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Miércoles, 04 Junio 2025 13:53

Celebrando en Familia - Domingo de Pentecostés

Que se vea el amor de Dios (Juan 14:15-16, 23-26)

En Pentecostés celebramos la venida del Espíritu Santo sobre el grupo de los primeros creyentes cristianos: los discípulos. El don del Espíritu Santo es la culminación de la vida, de la muerte y la resurrección de Jesús.
Sería un error pensar que este don fue dado solo en un momento de la historia. Al contrario, el don del Espíritu Santo es un acontecimiento continuo en la vida de cada persona creyente, está presente en cada etapa de la historia de la humanidad. El Espíritu Santo es la presencia de Dios en medio de nosotros, la forma permanente en que Jesús se hace presente en la Iglesia y en la vida de cada persona.
Hoy, no oramos para recibir el Espíritu Santo. El don del Espíritu Santo se nos ha dado por medio de los sacramentos del bautismo y la confirmación. Sin embargo, oramos para ser consciente de la presencia del Espíritu en nuestras vidas y estar disponibles para que el Espíritu crezca en nosotros y cambie progresivamente nuestras mentes y nuestros corazones a imagen de Jesús.
Con Pentecostés culmina la cincuentena pascual y, comenzamos de nuevo el Tiempo Ordinario. La fiesta de hoy nos recuerda que el Espíritu Santo está presente en los acontecimientos de nuestra vida cotidiana. De esta manera, permitimos que lo sagrado nos toque, nos sane y nos transforme a nosotros y al mundo que nos rodea.
La búsqueda espiritual es encontrar el corazón de Dios dentro del nuestro. Cuando estamos en relación con Cristo a través del Espíritu, los dones fluyen en abundancia. El Espíritu es la fuente de la reconciliación con nosotros mismos y con los demás. 
La reconciliación es esencial si deseamos ‘abrazarnos y protegernos’ en medio de la vida que nos rodea, especialmente en estos momentos. 
El Espíritu nos regala los dones de la sabiduría, la comprensión, el juicio recto, el conocimiento, la piedad y la maravillosa presencia de Dios. Pidamos que todos seamos agradecidos, mientras discernimos y decidimos cómo trabajar mejor, para fortalecernos mutuamente, dejando que el amor de Dios se manifieste en nuestro trabajo y en cada uno de nosotros.

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Llamados a ser la presencia viva de Dios (Lucas 24:46-53)

La fiesta de la Ascensión conmemora el regreso de Jesús al Padre. Jesús se va en cuerpo, pero se queda con nosotros por medio del don del Espíritu. El próximo domingo, celebraremos el don y la presencia del Espíritu Santo en la fiesta de Pentecostés.
El verdadero significado de nuestra fiesta de hoy no se encuentra en la partida de Jesús, sino en el modo en que convoca a sus discípulos para que vuelvan a formar una nueva comunidad encargada de difundir el Evangelio. Jesús envía a los discípulos a hacer discípulos de todas las naciones y a enseñarles su camino. Pero los discípulos no tienen que hacer todo eso, solos. Jesús les promete que estará siempre con ellos.
Jesús ha llamado al grupo de discípulos, disperso tras su crucifixión, para que vuelvan a él y los forme, frágiles y dudosos como son, en una comunidad para la misión en nombre de Dios. La tarea del Jesús histórico se ha completado; la tarea de la iglesia como Cuerpo vivo de Cristo acaba de empezar. Es reconfortante reconocer que Jesús no insiste en la perfección antes de llamarnos y confiarnos su misión.
Esta misión está autorizada por Dios y se nos transmite a través de Jesús. No se trata de una autoridad sobre los demás. En realidad, se trata de una llamada a actuar como Dios lo haría, fieles al corazón de Dios, tal como Jesús nos ha enseñado.
Desde la Pascua, hemos estado proclamando que Jesús está vivo. Las fiestas de la Ascensión y de Pentecostés nos ayudan a tomar conciencia de que formamos parte de una larga tradición de discípulos fieles. Tenemos nuestros defectos y carencias, pero
nuestra llamada es a dar testimonio y enseñar el camino de Jesús mediante el tipo de personas que somos, los valores y las actitudes que mantenemos, en pensamiento, palabra y acción, para ser la presencia viva de Dios en el mundo de hoy.

