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Displaying items by tag: Carmelite Rule

Martes, 26 Enero 2021 05:09

La regla carmelita - Texto

La regla de vida dada a los Carmelitas por San Alberto Avogadro entre los años 1206-1214, fue finalmente aprobada como la verdadera y propia Regla del Carmelo por Inocencio IV en 1247 y luego sufrió atenuaciones que no estaban en el texto original. La Regla Carmelita establece que es fundamental para un Carmelita "vivir una vida en fidelidad a Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia". (n°2). Para vivir una vida en fidelidad a Jesucristo, los Carmelitas se comprometen especialmente a:

  • Desarrollar la dimensión contemplativa de su vida, en diálogo abierto con Dios.
  • vivir como hermanos, llenos de caridad
  • meditar día y noche en la Palabra del Señor
  • rezar juntos o solos varias veces al día
  • celebrar la Eucaristía todos los días
  • hacer trabajo manual, como lo hizo el apóstol Pablo
  • purificarse de todo rastro de maldad
  • viver la pobreza, poniendo en común lo poco que puedan tener
  • amar a la Iglesia y a todas las personas
  • conformar su voluntad a la de Dios, buscando la voluntad de El en la fe, en el diálogo y a través del discernimiento

 La Regla Carmelita es la más corta de todas las Reglas conocidas, compuesta casi exclusivamente de textos bíblicos. Hasta el día de hoy es una fuente rica de inspiración para la vida. Los números de los párrafos de la Regla de San Alberto están entre corchetes para indicar que no forman parte de la Regla original. Fueron acordados por los Consejos Generales de ambas Órdenes Carmelitas y publicados en 1999.

[1] Alberto, llamado por la gracia de Dios, Patriarca de la Iglesia de Jerusalén, a los amados hijos en Cristo B. y demás eremitas que, bajo su obediencia, moran en el Monte Carmelo, junto a la fuente, salud en el Señor y la bendición del Espíritu Santo. 

[2] Los santos Padres enseñaron en muchas partes y de diversos modos cómo cada uno, cualquiera que sea el estado en que se encontrare o el modo de vida religiosa que hubiere elegido, deba vivir en obsequio de Jesucristo, sirviéndole fielmente con corazón puro y buena conciencia. 

[3] Pero, puesto que nos pedís que, de acuerdo con vuestro propósito, os demos una fórmula de vida que debáis observar en adelante: 

[4] Establecemos, en primer lugar, que tengáis como prior a uno de vosotros, que deberá ser elegido para este oficio por consenso unánime de todos o por el de la mayor y más sana parte, y al que deberán prometer obediencia todos los demás; la cual, una vez prometida, cuidarán de guardarla de verdad con las obras, junto con la castidad y la abdicación de la propiedad. 

[5] Podréis tener vuestras moradas en la soledad o donde os fueren dadas, que sean aptas y acomodadas para la observancia de vuestro modo de vida, según lo que pareciere más conveniente al prior y a los demás hermanos. 

[6] Además, de acuerdo con la situación del lugar, en el que hubiereis elegido vivir, cada uno de vosotros tendrá su propia celda separada, según sea asignada a cada cual por disposición del prior con el consentimiento de los demás hermanos o de la parte más sana de los mismos. 

[7] Hágase esto, sin embargo, de manera que toméis en refectorio común lo que os repartieren, escuchando juntos algún pasaje de la Sagrada Escritura, donde esto pueda observarse sin dificultad. 

[8] A ninguno de los hermanos le será lícito, a no ser con el consentimiento del prior que entonces fuere, mudarse del lugar que le hubiere sido asignado o cambiarlo con otro. 

[9] La celda del prior estará junto a la entrada del lugar donde viváis, para que sea el primero en salir al encuentro de los que se acercaren al lugar; y después, en todo cuanto hubiere de hacerse, procédase según el parecer y disposición del mismo. 

[10] Permanecerá cada uno en su propia celda o junto a ella, meditando día y noche en la ley del Señor y velando en oración, a no ser que estuviere ocupado en otros justos quehaceres. 

[11] Los que supieren rezar las horas canónicas con los clérigos, las rezarán según la ordenación de los Santos Padres y las costumbres aprobadas por la Iglesia. Los que no lo supieren hacer, rezarán veinticinco veces el Padrenuestro en las vigilias nocturnas, excepto los domingos y fiestas solemnes, en cuyas vigilias mandamos duplicar dicho número, de manera que se rece el Padrenuestro cincuenta veces, de la siguiente manera: siete veces en los Laudes de la mañana, y otras siete en cada una de las demás horas, menos en el oficio de Vísperas, en el que deberá decirse quince veces.

