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algunos retos en la animación de la Vida religiosa hoy en vista a la misión tanto “ad intra” como “ad extra”.

Fernando Millán Romeral, O.Carm.

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Se nos pide que hablemos de ciertos problemas que hemos ido encontrando en nuestro servicio y en la animación de nuestros respectivos institutos. Quisiera comenzar esta charla diciendo que, tras más de nueve años como Prior General de los Carmelitas, personalmente no me encuentro “quemado”, ni agotado, ni desanimado. Ciertamente, no faltan períodos de cansancio

o incluso de desánimo, pero es algo que ocurre también en otros ministerios. Por ello, aviso que los temas que voy a comentar a continuación no deben ser vistos como “problemas” en el sentido fuerte que tiene la palabra en inglés, sino, más bien, como dificultades, retos, desafíos, situaciones que exigen nuestra atención, nuestra reflexión y nuestro esfuerzo. Tampoco quisiera dar la falsa impresión de que estos problemas nos asfixian, nos bloquean o que impiden que sigamos caminando con esperanza y con gratitud.

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Entre los posibles temas que, mirando hacia atrás, puedo considerar como problemáticos en nuestro ministerio al servicio de la Orden, he elegido los tres siguientes:

1.- Cuando yo entré en la vida religiosa, allá por 1980, la formación permanente era un elemento fundamental de nuestra vida. Las provincias preparaban cursos, se elaboraban programas y materiales, se organizaban encuentros incluso a nivel internacional, etc. Sin caer en un lenguaje demasiado periodístico, yo diría que era un verdadero “boom”. Este interés por la formación permanente ha ido decayendo poco a poco. Por una parte, la falta de personal en algunas provincias provoca que sea muy difícil organizar estos encuentros, así como “liberar” personas que puedan dedicar un tiempo a la formación que empieza a ser vista casi como “un lujo”.

Por otra parte, se observa también en algunos ámbitos una cierta tendencia a la formación ideologizada. Se llama sólo a tal o cual profesor que “es muy bueno”, que “está muy preparado” y que, en definitiva, va a decir (parodiando un poco la situación) lo que queremos oír.

Esta falta de formación permanente nos lleva en algunos casos a consecuencias bastante negativas. Por ejemplo, la pérdida de calidad en nuestra oferta pastoral, la falta de reflexión interna sobre la vida del instituto, la rutina, es decir, el hacer las cosas así, simplemente porque siempre se han hecho así, sin capacidad para discernir y evaluar nuestras presencias con criterios serios. Incluso, me atrevería a contar entre las consecuencias negativas, la falta de ilusión en la vocación, la falta de alicientes, la atrofia de ciertas facultades intelectuales, espirituales y carismáticas…

Otras de las consecuencias negativas es la superficialidad de nuestros discursos y nuestras reflexiones. No se trata de estar siempre comentando el Grundkurs des Glaubens de Karl Rahner, o de instalarnos en la séptima morada de Santa Teresa, pero sí al menos de ser hombres y mujeres de hondura, con una rica interioridad, con algo que decir. Parafraseando al poeta español Antonio Machado, diría que necesitamos hoy más que nunca hombres y mujeres que sepan “distinguir las voces de los ecos…”

A ello no contribuye precisamente lo que llamaríamos el “exceso informático”. Lo aviso de antemano, no soy un troglodita reaccionario que se alza contra estos medios. No es necesario destacar aquí las ventajas de todo tipo que los medios digitales ofrecen al hombre de hoy y consecuentemente a la Iglesia. Hace unos años, en esta misma sede, nos habló de ello -y con pasión- el P. Antonio Spadaro. Tampoco hace falta decir (es indudable) que la Iglesia tiene que hacerse presente en estos medios, con convicción, con entusiasmo y con generosidad.

Pero, junto a todo ello, no podemos tampoco negar que los medios digitales (o mejor, el mal uso de los mismos) llevan, en no pocos casos, a opiniones superficiales y apresuradas, a una cultura de titulares, a no profundizar en nada. No siempre información y formación coinciden. Ello suele ir acompañado de la cultura de la crispación, de las batallitas eclesiales y teológicas (que no tienen nada que ver son el sano debate) y del pensamiento, más que débil, anoréxico…

Por todo ello, yo he insistido mucho en la necesidad de la formación permanente y en que ésta no es (o no es sólo) una cuestión académica o intelectual. La formación es una actitud humana y espiritual, es una forma de estar en el mundo, abiertos a los signos de los tiempos, a las nuevas problemáticas, a una reflexión seria, honda, honesta… que nos lleve a su vez a un discernimiento sobre nuestra presencia en el mundo de hoy. Más aún (y permitidme la nota de sabor carmelitano), yo me atrevería a decir que la formación permanente es la actitud típica del contemplativo, que quiere estar atento a los pequeños signos de la presencia de Dios en el mundo. Creo que suscitar esa actitud de formación permanente es un reto apremiante en la vida religiosa de hoy en día.

