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Celebrando en Familia - El Domingo de Pascua
Un sepulcro vacío
La vida ha cambiado para siempre
Es presencia duradera
(Juan 20:1-9)
Cuando una persona muere, una de las cosas que sentimos es su ausencia. La habitación y los lugares donde se sentaba, cuando vivía entre nosotros, están vacías y nuestros corazones se entristecen.
Para nosotros no es una dificultad compartir la sensación de desconcierto y vacío que sintió María Magdalena cuando llegó al sepulcro. Esta es una Pascua, como nunca antes, la habíamos tenido. Sin nuestras celebraciones habituales, junto a la familia y los amigos, podemos sentir realmente un vacío.
Pero, si leyéramos los versículos subsiguientes del Evangelio de Juan, que acabamos de escuchar, nos encontraríamos con una historia rebosante de alegría, María se encuentra con Jesús, el resucitado.
Cuando ella escucha su nombre ‘María’, lo reconoce y su tristeza, su vacío, dan paso a la alegría del encuentro con Jesús.
Es una historia de transformación, cómo pueden cambiar las cosas cuando realmente nos encontramos con Jesús, el resucitado.
En cierto modo, todos estamos atrapados en nuestros sepulcros, especialmente en estos momentos, que contienen a nuestros seres queridos, nuestras experiencias de dolor, nuestros miedos y ansiedades.
Necesitamos la presencia porque experimentamos la ausencia de estar separados de nuestros seres amados y amigos.
La práctica de la presencia de Dios nos puede ayudar, recordando que estamos en su presencia, podemos hablar con él como se hablan los amigos.
Dios está en medio de nosotros, no importa lo que estemos viviendo, él está presente. Dios es nuestro constante compañero. Si experimentamos profundamente la presencia de Dios en nuestras vidas, que no solo está a nuestro lado, sino que está dentro nosotros. Entonces, los temores, las ansiedades, los dolores comenzarán a desaparecer. Y, donde había ausencia, ahora hay una presencia serena, amorosa, sanadora y nuestros sepulcros comenzaran a vaciarse dando paso a la alegría.
Con la resurrección la muerte da paso a la vida, lo imposible se convierte en posible, la ausencia se transforma en presencia.
¡Que todos vuestros sepulcros estén vacíos!
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Celebrando en Familia - El Viernes Santo
Pasión de nuestro Señor Jesucristo
(Juan 18:1 - 19:42)
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Juan
Jesús salió con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía allí a menudo con sus discípulos. Judas entonces, tomando la patrulla y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo: ‘¿A quién buscáis?’ Le contestaron: ‘A Jesús el Nazareno’. Les dijo Jesús: ‘Yo soy’. Estaba también con ellos Judas el traidor. Al decirles ‘Yo soy’, retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez: ‘¿A quién buscáis?’ Ellos dijeron: ‘A Jesús el Nazareno’. Jesús contestó: ‘Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos’. Y así se cumplió lo que había dicho: ‘No he perdido ninguno de los que me diste’.
Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro: ‘Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre ¿no lo voy a beber?’
Silencio y pausa para la reflexión
La patrulla, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año, el que había dado a los judíos este consejo: ‘Conviene que muera un solo hombre por el pueblo’.
Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Ese discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera, a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro: ‘¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?’ El dijo: ‘No lo soy’. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose.
El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de la doctrina. Jesús le contestó: ‘Yo he hablado abiertamente al mundo: yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, de qué les he hablado. Ellos saben lo que he dicho yo’. Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo: ‘¿Así contestas al sumo sacerdote?’. Jesús respondió: ‘Si he faltado en el hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas’. Entonces Anás lo envió a Caifás, sumo sacerdote.
Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron: ‘No eres tú también de sus discípulos?’ Él lo negó diciendo: ‘No lo soy’. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo: ‘¿No te he visto yo con él en el huerto?’ Pedro volvió a negar, y en seguida cantó un gallo.
