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Gracias por los mártires que dan a la Iglesia

Carta del Prior General a toda la familia carmelita con motivo del aniversario de la beatificación de los mártires de la Provincia Bética y Castilla

Gracias por los mártires que dan a la Iglesia… (Papa Francisco).

            El pasado día 29 de noviembre de 2013, durante la Asamblea General de la USG (Unión de Superiores Generales), tuvo lugar un encuentro de los superiores generales de órdenes y congregaciones masculinas con el Papa Francisco en la llamada “sala del Sínodo”. Fue, sin duda,

un encuentro histórico en el que, durante más de tres horas y sin un guión preestablecido, los generales pudieron preguntar al Santo Padre acerca de diversos temas y cuestiones relacionados con la vida religiosa. En dicho encuentro, el Papa Francisco insistió en varias ocasiones en que lo que espera de la vida religiosa es, sobre todo, “testimonio”. Más aún, el Papa subrayó que el testimonio es una cosa muy seria, supone una gran responsabilidad y requiere una cierta honestidad de vida. Cuando la consagración religiosa se vive con profundidad, con gozo y con coherencia (y a pesar de los fallos humanos), se convierte en un signo profético para toda la Iglesia. Al terminar el encuentro, y tras anunciar que 2015 será el año dedicado a la Vida Consagrada, se despidió de nosotros con palabras cariñosas de gratitud:

            Gracias por aquello que hacen, por su espíritu de fe y la búsqueda del servicio. Gracias por su testimonio, por los mártires que continuamente dan a la Iglesia, y también por las humillaciones por las que tienen que pasar: es el camino de la cruz. Gracias de corazón…[1]

            Pues bien, pocas semanas antes, el 13 de octubre de 2013, en una solmene celebración presidida por el Cardenal Angelo Amato, eran beatificados en Tarragona (España) quinientos veintidós mártires del siglo XX en España, de los que diecinueve eran carmelitas: nueve pertenecientes a la provincia de Castilla (Alberto María Marco Alemán y sus compañeros mártires) y diez a la Bética (Carmelo Moyano y sus compañeros mártires).

            Estos dos grupos se unen así al grupo formado por dieciséis carmelitas de la Provincia de Cataluña (que era Comisariado General cuando ocurrieron los sucesos de 1936[2]) y una monja de clausura del convento de Vich, beatificados en Roma en octubre de 2007. Aquel era el primer grupo de carmelitas españoles, de los cuatro grupos que sufrieron la misma suerte, a los que la Iglesia, de forma oficial y solemne, reconocía su testimonio de fe y los declaraba beatos. Este fue para mí un momento especialmente emotivo, ya que era mi primer acto público como Prior General de la Orden del Carmen, tras ser elegido en el Capítulo General de septiembre de 2007, celebrado en Sassone (Roma, Italia). Con motivo de aquella beatificación, publiqué la carta oficial Perseverantes in caritate, enviada a toda la Orden y la Familia Carmelita.

            Ahora, cuando se cumple un año de la beatificación de estos mártires, me propongo, en cierto modo, continuar aquella reflexión, aprovechando este acontecimiento tan importante y el mensaje de ánimo que nos lanzan nuestros mártires carmelitas. Me fue imposible hacerlo en su momento, debido a la proximidad del Capítulo General y por los catorce capítulos que presidí desde enero hasta junio, entre otras muchas actividades. No obstante, no quisiera dejar pasar esta ocasión (importante para nuestra familia religiosa) de compartir con todo el Carmelo algunas breves reflexiones que nos ayuden a profundizar en el sentido de esta beatificación, que no deja de ser un motivo de sano orgullo por el testimonio de nuestros hermanos. Me permito usar como título la frase del Papa Francisco que he mencionado más arriba. Quisiera articular estas ideas en torno a las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad.

