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Celebrando en Familia - XXX Domingo del Tiempo Ordinario
¡Todos los hemos conocido!
(Lucas 18:9-14)
Todos los hemos conocido: personas que solo parecen ser capaces de reforzar su imagen de sí mismos menospreciando a los demás. En el Evangelio de este domingo nos encontramos con un personaje así en la persona del fariseo.
Como el fariseo de esta semana, a veces podemos ver la religión como un conjunto de rituales, acciones y oraciones personales que nos hacen pensar que hemos sido fieles a la llamada de Dios porque hemos hecho esto o aquello.
Sin embargo, la espiritualidad consiste en practicar nuestra “fe” con un profundo sentido de la presencia de Dios, del amor de Dios por nosotros, y del nuestro por los demás. Vivimos, trabajamos y rezamos a partir de nuestra relación con Dios, profundamente conscientes del don del amor y la misericordia de Dios que nos rodea.
El trasfondo del Evangelio se encuentra en la primera lectura del Eclesiástico (35,12-14. 16-19): el juicio de Dios no se deja engañar por las apariencias de riqueza o poder, ni por las muestras de piedad religiosa. A Dios no se le puede engañar para que juzgue al herido, al pobre, a la viuda o el huérfano.
Es la persona ‘que con todo su corazón sirve a Dios’ cuya oración es aceptada.
La parábola del Evangelio, se nos dice, está dirigida a ‘algunos se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás’.
El fariseo (persona muy respetada por su piedad personal) reza a Dios, recordando a Dios (y a sí mismo) la buena persona que es y todas las cosas religiosas que ha hecho. Así ha cumplido con los deberes de una persona ‘religiosa’ y ‘justa’, a diferencia, dice, del cobrador de impuestos.
Sin embargo, el cobrador de impuestos (considerado un pecador en el tiempo de Jesús), no se ve digno ni siquiera de levantar la vista hacia Dios y reconoce que ha pecado y se considera indigno de estar en la presencia de Dios. Pero, como dice Jesús, sale del templo ‘justificado’. Su relación con Dios es de corazón. Sobrecogido por una profunda conciencia del amor de Dios por él, y de su propia indignidad, no se atreve ni siquiera a levantar la vista. Mientras que el fariseo, por su falta de humildad y su aparente autosuficiencia, sale asumiendo que está en derecho con Dios.
Nuestra oración y adoración nunca deben ser palabras vacías o acciones meramente simbólicas.
Deben salir realmente de nuestro corazón y conducirnos así no solo a una relación profunda con Dios, sino también al servicio voluntario de todos.
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Celebrando en Familia - XXIX Domingo del Tiempo Ordinario
¡No te rindas!
(Lucas 18:1-8)
Jesús cuenta la historia de una viuda persistente que le gana la partida a un juez injusto. San Lucas dice que la historia es sobre «que es necesario orar siempre, sin desfallecer». Dios nos es como el juez injusto, que tarda en responder y finalmente cede solo cuando se ve amenazado. Dios escuchará y responderá al clamor persistente de su pueblo.
También, nosotros podemos tener la tentación de desanimarnos cuando vivimos en medio de los males de nuestros días. Nos preguntamos cuándo habrá justicia para los pobres, los discapacitados y los desfavorecidos.
A veces, en la oración, nos damos cuenta de que estamos llamados a desempeñar nuestro papel con acciones concretas que ayuden a aliviar el sufrimiento de los demás. Sabemos que no podemos hacerlo todo por nosotros mismos, pero quizás haya algo que podamos hacer.
San Lucas utiliza esta historia para animar a su comunidad de creyentes, para instarles a no perder el ánimo mientras, rodeados por los males de su época, esperan el regreso de Jesús. Deben mantener la fe y confiar siempre en la bondad de Dios. Su persistencia en la oración es una expresión de su confianza en Dios. Tal vez su oración les muestre lo que deben hacer mientras esperan.