Silencio y pausa para la reflexión
Llevaron a Jesús de casa de Caifás al Pretorio. Era el amanecer y ellos no entraron en el Pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo: ‘¿Qué acusación presentáis contra este hombre?’ Le contestaron: ‘Si éste no fuera un malhechor no te lo entregaríamos’. Pilato les dijo: ‘Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley’. Los judíos le dijeron: ‘No estamos autorizados para dar muerte a nadie’. Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. Entró otra vez Pilato en el Pretorio, llamó a Jesús y le dijo: ‘¿Eres tú el rey de los judíos?’. Jesús le contestó: ‘¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?’ Pilato replicó: ‘¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te ha entregado a mí; ¿qué has hecho?’ Jesús le contestó: ‘Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí’. Pilato le dijo: ‘Conque ¿tú eres rey?’ Jesús le contestó: ‘Tú lo dices: Soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz’. Pilato le dijo: ‘Y, ¿qué es la verdad?’ Dicho esto, salió otra vez donde estaban los judíos y les dijo: ‘Yo no encuentro en El ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos’ Volvieron a gritar: ‘A ése no, a Barrabás’. El tal Barrabás era un bandido.
Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar.
Y los soldados trenzaron una corona de espinas se la pusieron en la cabeza y le echaron por
encima un manto color púrpura; y, acercándose a Él, le decían: ‘¡Salve, rey de los judíos!’ Y le daban bofetadas.
Silencio y pausa para la reflexión
Pilato salió otra vez afuera y les dijo: ‘Mirad, os lo saco afuera, para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa’. Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo: ‘Aquí lo tenéis’ Cuando lo vieron los sacerdotes y los guardias gritaron: ‘¡Crucifícalo, crucifícalo!’ Pilato les dijo: ‘Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él’. Los judíos le contestaron: ‘Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se hadeclarado Hijo de Dios’. Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más y, entrando otra vez en el Pretorio, dijo a Jesús: ‘¿De dónde eres tú?’. Pero Jesús no le dio respuesta. Y Pilato le dijo: ‘¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?’. Jesús le contestó: ‘No tendrías ninguna autoridad sobren mí si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor.’
Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban: ‘Si sueltas a ése, no eres amigo del César. Todo el que se declara rey está contra el César’. Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio quellaman ‘El Enlosado’ (en hebreo Gábbata). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos: ‘Aquí tenéis a vuestro Rey’. Ellos gritaron: ‘¡Fuera, fuera; crucifícalo!’ Pilato les dijo: ‘¿A vuestro rey voy a crucificar?’ Contestaron los sumos sacerdotes: ‘No tenemos más rey que al César’. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.
Silencio y pausa para la reflexión
Tomaron a Jesús, y él, cargando con la cruz, salió al sitio llamado ‘de la Calavera’ (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron; y con El a otros dos, uno a cada lado, y en medio Jesús y con El a otros dos, uno a cada lado, y en medio Jesús.
Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús el Nazareno, el rey de los judíos». Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos le dijeron a Pilato: ‘No escribas ‘El rey de los judíos’, sino “Este ha dicho: Soy el rey de los judíos”. Pilato les contestó: ‘Lo escrito, escrito está.’
Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica; sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron: ‘No la rasguemos, sino echemos a suerte, a ver a quien le toca.’ Así se cumplió la Escritura: ‘Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica’. Esto hicieron los soldados.
Junto a la cruz de Jesús estaba su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo su madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’. Luego dijo al discípulo: ‘Ahí tienes a tu madre’. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.
Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo: ‘Tengo sed’. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: ‘Está cumplido’. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Silencio y pausa para la reflexión
Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que
uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: No le quebrarán un hueso; y en otro lugar la Escritura dice: Mirarán al que atravesaron.
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo clandestino de Jesús por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.
Silencio y pausa para la reflexión
Celebrando en Familia - El Jueves Santo
Lavatorio de los pies
Compartir el pan y el vino: el amor manifestado en el servicio
Esta noche recordamos el mandato de Jesús: amarnos los unos a los otros, lavarnos mutuamente los pies y compartir el pan de su propia vida, no solo en la mesa, sino también en el altar de la Cruz para la curación y alimento del mundo.
La liturgia de la Jueves Santo es una meditación acerca del vínculo íntimo entre la Eucaristía y el amor cristiano manifestado en el servicio mutuo. Cristo está presente no solo en la Eucaristía sino también en los actos amorosos ofrecidos a los otros a través de nuestra persona.
Hacemos presente la presencia ‘real’ de Jesús en cada sonrisa, en cada palabra amable y en cada acción amorosa.
