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Miércoles, 11 Mayo 2022 12:13

Carta del Prior General a la Familia Carmelita

La Oficina de Comunicaciones publica esta carta del Prior General de los Carmelitas sobre la canonización del carmelita Titus Brandsma el 15 de mayo. Le invitamos a citar la carta como considere oportuno.

También puedes encontrar más información sobre San Tito Brandsma en la página web de la Orden: ocarm.org o siguiéndonos en Twitter: @ocarm_org y en Facebook: @ocarm.org

La Cruz es mi alegría

Estimados hermanos y hermanas de la Familia carmelita: Su Santidad, el papa Francisco, presidió, el lunes, 4 de marzo de 2022, el consistorio ordinario de cardenales y aprobó, con gran alegría para toda la Familia carmelita, la canonización del beato Tito Brandsma, O.Carm. Determinó, así mismo, que la fecha en que se inscribirá oficialmente en el libro de los santos será el día 15 de mayo de 2022. Aprovecho esta ocasión para dirigirme con entusiasmo a toda la Familia carmelita.
El testimonio del P. Tito es inspirador y luminoso no sólo para la Orden del Carmen, sino también para nuestra sociedad. Encontramos en su persona, en medio de estos días agitados por el fantasma de la guerra, un profeta de esperanza y un testigo de la paz. Nuestra mirada contempla los millones de personas que se ven obligadas a abandonar su patria por la devastación de Ucrania. La actualidad nos invita también a mirar las heridas de los conflictos bélicos –a veces, con indiferencia, olvidados– que siguen sangrando en otros lugares del planeta. La Iglesia, en estas circunstancias, tiene la oportunidad de aterrizar y hacer realidad la encíclica Fratelli tutti, apostando por la esperanza de un Dios que sueña y cree en la fraternidad universal de sus hijos. Unimos nuestras voces a la de los hombres y mujeres de buena voluntad que, frente al sufrimiento de los inocentes, claman en favor de la paz, la libertad, la defensa de la dignidad de cada persona. Tito, experto en la condición humana, nos enseñó, con su sangre derramada por amor (cf. Mc 14,24), que ser discípulo de Cristo no es sólo admirarlo o saber muchas cosas sobre Él, sino estar dispuesto a compartir su mismo destino de amor.

1. Testigo de la verdad.

El mundo y la misma Iglesia nos piden hoy un testimonio claro y auténtico de vida. “Nuestro deseo es que la gente vea lo que los carmelitas están llamados a ser” (PG 2019-25). “¿Qué tales habremos de ser?” (cf. Sta. Teresa, C 4,1) –preguntaban nuestros santos–. ¿Quién soy yo? es, en definitiva, la pregunta espiritual por excelencia. La intensa vida del beato Tito Brandsma nos ayuda a descubrir que, cuando la ‘identidad’ se entiende sólo como una condición para la ‘acción’, corremos el riesgo de perdernos y no hacer nunca nada. La identidad no es sólo una condición más para la misión. Identidad y misión van estrechamente unidas. El carisma es vida, no especulación. Hay que asumir una interacción dinámica entre identidad y misión, en la cual nuestras acciones ayudan a definir nuestra identidad y viceversa.1 El beato Tito nos recuerda que nuestra vida se convierte en testimonio cuando va acompañada de obras. El carmelita neerlandés recuerda a sus frailes: “Es preferible ser un ignorante, pero lleno de fe, que un sabio sin entrañas… Porque sólo el hombre que actúa estrechamente unido a Dios puede estar verdaderamente unido al prójimo.Sólo el que se nutre de Dios puede dar testimonio de Dios con las obras”. En otra ocasión dirá: “Lo que embellece nuestra vida en común no es tanto el derecho y el deber como la ayuda y la misericordia”. La Iglesia necesita de los santos de todos los días, aquellos que llevan la vida ordinaria con coherencia, los “santos de la puerta de al lado”2 –como le gusta llamarlos al Papa Francisco–; pero, también, de aquellos que tienen la valentía de aceptar la gracia de ser testigos hasta el final, hasta la muerte. Todos ellos –entre los que se encuentra nuestro hermano Tito– son la sangre viva de la Iglesia.