            1. Fe: La primera idea que quisiera subrayar es que los mártires son, por encima de cualquier otra consideración, “testigos” de la fe, de la vida cristiana, del Evangelio. Los mártires (basta leer los sobrecogedores relatos sobre su muerte), no eran fanáticos suicidas, ni radicales defensores de una u otra ideología[3], sino simples creyentes, es decir, personas que creyeron, que confiaron, que vivieron su fe con autenticidad y que, incluso en los momentos terribles de la persecución y la amenaza de muerte, supieron testimoniar esa fe y rubricarla con la propia sangre. Por ello, llama mucho la atención la insistencia de los testigos en un dato: murieron perdonando o incluso bendiciendo a sus verdugos. El Cardenal Bertone (por aquel entonces Secretario de Estado Vaticano), en la homilía de la misa de acción de gracias tras la beatificación de octubre de 2007, hizo mucho hincapié en este aspecto:

            “Estos mártires no han sido propuestos al Pueblo de Dios por su implicación política, ni por luchar contra nadie, sino por ofrecer sus vidas como testimonio de amor a Cristo con la plena conciencia de sentirse miembros de la Iglesia. Por eso, en el momento de la muerte, todos coincidían en dirigirse a quienes les mataban con palabras de perdón y de misericordia”[4].

            También la Conferencia Episcopal Española insistió en 2013 en esta idea, en el mensaje enviado con motivo de la beatificación que conmemoramos:

            Los mártires murieron perdonando. Por eso, son mártires de Cristo, que en la Cruz perdonó a sus perseguidores. Celebrando su memoria y acogiéndose a su intercesión, la Iglesia desea ser sembradora de humanidad y reconciliación (…). No hay mayor libertad espiritual que la de quien perdona a los que le quitan la vida. Es una libertad que brota de la esperanza de la Gloria[5].

            En algunos casos, este dato adquiere tintes verdaderamente dramáticos y emocionantes. Todavía hoy, cuando han pasado ya tantos años de aquellas tristes circunstancias, nos sobrecoge el ejemplo de los carmelitas que ante un pelotón de fusilamiento, tras juicios sumarísimos, sin las más mínimas garantías legales, con el único “delito” de ser religiosos… supieron perdonar a sus propios verdugos y murieron siendo signo de bendición para todos. Podemos decir que aquellos hombres y mujeres supieron encarnar la exigente recomendación de Pedro y hacer realidad nuestra vocación cristiana fundamental… ¡bendecir!:

            “Sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables, no devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados a heredar una bendición” (1P 3, 8-9).

            Quizás ello explique un dato que llama mucho la atención cuando leemos las declaraciones de los testigos de los acontecimientos. Aquellos carmelitas que se enfrentaban a una muerte inminente, mantuvieron una actitud de serenidad e intentaron transmitirla (en la medida de lo posible) a los que estaban con ellos. Podríamos pensar que la riqueza interior (la fe, la vida de oración, la honda espiritualidad vivida durante años) afloraba en aquellos momentos dramáticos y terribles. Más aún, sobrecoge el silencio con que aquellos hombres sufrieron humillaciones, insultos e incluso torturas. En estos tiempos nuestros en los que quizás sobra palabrería, ruido, crispación, opiniones superficiales y apresuradas… el carmelita está llamado a la hondura interior, a no dejarse llevar por la superficialidad reinante por doquier, a distinguir, en palabras del poeta Antonio Machado, “las voces de los ecos” o incluso, si se me permite el pequeño cambio, “la Voz de los ecos”.

            No se trataba de un silencio cobarde, ni menos aún de un silencio cómplice. Era un silencio que encerraba una denuncia serena y una oración sentida. En cierto modo, aquellos carmelitas estaban llevando a la práctica de forma heroica lo que nos pide el capítulo 21 de la Regla del Carmelo: vivir ese silencio teologal, dejar que en esos momentos tan dramáticos no cunda la palabrería ni impere el sinsentido. Es, en palabras de Isaías reproducidas por la Regla, el silencio que “favorece la justicia”.

            Como pedía Dietrich Bonhoeffer a sus pastores durante la persecución del nazismo, el silencio de nuestros hermanos hacía que resonase la única palabra posible, la palabra del Dios que también había guardado silencio ante la cruz:

            Todo lo que logramos decir sobre nuestra fe nos parece entonces carente de relieve y vacío en comparación de lo real que experimentamos y tras lo cual creemos en un misterio inefable (…). En ello puede haber algo muy auténtico, con tal de que una sola palabra, el nombre de Jesucristo, no se extinga en nosotros[6].

            Y un autor tan controvertido como Jean Paul Sartre, en una obrita de juventud (muy poco conocida, ya que el autor la eliminó del “canon oficial” de sus obras), titulada Barioná, ou le Fils du tonnerre, habla de “un silencio que se eleva hasta el cielo y que acaricia las estrellas como un inmenso árbol con la copa mecida por el viento…[7]. El silencio de nuestros mártires sigue siendo para nosotros hoy una música callada y una soledad sonora (usando las célebres expresiones de Juan de la Cruz), y nos sigue sobrecogiendo, animando, emocionando e invitando a la oración más honda y sincera por todas las víctimas de la historia. Aquel silencio era una verdadera profesión de fe.