Al igual que Moisés mantiene la fe en Dios en la batalla contra Amalec (primera lectura), los discípulos deben permanecer en una relación fiel con Dios. La oración, entendida como alimentar nuestra relación con Dios, más que como ‘rezar’, nos mantiene en esta relación fiel con Dios mientras esperamos el regreso de Jesús. Ese es el tipo de fe de la que se maravilla Jesús en la frase final del Evangelio.
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Celebrando en Familia - XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario
Una invitación para todos
(Lucas 17:11-19)
El gran tema en el Evangelio de Lucas es que el mensaje de Jesús es para todos: hombres y mujeres, ricos y pobres, viejos y jóvenes, sanos y enfermos, gentiles y judíos. Nadie queda excluido.
No es casualidad que el leproso agradecido del Evangelio de esta semana no sea judío, sino un samaritano: un forastero, excluido por su raza, su religión y su enfermedad. Se une a los demás para pedir misericordia a un rabino judío.
Al curar a los diez leprosos, Jesús les devuelve a sus familias, a sus comunidades, a su práctica religiosa.
Ya no están confinados en lugares aislados por miedo a propagar la enfermedad, sino que son libres para reprender sus vidas. En resumen, además de curarlos físicamente, Jesús les devuelve la vida.
Los diez son curados, pero solo uno, el samaritano, experimenta plenamente su curación como un momento de salvación, un momento en que la misericordia de Dios ha irrumpido en su vida. Jesús dice que es la fe del samaritano la que le permite ver los que otros nueve no ven. El hombre está conmovido por esta constatación que se vuelve hacia Jesús dando gritos de alegría y alabando a Dios a voz en grito.
La fe del samaritano le ha llevado a profundizar en su relación con Dios, que le cura y libera. Y ese es el gran deseo de Dios para cada uno de nosotros.
El camino de Jesús (por tanto, de sus discípulos) no es excluir, sino proclamar a Dios como el Dios de todos, trabajando por la salvación, la restauración y el bien de todas las personas. Y reconocer y celebrar la presencia de Dios que observamos en las realidades concretas de la vida.
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Celebrando en Familia - XXVII Domingo del Tiempo Ordinario
¿Te escucha Dios?
(Lucas 17:5-10)
“¿Me escuchas, Dios?” Ese es el grito del profeta Habacuc en la primera lectura de este domingo.
Todo el mundo puede sentirse identificado con los sentimientos de frustración y rabia de Habacuc ante la espantosa injusticia de la que es testigo. ¿Por qué tarda Dios en actuar? es su queja.
La respuesta de Dios a Habacuc es una mayor confianza y fidelidad. Dios responderá, pero tal vez no tan rápido o de la manera que Habacuc quisiera.
La idea de la fidelidad vincula la primera lectura con el Evangelio de hoy y los apóstoles que piden a Jesús que aumente su fe.
Los que los discípulos en el ‘camino de Jesús’ necesitan más que nada, es una fe cada vez más profunda en el Dios de Jesucristo, que pueda rescatarlos, y lo hará, de la oposición y de otras fuerzas destructivas.
Jesús dice que incluso una pequeña cantidad de fe puede producir cosas bastante inesperadas y aparentemente imposible - ¡como arrancar una morera y plantarla en el mar!
Lo esencial para seguir fielmente a Jesús es dejar de lado las necesidades del ego, de poder, riqueza y posición y vivir una vida de fe en Dios y de seguimiento fiel de Jesús que se exprese en un verdadero ministerio a los demás.
Los discípulos fieles trabajan con diligencia como servidores del Reino, no para obtener recompensas y honores, sino muy conscientes de la gratuidad de Dios para con ellos y de la necesidad de extender esa gratuidad a los demás.
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Celebrando en Familia - XXVI Domingo del Tiempo Ordinario
Las fortunas se invierten
(Lucas 16:19-31)
La historia que narra Jesús en el Evangelio trata de un hombre rico, sus cinco hermanos y un hombre pobre, y de cómo se invierten sus fortunas.