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Recordar y hacer presente (Juan 14:23-29)

La lectura del discurso de despedida (Juan 13, 31 - 17,26) continúa en el Evangelio de hoy cuando Jesús pronuncia una serie de promesas a los discípulos. 

Las primeras palabras dicen que los que aman a Jesús guardaran su palabra. No se trata de cumplir unas normas de circulación. Se trata de permitir que la palabra de Jesús transforme nuestros corazones y moldee nuestras vidas. En todo el evangelio de Juan, la palabra de Jesús se refiere a su amor ilimitado por el Padre y los discípulos. 

Otro tema favorito de Juan es que, al igual que el Padre y Jesús permanecen juntos en el amor, también llegarán a permanecer en el corazón del discípulo. Es este vínculo de amor el que crea la ‘morada’ de Dios en el corazón del discípulo. No hay separación con el Padre, el discípulo no necesita buscar un lugar celestial para experimentar la presencia de Dios. 

Jesús promete que el Padre enviará al Abogado, el Espíritu Santo, para ayudar a los discípulos a ‘recordar’, es decir, a comprender más profundamente las palabras y acciones de Jesús, especialmente su muerte y resurrección. Este recuerdo les hará presente a Jesús.

Permanecer en el amor de Jesús y del Padre aporta una paz que no puede encontrarse de otro modo en este mundo, por lo que los discípulos no tienen que tener miedo del futuro, ni siquiera de la inminente partida de Jesús. De hecho, si ya están habitando verdaderamente en la presencia de Dios y de Jesús en sus corazones, ¿por qué habría de perturbarlos su partida física?

Jesús no pronuncia estas palabras en el sentido de predecir el futuro, sino para preparar a los discípulos para que ‘recuerden’ y hagan presentes sus palabras y acciones en su propia vida.

Este Evangelio nos pide que nos preguntemos si somos realmente personas que recuerdan a Jesús y permiten que su Espíritu dé forma a nuestras palabras, pensamientos y acciones para que él siga estando presente para nosotros y para los que nos rodean.

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Despedida, gloria y discipulado de amor (Juan 13:31-35)

Estas palabras, pronunciadas durante la última cena de Jesús con sus discípulos, inician lo que en el Evangelio de Juan se denomina el discurso de despedida (13,31-17,26). Son las últimas palabras de Jesús a sus discípulos antes de su muerte.

Al ofrecer seguridad y consuelo, Jesús desarrolla varios temas que han sido introducidos anteriormente en su ministerio, incluyendo en particular la gloria, la morada mutua y el amor. Su punto principal es la experiencia de vida en Dios que tienen y seguirán teniendo los discípulos. 

La relación entre el Padre y el Hijo, que ha sido revelada en los primeros doce capítulos del Evangelio, Jesús la declara ahora realizada en los discípulos. La relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu se describe aquí con más detalle que en ningún otro lugar de la Biblia. Por tanto, en estos capítulos se encuentra la enseñanza más profunda sobre Dios y el discipulado en la Sagrada Escritura.

La primera parte de la lectura del Evangelio de hoy es un poco confusa, a menos que entendamos que la ‘gloria’ en la tradición bíblica tiene que ver con la revelación del Dios invisible. Así, en estas líneas hay un sentido de glorificación mutua: el Padre se revela en el Hijo y el Hijo revela al Padre en su muerte en la cruz. El Hijo revelará el amor del Padre de forma más evidente cuando entregue su vida.

Utilizando este modo íntimo de dirigirse a ellos, ‘Hijos míos’, Jesús comienza a preparar a los discípulos para la difícil realidad de su partida.