            Es sabido que esta beatificación tuvo lugar precisamente en la conclusión del año de la fe, convocado por el Papa Benedicto XVI al final de su pontificado. En el Motu proprio de convocatoria del mismo, Porta Fidei, el Papa recordaba el estrecho vínculo entre martirio y fe:

            Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había trasformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores (Porta Fidei, 13).

            Bien anclado en una fe firme (y, por ello, serena, tolerante, abierta, compasiva…), el carmelita del siglo XXI está también llamado a imitar el ejemplo de nuestros mártires, que, en momentos probablemente más difíciles que los nuestros, supieron mirar por encima de las circunstancias y contemplar (en el sentido más hermoso de la palabra) los signos de la presencia de Dios, que nunca nos abandona.

            Caridad: Por ello –y esta sería la segunda consideración–, los mártires nos interpelan también a nosotros hoy, y nos invitan a ser testigos y constructores de reconciliación. En un mundo roto por la violencia, por las divisiones de todo tipo (familiares, sociales, políticas, económicas, raciales…), el creyente, el seguidor de Jesucristo, el testigo de su Palabra, no puede dejar de ser un hombre de reconciliación y perdón. Sería un contrasentido (¡y un escándalo!) que se hiciese un uso partidista o tendencioso de estas beatificaciones (tanto, supuestamente, “a favor” como “en contra” de las mismas). Convertir una beatificación en un “arma arrojadiza” contra los que piensan de diverso modo, o contra determinadas opciones políticas, sería –además de algo anacrónico– una verdadera perversión del sentido último de lo que estamos celebrando. Si los mártires murieron perdonando, nosotros debemos vivir perdonando y sembrando reconciliación. No hay otra vía. Ese es el Evangelio por el que ellos dieron la vida; no podemos manipular su testimonio en sentido contrario.

            Incluso en la sociedad española, ahora que ya ha pasado tanto tiempo de estos tristes y lamentables sucesos, sigue habiendo heridas no cerradas, maniqueísmos, rencores alimentados deliberadamente, etc. Lo mismo se podría extrapolar a otros países y a otras situaciones. La gravísima crisis económica que estamos sufriendo en todo el mundo acentúa las divisiones y crea una tensión social grande. Ojalá que esta beatificación sea recordada como una llamada a la concordia, a la reconciliación, al esfuerzo común y, en definitiva, a la construcción de una sociedad más justa y más fraterna. Más aún, nosotros creyentes, religiosos, carmelitas, no podemos permanecer impasibles ante la situación social que nos rodea y debemos redoblar los esfuerzos para ayudar a los más necesitados y para estar junto a los que más sienten el impacto de esta crisis. El Papa Francisco ha insistido en ello con mucha fuerza y constancia a lo largo de su pontificado, y no podemos permanecer cerrados ante su llamada.

            Algunos de los carmelitas asesinados, durante el tiempo de encarcelamiento previo a su ejecución, ayudaron con palabras de ánimo a los que se desesperaban y compartieron lo poco que tenían con otros prisioneros más necesitados, especialmente cuando se trataba de padres de familia. Que el ejemplo de los mártires, que testimoniaron la caridad en momentos dramáticos (mucho más dramáticos que estos nuestros), nos inspire a nosotros en esa misma tarea y que, desde el cielo, ellos intercedan para que el Carmelo español sepa estar a la altura en esta situación tan delicada que estamos viviendo.

            El Cardenal Vidal i Barraquer, Arzobispo de Tarragona cuando tuvieron lugar aquellos acontecimientos y, por tanto, testigo de los mismos, insistía, en un hermoso texto, en pedir al Señor que concediese a los españoles un verdadero espíritu de concordia y de reconciliación. También nosotros hacemos nuestra hoy esa hermosa plegaria:

            “Quiera nuestro Divino Redentor, por la intercesión de tantos mártires y confesores hermanos nuestros, otorgarnos la gracia de la reconciliación más completa, a fin de que, superado (por el fuego del verdadero amor cristiano y fraternal) todo el espíritu de odio, de venganza y de discordia, sepan consagrarse todos los españoles, con un solo corazón y una sola alma, a la magna labor de reconstrucción espiritual y material…”[8].

