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El Carisma Carmelita

La Orden del Carmen es guiada por los principios y valores en su Regla de vida, que fue dada a la Orden por Alberto, el Patriarca de Jerusalén.

Es fundamental para la vida de los Carmelitas, independientemente de su afiliación jurídica de la Orden; vivir en obsequio de Jesucristo y abrazar su Evangelio como norma suprema de nuestras vidas. Los Carmelitas ven sus vidas influenciadas por el poder de su Espíritu, permitiendo a cada uno descubrir la llamada divina para vivir juntos en el servicio mutuo de unos a otros y a toda la gente.

La vida entera de los Carmelitas se caracteriza por una búsqueda intensa de Dios con una total adhesión a las enseñanzas de Cristo. Esto requiere que uno se transforme en Cristo –un proceso continuo de conversión–. El Carmelita viviendo con este ideal en primer plano coopera con el plan de Dios y, utilizando cada uno sus propios dones, encuentra su expresión en la vida fraterna y en el celo apostólico.

+ La Contemplación

La contemplación como valor fundamental en la vida del Carmelo debe entenderse como el camino interior de la persona que la conduce y la eleva a la unidad de amor con Dios de manera que este amor gratuito sea descubierto y la persona viva en esa presencia amorosa. Este abrumador amor de Dios lleva a la persona a una experiencia transformadora la cual nos vacía de nuestras limitaciones e imperfectas maneras humanas para transformarlas en maneras divinas.

Buscar el rostro del Dios vivo se refleja claramente en la Regla de San Alberto, la cual describe a una comunidad totalmente dedicada en atención orante a la Palabra. La contemplación comienza cuando nos encomendamos a Dios. Es una actitud de apertura hacia Dios cuya presencia descubrimos en todo momento.

Los Carmelitas están comprometidos a hacer del Cristo crucificado el centro de sus vidas. Los Carmelitas, viviendo esta actitud de contemplación en cada momento de su vida, canalizan enteramente toda su energía hacia Cristo, derribando cualquier obstáculo, y desprendiéndose o vaciándose de todo lo que en su camino obstruye una total dependencia hacia Él o de aquello que impide la caridad perfecta hacia Dios y a los demás.

Este proceso de vaciarse o desprendimiento conduce a la unión con Dios –el objetivo final de todo crecimiento humano–. Nosotros utilizamos expresiones tales como “pureza del corazón” (puritas cordis) o “disponibilidad total para Dios” (vacare Deo); y la experiencia de desierto para captar el concepto de desapego.

+ La Fraternidad

Esta actitud contemplativa nos permite descubrir la presencia de Dios no solo en los eventos ordinarios de la vida, sino también en nuestros hermanos y hermanas. Por lo tanto, nosotros aprendemos a valorar el misterio de aquellos con quienes compartimos nuestras vidas.

La fraternidad es el área en la cual la transformación dentro de nosotros se pone a prueba. La Regla del Carmelita requiere que seamos esencialmente hermanos y hermanas. Dicha Regla nos recuerda con firmeza que la calidad en la relación interpersonal dentro de la comunidad Carmelita necesita constantemente ser desarrollada y mejorada. La Trinidad Divina y la primera comunidad cristiana en Jerusalén son ejemplos a imitar.

El ser hermanos y hermanas en el Carmelo significa: crecer en comunión y unidad, superar los privilegios y distinciones con un espíritu de participación y co-responsabilidad, compartir posesiones materiales, un programa de vida en común y carismas personales; y también llegar a ser hermanos y hermanas significa cuidar del bienestar psicológico y espiritual de unos a otros. La vida religiosa vivida en comunidad es un signo de la Iglesia que es “esencialmente un misterio de comunión” y “un ícono de la Trinidad”.

+ La Oración

La oración es la manera en que los Carmelitas se relacionan con Dios ya sea individual o comunitariamente. En la oración uno se abre a Dios quien gradualmente transforma a la persona a través de todos –grandes y pequeños– los eventos de su vida. Este proceso de transformación permite que uno sostenga auténtica relaciones y hace que uno esté dispuesto y deseoso de servir, además de ser capaz de tener compasión y solidaridad. Con la oración es posible presentar a Dios todas las aspiraciones, angustias, esperanzas y gritos de la gente.

La práctica de la oración no es solamente la fuente de la vida espiritual Carmelita, sino que también determina la calidad de nuestra vida fraterna y nuestro servicio en medio del pueblo de Dios. La plegaria de confianza, si es practicada con fidelidad en medio de los acontecimientos complejos de la vida diaria, hace de la hermandad Carmelita testigo de la presencia viva y misteriosa de Dios en medio de la gente.

+ El Servicio

La vida evangélica está entre los dones del Espíritu a la Orden –el compromiso de los miembros de responder al llamado de Cristo viviendo y propagando en el mundo su poder transformador y liberador. Esta vida evangélica se caracteriza por una intensa búsqueda de Dios, la cual se expresa en la vida fraterna y el celo apostólico. 

Como parte de la naturaleza contemplativa “en medio de la gente”, el Carmelita busca la faz de Dios en el mundo. La tradición Carmelita se entiende a sí misma como una parte viva de la Iglesia y de la historia, la cual es capaz de escuchar el mundo en el que vive y está dispuesta a ser cuestionada por el mundo. Dicha tradición está lista para enfrentar los desafíos de la vida y dar una auténtica respuesta evangélica basada en su carisma. El Carmelita se muestra solidario con todos los que sufren, los que esperan, y los que se comprometen con la búsqueda del Reino de Dios.

Esta manera de estar “en medio del pueblo” es en última instancia una señal y un testimonio profético. Es un mensaje profético de justicia y paz en la sociedad y entre la gente. La Buena Nueva requiere que esta profecía deba cumplirse a través de un compromiso activo para transformar sistemas de pecados en estructuras llenas de gracia.

También, dicha manera de estar de los Carmelitas es una expresión de elección para compartir en la vida de “los pequeños” (minores). De esta manera los Carmelitas hablan de esperanza con sus vidas y no sólo con sus palabras.

Esta opción fluye naturalmente de nuestra profesión del voto de pobreza en una tradición mendicante; y también está en consonancia con nuestra lealtad a Jesucristo, de vivir en compromiso con los pobres y con aquellos en quienes el rostro de nuestro Señor se refleja tan claramente.

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