:1-11)

Como una manera de equilibrar el rechazo que experimentó Jesús en el Evangelio de la semana pasada, el episodio de esta semana narra dos historias de personas que acogen su mensaje.
En primer lugar, una muchedumbre entusiasta se ha reunido en la orilla del lago, y acude con entusiasmo a escuchar las enseñanzas de Jesús. Jesús parece correr el riesgo de ser aplastado o, al menos, de ser empujado al mar. Por eso da el paso inusual de enseñar desde la barca de Simón.
En segundo lugar, Lucas nos dice que Simón y sus compañeros están lavando las redes en la orilla mientras Jesús enseña, sin duda escuchando lo que tiene que decir al mismo tiempo.
Cuando Jesús termina su enseñanza, le pide a Simón que eche mar adentro y se prepare para pescar.
Simón protesta: si no pescaron nada en toda la noche, el mejor momento para la pesca, ¿qué esperanza había de una buena pesca durante el día?
Además, ¿qué iba a saber un artesano como Jesús sobre el arte de la pesca comercial?
Sin embargo, Simón hace lo que Jesús le pide y se pesca una extraordinaria abundancia de peces, suficiente para casi hundir dos barcos.
Abrumado por la enorme pesca, Simón siente tanto la presencia de la Divinidad como su propia indignidad y le ruega a Jesús que lo deje.
Las palabras de Jesús son a la vez una llamada y una misión . A partir de ahora, no serán peces destinados a la muerte, sino personas vivas las que Simón y sus compañeros pescarán e incorporarán a la comunidad de los discípulos.
Sorprendentemente, Simón Pedro, Santiago y Juan abandonan su próspero negocio, dejándolo todo, redes, barcos y empleados, y siguen a Jesús. Estos nuevos discípulos de Jesús utilizarán la Palabra de Dios para atraer a hombres y mujeres y lograr su transformación a una nueva vida en Cristo. La pesca milagrosa de un número tan grande de peces parece indicar que un gran número de personas encontrarán el camino de la Vida en la predicación de los apóstoles.
Nuestra llamada como discípulos no es solo a la santidad personal, sino también a asociarnos con Cristo para transformar el mundo y sus pueblos con palabras y acciones de justicia, paz, integridad, perdón, misericordia, tolerancia, esperanza y amor.
Primero debemos dejarnos atrapar y enseñar por Jesús. La respuesta que se pide, al parecer, es estar dispuestos a dejarlo todo en nuestra búsqueda de conocer a Jesús. A pesar de nuestra fragilidad, nuestro sentimiento de indignidad y nuestra falta de fe en nosotros mismos, es una llamada a confiar en la elección que Dios hace de nosotros y en la fe que Dios tiene en nosotros.

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