            Esperanza: Por último, conviene subrayar que el martirio de aquellos hermanos nuestros debe convertirse para nosotros en un signo de esperanza. Humanamente hablando, la muerte de aquellos cincuenta y seis carmelitas (incluyendo a las tres monjas de clausura también asesinadas) supuso una verdadera tragedia para el Carmelo hispano, que remontaba ya el vuelo tras los difíciles años de la restauración. Poco a poco se habían ido restaurando conventos antiguos, creando otros nuevos, estableciendo nuevas presencias (parroquias, colegios, obras sociales) al servicio de la Iglesia local y del pueblo de Dios. En unos meses, todo se vino abajo. El panorama, tanto nacional como internacional, era desolador. En España, tras la guerra, muchos conventos carmelitas se hallaban en una situación penosa. La larga posguerra se vio marcada por una carestía tremenda que asoló, aún más, a un país destrozado por la muerte, los odios, la ruina… Al mismo tiempo, las provincias carmelitas centroeuropeas estaban sufriendo las consecuencias de una guerra cruel que se iba a prolongar por más de cinco años y que iba a envolver al mundo entero. En aquel contexto, también serían varios los carmelitas que murieron testimoniando su fe, y el martirio de dos de ellos (el beato Tito Brandsma y el beato Hilario Januszewski) ha sido ya reconocido solemne y oficialmente por la Iglesia[9].

            Sin embargo, apenas terminada la II Guerra Mundial, Analecta Ordinis Carmelitarum, la revista oficial de la Orden, publicó una carta del Prior General, P. Hilario María Doswald, O.Carm., escrita algún tiempo antes, en 1942, en plena contienda mundial, desde los Estados Unidos (donde se había tenido que refugiar). En dicha carta, el entonces Prior General mandaba un mensaje a toda la Orden, bajo el significativo título de Incrementum[10], en el que se señalaba que, a pesar de la desolación que producía ver el estado de algunas Provincias (pérdidas humanas, ruinas, destrucción de casas y obras, etc.), la Orden debía afrontar con coraje el proceso de reconstrucción y, para ello, pedía a todos los religiosos que trabajasen denodadamente, con entusiasmo y generosidad, en la tarea vocacional. Citaba Doswald una anécdota del Papa Benedicto XV, quien en 1919 (también al terminar una guerra mundial) recibió en audiencia a los gremiales del Capítulo General de los carmelitas y les lanzó un reto con palabras claras y fuertes “Incrementum! Incrementum! Incrementum!”. Esta petición se quedó grabada en lo que hoy llamaríamos el “inconsciente colectivo” de la Orden, y los carmelitas de aquellos años trabajaron sin descanso para que la Orden creciera y, así, pudiera servir mejor al Pueblo de Dios.

            Más allá de la anécdota, también nosotros podemos admirar ese contraste entre la desolación que reinaba por doquier (especialmente en España, donde cincuenta y seis hermanos nuestros perdieron su vida) y el entusiasmo de la Orden, que afrontaba su futuro no desde el derrotismo, ni desde un pesimismo que hubiera sido más que lógico, sino desde la confianza en el Señor de la vida. Al terminar la II Guerra Mundial, en pocos años, la Orden crecería abundantemente (numerosas vocaciones, nuevas misiones, desarrollo intelectual y espiritual, etc.). Una vez más se cumplía la frase de Tertuliano: "sanguis martyrum, semen christianorum” (“la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos")[11].

            Por ello, también yo confío en que el testimonio de estos mártires, de estos hermanos nuestros que perdieron su vida por testimoniar su fe, nos anime hoy (en circunstancias muy diversas) a ser testigos vivos de la fe, de la caridad y de la esperanza que ellos manifestaron hasta el final. De hecho, en la mayoría de nuestras presencias carmelitas se trabaja denodadamente, con entusiasmo y creatividad. Sin embargo, en otras ocasiones nuestra presencia en Europa parece verse amenazada por el materialismo y el relativismo imperantes, por la falta de vocaciones, por las dificultades para entender nuestra propia identidad (que nos lleva a buscar el sentido de nuestra consagración en otras espiritualidades), por el cansancio y el derrotismo de algunas Provincias envejecidas, por la falta de personal que limita nuestra actividad y nuestro servicio a la Iglesia local, y por otros muchos factores. En ese contexto, el testimonio de estos hermanos nos debe llenar de esperanza: hay un valor y un sentido en nuestra vida religiosa y carmelita. Merece la pena seguir trabajando y sembrando con generosidad, con creatividad, con el gozo de servir desinteresadamente a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

