Carta del general

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Mirar, contemplar… amar


 Queridos jóvenes de grupos carmelitas venidos de todas partes del mundo para participar en esta Jornada Mundial de la Juventud 2011, sed todos bienvenidos a este encuentro de “jóvenes carmelitas”, en Madrid, mi ciudad natal. Ojalá que sea para todos vosotros un momento de reflexión, enriquecimiento, profundización en la fe, así como una oportunidad de experimentar la universalidad de la “familia carmelita”.
 
España es “tierra de santos”. El Carmelo en España a lo largo de su historia ha dado, entre otras figuras, los testimonios sublimes de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. De éste último nos vamos a servir para comunicaros un breve mensaje que pueda ayudaros en la reflexión durante esta jornada carmelitana.
 
 1. Mirar. El santo de Fontiveros (maravilloso poeta y místico) usa con frecuencia el verbo “mirar”. A veces, se trata solamente de una expresión, “mira”, es decir “presta atención” (A 9; 41; 54); otras veces, reprende la curiosidad del que anda “mirando la motica en el ojo ajeno (1 N 2, 3) y juzgando los defectos del prójimo; pero, ante todo, la mayoría de las veces designa el “mirar” de Dios. Dios nos mira con ternura, con misericordia: “Cuando tú me mirabas, su gracia en mí tus ojos imprimían” (cf. CB 32), y, así, el mirar de Dios reviste de belleza toda la creación: “y, yéndolos mirando, con sola su figura, vestidos los dejó de hermosura” (cf. CB 5). La poesía de Juan de la Cruz nos invita a dejarnos mirar por Dios. Teresa de Jesús, de la misma manera, nos recuerda “mira que te mira” (V 13, 22). No hay que temer su mirada. Dios no es un detective que ande buscando al culpable. Dios no amenaza y coarta nuestra libertad. “El mirar de Dios es amar y hacer mercedes” (CB 19, 6) -nos dice el santo, con palabras sublimes. La primera obra de Dios es mirarnos. Al mirarnos, nos “adama”. Adamar –dirá el santo- es “amar mucho; es más que amar simplemente, es como amar duplicadamente” (CB 32, 5).
 
2. Contemplar. Si la unión, en su sentido más profundo, es la “mirada de Dios al hombre”, la contemplación será la “mirada del hombre a Dios” y “a toda la obra que ha salido de sus manos”. La mirada amable de Dios transforma también nuestros ojos para contemplar su misterio y el misterio de la humanidad. La “mirada” de Dios ha dejado el mundo lleno de signos de su hermosura y belleza. Necesitamos –quizás, hoy más que nunca- poetas, místicos, contemplativos, que descubran los pequeños signos de la presencia de Dios en nuestras vidas. Ser contemplativo (¡lo he repetido tantas veces!) no significa mirar al cielo embobados, sino mirar a nuestro alrededor y captar (¡contemplar!) estos signos, generalmente débiles, pequeños, frágiles. Estos signos a veces son ambiguos y polivalentes, y reclaman de nosotros una actitud seria de discernimiento y de humildad para poder percibirlos en toda su hermosura y radicalidad. Así, el mundo, la vida, la historia… se convierten en un lenguaje sobre Dios, en una sinfonía que nos habla de su presencia amorosa en nuestras vidas. Dios sana la miopía de nuestros ojos y no deja que nuestra mirada se atrofie y se instale en la mediocridad, en la inmediatez, en la vulgaridad… Para ello (y, en esto, el santo es muy radical), necesitamos purgar nuestra mirada, limpiarla de mezquindades y egoísmos. La mirada de Dios “limpia, agracia, enriquece y alumbra el alma” (CB 32, 1). La contemplación cristiana no es solamente una actitud estética y evasiva, un ejercicio narcisista de autocomplacencia y perfeccionismo, sino una contemplación amorosa que nos lleva a sentirnos cercanos a los hombres y mujeres de nuestro tiempo…
 
3. Amar. Dios me mira, yo le miro. Dios me ama, yo le amo. Juego de miradas, pasatiempo de enamorados, donde lo que fluye es el Amor con mayúsculas, no el egoísmo. Amor centrífugo, expansivo, que nos pone en movimiento, nos levanta a servir y nos abre sin barreras a todo prójimo: “El amor nunca está ocioso sino en continuo movimiento” (Ll 1, 8). “El amor tiene ojos”, decía Hugo de S. Víctor, pero “también tienes manos y pies”. Amor diligente, que es bálsamo para los que están cansados y agobiados (cf. Mt 11, 28), para los pobres, para los que sufren el desierto de la soledad, del amor quebrantado. Nuestro mundo está salpicado de heridas causadas por el olvido de Dios, por nuestro pecado, por la violencia y el egoísmo. Por ello, el místico y poeta se revela también como profeta que denuncia el mal y se acerca compasivamente a las víctimas del mismo, entrando “más adentro en la espesura” (CB 36). La contemplación (si es verdadera contemplación cristiana y no mera evasión pseudo-espiritual) nos hace más humanos, solidarios, sensibles frente a las noches oscuras y los dramas de nuestro mundo. La contemplación se convierte así en envío y en misión: aligerar las cargas de nuestros hermanos, curar heridas, abrir puertas y ventanas a la esperanza, enjugar lágrimas, acariciar la humanidad sufriente… y ayudar a que los hombres y mujeres de nuestro tiempo lleguen a ser plenamente personas, más libres, más justas, más felices… con la conciencia de ser hijos del Dios que nos regaló este mundo maravilloso. Por ello, os pido a vosotros, jóvenes carmelitas, que asumáis este reto fascinante.
 
 Que encontréis la inspiración necesaria en los santos del Carmelo, en su carisma y espiritualidad. Que María, nuestra Madre y Hermana, la “estrella del mar”, os guíe en esta aventura. Con afecto,
 

Fernando Millán Romeral, O.Carm.
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