Celebrando en Familia - Domingo de Ramos
El amor revelado
(Mateo 27:11-54)
Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Mateo
Mateo presenta la pasión, no como un acto espantoso, sino como el medio de la salvación. La cruz forma parte del plan de Dios, no es un trágico error.
Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador y le preguntó: ‘¿Eres tú el rey de los judíos?’. Jesús respondió: ‘Tú lo dices’. Y, mientras lo acusaban, los sumos sacerdotes y los ancianos no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó: ‘¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?’. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado.
Por la fiesta, el gobernador solía liberar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato: ‘¿A quién queréis que os suelte, a ¿Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?’
Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó: ‘¿A cuál de los dos queréis que os suelte?’. Ellos dijeron: ‘A Barrabás’. Pilato les preguntó: ‘¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?’. Contestaron todos: ‘Sea crucificado’. Pilato insistió: ‘Pues, ¿qué mal ha hecho?’. Pero ellos gritaban, más fuerte: ‘¡Sea crucificado!’
Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo:
‘¡Soy inocente de esta sangre! ¡Allá vosotros!’. Todo el pueblo contestó: ‘¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!’. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte: lo desnudaron y le pusieron un manto color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha.
Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: ‘¡Salve, rey de los judíos!’. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.
Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su cruz. Cuando llegaron al lugar llamada Gólgota (que quiere decir lugar de ‘la Calavera’), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo.
Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: ‘Este es Jesús, el rey de los judíos’. Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.
Los que pasaban, lo injuriaban, y, meneando la cabeza, decían: ‘Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz’.
Igualmente, los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también diciendo: ‘A otros han salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz y le creeremos Confió en Dios, que lo libre se es que lo ama, pues dijo: ‘Soy Hijo de Dios’.
De la misma manera los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.
Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente: ‘Elí, Elí, ¿lemá sabaqtani?’. (Es decir: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’.
Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron: ‘Está llamando a Elías». En seguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían: ‘Dejadlo, a ver si viene Elías a salvarlo’. Jesús, gritando de nuevo con voz potente exhaló el espíritu.
[Todos se arrodillan, y se hace una pausa]
Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos.’
El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados: ‘Verdaderamente este era Hijo de Dios’.
Momento de silencio para la reflexión
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Celebrando en Familia - V Domingo del Tiempo de Cuaresma
Dejadle ir libre
(Juan 11:1-45)
Hoy termina la serie de tres grandes evangelios de Cuaresma con una historia evangélica de vida y libertad. De la misma forma que los Evangelios de los últimos dos domingos, la dramática historia de Jesús que resucita a su amigo Lázaro es una historia de amor, fe y creencia.
En la historia encontramos tres grupos de creyentes: los que creen que Jesús podría haber evitado la muerte de Lázaro (ya que Jesús es un sanador); los que creen en él al ver que resucitaba a Lázaro, y los que, como Marta, creen en Jesús, aunque Lázaro haya muerto.
En este Evangelio, Jesús se declara a sí mismo como ‘la resurrección y la vida’. Lo vemos profundamente afectado por la muerte de su amigo. Lo encontramos orando seriamente a Dios. Lo vemos lleno de fuerza cuando ordena a Lázaro que abandone la tumba.
Una cuestión que se menciona poco acerca de este relato es la imagen de amor que lo impregna. El Señor Jesús ha tratado a la samaritana con dignidad, respeto, dulzura y amor, y ha tendido la mano con amor para curar al ciego sin que nadie lo pidiera. En este relato se aprecia con mucha claridad su amor por Marta, María y Lázaro, y el dolor que experimenta por ese amor.
Esto, una vez más, pone de manifiesto la conexión entre la fe y el amor. Si Juan pretendía con esta narración tranquilizar a su comunidad (aquellos que creen en Jesús), entonces deja claro que ellos también son amados por Jesús, y sugiere de alguna manera que Jesús también lloraría cuando el mal (la enfermedad y la muerte) llegase a sus amigos (los creyentes). El consuelo final es que esta relación amorosa y llena de fe que tenemos con Jesús no solo nos sostiene en la vida, sino que también nos observa a través de los momentos oscuros del sufrimiento y la muerte - en última instancia, a la vida más allá de las restricciones que encontramos en este mundo.
Finalmente, seremos libres.
Para mí, las palabras más importantes del Evangelio son:
Desatadle, dejadle ir libre.