Así como Jesús ha sido el amor de Dios en acción en el mundo, ahora los discípulos deben serlo. El carácter indispensable de la permanencia en el amor queda subrayado por el uso del ‘mandamiento’. Es por su amor mutuo que todos los reconocerán como discípulos de Aquel que amó hasta dar su vida.

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Pastor y ovejas,
lazos de vida y amor (Juan 10:27-30)

El cuarto Domingo de Pascua es conocido como «el domingo del Buen Pastor» porque no importa el ciclo litúrgico que estemos celebrando siempre el Evangelio nos mostrará la imagen de Jesús como el Buen Pastor.
El oficio de pastor en la época de Jesús no se parece en nada a las grandes empresas agrícolas de hoy.
Para aquel entonces, un pastor solía tener a su cargo unas quince o veinte ovejas a las que acompañaba día y noche. Tanto el pastor como las ovejas se conocían. El pastor era responsable de mantener el rebaño unido y seguro, de conducirlos a buenos pastos, de sanar las heridas. Las ovejas dependían del pastor para vivir.
No es de extrañar que la imagen del Buen Pastor se hiciera tan popular como descripción de la relación entre Jesús y sus seguidores.
El Evangelio de hoy está lleno de calidez e intimidad en la forma en que habla de la relación de Jesús con nosotros.
Las ovejas que escuchan a Jesús le pertenecen (están en relación con él). Hay un sentido de intimidad en la idea de que Jesús conoce a cada una de las ovejas que le siguen. Él las conoce y ellas le siguen porque están unidas por el vínculo del amor.
Las ovejas tienen vida a través de su relación con Jesús, una relación que trae la vida eterna, no solo después de la muerte, las ovejas ya viven, aquí y ahora, la vida eterna de Dios.
Esta relación con Jesús y la vida eterna que conlleva no se pueden perder ni arrebatar.
Somos el regalo que el Padre hace a Jesús. Y como el Padre y Jesús viven en profunda comunión entre sí, nosotros también estamos atrapados en esta comunión de amor duradero.
Este amor que Dios nos tiene nos hace parte de la familia de Dios: Hijos e hijas predilectos de Dios.
Toda reflexión sobre Jesús como Buen Pastor nos hace recordar también que pastorear a los demás según el corazón de Jesús forma parte de nuestra vocación de discípulos.

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Desayuno con amigos,
liderazgo del amor (Juan 21:1-19)

Las lecturas del tiempo de Pascua continúan desarrollando para nosotros el gran Misterio Pascual: la presencia permanente de Jesús entre nosotros y lo que puede significar la ‘nueva vida en Cristo’.

El Evangelio de hoy narra la tercera aparición de Jesús a los discípulos después de su resurrección. Al principio no lo reconocen; luego hay una gran pesca seguida de una comida. Después, en la versión larga de este Evangelio, se le da el mandato a Pedro de guiar al rebaño en el amor.

Se necesita fe para reconocer la presencia de Jesús entre nosotros. La realidad puede cambiar y las cosas buenas resultan cuando lo hacemos. Todas las comidas que compartimos son recuerdos de la comida eucarística que nos mantiene en comunión con la vida de Cristo resucitado y entre nosotros. Jesús sigue siendo alimento y fuerza para el camino. Nuestra fe se construye sobre el amor.

En su diálogo con Cristo, Pedro reafirma tres veces su amor por él, revirtiendo su triple negación de Jesús antes de la crucifixión. Pedro es líder, pero su liderazgo se construye sobre su amor a Cristo. No es la autoridad de la tiranía, sino del cuidado pastoral. Pedro debe ‘apacentar mis corderos’, los jóvenes, los vulnerables. Debe ‘cuidar de mis ovejas’, alimentando y cuidando del rebaño, atendiendo a sus necesidades.