2. El Carmelo me fascinó.

El papa Francisco, en su mensaje en el Capítulo General de los Frailes, 2019, vinculó la autenticidad a la fidelidad a la propia vocación recibida. Citando en su discurso capitular al beato Tito Brandsma, decía: “Es propio de la Orden del Carmen, aunque es una Orden mendicante de vida activa y que vive en medio del pueblo, conservar una gran estima por la soledad y el desapego del mundo, considerando la soledad y la contemplación como la mejor parte de su vida espiritual”. El padre Brandsma ingresó en el Carmelo atraído por el carisma carmelita: “La espiritualidad del Carmelo, que es vida de oración y de tierna devoción a María, me llevaron a la feliz decisión de abrazar esta vida. El espíritu del Carmelo me fascinó”. El P. Tito no es un nostálgico del pasado, sino que recurre al ayer del Carmelo, a los místicos y modelos de santidad, como figuras proféticas que tienen mucho que decir en el presente. De hecho, fundó en la Universidad de Nimega el ‘Instituto de la mística’, cuyo testigo, sería recogido, décadas más tarde, por el Instituto que habría llevado su nombre.
Tito, amigo de Dios, descuella como un eslabón en “la nube tan ingente de testigos” (cf.Hb 12,1) de la rica tradición espiritual del Carmelo. Supo combinar de forma magistral e integradora la tradición y la modernidad. El beato Tito Brandsma fue un hombre abierto y flexible, con una capacidad enorme de trabajo al que se entregaba con generosidad y pasión.
Vivió con equilibrio y de forma armónica el espíritu contemplativo del Carmelo, siendo un hombre orante, fraterno y profético en medio del pueblo. Quizás sea esa la clave para entender su personalidad versátil en la diversidad de tareas a las que se dedicó: rector de la Universidad católica de Nimega, profesor, conferenciante, traductor y estudioso, fundador de colegios, promotor del movimiento ecuménico, periodista profesional y delegado del episcopado holandés para la prensa, además de llevar una intensa vida apostólica (atendiendo emigrantes italianos o escribiendo las cartas de una chica analfabeta a su familia). Destacó por su espíritu fraterno, humanidad entrañable y ternura hacia los que le rodeaban (alumnos, colegas, amigos, etc.), haciendo del diálogo el nuevo nombre de la caridad.
En el beato Tito –como nos recordaba el papa Francisco– la contemplación y la compasión se encontraron de forma natural, sin reducir “la espiritualidad a pseudomística o solidaridad de fin de semana” o caer en la tentación de invisibilizar a los pobres para que no nos cuestionen.

3. Místico en lo cotidiano.

Tito fue místico en el sentido más genuino de la palabra: el creyente que vive la presencia del amor de Dios en medio de las circunstancias de la vida, desde las más ordinarias a las más heroicas en su martirio. Destaca su profunda espiritualidad, no solo teórica –reconocido experto en la mística renano-flamenca, la devotio moderna y gran conocedor de la obra y la doctrina de santa Teresa de Jesús, de la cual se manifestaba ferviente admirador– sino experiencial. Tito consideraba que las grandes hazañas de Dios suelen ser silenciosas. De aquí que fuera tan discreto al hablar de su vida interior, aunque, luego, ésta se hiciera visible en los momentos más dramáticos, en especial en los campos de concentración donde estuvo recluido. La experiencia mística –según él– no es para una élite o un grupo selecto. Refiriéndose al místico carmelita francés del siglo XVII, el Venerable Juan de S. Sansón, en una conferencia que impartió en los Estados Unidos, afirmó: “[Juan de San Sansón] rechazó, rotundamente, la idea de que la vida mística –que no consiste esencialmente ni en visiones ni apariciones, ni en estigmas o levitaciones, sino en ver a Dios ante nosotros y en nosotros– no fuera para todos y cada uno de nosotros”. Tito apreció el testimonio de aquellos que en la tradición carmelita profundizaron en la persona como ‘Dios por participación’ (cf. S. Juan de la Cruz, CB 39,4).
El P. Tito subrayó que el verdadero místico no es un ser apartado de la realidad ni se recluye en una burbuja aséptica e insensible, sino que, su profunda relación personal con Dios (cf. 1 Re 17,1) le convierte en alguien abierto a las necesidades, dramas e interrogantes de los hombres y mujeres de su tiempo. “La oración –según nuestro carmelita– es vida, no un oasis en el desierto de la vida”. Él no será solo un académico y profesor de espiritualidad, sino que logrará hacer de su vida una perfecta simbiosis entre oración y trabajo. Mística, por lo tanto, profundamente encarnada en el mundo y en cada ser humano, que es imagen de la presencia de Dios (cf. Sal 8,5; Hb 2,7). Que vivió la vida mística en lo cotidiano lo ratifica, con mucho sentido del humor, el famoso escritor holandés Godfried Bomans, el cual conocía muy bien su espíritu viajero e infatigable, cuando afirmó: “Brandsma fue el único místico en Europa que tenía un abono de transporte y vivió su santidad en el vagón de un tren”.

