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Martes, 14 Abril 2026 10:25

Celebrando en Familia - Tercer Domingo de Pascua

Un extraño comparte su camino, sus corazones comienzan a arder y lo reconocen (Lc 24:13-35)

Lucas nos ha narrado una historia maravillosa: los dos discípulos de Emaús. Es otra historia de transformación personal por medio del encuentro
con Jesús resucitado.
Es una historia conmovedora y que fácilmente nos podemos identificar con ella, sintiéndonos aplastados por el peso de la vida y nuestros sueños destrozados.
Ellos no creen en el testimonio de las mujeres que decían que Jesús que está vivo. Tampoco no le reconocen en el extraño que camina junto con ellos. ¿Así también nosotros, algunas veces, somos así?
¿Qué hace Jesús? Primero, les invita a compartir con él su historia, les deja hablar. Para después describirles la historia más grande de su vida, muerte y resurrección al comentar lo lo que decían de él todas las Escrituras. En otras palabras, les da una nueva perspectiva, su historia enmarcada en la gran historia del proyecto de Dios. Su esperanza está siendo reconstruida. Sus corazones comenzaron arder mientras Jesús les hablaba por el camino. Entonces, comienzan sus corazones a inflamarse nuevamente. Cuando llegan a Emaús, Jesús hace el ademán de seguir adelante, pero ellos le rogaron que se quedara con ellos.
Sentados a la mesa, Jesús toma el pan, dice la tradicional plegaria de bendición judía (como una acción de gracia antes de la comida), parte el pan y en ese instante se le abrieron los ojos de los discípulos y lo reconocieron.
Los discípulos apenas pueden contener su alegría e inmediatamente regresan a Jerusalén, ansiosos para compartir su historia con la comunidad. No les importó viajar de noche, que, en el mundo antiguo, comportaba correr un riesgo de robo y de muerte, pero ellos no podían esperar.
De ser dos hombres tristes, deprimidos, desanimados y afligidos, se transforman en heraldos impacientes y entusiastas de buenas noticias. El encuentro con Jesús los ha transformado.
Es el mismo Jesús, que encontramos en nuestros corazones y en la Eucaristía.
Tal vez, podríamos pasar un poco más de tiempo compartiendo con Jesús nuestra historia y escuchando profundamente la suya.

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