Cada vez que Jesús compartió una comida con sus seguidores, abrió sus corazones y sus mentes. Mientras seguimos compartiendo la comida eucarística, Jesús continúa alimentándonos y nutriéndonos con una nueva visión, una comprensión más profunda y un mayor amor.

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La comunidad reunida recibe con alegría el Espíritu Santo,
que la transforma (Juan 20:19-31)

Con la resurrección del Señor, el domingo pasado, comenzó en la Iglesia la celebración de la cincuentena Pascual, que concluirá, en seis semanas, con la fiesta de Pentecostés.
Los evangelios de cada domingo de esta cincuentena serán una meditación sobre Jesús como: el Cristo resucitado, que enseña las Escrituras, comparte el pan y da la vida en toda su plenitud, porque él es el camino, la verdad y la vida, la promesa del amor de Dios.
El Evangelio de este domingo nos presenta dos historias de transformación por el encuentro con Jesús resucitado.
En la primera, Jesús se aparece a los discípulos que estaban asustados y desconcertados en una habitación con las puertas cerradas. Sus primeras palabras son: ‘La paz con vosotros’. Entonces, el miedo y el desconcierto se convierten en alegría cuando los discípulos reconocen la presencia de Jesús resucitado en medio de ellos. Pero eso no es todo, luego son enviados a ser misioneros de la paz y el perdón. Reciben el Espíritu Santo, se transforman de un grupo de personas atemorizadas, escondidos en una habitación, en personas valientes que proclaman el amor y la misericordia de Dios.
Sabemos que el miedo genera soledad y encierro en sí mismo. Lo vivimos cada día en estos momentos.
Mientras buscamos los medios para mantenernos a salvo nosotros mismos y a los demás, también, estamos tratando que nuestros corazones no se bloqueen.
En nuestra naturaleza humana encontramos algo bueno inherente en ella. Las personas están encontrando nuevas formas de cuidarse mutuamente; por ejemplo: como restaurantes de primera clase ofrecen cientos de comidas para personas pobres, ancianas o aisladas.
U otros muchos ejemplos de personas que transforman el miedo y el desconcierto en momentos de esperanza y de alegría. ¿reconocemos la presencia del Jesús resucitado en estas acciones salvíficas?
La segunda historia del Evangelio de hoy, todos la conocemos es la duda de Tomás; pero, más bien la deberíamos llamar como el Tomás creyente: la duda es solo el inicio de la historia.
Jesús no regaña ni reprende a Tomás. Si Tomas quería pruebas, solo necesitaba tocar a Jesús para sentirlo que es real. Pero Tomás no lo hace, sino que el encuentro personal con Jesús lo transforma de escéptico en creyente.
Este texto evangélico nos recuerda que la fe no consiste en creer con nuestras mentes o en la búsqueda de pruebas, sino que la fe se encuentra únicamente en nuestra relación personal con Jesús.
Quizás estos días nos brinden un poco más de tiempo para sentarnos y conversar con Jesús, para reconocerle ya presente en nuestros corazones, para dejar que nuestros miedos y dudas sean superados por el amor, para encontrar formas nuevas y creativas de transformar la oscuridad en luz, paz y alegría para los demás.
Que la nueva vida que celebramos, en esta cincuentena pascual, nos traiga la creatividad del Espíritu que necesitamos para ser en el mundo de hoy el corazón vivo de Dios.

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Miércoles, 16 Abril 2025 08:17

Celebrando en Familia - El Domingo de Pascua

Un sepulcro vacío
La vida ha cambiado para siempre
(Juan 20:1-9) 