4. “Dichosos los que trabajan por la paz …” (Mt 5,9).

Tito destacó por ser un artesano de la paz. En una de sus conferencias más famosas (Deventer, 1931) resaltó con empeño que trabajar por la paz no es sólo tarea de los gobernantes o de los políticos. Insistió que todos somos corresponsables y podemos hacer más a favor de la paz. El pensamiento de Tito Brandsma está lejos del pesimismo antropológico que se resigna a creer en el adagio “si vis pacem, para bellum” (si quieres la paz, prepárate para la guerra). Se resistió a pensar que a una guerra le tiene que suceder necesariamente otra.Nunca han faltado –subrayará Brandsma– en la historia de la humanidad “heraldos” que han anunciado y han trabajado por la paz. Asumió decididamente su referencia a Cristo como “Rey de la paz” y “mensajero de la paz”. El “shalom” bíblico –apunta– no es sólo un buen deseo o la ausencia de dificultades. La paz de Cristo resucitado no es un frágil acuerdo superficial, sino un hondo sentimiento de reconciliación, mansedumbre, amor, longanimidad, paciencia, confianza… que transforma las realidades sociales, políticas y económicas. Tito, con valentía, advierte que, si no hay una conversión verdadera, que ponga la paz en el centro del corazón de cada hombre y mujer, y, por consiguiente, en el alma de las sociedades, el estallido de una nueva guerra es sólo cuestión de tiempo (como así fue, y, lamentablemente, sigue siendo).
Tito vaticinó que una especie de “egoísmo colectivo” lleva a las naciones a buscar sólo su propio bien, aunque para ello tengan que pisotear los derechos del prójimo. Cristo, en cambio, no construye muros ni establece fronteras que dividen (cf. Ef 2,14-15). “La paz es posible” – insistirá– y rechazará la idea, fácilmente manipulable por determinadas ideologías, de que la guerra y la violencia son inevitables porque son inherentes a la condición humana. De hecho, en varias ocasiones reflexionó sobre la responsabilidad que tiene la prensa católica en la sociedad moderna para impulsar la paz, denunciando el armamentismo, la xenofobia o la exaltación de la nación o de la raza. No olvidemos que Tito fue apresado por defender la independencia de los medios de comunicación católicos, al oponerse a que la prensa católica publicase la propaganda nacionalsocialista. Se trata de un testimonio maravilloso en la llamada ‘era de la posverdad’, en la que abundan ‘noticias falsas’ que manipulan la opinión pública. Tito, con valentía, se resiste a compartir el pensamiento de aquellos que consideran que ‘la primera víctima de una guerra es la verdad’, y anunciará que sólo la verdad nos puede hacer libres (cf.
Jn 8,31): “Después de las iglesias, la prensa es el mejor púlpito para predicar la verdad, y no sólo para responder a aquellos que nos atacan, sino para proclamar la verdad días tras día… La prensa es la fuerza de la palabra contra la violencia de las armas… Es la fuerza de nuestra lucha por la verdad”.
Para Brandsma la prensa no es un instrumento de combate al servicio de una ideología o de un poder, sino un instrumento de encuentro, de diálogo, de búsqueda honesta y sincera de la verdad. El periodismo es una tarea que exige una cierta actitud interior. Muy bien lo supo captar el Papa Juan Pablo II, quien, en una alocución a los representantes de los periodistas de Italia y del extranjero, que tuvo lugar en febrero de 1986 incidió en este aspecto místico y espiritual de la figura de Tito Brandsma:

