7 de agosto | Fiesta
Hay tres prácticas generales a las que nos obliga nuestra profesión: la obediencia, la castidad y la renuncia a la propiedad. Estas son comunes a la profesión de todas las Órdenes. En lo que se refiere a estas prácticas, no hay diferencia entre las Órdenes, salvo en el hábito; todas son esencialmente una, por así decirlo, siempre que sean igualmente estrictas, y todos los que observan las mismas prácticas con igual rigor son dignos del mismo mérito.
Pero en nuestra Orden, como en todas las demás, estas prácticas generales se refuerzan con otras más particulares, y por ellas se distinguen unas Órdenes de otras, siendo unas más estrictas que otras. En lo que se refiere a estas prácticas, cualquier religioso que lo haya solicitado, aunque no se le haya concedido, está autorizado por el derecho común a pasar de una Orden a otra para beneficiarse de una forma de vida más perfecta.
«¡Cuán grandes son tus obras! Tus pensamientos son muy profundos». «El hombre necio no puede conocer estas cosas, ni el insensato las comprende». «¿Quién ha conocido la mente del Señor, cuya sabiduría es inconmensurable, o quién ha sido su consejero?». Porque el Señor, cuya providencia es infalible en sus disposiciones, puso deliberadamente a algunos en el desierto con María, cuando fue su propósito adornar el jardín de la Iglesia militante con una diversidad de órdenes, y a otros con Marta en la ciudad. A los dotados de saber, diligentes en el estudio de las Escrituras y de probidad moral adecuada, los estableció en la ciudad, para que pudieran ejercer su celo en nutrir al pueblo con su palabra. Sin embargo, a los de carácter más sencillo, aquellos con quienes mantiene un coloquio secreto, los destinó al desierto con el profeta que dijo: «He viajado lejos huyendo; he fijado mi morada en el desierto. He esperado a quien me salvó del desánimo y de la tempestad».
Utiliza la palabra «He aquí» de forma demostrativa, para llamar la atención sobre sus palabras, como diciendo: «Mirad lo que he hecho y haced lo mismo. En mi huida de la confusión del mundo, no me quedé a vivir dentro de las murallas de la ciudad, ni en sus suburbios, ni en sus jardines periféricos, ni en ningún lugar de los alrededores, sino que viajé lejos huyendo y «fijé mi morada en el desierto». Y «fijé mi morada»; es verdad: no volví a la ciudad al cabo de unos días, como hacen ahora, sino que fijé mi morada en el desierto, esperando «al que me salvó del desánimo y de la tempestad».
Con especial cuidado ha provisto el Señor la guía de todos los religiosos, ya sea en el desierto o en la ciudad, que en su infinita sabiduría les ha dado a todos, a través de los más capacitados para redactar sus Reglas, sus propios modos de vida distintivos, los modos que él sabía que eran los más adecuados para cada una de las Órdenes en las circunstancias en que se encontrarían sus miembros.
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