            Una vez más, me remito al testimonio del Papa Francisco, que, con un estilo claro, directo, incluso personal, nos interroga a los religiosos acerca de nuestra actitud:

            Me pregunto a mí y a vosotros: en los monasterios, ¿está aún encendida esta lámpara? En los monasterios, ¿se espera el mañana de Dios?[12].

            El Carmelo, y la vida consagrada en general, deben ser siempre un signo de esperanza para los hombres y mujeres de nuestro tiempo. El carmelita apunta con su vida, en medio de las fatigas y las contradicciones de cada época, hacia un futuro, hacia la vida definitiva, hacia el sentido último de la existencia. Cuando tantos hermanos nuestros caen en la desesperanza y en el desánimo, cuando lo fácil es dejarse llevar por una existencia rutinaria, limitada a horizontes estrechos, al placer limitado de lo cotidiano y de lo inmediato, al culto de la individualidad y de una supuesta autonomía (que a veces es sólo una máscara del egoísmo)… el carmelita se muestra como un persona esperanzada. Con mucha humildad, sin creerse mejor que nadie, considerándose parte de este mundo con el que comparte los anhelos, las alegrías y los sufrimientos, nuestra vida debe ser un testimonio continuo de esa esperanza que nos ilumina y da sentido a nuestro caminar. Los mártires lo hicieron en circunstancias muy especiales y dramáticas, nosotros generalmente lo hacemos en el camino de la vida cotidiana, que también exige la fidelidad, la valentía y el coraje de creer y de esperar.

            Ello no nos evade de la realidad ni nos lleva a inhibirnos de los interrogantes de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Tampoco nos lleva a ser insensibles (¡todo lo contrario!) ante los sufrimientos y los desánimos ajenos. No es una esperanza que distrae ni una forma de eludir los compromisos terrenos.

            Por todo ello, no deja de resultar un contrasentido y, en cierto modo, un anti-testimonio el hecho que a veces nosotros –hombres y mujeres consagrados al Dios de la vida– nos dejemos llevar por actitudes derrotistas, apocalípticas, desesperanzadas… que nos dejemos contagiar por la crispación y la negatividad de la “cultura del descarte”, como la ha denominado el Papa Francisco.

*****

            En definitiva, la beatificación de estos hermanos nuestros se convierte para nosotros en una llamada a la perseverancia: perseverancia en la vocación, perseverancia en la esperanza, perseverancia en el gozo de seguir al Señor, incluso hasta el martirio. Hoy en día, de forma explícita o implícita, rechazamos los compromisos a largo plazo y caemos en la cultura de lo provisional, de lo relativo, de lo inestable. El testimonio de unos creyentes que, con sus debilidades y límites humanos, se ponen en camino y se comprometen a seguir al Maestro hasta el final, es sin duda un testimonio que impacta y que tiene el sabor de lo genuino, de lo auténtico, de lo precioso.

            Aunque no faltan circunstancias en las que nuestros hermanos o hermanas carmelitas tienen que afrontar peligros diversos, amenazas o situaciones de extrema pobreza (doy fe de ello), en términos generales podemos decir que estamos llamados a dar ese testimonio en ambientes más tranquilos y menos violentos que aquellos en los que vivieron Alberto María Marco Alemán, O.Carm., Carmelo Moyano, O.Carm., Angel María Prat Hostench, O.Carm., y todos sus compañeros mártires. Por ello, no deberíamos descuidar la llamada al “martirio cotidiano”, a la entrega de la propia vida en la sencillez de la cotidianeidad, del caminar de cada día, del servicio fraterno o pastoral.

            Precisamente en estos años en los que estamos viviendo en el Carmelo una serie de celebraciones importantes y, sin duda, muy significativas (centenarios, aniversarios, unión de provincias, etc.), no debemos perder de vista que, en el fondo, es en la vida cotidiana donde se juega la salvación, donde se vive la vocación, donde se hace realidad lo que creemos, lo que profesamos y lo que predicamos.