La libertad es una de las aspiraciones más profundas de la humanidad. Nos esforzamos por ser libres: de la enfermedad, de las preocupaciones, del miedo, (sobre todo en estos momentos) de las expectativas de los demás, de la culpa, de nuestras faltas, etcétera. La libertad suprema es la libertad de la eterna muerte.
Tenemos conocimiento de que podemos estar físicamente vivos y espiritualmente muertos por la envidia, la codicia, el miedo y el odio. Nos consta que podemos causar la muerte a los demás mediante la mentira, el cotilleo, la mezquindad, la crueldad, la negativa al perdón y similares.
Viviendo el Evangelio nos damos vida, amor y libertad a nosotros mismos y a los demás.
Un momento en silencio para la reflexión
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Celebrando en Familia - IV Domingo del Tiempo de Cuaresma
Camino hacia la luz
(Juan 9:1-41 texto breve)
Durante el Evangelio de este domingo, acompañamos al ciego de nacimiento en el camino hacia la luz.
En la versión completa de este Evangelio, lo primero que leemos es que Jesús anuncia que el hombre está libre de pecado, que ha nacido ciego para que la gloria de Dios se manifieste en él.
A continuación, Jesús da la vista al ciego. Fíjate en que el hombre no pidió ser curado: es la iniciativa de Jesús, que da el primer paso y se acerca a él con amor. De esta manera es como Jesús se acerca a nosotros también.
Cuando el hombre regresa a casa, sus vecinos y amigos no lo reciben con alegría ni le dan la bienvenida. Por el contrario, es recibido con muchas preguntas y sospechas. Parecen ciegos ante lo que le ha sucedido. Estos mismos vecinos y amigos llevan al hombre ante las autoridades religiosas para consultar su opinión sobre la situación. Pero ellos también reciben al hombre con muchas preguntas y grandes sospechas, y finalmente lo echan. También ellos están ciegos ante la obra de Dios, tanto en el hombre como en Jesús, que lo ha curado.
Jesús se encuentra con el hombre y le pregunta sí cree. El hombre pregunta en quién debe creer. Jesús le responde: ‘En mí’. El hombre, que ahora ve claramente quién es Jesús, cree y adora.
Todo el mundo de este hombre se ha transformado totalmente, de la oscuridad total a la luz, gracias a la
acción amorosa de Jesús. Poco a poco, a lo largo de lectura, el hombre se va dando cuenta de quién es Jesús. Al principio, Jesús es simplemente ‘un hombre’, luego ‘un profeta’, después ‘Hijo del Hombre’ y, finalmente, ‘Señor’.
Nosotros también podemos estar ciegos ante las muchas formas en que Dios está presente en nuestras vidas y en las de quienes nos rodean. Puede llevarnos algún tiempo en nuestro camino de fe, darnos cuenta de quién es Jesús y permitir que nuestras vidas se llenen de luz.
Las velas que utilizamos en nuestras iglesias nos recuerdan la vitalidad y la vida de Cristo que se nos ha confiado. Con nuestras mentes iluminadas y nuestros corazones ardientes por el Espíritu de Cristo, nosotros también desarrollamos una verdadera comprensión y, a medida que el corazón de Dios comienza a latir dentro del nuestro, nos convertimos en luz y calor para los demás.
¡Que la luz de Cristo arda con fuerza en nosotros!
Un momento en silencio para la reflexión
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Celebrando en Familia - Tercer Domingo del Tiempo de Cuaresma
Venid y bebed
(Juan 4:5-16, 19-26, 39-42)
El domingo pasado, el Evangelio de la Transfiguración completó la pequeña parábola que se inicia con el inicio de la Cuaresma. Los Evangelios de los dos primeros domingos describen la Cuaresma y la vida cristiana como un viaje constante de la tentación y la duda a la transfiguración y la fe; un viaje que nos aleja de dejarnos tentar por el mal y nos lleva a dejarnos tentar por el bien por la acción del Espíritu Santo de Dios en nosotros.
Los Evangelios de los tres próximos domingos dejan claro que el camino de la tentación a la transfiguración es a través de Jesucristo, que es Agua Viva, Luz y Vida para el aspirante a discípulo. Son tres grandes historias de Juan sobre la respuesta de fe:
• La mujer junto al pozo: alcanzar la fe a pesar de las barreras, la historia personal, las diferencias de tradición religiosa, las circunstancias de la vida.