[12] Ninguno de los hermanos diga que es suya propia cosa alguna, sino que todas os serán comunes, y se distribuirá a cada uno a través del prior, es decir, por el hermano designado por él para este oficio, según lo que necesitare, teniendo en cuenta la edad y la necesidad de cada cual.

[13] Os será lícito tener asnos o mulos, según lo exigiere vuestra necesidad, y algunos animales o aves como sustento.

[14] Construiréis el oratorio, si cómodamente puede hacerse, en medio de las celdas, en el que todos los días, por la mañana, os reuniréis para participar en el Sacrificio de la Misa, cuando esto pudiere hacerse sin dificultad.

[15] Y, además, en los domingos, o en otros días, donde fuere necesario, trataréis de la guarda del orden debido en vuestra vida y de lo que se refiere a la salvación de vuestras almas, donde se corregirán también con caridad los excesos o culpas que pudieren hallarse en alguno de los hermanos. 

[16] Ayunaréis todos los días, excepto los domingos, desde la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz hasta el Domingo de Resurrección, a no ser que la enfermedad o la debilidad corporal u otra justa causa aconsejaren romper el ayuno, pues la necesidad no tiene ley. 

[17] Os abstendréis de comer carne, a menos que la comáis como remedio de enfermedad o debilidad. Pero, dado que debéis viajar con frecuencia mendigando, para que no seáis gravosos a los que os hospedan, fuera de vuestras casas podréis comer manjares cocidos con carne; y, cuando viajéis por mar, también podréis comer carne. 

[18] Puesto que, verdaderamente, la vida del hombre sobre la tierra es una tentación, y todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo padecen persecución, y, por otra parte, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar, procuraréis con solicitud revestiros de la armadura de Dios, para que podáis resistir a las insidias del enemigo. 

[19] Tenéis que ceñir vuestros lomos con el cíngulo de la castidad y fortalecer vuestros pechos con pensamientos santos, pues está escrito: el pensamiento santo te guardará. Debéis revestiros de la coraza de la justicia, para que améis al Señor Dios vuestro con todo el corazón, con toda el alma y con todas vuestras fuerzas, y al prójimo como a vosotros mismos. Tenéis que empuñar en todas las cosas el escudo de la fe, con el que podáis extinguir todos los encendidos dardos del maligno; pues sin fe es imposible agradar a Dios. Habéis de cubrir también vuestra cabeza con el yelmo de la salvación, de modo que la esperéis de solo el Salvador, que es quien salva a su pueblo de todos sus pecados. Finalmente, la espada del espíritu, que es la Palabra de Dios, habite abundantemente en vuestra boca y en vuestros corazones, de modo que cuanto tengáis que hacer lo hagáis en la Palabra del Señor. 

[20] Debéis hacer algún trabajo, para que el diablo os encuentre siempre ocupados, y no pueda tomar ocasión de vuestra ociosidad para infiltrarse en vuestras almas. Tenéis en esto la enseñanza y el ejemplo del apóstol San Pablo, en cuya boca hablaba Cristo, el cual fue constituido y dado por Dios como predicador y doctor de las gentes en la fe y en la verdad y, si lo seguís, no podréis equivocaros. Hemos vivido entre vosotros –dice– trabajando con fatiga día y noche para no ser gravoso a ninguno de vosotros; no como si no tuviéramos derecho, sino para daros en nosotros mismos un ejemplo a imitar. Pues, estando ya entre vosotros, esto es lo que os anunciamos: que el que no quiera trabajar, tampoco coma. Habíamos oído que entre vosotros había algunos que andaban inquietos, sin hacer nada. A estos que son de esta manera, les advertimos y rogamos en Cristo Jesús que, trabajando en silencio, coman su pan. Este camino es santo y bueno; caminad por él. 