*****

            Quisiera terminar esta carta poniendo bajo la intercesión de nuestros mártires los diversos proyectos en los que la Orden se halla embarcada en estos tiempos, especialmente nuestras misiones. Como sabéis, el último Capítulo General celebrado en Sassone (Italia) en septiembre de 2013 (poco antes de la beatificación de los mártires) tuvo como tema central el de la misión. La Orden ha crecido sobremanera en los últimos años, y hoy nos encontramos en muchos países en los que, hace solamente unos años, no soñábamos con una presencia carmelita. Ello motivó que los provinciales, comisarios y delegados, reunidos en la Congregación General de Niagara Falls en septiembre 2011, pidieran que el tema del capítulo fuera éste: la misión del Carmelo hoy.

            A ello hay que añadir el hecho de la constante y fuerte llamada del Papa Francisco a toda la Iglesia para que sea una “Iglesia en constante salida”, una Iglesia misionera, que se dirige a las periferias geográficas y existenciales de la humanidad para llevar la buena noticia de la salvación.

            El Carmelo no puede permanecer ajeno a esta llamada. Ciertamente, nuestra implicación en la misión de la Iglesia debe hacerse desde nuestro carisma y desde nuestra identidad. Es lo que nos pide la misma Iglesia: que seamos carmelitas, que vivamos con autenticidad y gozo nuestro carisma, que no dejemos de aportar el tesoro de nuestra espiritualidad a toda la Iglesia.

            Pues bien, los mártires vivieron y se entregaron a esa misión hasta las últimas consecuencias, con una fidelidad admirable y ejemplar. Que ellos, los nuevos beatos del Carmelo, nos ayuden desde el cielo en esta tarea difícil pero fascinante y nos inspiren para vivir nuestro carisma con fidelidad y con creatividad.

            Y que María, la Madre y Hermana de los carmelitas, nos marque como Estrella del Mar el camino a seguir.

Fernando Millán Romeral, O.Carm
Prior General

En Roma, 13 de octubre de 2014
(Primer aniversario de la beatificación de los mártires)

 

 


[1] El original italiano fue publicado por La Civiltà Cattolica (1/2014) 3-17 (apareció simultáneamente en diversas lenguas).

[2] En el momento de estallar la Guerra Civil en España había solamente dos Provincias (Aragovalentina y Bética) y un Comisariado General (Cataluña). En 1948 fue erigido el Comisariado General de Castilla, que se convertiría en Provincia en 1984. Cataluña se convertiría en Provincia en 1950. En 2014 las provincias de Castilla y Aragovalentina se fusionaron en la provincia de “Aragón, Castilla y Valencia”. No obstante, los diversos grupos de mártires se suelen asociar a las Provincias existentes cuando tuvo lugar la beatificación.

[3] En este sentido, la Santa Sede es muy cuidadosa de rechazar los procesos de los religiosos que tuvieran alguna afiliación política (incluso aunque fueran personas ejemplares en la fe), para evitar toda confusión o malentendido, tanto respecto al sentido último de su muerte, como en lo referente a la interpretación actual de la misma.

[4] El original italiano fue publicado en: L’Osservatore Romano (29-30 ottobre 2007) 7.

[5] CI PLENARIA DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Los mártires del siglo XX en España, firmes y valientes testigos de la fe, n. 12.

[6] D. BONHOEFFER, Redimidos para lo humano. Cartas y diálogos (1924- 1942) (Salamanca 1979)169.

[7] J. P. SARTRE, Barioná, el hijo del trueno (Madrid 2004) 135.

[8] El Cardenal Vidal i Barraquer intervino en muy diversas ocasiones a favor de la paz y la reconciliación durante la Guerra Civil española. Fue Arzobispo de Tarragona, la misma diócesis que acogió la celebración de la beatificación, por lo que su testimonio resulta muy significativo.

[9] El primero fue beatificado en Roma el 3 de noviembre de 1985 y el segundo fue beatificado el 13 de junio de 1999, en Varsovia (ambos por el papa Juan Pablo II).

[10] El original inglés, fechado en 1942, aparece en Analecta Ordinis Carmelitarum 13 (1946-1948) 120-122.

[11] Apologeticus pro Christianis, 50,13: CCL 1, 171.

[12] Celebración de Vísperas con la Comunidad de las Monjas Benedictinas Camaldulenses en Roma. Cf., L’Osservatore Romano (23 noviembre de 2013) CLIII (269) 7.

Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.