25 de agosto Memoria libre
Fragmento de la homilía del Papa Francisco con motivo de la canonización de Mariam de Jesús Crucificado Baouardy
Los Hechos de los Apóstoles nos presentan a la Iglesia primitiva en el momento en que elige al hombre a quien Dios llamó para ocupar el lugar de Judas en el colegio de los apóstoles. No se trata de un trabajo, sino de un servicio. De hecho, Matías, en quien recae la elección, recibe una misión que Pedro define con estas palabras: «Uno de estos hombres… debe ser testigo con nosotros de su resurrección», la resurrección de Cristo (Hechos 1, 21-23). Así, Pedro resume lo que significa formar parte de los Doce: significa ser testigo de la resurrección de Jesús. El hecho de que diga «con nosotros» nos hace darnos cuenta de que la misión de proclamar a Cristo resucitado no es una tarea individual: hay que llevarla a cabo en común, con el colegio apostólico y con la comunidad.
Un aspecto esencial del testimonio del Señor resucitado es la unidad entre nosotros, sus discípulos, a imagen de su propia unidad con el Padre. También hoy, en el Evangelio, escuchamos la oración de Jesús en la víspera de su pasión: «para que sean uno, así como nosotros somos uno» (Jn 17:11). De este amor eterno entre el Padre y el Hijo, derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo (cf. Rom 5,5), nuestra misión y nuestra comunión fraterna sacan su fuerza; este amor es la fuente inagotable de nuestra alegría al seguir al Señor por el camino de su pobreza, su virginidad y su obediencia; y este mismo amor nos llama a cultivar la oración contemplativa. La hermana Mariam Baouardy lo vivió de manera excepcional. Aunque era pobre y no tenía estudios, podía aconsejar a los demás y dar explicaciones teológicas con extrema claridad, fruto de su constante diálogo con el Espíritu Santo. Su docilidad al Espíritu Santo la convirtió también en un medio de encuentro y comunión con el mundo musulmán.
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