Cuando una persona muere, una de las cosas que sentimos es su ausencia. La habitación y los lugares donde se sentaba, cuando vivía entre nosotros, están vacías y nuestros corazones se entristecen.
Para nosotros no es una dificultad compartir la sensación de desconcierto y vacío que sintió María Magdalena cuando llegó al sepulcro. Esta es una Pascua, como nunca antes, la habíamos tenido. Sin nuestras celebraciones habituales, junto a la familia y los amigos, podemos sentir realmente un vacío.
Pero, si leyéramos los versículos subsiguientes del Evangelio de Juan, que acabamos de escuchar, nos encontraríamos con una historia rebosante de alegría, María se encuentra con Jesús, el resucitado.
Cuando ella escucha su nombre ‘María’, lo reconoce y su tristeza, su vacío, dan paso a la alegría del encuentro con Jesús.
Es una historia de transformación, cómo pueden cambiar las cosas cuando realmente nos encontramos con Jesús, el resucitado.
En cierto modo, todos estamos atrapados en nuestros sepulcros, que contienen a nuestros seres queridos, nuestras experiencias de dolor, nuestros miedos y ansiedades.
Necesitamos la presencia porque experimentamos la ausencia de estar separados de nuestros seres amados y amigos.
La práctica de la presencia de Dios nos puede ayudar, recordando que estamos en su presencia, podemos hablar con él como se hablan los amigos.
Dios está en medio de nosotros, no importa lo que estemos viviendo, él está presente. Dios es nuestro constante compañero. Si experimentamos profundamente la presencia de Dios en nuestras vidas, que no solo está a nuestro lado, sino que está dentro nosotros. Entonces, los temores, las ansiedades, los dolores comenzarán a desaparecer. Y, donde había ausencia, ahora hay una presencia serena, amorosa, sanadora y nuestros sepulcros comenzaran a vaciarse dando paso a la alegría.
Con la resurrección la muerte da paso a la vida, lo imposible se convierte en posible, la ausencia se transforma en presencia. ¡Que todos vuestros sepulcros estén vacíos!

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Martes, 15 Abril 2025 09:44

Celebrando en Familia - El Viernes Santo

Pasión de nuestro Señor Jesucristo
(Juan 18:1 - 19:42)

Jesús salió con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía allí a menudo con sus discípulos. Judas entonces, tomando la patrulla y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo: ‘¿A quién buscáis?’ Le contestaron: ‘A Jesús el Nazareno’. Les dijo Jesús: ‘Yo soy’. Estaba también con ellos Judas el traidor. Al decirles ‘Yo soy’, retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez: ‘¿A quién buscáis?’ Ellos dijeron: ‘A Jesús el Nazareno’. Jesús contestó: ‘Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos’. Y así se cumplió lo que había dicho: ‘No he perdido ninguno de los que me diste’. Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro: ‘Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?’

Silencio y pausa para la reflexión

La patrulla, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año, el que había dado a los judíos este consejo: ‘Conviene que muera un solo hombre por el pueblo’.
Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Ese discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera, a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro: ‘¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?’ El dijo: ‘No lo soy’. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose.
El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de la doctrina. Jesús le contestó: ‘Yo he hablado abiertamente al mundo: yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, de qué les he hablado. Ellos saben lo que he dicho yo’. Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo: ‘¿Así contestas al sumo sacerdote?’. Jesús respondió: ‘Si he faltado en el hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas’. Entonces Anás lo envió a Caifás, sumo sacerdote.
Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron: ‘No eres tú también de sus discípulos?’ Él lo negó diciendo: ‘No lo soy’. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo: ‘¿No te he visto yo con él en el huerto?’ Pedro volvió a negar, y en seguida cantó un gallo.