El hombre rico no hace nada especialmente malo.
Vive como un hombre rico, se viste como un hombre rico y cena como un hombre rico. Pero no ve al pobre sentado a su puerta. Ni siquiera se fija en él.
La historia se narra con la creencia de fondo de que las riquezas eran un signo de la bendición de Dios.
En la época de Jesús, la enseñanza de los profetas de que la bendición conlleva responsabilidad parece haberse olvidado.
Así que la historia interpela a los oyentes: ¿seguirán el ejemplo del hombre rico o harán caso a las enseñanzas de Jesús (y los profetas) sobre el cuidado de los necesitados y demostrarán que son verdaderos hijos de Abrahán y ocuparán su lugar en el banquete eterno?
La injusticia y la avaricia engendran violencia y a menudo dan lugar a la explotación de los pobres.
Como dijo una vez San Pablo VI: «Si quieres la paz, trabaja por la justicia».
No estamos llamados a acaparar las bendiciones de Dios, sino a ser distribuidores de ellas para que todos tengan una parte justa de los bienes de este mundo y puedan vivir con dignidad y respeto.
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Celebrando en Familia - XXV Domingo del Tiempo Ordinario
Invertir en el futuro
(Lucas 16:1-13)
Cuando nos ocurren cosas malas, solemos pasar mucho tiempo enfadados por lo que ha ocurrido, sobre todo si nos parece que lo que ha pasado es injusto o poco razonable.
El pasaje del Evangelio de hoy suele llamarse la ‘parábola del administrador injusto’. Pero tal vez sea él quien sea tratado injustamente. Al fin y al cabo, el amo oye el rumor de que el mayordomo ha sido ‘derrochador con sus bienes’. Sin realizar una investigación para averiguar si el rumor es cierto, el amo decide despedir al mayordomo.
El mayordomo piensa para sí, tratando de decidir qué hará cuando pierda su trabajo. Sabiendo que es demasiado débil para cavar y demasiado avergonzado para mendigar, se pone a alterar los contratos de venta de los deudores de su amo.
¿Está el mayordomo robando al amo? No. En el mundo antiguo, el amo no pagaba directamente a los mayordomos. Su ‘salario’ procedía de las comisiones que añadían a las facturas de venta.
Así que el mayordomo renuncia a su comisión por el bien de su futuro a largo plazo; para crear buena voluntad entre los deudores para que puedan devolver el favor en el momento de necesidad del mayordomo.
Por invertir astutamente en su futuro, el mayordomo es alabado por el Maestro. Jesús utiliza esta alusión para aconsejar a los discípulos que ellos también deben invertir en su futuro compartiendo todo lo que tienen. El término mamón no solo se refiere al dinero, sino a todo lo que una persona tiene. Los discípulos, dice Jesús, deben estar dispuestos a dar todo lo que tienen a los pobres para que, cuando llegue el Reino, en el que los pobres ocupan los lugares privilegiados, los discípulos sean acogidos en las ‘moradas eternas’.
Las últimas palabras de este Evangelio presuponen que la vida cristiana es una administración en la que la riqueza que uno maneja es una riqueza que Dios desea que sea compartida con todo el mundo, no una posesión personal. Los discípulos deben elegir con sabiduría y actuar con decisión. Cuando se trata de la riqueza, deben elegir entre los intereses de Dios y su propio interés.
Si los discípulos no comparten las posesiones, no se les confiarán las verdaderas riquezas del reino. Si comparten las posesiones, que son un préstamo de Dios, se les dará el tesoro del cielo como propio. Los discípulos deben dar lealtad exclusiva a Dios o sucumbir a la esclavitud de Mamón.
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Celebrando en Familia - La Exaltación de la Santa Cruz
No condenar, sino salvar
(Jn 3:13-17)
Es raro que celebremos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz en domingo. Esta fiesta conmemora la dedicación, en el año 335, de la Iglesia del Santo Sepulcro, construida en el lugar de la crucifixión por el emperador Constantino.