[21] Recomienda, además, el Apóstol el silencio, al mandar que se trabaje callando; y lo mismo hace el profeta, cuando dice: El silencio es el cultivo de la justicia; y de nuevo: En el silencio y en la esperanza estará vuestra fortaleza. Por ello establecemos que, dichas las Completas, guardéis silencio hasta después de Prima del día siguiente. Fuera de este tiempo, aunque la observancia del silencio no sea tan rigurosa, evítese con diligencia el mucho hablar, porque, como está escrito, y no menos lo enseña la experiencia, en el mucho hablar no faltará pecado, y el que es inconsiderado en el hablar, experimentará males. Y también: El que habla en demasía, daña su alma. Y el Señor dice en el Evangelio: De toda palabra ociosa que hablen los hombres darán cuenta de ello en el día del juicio. Ponga, pues, cada cual una balanza a sus palabras y un freno adecuado a su boca, no sea que resbale y caiga a causa de su lengua y sea incurable su caída mortal. Vigile su conducta, para no pecar con su lengua, como dice el profeta; y cuide diligente y cautamente de guardar el silencio, en el que consiste el cultivo de la justicia. 

[22] Por tu parte, tú, hermano B., y quienquiera que después de ti fuere prior, tened siempre en vuestro pensamiento y procurar poner en práctica lo que el Señor dice en el Evangelio: El que quiera ser el más grande entre vosotros, sea vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, sea vuestro esclavo. 

[23] Y vosotros, los demás hermanos, honrad humildemente a vuestro prior, pensando, más que en su persona, en Cristo, que lo ha puesto sobre vosotros; y que ha dicho a los responsables de las iglesias: El que os escucha, a mí me escucha; y el que os desprecia, a mí me desprecia, para que no os hagáis reos de juicio por vuestro desprecio, sino merecedores, por vuestra obediencia, del premio de la vida eterna. 

[24] Esto es lo que hemos escrito brevemente para vosotros, estableciendo la fórmula de vuestra vida, según la cual deberéis vivir. Si alguno, después, hiciere algo más, el mismo Señor, cuando vuelva, se lo recompensará. Óbrese, sin embargo, con discreción, que es la moderadora de las virtudes. 

 

Published in Carmelite Spirituality
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Miércoles, 24 Marzo 2010 09:52

La Regla Carmelita

La piedra angular de la formación para los miembros de la Familia Carmelita en el hoy como en los siglos pasados es la Regla de San Alberto. El texto fue originalmente escrito en forma de carta, a formula vitae por la mano de Alberto, patriarca de Jerusalén y posteriormente reducida, corregida y aprobada como regula bullata por el entonces Papa Inocencio IV en el año de 1247. Es el acuerdo y la referencia más práctica para quien es llamado a “vivir los pasos de Jesucristo”. Las diferentes reformas de la Orden del Carmen a lo largo de su historia no son más que intentos de releer la Regla misma, reinterpretarla y actualizarla según la cultura y ambiente religioso del momento.

A pesar de no ser una de las “cuatro grandes Reglas” dentro de la Iglesia, la Regla de los Carmelitas es un documento poderoso de variadas interpretaciones. El texto original de la formula vitae de Alberto no ha llegado hasta nosotros. El más antiguo texto de la Regla primitiva sin modificaciones se encuentra en el Institutio primorum monachorum. Sin embargo, esto es una recopilación de muchos textos –algunos dudosos y otros sin duda falsos– por Felipe Ribot que datan del siglo XIV. La modificación del texto de la Regla en el año 1247 concedida con la carta del Papa Inocente IV Quae honorem Conditoris omnium, contiene el texto completo de la Regla.

El texto de la Regla era originalmente uno solo, pero fue dividido en parágrafos separados para facilitar su contenido –tan tempranamente como la bula del Papa Alejandro IV en el año de 1256, se añadieron letras mayúsculas con iniciales ornamentadas–. Estas divisiones del texto han sido periódicamente revisadas a lo largo de los años, siendo la más reciente en el año de 1999. Al día de hoy la Regla consiste de mil seiscientas palabras, divididas en párrafos, siendo el más corto de tan solo veintidós palabras.

Alguno de los muy escasos detalles históricos conocidos acerca de la fundación de los Carmelitas proviene de la propia Regla. Los orígenes están en Tierra Santa, es decir, en el Monte Carmelo, “cerca de la fuente” ligados con las tradiciones bíblica y popular al profeta Elías. La persona que recibió la formula vitae es desconocida, simplemente se nombra como “B” en el documento. Más tarde se le llamaría Brocardo, pero sigue siendo desconocido. La falta de un fundador conocido (Alberto no fue un Carmelita y el grupo existió antes de la relación con él), salva a la Orden de estar vinculada a una persona carismática en particular. Más bien el grupo está vinculado al Monte Carmelo en donde ellos vivieron.