• El ciego de nacimiento: la fe crece en medio de toda clase de pruebas y de las dudas de los otros.
• La resurrección de Lázaro: la fe sometida a prueba por lo último: la muerte.
El primero de los tres ‘grandes Evangelios’ de la Cuaresma es el de este fin de semana: el encuentro entre Jesús y la samaritana.
La primera lectura del Éxodo sienta las bases del Evangelio. El pueblo tiene sed y Dios le da agua, aunque se quejen de él y lo ‘pongan a prueba’.
Del relato de la conversación de Jesús con la mujer samaritana podemos deducir que la fe nace del encuentro personal con Jesús, que nos ofrece el agua viva de su Espíritu. Jesús nos ofrece su Espíritu a pesar de todo tipo de obstáculos, de nuestra historia personal o de nuestras circunstancias y, a menudo, de nuestra obstinada resistencia. La fe es un viaje: es necesario un tiempo para comprender lo que se ofrece y quién lo ofrece. Debemos superar algunos obstáculos en lo que respecta a la religión o la práctica religiosa para entrar plenamente en la fe que no depende de los cultos rituales. La fe nos convierte en misioneros, evangelistas, proclamadores de la Buena Nueva.
El agua es un poderoso símbolo de vida. Se puede aguantar muchos días sin comer, pero solo unos pocos sin agua. En nuestra tradición cristiana, el agua es un símbolo fuerte de la vida de Dios que nos sostiene y da vida a nuestros corazones. Por eso la utilizamos en el Bautismo y para bendecir objetos y a nosotros mismos. El agua viva que Jesús promete es su Espíritu. Un espíritu que cura y transforma; que se deleita en la experiencia del amor y la misericordia de Dios; que no puede dejar de proclamar la bondad de Dios.
Nuestro nuevo encuentro con el espíritu de Cristo en esta Cuaresma nos cura y nos transforma, y nos convierte en un “evangelio vivo para que todos lo oigan”.
Un momento en silencio para la reflexión
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Celebrando en Familia - II Domingo del Tiempo de Cuaresma
La Transfiguración
(Mateo 17,1-9)
El Evangelio de la Transfiguración de este domingo completa la ‘pequeña parábola’ formada por los Evangelios de los dos primeros domingos de Cuaresma.
Estos Evangelios nos explican de qué se trata la Cuaresma y en qué consiste la vida cristiana: un viaje constante desde la tentación y la duda hasta la transfiguración y la fe. Un camino que nos aleja de la tentación del mal y nos encamina al bien por la acción del Espíritu Santo en nosotros.
Jesús, como ‘el Elegido’, manifestará plenamente la gloria de Dios con su resurrección. Por un lado, este Evangelio contempla la Pasión y la Resurrección de Jesús. Por otro lado, nos invita a reflexionar sobre nuestro camino de la tentación hasta la transfiguración.
El camino que emprende Jesús no termina en la muerte, sino en la vida. Por medio de la oración, permanecemos en contacto con el corazón de Dios que permite que su amor nos transforme y nos transfigure en retoños de bondad. Así permitimos que la gloria de Dios se vea en nosotros y a través de nosotros.
La Transfiguración significa ser ‘penetrado’ por la presencia de Dios. Ser transfigurado es permitir que la presencia de Dios nos transforme plenamente. Es una revolución de mente y corazón impulsada por el Espíritu de Dios y habilitada por la apertura de corazón. Nuestra vida como cristianos consiste en ser transfigurados por el Espíritu de Dios, para que Dios sea visto y experimentado por medio de nosotros.
Se necesita fe y perseverancia para dejarnos conducir por la pasión, la esperanza y la visión de Dios en lugar de nuestros propios deseos y anhelos. Se necesita una gran fe para confiar en la Palabra de Dios. Si confiamos, la Palabra viva del Elegido forma en nosotros el corazón de Dios.
Un momento de silencio para la reflexión
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Celebrando en Familia - I Domingo del Tiempo de Cuaresma
Desde la tentación hasta la transfiguración
(Mateo 4,1-11)
¡Nuestro gran itinerario de Cuaresma ha comenzado! Es un camino que comienza con las cenizas y termina con el agua. El fuego es una parte profunda de la experiencia humana.