“El respeto por la verdad exige un compromiso serio, un esfuerzo cuidadoso y escrupuloso de búsqueda, de verificación y de valoración… Aquí surge espontáneamente la figura heroica del sacerdote carmelita Tito Brandsma, al que he tenido el gozo de inscribir entre los Beatos. Periodista valeroso, internado y muerto en un campo de muerte por su defensa infatigable de la prensa católica, él permanece como el mártir de la libertad de expresión contra la tiranía de la dictadura…”

5. La fuerza de los pequeños y de los que saben amar.

Amar a los amigos es propio de todos –escribió Tertuliano3– pero amar a los enemigos, solo de los cristianos. Para el profesor Brandsma, el perdón no era un signo de debilidad, sino un signo heroico propio de personas con grandeza de espíritu. Tito brilló como un auténtico servidor de la reconciliación. El perdón verdadero –advierte– es una decisión sobrenatural que tiene su raíz en el mismo Dios, no en las fuerzas del hombre. No era fácil vivir ese espíritu de reconciliación en la Europa febril y convulsa que le tocó vivir. El cristiano –según Brandsma– no puede someterse al fatalismo de excluir el perdón de la vida política y de las relaciones internacionales marginándolo a la esfera privada. Tito insistirá en la fuerza transformadora del perdón. En su célebre homilía, el 16 de julio de 1939, en una eucaristía en honor de San Bonifacio y San Willibrordo, elevó un verdadero canto al amor al enemigo. Sus palabras de denuncia a la mentalidad belicista fueron muy directas: “Vivimos en un mundo que condena el amor como una debilidad que hay que superar. No es el amor –dicen algunos– lo que hay que cultivar, sino las propias fuerzas: que cada uno sea lo más fuerte posible, y que los débiles perezcan... Os vienen con esta doctrina, y no faltan incautos que la aceptan de buena gana…”.
Tito no sólo predicó el perdón; él mismo, con su muerte, fue, al final de sus días, un ‘sacramento del perdón’. Tizia (pseudónimo de la enfermera que le inyectó el ácido fénico) relata que la mansedumbre y la mirada compasiva de Tito (cf. Is 53,7) le llevaron a sentir la misericordia de Dios y a nacer de nuevo. El fraile carmelita era consciente de que el odio no es una fuerza creativa: solo lo es el amor. En el proceso de beatificación, Tizia testificó, afirmando: “[Tito] sintió compasión de mí…”. “Su mirada no mostraba el más mínimo odio… El que lo veía podía intuir que en él había algo sobrenatural”. “Me entregó su corona de rosario para enseñarme a rezar. Le respondí que no sabía y que, por lo tanto, no lo necesitaba. Me dijo que, aunque no supiera rezar, podía, al menos, recitar la segunda parte del Ave María: ‘Ruega por nosotros, pecadores’”. Con Tito, al igual que con otros presos, se hicieron experimentos en la enfermería –cuenta Tizia– y él era consciente de ello. En cierta ocasión exclamó: “¡Hágase tu voluntad, Señor, y no la mía!”, lo cual impresionó a la joven enfermera. Un colega suyo, y profesor también en la Universidad de Nimega, Robert Regout, SJ, escribió que “Brandsma había muerto como había vivido. No murió sin más.Brandsma estuvo unido a Cristo, imitándolo hasta el último suspiro”. La vida de Tito Brandsma es un altavoz de la reconciliación. Ya en la cárcel, al final de sus días, y con letra temblorosa, dejó escrito un mensaje emocionante y conciliador: “¡Dios salve a Holanda! ¡Dios salve a Alemania! ¡Ojalá Dios conceda a estos dos pueblos volver a caminar en paz y en libertad y reconocer su Gloria para el bien de estas dos naciones tan cercanas!”.