2.- El segundo problema que quisiera compartir con vosotros es el de la promoción armónica y sensata de la “familia carmelita”. Prácticamente todas las órdenes y congregaciones religiosas han intentado crear lo que se ha venido en llamar una “familia carismática”, es decir, una estructura o, al menos, una conciencia de que el carisma no se limita sólo a los religiosos, sino que es compartido por religiosas, quizás monjas de clausura y por los laicos. Ciertamente, según el tipo de congregación, este proceso ha tenido evoluciones muy diversas. En las órdenes mendicantes, por ejemplo, son conocidas las llamadas “órdenes terceras” con varios siglos de existencia y con bastante identidad incluso canónica.

Inspirados por la eclesiología del Vaticano II, las órdenes religiosas han intentado fomentar esta idea de familia, en la que compartimos un carisma, una espiritualidad e incluso una misión, vividos de forma distinta según la vocación concreta de cada cual: un religioso, una monja, una religiosa de vida activa, un laico… En nuestro caso, ya en las Constituciones de 1971 se dedicaba un número a la “familia carmelita”. Era un número muy genérico, quizás demasiado amplio, pero en el que se optaba con fuerza por esta noción y por esta forma de vivir el carisma.

En este proceso, no han faltado ocasiones en las que ha habido vencer resistencias clericales, incomprensiones y dificultades. Para algunos ha sido difícil aceptar (y, más aún, comprender) que no somos propietarios del carisma, que éste es un don que se comparte y no una propiedad privada, que no se trata tanto de formar “a los laicos”, sino de formarnos y crecer con los laicos… En otras ocasiones ha habido que vencer también resistencias “de género”, es decir, el seguir pensando que “las monjitas” lo único que deben hacer es seguir nuestras directivas.

Estas posiciones recalcitrantes producen -entre otras muchas cosas- que se empobrezca la vivencia y la reflexión carismática, porque generalmente estos grupos (monjas, religiosas, laicos, jóvenes) ofrecen puntos de vista distintos, hacen otros subrayados, descubren nuevos interlocutores y enriquecen, en definitiva, la presencia de un carisma en medio del mundo en el que nos ha tocado vivir.

De la noción de familia carismática surgen muy diversas experiencias en los años 70 y 80. En diferentes partes del mundo surgen formas nuevas de interactuar laicos y religiosos, formas nuevas de “afiliación” a los diversos institutos, comunidades laicales con diversos grados de incorporación, etc. Esto ha supuesto -y lo digo sin ambages- una verdadera bendición para la vida consagrada ¿Dónde está entonces el problema? Yo destacaría tres.

En primer lugar se observa una cierta pérdida “de fuelle” (de entusiasmo, de creatividad, de dedicación) en este sentido. Sin querer caer en tópicos superficiales, en algunos ámbitos se considera que el tiempo de las experiencias ya ha pasado y que conviene volver a “lo de siempre”. Sin embargo, la vida religiosa no puede renunciar a su pretensión de novedad (en el sentido más serio, hermoso y responsable de la palabra). No podemos dejar de explorar nuevas posibilidades de modo que el carisma, el regalo que hemos recibido del Espíritu Santo -venciendo rutinas, comodidades y cortedad de miras- pueda compartirse y llegar al mayor número de personas, enriqueciendo a toda la Iglesia.

En segundo lugar, considero también necesario que aquellas experiencias que surgieron en los años 70 tengan la sabiduría y la humildad (valga el pleonasmo) de hacer un ejercicio honesto y valiente de evaluación y de discernimiento (una “verifica”, como se dice en italiano). Los jóvenes de los años 70 ya no son tan jóvenes y algunas de estas experiencias se han vuelto “maduras”. Por tanto, con gratitud, con gozo, con humildad, sería bueno que se revisasen y se abriesen a nuevas posibilidades y a seguir conectando con las nuevas generaciones (los jóvenes de verdad), para no convertirnos en “viejos rockeros” enganchados a la música y la estética de nuestros abuelos.

El tercer riesgo ha surgido “por exceso”. A veces (¡con la mejor intención del mundo!) estas experiencias han llevado a una cierta confusión y a desdibujar la especificidad de cada grupo (religiosos, religiosas, laicos…). No se trata de establecer límites canónicos, sino de mantener esa especificidad y, por tanto, la fuerza profética de las distintas vocaciones o, usando un lenguaje más clásico, los diversos estados de vida. El laico debe ser laico y no un imitador de frailes. Debe vivir el gozo de la laicidad. El religioso debe ser religioso y vivir radicalmente su vocación concreta.

A veces, para provocar una reflexión sobre este tema, he usado (de forma análoga y quizás un poco pedante) la imagen del Concilio de Calcedonia para hablar de la constitución ontológica de Cristo: “dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación”. En el seno de una familia religiosa debe haber total unión y comunión entre laicos, religiosos y religiosas que participan de un único carisma, pero al mismo tiempo no debe haber confusión (ni canónica, ni espiritual, ni teológica) entre estos grupos.

