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Martes, 28 Octubre 2025 09:14

Celebrando en Familia - Conmemoración de los fieles difuntos

Dar gracias con corazones agradecidos
(Lucas 7:11-17)

Este fin de semana celebramos a aquellos que ahora están al cuidado de Dios.
Oramos por ellos con fe y esperanza.
Como dice San Pablo, lo que demuestra que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando aún éramos pecadores, y por su muerte hemos sido justificados ante los ojos de Dios (Romanos 5,8-10).
Dios no espera a que seamos perfectos para acercarse a nosotros con amor.
Damos gracias a Dios por la presencia de nuestras hermanas y hermanos difuntos en nuestras vidas.
Los reconocemos como un regalo y una bendición para nosotros. Incluso en medio de nuestra tristeza, somos conscientes de la bondad de Dios al compartirlos con nosotros y rezamos por ellos con corazones agradecidos. Nuestra oración por ellos expresa nuestra esperanza cristiana de que la muerte no es el final de la vida y de que nos volveremos a encontrar en el reino de Dios.
Dar gracias a Dios es un rasgo fundamental de nuestra liturgia. La palabra Eucaristía significa «dar gracias». La palabra liturgia significa «cumplir con el deber público». Cuando hablamos de la liturgia de la Eucaristía, nos referimos al tiempo que pasamos en la misa cumpliendo con nuestro deber público de dar gracias a Dios.
El Evangelio de nuestra conmemoración de hoy es emotivo y conmovedor. Jesús se encuentra con el cortejo fúnebre de un joven. Se siente profundamente conmovido por la compasión que siente por la madre del joven y por el propio joven.
El Evangelio nos dice que la madre es viuda y que el joven que ha fallecido es su único hijo. En la época en que vivió Jesús, eso significaba que la madre, además de estar desconsolada, se encontraba ahora en una situación extremadamente vulnerable, ya que no tenía ningún hombre que la representara en asuntos legales o financieros, ni ningún sostén económico que la cuidara.
Al devolverle la vida a su hijo, Jesús también le devolvió la vida a ella. Es una doble restauración, una doble bendición y un doble signo de la bondad y la compasión de Dios.
Hoy nos unimos a toda la Iglesia para rezar para que Dios acoja plenamente a nuestras hermanas y hermanos difuntos en su abrazo divino.

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