El proyecto original en el Monte Carmelo reunió a hombres de una profunda dedicación a realidades no negociables las cuales son esenciales para el llamado eremítico: la oración, la soledad, el silencio y el trabajo manual de algún tipo. Incluso después de la mitigación de la Regla, algunos elementos del estilo de vida eremítico permanecieron como son: vivir en lugares deshabitados, construcción y asignación de celdas separadas, etcétera. Hasta la segunda mitad del siglo XIII, el único título utilizado para los Carmelitas fue el de “eremita”.

Otras estructuras del Carmelo fueron igualmente utilizadas por mendicantes. Éstas serían: el silencio, trabajo manual, meditación en la Ley del Señor, oración continua, amor espiritual, ayuno y abstinencia. Cabe señalar que la Regla del Carmelo todavía garantiza la posibilidad de una vida eremítica aún después de sus mitigaciones.

La formula vitae de Alberto está centrada en las Sagradas Escrituras. Obviamente, Alberto fue un hombre que leía, oraba, y meditaba las Sagradas Escrituras. Las Sagradas Escrituras penetraron su pensamiento y escritura; las referencias y analogías de las Sagradas Escrituras le venían de forma familiarizada. Él es un hombre que vivió su vida enfocado en la Palabra de Dios y los valores evangélicos.

Alberto no impuso sus ideas en el grupo de eremitas quienes se convertirían en los Carmelitas. Él escuchó lo que le dijeron los eremitas sobre su forma de vida y él la adaptó y le dio estructura a la Regla –un hombre sabio y de discernimiento, cuidadoso de no ser demasiado exigente o rígido–. Él subraya la importancia del sentido común e interpreta lo que debe hacerse. Esta apertura y flexibilidad da un gran “sentido humano” a la Regla Carmelita, pero sugiere también que uno puede alcanzar nuevas alturas en la espiritualidad siguiendo el propio sentido común.

La Regla es sumamente flexible: la norma está claramente establecida pero algunas concesiones son permitidas cuando es necesario. Por ejemplo, la Regla pide a los Carmelitas “pueden tener sus moradas en la soledad o donde les fuesen dadas, que sean aptas y acomodadas para la observancia de su modo de vida” (no.5); “[…]escuchando juntos algún pasaje de la Sagrada Escritura, donde esto pueda observarse sin dificultad” (no.7); o “Permanezca cada uno en su propia celda o junto a ella, […] a no ser que deba dedicarse a otros justos quehaceres” (no.10). La rigidez no es necesaria para encontrar a Dios.

La Regla promueve prácticas bastante democráticas dentro de la comunidad, incluso hoy en día. En qué cueva o celda se ha de vivir es una decisión del “prior con el consentimiento de los hermanos (de comunidad).” (no. 6). No es decisión de uno solo. La Regla también promueve responsabilidad entre todos: “corríjanse con caridad  las transgresiones y culpas de los hermanos.” (no. 15).

Con su codificación de la vida que se habría de vivir en el Monte Carmelo, Alberto dejó deliberadamente ‘espacios abiertos’ en su Regla – áreas en donde Dios pueda entrar en la persona y residir en ella. Permite excepciones, algunas de las cuales ya se han mencionado anteriormente. Cuando escribe sobre el ayuno, Alberto señala el ideal e inmediatamente indica la excepción: “a no ser que la enfermedad o la debilidad corporal y otro justo motivo aconsejen dispensar del ayuno”. Luego explica que esta excepción se permite porque “la necesidad no tiene ley”. Alberto también incluye modificaciones del ideal: aunque todo se ha de tener en común, se ha de distribuir a cada uno “teniendo en cuenta la edad y las necesidades de cada cual” (no. 12). También presenta alternativas para lo que él mismo propone en la Regla: Aquellos que sepan rezar las horas canónicas deben recitarlas, pero “Aquellos que no sepan, dirán veinticinco veces el Padrenuestro durante la oración litúrgica de la vigilia nocturna.” (no.11). La búsqueda de Dios está abierta para todos, sin importar su situación o habilidad.

En realidad, Alberto estaba interesado en proveer a estos hombres con una serie de prácticas y ejercicios para interiorizar: obediencia, permanecer en la celda, meditar la Sagrada Escritura, hacer oración, mantenerse atentos, rezar los salmos, compartir los bienes, reunirse para la Eucaristía, ayuno y abstinencia, trabajar en silencio. Todos estos ejercicios están orientados  hacia la “pureza de corazón”. (La pureza de corazón es quizás mejor entendida o visualizada como vacare Deo, un corazón vaciado de todo excepto de Dios.)

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