Hay una relación muy clara entre la primera lectura (Números 21,4-9) y el Evangelio. Las personas de la primera lectura son sanadas al mirar una serpiente de bronce levantada en medio de ellas por Moisés. Jesús dice en el Evangelio que él también debe ser levantado para que todos los que creen tengan vida.
La segunda lectura es el hermoso himno de la carta a los Filipenses (2,6-11). Trata de Dios, que renuncia voluntariamente a su divinidad en Cristo para convertirse en uno de nosotros, aceptando la muerte en la cruz para mostrar la profundidad del amor de Dios.
La cruz es un símbolo lleno de contradicciones: un instrumento de crueldad y tortura, y sin embargo el medio del amor salvador; un instrumento de vergüenza y muerte, y sin embargo el camino para restaurar la verdadera dignidad y la vida; un instrumento de odio y desprecio, y sin embargo el símbolo más fuerte del Amor.
El símbolo de la cruz también conlleva las realidades contradictorias de la vida humana: momentos de crucifixión y resurrección, momentos de dolor y alegría, momentos de sufrimiento y sanación, momentos de odio y reconciliación.
En nuestra tradición cristiana utilizamos la cruz continuamente. La utilizamos para marcar el comienzo y el final de la oración y la Eucaristía. Marca el comienzo y el final de nuestro camino cristiano en el bautismo y los ritos funerarios. Por lo tanto, utilizamos la cruz en momentos de alegría y felicidad, así como de tristeza y angustia.
La cruz nos lleva a momentos de profunda conciencia del misterio del amor de Dios por nosotros. Nos recuerda que el sufrimiento y la muerte no son el final de nuestra historia, que la vida y la sanación pueden surgir de la oscuridad y el dolor, que Dios en Cristo nos sigue siendo fiel incluso hasta la muerte y más allá.
Hoy nos regocijamos en un Dios que nos ama tanto y rezamos para que podamos ser una fuente continua de amor, vida y sanación los unos para los otros.
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Celebrando en Familia - XXIII Domingo del Tiempo Ordinario
La verdadera realidad
(Lucas 14:25-33)
Hay muy poco que sea real en la llamada “reality TV”.
De hecho, sabemos que las situaciones y circunstancias son muy artificiales. Se tiende una trampa deliberadamente para que la gente fracase, se alimentan las tensiones y a menudo se explota a los concursantes emocional y físicamente.
El Evangelio de hoy contiene una fuerte dosis de realidad sobre lo que se requiere para ser un discípulo de Jesús.
Las palabras de Jesús tienen que leerse con el trasfondo de la vida del Reino a la que Dios nos invita y el mensaje central de Jesús de que debemos que poner a Dios en el centro de nuestros corazones.
El lenguaje sobre el odio a los miembros de la familia e incluso a nuestra propia vida proviene de un modismo semítico que expresa preferencia. Si prefieres a una persona o cosa sobre otra, se dice que «amas» a la primera y «odias» a la segunda. El Evangelio no nos llama a odiar ni a nuestros familiares ni a nosotros mismos.
Cuando dejamos que la presencia de Dios inunde nuestro corazón y nuestra mente, todos los demás aspectos de nuestra vida, incluidas nuestras relaciones, encuentran un lugar adecuado. Las relaciones se vuelven más genuinas y menos explotadoras; las posesiones tienen menos poder sobre nosotros y empezamos a compartirlas más generosamente, nuestra necesidad de poder y estatus se desvanece.
Sin embargo, hacer esto no es fácil. Requiere muchas decisiones diarias, elegir, ver con los ojos de Dios, sentir con el corazón de Dios y actuar según la visión de Dios para la vida humana: elegir el amor sobre el odio, la generosidad sobre el acaparamiento, dejar de lado el poder y el estatus y estar al servicio real de nuestras hermanas y hermanos. En eso consiste «llevar la cruz».
