Un Rey Pastor
(Juan 18:33-37)
En este último domingo del año litúrgico, celebramos la solemnidad de Cristo Rey.
La primera lectura del profeta Daniel habla de la llegada de uno que gobernará en nombre de Dios en un reino eterno. La segunda lectura del libro del Apocalipsis habla de Cristo como ‘testigo fiel’ de Dios y ‘soberano de los reyes de la tierra’. He aquí un rey que ama a su pueblo y derrama su propia sangre para salvarlo.
El Evangelio es un fragmento de la Pasión de Jesús del Evangelio de San Juan. Es el diálogo El Evangelio es un fragmento de la Pasión de Jesús con Pilato sobre su realeza y la naturaleza de su reino. Jesús es
todo menos un rey tradicional. Este Rey reina, no desde un trono de oro, sino desde una cruz de madera tosca; desnudo, sin ricas túnicas; sin corona enjoyada, solo con espinas; sin orbe ni cetro, solo con clavos en las manos.
Llega a su pueblo, no como un tirano que blande armas de sufrimiento y muerte, sino como un niño impotente Jesús dice que su reino ‘o es de este mundo’. No es un reino con fronteras geográficas y nacionales. No es un reino en el sentido terrenal, donde reinan el poder y la opresión, sino un reino donde reinan la justicia, el amor, la misericordia, la verdad y la paz.
En definitiva, el discípulo está llamado a ser el Reino (la presencia viva) de Dios en el mundo y a transformar el sufrimiento de sus gentes en alegría mediante actos de amorosa bondad.
Los discípulos virtuosos son la presencia viva de Jesús en el mundo. Son conscientes de que, hasta que Jesús vuelva, el Reino ha sido confiado a sus manos. En el Reino de Jesús, el discípulo no es el amo, sino el ‘servidor’.
El poder del espíritu de Jesús alimenta los actos de amorosa bondad, revirtiendo las horribles condiciones humanas y trayendo sanación y salvación.
Cuando actuamos como Cristo, el Reino de Dios (el reino de la gracia de Dios) irrumpe en nuestro mundo.
Cuando nos sentimos movidos por el Espíritu a proclamar la verdad, a responder a la necesidad, a trabajar por la justicia, a transformar y sanar nuestra sociedad, el Reino de Dios irrumpe en la realidad humana y la gracia de Dios se hace claramente visible en nuestras palabras y acciones.
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