Conocemos su poder para destruir, ennegrecer y reducir a cenizas.
Nosotros sabemos que el mal puede hacer lo mismo: destruye nuestra integridad de espíritu, ennegrece nuestras vidas y reduce la belleza de la vida humana a polvo.
Comenzamos la Cuaresma con la ceniza, reconociendo nuestra propia fragilidad en albergar, crear y hacer el mal en nuestros corazones donde el fuego de la ira, de la amargura, del egoísmo o la estrechez de mente y corazón no han dejado más que cenizas frías.
La ceniza nos recuerda que nuestra verdadera vida no se encuentra en cosas temporales, que ocasionalmente se convierten en polvo, sino que está en las cosas eternas. También, sabemos que de la ceniza puede brotar una nueva vida fuerte y florecida en plenitud. Ese es el milagro de la Pascua.
Como siempre, los Evangelios de los dos primeros domingos de Cuaresmas, nos proporcionan un itinerario cuaresmal desde la tentación (este domingo) hasta la transfiguración (el próximo domingo).
No permitimos ser tentados por la ceniza del egoísmo y de la estrechez de corazón para entrar en una vida de bondad con el corazón abierto. Celebremos la gracia de Dios para con nosotros compartiendo lo que tenemos con los más necesitados, ya sea comida, dinero, tiempo, amor, amistad o compasión. Eso es lo que significa ‘arrepentirse y creed en la Buena Nueva’.
En estos días que somos más conscientes del impacto de la vida humana en creación de Dios, podríamos pensar en algún ayuno permanente por nuestro consumo excesivo de energía, de alimentos y gasolina para permitir que nuestra tierra (Casa Común) sane, respires y continúe siendo fuente de sustento y vida para toda la familia humana.
Momento de silencio para reflexionar
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Celebrando en Familia - Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario
Hacer un esfuerzo adicional
(Mateo 5:38-48)
La venganza, las represalias y la violencia parecen ser parte intrínseca de la experiencia humana. A menudo, cuando somos heridos, nuestro primer impulso es la represalia, vengarnos de quien nos causó el daño.
Así es como se comienzan los ciclos de violencia.
Estos ciclos pueden perpetuarse en las familias, por ejemplo, a lo largo de generaciones, y permanecer mucho tiempo después de que el suceso original haya sido olvidado.
En el Sermón de la Montaña, Jesús llama a sus discípulos a nuevas formas de tratar la violencia y el trato injusto: no con venganza y represalias, sino con generosidad y perdón de corazón abierto.
Las enseñanzas de Jesús debieron de sonar como los desvaríos de un loco para sus oyentes. Incluso para nosotros hoy en día esa enseñanza puede ser ‘difícil de tragar’. ¿Nos está pidiendo Jesús en serio que ofrezcamos la otra mejilla al que nos golpea, que suframos el doble de la herida? Si alguien quiere nuestra camisa, ¿tenemos que darle también nuestro abrigo? Si alguien nos obliga a recorrer una milla, ¿de verdad tenemos que recorrer dos millas? ¿Amar a tus enemigos? ¿Rezar por los que te persiguen? ¿En serio?
El desafío de las palabras de Jesús es que sus discípulos actuemos siempre en nuestras relaciones con los demás de la misma manera en que Dios actuaría. De este modo, podemos interrumpir los ciclos de violencia que, de otro modo, nos atraparían.
Jesús llama a sus seguidores a una mayor justicia, incluso cuando son tratados injustamente. Toma las interpretaciones tradicionales de las antiguas enseñanzas bíblicas y las lleva a un mayor entendimiento con una interpretación más amplia.
La virtud y la justicia no consiste en quedar bien exteriormente, en cumplir la ‘letra de la Ley’.
Consisten en ser buenos interiormente y actuar por el bien de los demás, permitiendo que el corazón Dios reine en el nuestro. Eso es lo que nos lleva a una relación correcta con Dios y con el prójimo.
La verdadera virtud cristiana siempre va más allá de lo que se requiere. Siempre está dispuesta a ‘hacer un esfuerzo adicional’ en tolerancia, amor, perdón y misericordia. Manifiesta la excesiva generosidad de Dios.
La perfección de la verdadera santidad se encuentra en actuar hacia los demás, incluidos nuestros enemigos, como Dios actúa hacia todos nosotros.
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