Jesús advierte que se trata de un camino difícil y exigente, y que el discípulo tiene que tener la mente despejada y estar dispuesto a asumir la tarea.
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Celebrando en Familia - XXII Domingo del Tiempo Ordinario
Invitación a cenar
(Lucas 14:1, 7-14)
No es casualidad que los Evangelios narren muchos episodios de comidas compartidas, banquetes de bodas y alimentación milagrosa. En las Escrituras, las comidas siempre tienen algo que ver con la gran comida: el eterno banquete de bodas.
Celebramos la comida sagrada de la Eucaristía anticipando la fiesta eterna de la comunión continua con Dios.
En este episodio del Evangelio, Jesús ha sido invitado a una comida en casa de un importante fariseo. Lucas nos dice que observaban a Jesús con atención. Sin duda, están tratando de formarse una opinión sobre él y su enseñanza.
También Jesús está observando atentamente y ve cómo los asistentes a la comida eligen fácilmente los puestos de honor. El hecho de que Lucas llame a las palabras de Jesús “parábola” nos alerta sobre el hecho de que se trata de algo más que un buen consejo sobre cómo evitar la vergüenza en una cena en la antigüedad.
Resulta que la parábola trata de la fiesta en el Reino de Dios. En el Reino, las convenciones habituales de este mundo se invierten por completo, de manera que los que se exaltan serán humillados y los que se humillan serán exaltados; los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.
No es la riqueza, el poder, el estatus social lo que nos hace ganar un lugar elevado en el banquete eterno, sino el buen trato (el servicio humilde) a los más desfavorecidos. Ser hospitalario con los pobres y los desfavorecidos hace que la persona obtenga la única acogida que realmente importa: la acogida en la hospitalidad eterna de Dios.
El verdadero discípulo actúa con los demás con la misma amplitud de corazón que Dios. La humildad nos permite abrirnos al corazón de Dios, y la mansedumbre es el modo imitar su amor.
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Celebrando en Familia - XXI Domingo del Tiempo Ordinario
La puerta estrecha
(Lucas 13:22-30)
No hay que confundir el sentido de la advertencia en este pasaje del Evangelio de Lucas.
A lo largo de las últimas semanas, el Evangelio ha presentado a Jesús en su viaje a Jerusalén y su enseñanza sobre cómo vivir nuestra vida como discípulos y las difíciles decisiones que ello implica.
Las lecturas de esta semana continúan en esta línea y señalan la dificultad de ser auténticos con Dios y estar preparados. Si no estamos bien preparados, seamos quienes seamos, no veremos el Reino de Dios; recordemos las frases de las últimas lecturas del Evangelio: «Estad preparados», «lámparas encendidas», «ceñirse la túnica».
La enseñanza de Jesús en los pueblos y aldeas despierta la sensación de que las cosas se acercan a un punto culminante. Esto provoca la pregunta de cuántos se salvarán. Jesús se niega a especular sobre las cifras, si no que convierte la pregunta en una advertencia para no desperdiciar la oportunidad mientras está disponible. De lo contrario, una persona puede muy bien encontrarse encerrada fuera.
A través de lo que Jesús realizará en Jerusalén, todos tendrán la oportunidad de formar parte de su reino. Él abrirá la puerta.
Ser un discípulo no consiste en seguir a Cristo solo de nombre. Nuestra relación con Jesús no se consigue por conocimiento casual de sus palabras y acciones, sino por una conversión profunda (arrepentimiento): la «puerta estrecha». Por lo tanto, tenemos que intentar honesta y decididamente vivir nuestra humanidad, nuestras preocupaciones sociales y nuestra fe mediante la acción y la oración, a la luz de Cristo, en su espíritu y según sus enseñanzas.
El discípulo solo puede participar plenamente en la vida de Cristo a través de una verdadera conversión del corazón: esa es la «puerta estrecha» por la que entramos en el Reino, nuestro verdadero hogar
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