6. “Que tome su cruz, y me siga” (Mt 16,24).

No hay amor, entrega y sacrificio que no conlleve su dosis de cruz. Tito se sumó a aquellos que en el Carmelo profesaron una íntima devoción por la cruz (S. Juan de la Cruz, Sta. María Magdalena de Pazzi, el Bto. Angelo Paoli, Sta. Teresa Benedicta de la Cruz…). El místico descubre que si algo caracteriza al ser humano es la vulnerabilidad, es decir, la capacidad de ser herido por los otros. En el sufrimiento podemos darnos cuenta cuánto amamos y, también, cuánto se nos ama. Tito fue un apasionado de Dios y de la humanidad. De hecho, al igual que Jesús, él mismo fue traspasado (cf. Jn 19,34), y el misterio de la cruz se prolongó en su vida, siendo víctima de la violencia, el mal y la injusticia. Ya antes lo había enseñado en las aulas universitarias: “Hay mucha gente que sueña con un misticismo edulcorado, sin caer en la cuenta que Dios, que busca nuestra unión, emprendió un camino que incluía la muerte en cruz”. “La ayuda de Dios es necesaria –dirá en otra ocasión– pues ante el sufrimiento no somos más que pobres hombres”. A veces se cuestiona: “Me pregunto si no serán necesarios en nuestra época hombres y mujeres que acepten tomar sobre sus hombros el sufrimiento del mundo”.
Llama la atención su particular devoción a la contemplación de la pasión de Cristo y la defensa que hizo del viacrucis del pintor expresionista belga Albert Servaes, en el que Cristo era representado como un hombre débil, famélico y extenuado. Las autoridades eclesiásticas se escandalizaron de aquellos grabados y prohibieron su exposición. Tito, en medio de la polémica, lo apoyó, afirmando que el cuerpo sufriente de Cristo se prolonga en cada persona herida y golpeada.
Incluso estando en la cárcel de Scheveningen, nuestro carmelita escribió un comentario al viacrucis para el santuario de san Bonifacio en Dokkum, su tierra natal. Curiosamente, falta la última estación. Tal vez al P. Tito no le dio tiempo a escribirla, puesto que le enviaron al campo de distribución de Amersfoort, y se perdió entre los papeles que fueron devueltos a la familia.
Quizás, Brandsma, anticipaba, sin saberlo, su propio destino: tampoco él sería sepultado en una tumba, sino que sus cenizas se mezclarían con las de tantos prisioneros, y serían esparcidas por los campos cercanos al Lager de Dachau. Compartió, así, el destino de tantos carbonizados en Hiroshima y Nagasaki, el de las víctimas de los Gulags, el de las Torres Gemelas de Nueva York, el genocidio de Ruanda, Camboya, Bosnia-Herzegovina… o el de tantas otras víctimas de la barbarie en sus diversas formas en el pasado siglo XX, a las que, por desgracia, se empiezan a añadir las del siglo XXI.La cruz deja en evidencia, por un lado, la fragilidad humana, la existencia del mal, el dolor; por otro lado, la fuerza y la capacidad de amar, como reflejo del inmenso amor de Dios para con el hombre. Amor y dolor van siempre juntos. ¿Qué significa cargar con la cruz? No se trata de ser masoquistas y comprobar hasta dónde podemos aguantar el sufrimiento. En la cruz constatamos nuestra capacidad de amar gratuita e incondicionalmente y hasta dónde estamos dispuestos a compartir, acompañar y consolar al prójimo. En aquellas circunstancias extremas, el beato Tito hizo de la misericordia y de la compasión el centro de su predicación.

7. ¡Nunca tan feliz!