 3. El tercer y último problema hace referencia a un tema que parecía un tanto olvidado en nuestras reflexiones de los últimos años y que el Papa Francisco ha vuelto a poner en circulación: la inculturación de los carismas. Me permito recordaros nuestro encuentro con el Papa en noviembre de 2013, cuando el Santo Padre nos insistió en que “el carisma no es una botella de agua destilada”, sino que debe ser inculturado si no quiere perder su fuerza y su significatividad. Para no alargarme, no me detengo en la fundamentación teológica profunda de este concepto (¡la primera inculturación fue la encarnación!) ni en las matizaciones que hoy se suelen hacer en este tema (por ejemplo, hoy se tiende a hablar más de “transculturación”, “intercultutración”, etc).

Es muy difícil en una gran parte de la vida religiosa, abandonar la tendencia al “eurocentrismo”. Cuando yo hablo de la crisis de vocaciones o del envejecimiento de nuestros religiosos, tengo en mente -consciente o inconscientemente- la situación europea o del mundo occidental. Esto no se hace con mala intención ni creo -sinceramente- que haya un prejuicio neocolonial o algo así. Pero, no obstante, debemos tener cuidado porque puede pervertir nuestra reflexión en otras partes del mundo. La primera vez que fui a la isla de Flores en Indonesia, yo llevaba un discurso muy bien preparado y allí hablaba de la “preocupante crisis de vocaciones”. Tenía delante de mí a cincuenta jóvenes carmelitas que me miraban sorprendidos intentando comprender de qué les hablaba.

Un primer paso para evitar este riesgo sería tomar conciencia de que la demografía de nuestras congregaciones está cambiando y, en no pocos casos, tras algunos años, Europa no será la parte más numerosa de la Orden o congregación de la que se trate. He usado la expresión “tomar conciencia” porque no se trata sólo de “saberlo”, sino de algo más profundo. No podemos ignorar esta realidad y debemos aceptarlo no “a malincuore” sino con gozo y gratitud. Qué duda cabe de que en algunas órdenes y congregaciones este proceso de reflexión sobre el carisma, hecha en moldes culturales diversos y con otras categorías culturales, va dando ya un futo maduro. Estas culturas están ya enriqueciendo la reflexión sobre el carisma, están descubriendo nuevas posibilidades, nuevos mensajes, nuevas riquezas… Pero, justo es reconocerlo, también en este tema quedan resistencias, dificultades y carencias.

Yo suelo comparar la inculturación con la traducción. Estoy convencido que traducir no es sólo un oficio (un noble oficio), sino un ministerio, un servicio con una espiritualidad muy hermosa. Para traducir bien hay que conocer bien e incluso amar la lengua desde la que se traduce y la lengua a la que se traduce. Además, hay que sentir un profundo respeto por el mensaje que se está traduciendo. Algo similar ocurre con la inculturación: debemos conocer bien la cultura desde la que nos movemos y a la que nos dirigimos, siendo conscientes de que esa cultura tiene ya parte del mensaje y que, desde, allí nos podemos enriquecer. La nueva traducción no sólo reproduce sino que enriquece el mensaje y lo dota de nuevas posibilidades y de una hermosura insospechada.

Cuando una familia religiosa es incapaz de traducir su carisma y su vivencia en otros lenguajes, cuando es incapaz de “pensarse” en moldes diversos, cuando la inculturación se limita a aspectos externos (llevar una estola de colores o traducir algunas canciones), entonces algo está fallando. Ciertamente, es un proceso que siempre encontrará dificultades, riesgos, e incluso excesos (el Papa nos lo advertía en aquel encuentro de 2013). Debemos movernos con prudencia y con sensatez, pero ello no nos puede llevar a eludir esta tarea, porque es ineludible.

La tarea de la inculturación continúa. Forma parte del anuncio. Más aún, hay quien habla incluso de una “insubculturación”, es decir, la inserción del carisma no sólo en las culturas, sino en las subculturas (juvenil, marginación, tribus urbanas). El Verbo, la Buena Nueva, los carismas y dones del Espíritu no pueden ser encerrados en los moldes de una única cultura por muy rica que sea. Nos jugamos en ello la “fecundidad de nuestra profecía” (el tema que nos ocupa en esta asamblea).

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Sin duda, hay otros muchos temas (problemas, dificultades, retos) que acaparan nuestra atención y que requieren nuestro esfuerzo. Yo que soy un poco ingenuo tiendo a verlos no como un signo de decadencia, ni como un conjunto de dificultades insalvables, sino como oportunidades de crecimiento, de purificación y de renovación profunda, agradecida y gozosa de nuestra vida y nuestra misión.

USG: Assemblea novembre 2016 - ROMA

Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.