Silencio y pausa para la reflexión

Llevaron a Jesús de casa de Caifás al Pretorio. Era el amanecer y ellos no entraron en el Pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo: ‘¿Qué acusación presentáis contra este hombre?’ Le contestaron: ‘Si éste no fuera un malhechor no te lo entregaríamos’. Pilato les dijo: ‘Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley’. Los judíos le dijeron: ‘No estamos autorizados para dar muerte a nadie’. Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. Entró otra vez Pilato en el Pretorio, llamó a Jesús y le dijo: ‘¿Eres tú el rey de los judíos?’.
Jesús le contestó: ‘¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?’ Pilato replicó: ‘¿Acaso soy yo judío?
Tu gente y los sumos sacerdotes te ha entregado a mí; ¿qué has hecho?’ Jesús le contestó: ‘Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí’. Pilato le dijo: ‘Conque ¿tú eres rey?’ Jesús le contestó: ‘Tú lo dices: Soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz’. Pilato le dijo: ‘Y, ¿qué es la verdad?’ Dicho esto, salió otra vez donde estaban los judíos y les dijo: ‘Yo no encuentro en El ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos’ Volvieron a gritar: ‘A ése no, a Barrabás’.
El tal Barrabás era un bandido.
Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar.
Y los soldados trenzaron una corona de espinas se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a Él, le decían: ‘¡Salve, rey de los judíos!’ Y le daban bofetadas.

Silencio y pausa para la reflexión

Pilato salió otra vez afuera y les dijo: ‘Mirad, os lo saco afuera, para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa’. Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo: ‘Aquí lo tenéis’ Cuando lo vieron los sacerdotes y los guardias gritaron: ‘¡Crucifícalo, crucifícalo!’ Pilato les dijo: ‘Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él’. Los judíos le contestaron: ‘Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios’. Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más y, entrando otra vez en el Pretorio, dijo a Jesús: ‘¿De dónde eres tú?’. Pero Jesús no le dio respuesta. Y Pilato le dijo: ‘¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?’. Jesús le contestó: ‘No tendrías ninguna autoridad sobren mí si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor.’ Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban: ‘Si sueltas a ése, no eres amigo del César. Todo el que se declara rey está contra el César’. Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman ‘El Enlosado’ (en hebreo Gábbata). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos: ‘Aquí tenéis a vuestro Rey’.
Ellos gritaron: ‘¡Fuera, fuera; crucifícalo!’ Pilato les dijo: ‘¿A vuestro rey voy a crucificar?’ Contestaron los sumos sacerdotes: ‘No tenemos más rey que al César’. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.

Silencio y pausa para la reflexión

Tomaron a Jesús, y él, cargando con la cruz, salió al sitio llamado ‘de la Calavera’ (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron; y con El a otros dos, uno a cada lado, y en medio Jesús y con El a otros dos,
uno a cada lado, y en medio Jesús.
Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús el Nazareno, el rey de los judíos». Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos le dijeron a Pilato: ‘No escribas ‘El rey de los judíos’, sino “Este ha dicho: Soy el rey de los judíos”. Pilato les contestó: ‘Lo escrito, escrito está.’ Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica; sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron: ‘No la rasguemos, sino echemos a suerte, a ver a quien le toca.’ Así se cumplió la Escritura: ‘Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica’. Esto hicieron los soldados.
Junto a la cruz de Jesús estaba su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo su madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’. Luego dijo al discípulo: ‘Ahí tienes a tu madre’. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.
Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo: ‘Tengo sed’. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: ‘Está cumplido’. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Silencio y pausa para la reflexión

Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis.
Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: No le quebrarán un hueso; y en otro lugar la Escritura dice: Mirarán al que atravesaron.
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo clandestino de Jesús por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo
de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

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Lunes, 14 Abril 2025 07:02

Celebrando en Familia - El Jueves Santo

Lavatorio de los pies
Compartir el pan y el vino: El amor manifestado en el servicio

Esta noche recordamos el mandato de Jesús: amarnos los unos a los otros, lavarnos mutuamente los pies y compartir el pan de su propia vida, no solo en la mesa, sino también en el altar de la Cruz para la curación y alimento del mundo.
La liturgia de la Jueves Santo es una meditación acerca del vínculo íntimo entre la Eucaristía y el amor cristiano manifestado en el servicio mutuo. Cristo está presente no solo en la Eucaristía sino también en los actos amorosos ofrecidos a los otros a través de nuestra persona.
Hacemos presente la presencia ‘real’ de Jesús en cada sonrisa, en cada palabra amable y en cada acción amorosa.

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