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La Regla Carmelita

La piedra angular de la formación para los miembros de la Familia Carmelita en el hoy como en los siglos pasados es la Regla de San Alberto. El texto fue originalmente escrito en forma de carta, a formula vitae por la mano de Alberto, patriarca de Jerusalén y posteriormente reducida, corregida y aprobada como regula bullata por el entonces Papa Inocencio IV en el año de 1247. Es el acuerdo y la referencia más práctica para quien es llamado a “vivir los pasos de Jesucristo”. Las diferentes reformas de la Orden del Carmen a lo largo de su historia no son más que intentos de releer la Regla misma, reinterpretarla y actualizarla según la cultura y ambiente religioso del momento.

A pesar de no ser una de las “cuatro grandes Reglas” dentro de la Iglesia, la Regla de los Carmelitas es un documento poderoso de variadas interpretaciones. El texto original de la formula vitae de Alberto no ha llegado hasta nosotros. El más antiguo texto de la Regla primitiva sin modificaciones se encuentra en el Institutio primorum monachorum. Sin embargo, esto es una recopilación de muchos textos –algunos dudosos y otros sin duda falsos– por Felipe Ribot que datan del siglo XIV. La modificación del texto de la Regla en el año 1247 concedida con la carta del Papa Inocente IV Quae honorem Conditoris omnium, contiene el texto completo de la Regla.

El texto de la Regla era originalmente uno solo, pero fue dividido en parágrafos separados para facilitar su contenido –tan tempranamente como la bula del Papa Alejandro IV en el año de 1256, se añadieron letras mayúsculas con iniciales ornamentadas–. Estas divisiones del texto han sido periódicamente revisadas a lo largo de los años, siendo la más reciente en el año de 1999. Al día de hoy la Regla consiste de mil seiscientas palabras, divididas en párrafos, siendo el más corto de tan solo veintidós palabras.

Alguno de los muy escasos detalles históricos conocidos acerca de la fundación de los Carmelitas proviene de la propia Regla. Los orígenes están en Tierra Santa, es decir, en el Monte Carmelo, “cerca de la fuente” ligados con las tradiciones bíblica y popular al profeta Elías. La persona que recibió la formula vitae es desconocida, simplemente se nombra como “B” en el documento. Más tarde se le llamaría Brocardo, pero sigue siendo desconocido. La falta de un fundador conocido (Alberto no fue un Carmelita y el grupo existió antes de la relación con él), salva a la Orden de estar vinculada a una persona carismática en particular. Más bien el grupo está vinculado al Monte Carmelo en donde ellos vivieron.

El proyecto original en el Monte Carmelo reunió a hombres de una profunda dedicación a realidades no negociables las cuales son esenciales para el llamado eremítico: la oración, la soledad, el silencio y el trabajo manual de algún tipo. Incluso después de la mitigación de la Regla, algunos elementos del estilo de vida eremítico permanecieron como son: vivir en lugares deshabitados, construcción y asignación de celdas separadas, etcétera. Hasta la segunda mitad del siglo XIII, el único título utilizado para los Carmelitas fue el de “eremita”.

Otras estructuras del Carmelo fueron igualmente utilizadas por mendicantes. Éstas serían: el silencio, trabajo manual, meditación en la Ley del Señor, oración continua, amor espiritual, ayuno y abstinencia. Cabe señalar que la Regla del Carmelo todavía garantiza la posibilidad de una vida eremítica aún después de sus mitigaciones.

La formula vitae de Alberto está centrada en las Sagradas Escrituras. Obviamente, Alberto fue un hombre que leía, oraba, y meditaba las Sagradas Escrituras. Las Sagradas Escrituras penetraron su pensamiento y escritura; las referencias y analogías de las Sagradas Escrituras le venían de forma familiarizada. Él es un hombre que vivió su vida enfocado en la Palabra de Dios y los valores evangélicos.

Alberto no impuso sus ideas en el grupo de eremitas quienes se convertirían en los Carmelitas. Él escuchó lo que le dijeron los eremitas sobre su forma de vida y él la adaptó y le dio estructura a la Regla –un hombre sabio y de discernimiento, cuidadoso de no ser demasiado exigente o rígido–. Él subraya la importancia del sentido común e interpreta lo que debe hacerse. Esta apertura y flexibilidad da un gran “sentido humano” a la Regla Carmelita, pero sugiere también que uno puede alcanzar nuevas alturas en la espiritualidad siguiendo el propio sentido común.

La Regla es sumamente flexible: la norma está claramente establecida pero algunas concesiones son permitidas cuando es necesario. Por ejemplo, la Regla pide a los Carmelitas “pueden tener sus moradas en la soledad o donde les fuesen dadas, que sean aptas y acomodadas para la observancia de su modo de vida” (no.5); “[…]escuchando juntos algún pasaje de la Sagrada Escritura, donde esto pueda observarse sin dificultad” (no.7); o “Permanezca cada uno en su propia celda o junto a ella, […] a no ser que deba dedicarse a otros justos quehaceres” (no.10). La rigidez no es necesaria para encontrar a Dios.

La Regla promueve prácticas bastante democráticas dentro de la comunidad, incluso hoy en día. En qué cueva o celda se ha de vivir es una decisión del “prior con el consentimiento de los hermanos (de comunidad).” (no. 6). No es decisión de uno solo. La Regla también promueve responsabilidad entre todos: “corríjanse con caridad  las transgresiones y culpas de los hermanos.” (no. 15).

Con su codificación de la vida que se habría de vivir en el Monte Carmelo, Alberto dejó deliberadamente ‘espacios abiertos’ en su Regla – áreas en donde Dios pueda entrar en la persona y residir en ella. Permite excepciones, algunas de las cuales ya se han mencionado anteriormente. Cuando escribe sobre el ayuno, Alberto señala el ideal e inmediatamente indica la excepción: “a no ser que la enfermedad o la debilidad corporal y otro justo motivo aconsejen dispensar del ayuno”. Luego explica que esta excepción se permite porque “la necesidad no tiene ley”. Alberto también incluye modificaciones del ideal: aunque todo se ha de tener en común, se ha de distribuir a cada uno “teniendo en cuenta la edad y las necesidades de cada cual” (no. 12). También presenta alternativas para lo que él mismo propone en la Regla: Aquellos que sepan rezar las horas canónicas deben recitarlas, pero “Aquellos que no sepan, dirán veinticinco veces el Padrenuestro durante la oración litúrgica de la vigilia nocturna.” (no.11). La búsqueda de Dios está abierta para todos, sin importar su situación o habilidad.

En realidad, Alberto estaba interesado en proveer a estos hombres con una serie de prácticas y ejercicios para interiorizar: obediencia, permanecer en la celda, meditar la Sagrada Escritura, hacer oración, mantenerse atentos, rezar los salmos, compartir los bienes, reunirse para la Eucaristía, ayuno y abstinencia, trabajar en silencio. Todos estos ejercicios están orientados  hacia la “pureza de corazón”. (La pureza de corazón es quizás mejor entendida o visualizada como vacare Deo, un corazón vaciado de todo excepto de Dios.)

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