El mártir confiesa su fe hasta sus últimas consecuencias. Como indicó san Juan Pablo II en la homilía de la beatificación de Tito Brandsma: “Un heroísmo tal no se improvisa”, es el fruto de una rica vida interior. El banco de prueba de que la espiritualidad es verdadera es que va sellada con la propia sangre. El mártir es libre frente al poder, al mundo, y libre para no amar tanto su vida que tema la muerte (cf. Ap 12,11). El martirio no es el resultado del esfuerzo humano, es un don de Dios, que nos hace capaz de ofrecer la propia vida por amor a Cristo y a la Iglesia, y, por lo tanto, al mundo (cf. LG 42).
Tito, en el campo de concentración de Scheveningen, mantuvo la fe, y en medio del infierno del Lager, escribió el poema famoso ‘Ante una imagen de Jesús’:

Feliz en el dolor mi alma se siente;

la cruz es mi alegría, no mi pena;

es gracia tuya que mi vida llena

y me une a ti, Señor, estrechamente…

¡Quédate mi Jesús! Que, en mi desgracia,

jamás el corazón llore tu ausencia:

¡que todo lo hace fácil tu presencia

y todo lo embelleces con tu gracia!

Más tarde, en Amersfoort, el viernes santo, encaramado encima de un cajón, pronunció en el barracón, ante sus compañeros de cautiverio –tal como recoge un testigo de los Sumarios – el sermón más sincero y auténtico de su vida: “Nos habló de la pasión de Cristo, y la comparó con nuestros sufrimientos. Nos dijo que nuestra estancia en el campo era análoga a la estancia de Cristo en el sepulcro, y que, nosotros, al igual que Él, un día seríamos también liberados de la tiniebla”.Aquella asamblea medio moribunda que le escuchaba (médicos, sindicalistas, monárquicos, comunistas, judíos, cristianos y protestantes…) era un sagrario viviente, en donde, mejor que en ningún lugar, se palpaba la presencia de Cristo.

*****

Nosotros, los carmelitas, en este momento crucial de nuestra historia, en el que la humanidad sigue debatiéndose entre la guerra, la violencia, las desigualdades flagrantes y tantos otros males, seguimos confiando plenamente en la misericordia y en la gracia de Dios.
Denunciamos, con la fuerza profética de Elías, todo lo que destruya al ser humano, a nuestros hermanos y hermanas con los que compartimos plenamente la peregrinación de la vida, con sus gozos y esperanzas, con sus tristezas y angustias (cf. GS 1). Al mismo tiempo, deseamos descubrir, contemplar y reflejar los hermosos signos –a veces frágiles y escondidos– de la presencia de Dios en nuestras vidas. Con realismo, y, asimismo, con la mirada de la fe, hallamos la hermosura que el Espíritu de Dios derrama por doquier.
Como la primera comunidad cristiana, “junto a María, la Madre de Jesús” (Hch 1,14), también nosotros queremos ser un signo de esperanza y de ánimo para todos los que entran en contacto con la espiritualidad del Carmelo. Anhelamos reflejar, como hizo el P. Tito Brandsma en situaciones muy dramáticas, la misericordia y la ternura de Dios. Por ello, hago mía la hermosa invocación del beato Tito en uno de sus ejercicios espirituales: “Como los apóstoles, queremos perseverar unánimemente en la oración con María, la Madre de Jesús, abrigando la confianza de que, por su intercesión, descenderá sobre nosotros el espíritu de la renovación, enardeciendo nuestros fríos corazones… ¡María será nuestra guía!”.
María, Madre y Hermana nuestra, que, al pie de la cruz (cf. Jun 19,25), te has asociado a la bondad del corazón manso y humilde de Cristo (cf. Mt 11,29), te pedimos por todos los que sufren a causa de su fidelidad a Cristo y a su Iglesia. Tú que eres Reina de los mártires, ayúdanos a ser testigos creíbles del Evangelio, respondiendo al mal y a la injusticia con la fuerza del perdón, la verdad y la caridad.

___________________

Fr. Míċeál O’Neill, O. Carm.

Prior General

Roma, 1 mayo 2022

1 Cf. Constituciones de los Frailes, 2019, n, 177

2 Papa Francisco, Gaudete et exsultate, n.7

3 Tertulliano, De Patientia 6.

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