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Constitución 1995 de la Orden

CONSTITUCIONES

DE LA ORDEN DE LOS HERMANOS DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARIA DEL MONTE CARMELO

MADRID 1996

                 

EL TEXTO DE LA REGLA

PARTE PRIMERA

CAPÍTULO I

Don y misión de la Orden

CAPÍTULO II

El carisma de la Orden

PARTE SEGUNDA

CAPÍTULO III

La  comunidad  de  vida

CAPÍTULO IV

Los  Consejos  evangélicos  y  los  Votos

1. La obediencia: escucha y discernimiento del proyecto de Dios

2. La pobreza: participación y solidaridad

3. La castidad: célibes por el Reino.

CAPÍTULO V

La  oración

1. La oración en general

2. La oración litúrgica

3. La oración personal

4. El culto a la Bienaventurada Virgen María y a los Santos

CAPÍTULO VI

Consideraciones  generales  sobre  la  misión  apostólica

CAPÍTULO VII

La  misión  apostólica  en  la  Iglesia  local

CAPÍTULO VIII

La  solicitud  para  con  la  Familia  Carmelita

CAPÍTULO IX

La  misión  apostólica para  conseguir  la  justicia  y  la  paz  en  el  mundo

PARTE TERCERA

CAPÍTULO X

El  proceso  de    formación  del  c armelita

CAPÍTULO XI

La  obra  de  la  formación

CAPÍTULO XII

El  apostolado  vocacional

CAPÍTULO XIII

Las  etapas  del  proceso  de  formación

1. El prenoviciado

2. El noviciado

3. El periodo de la profesión simple

4. La profesión solemne

5. La formación para los diferentes ministerios

6. La formación permanente

PARTE CUARTA

CAPÍTULO XIV

La  constitución  fundamental  de  la  Orden

CAPÍTULO XV

El  derecho  propio  de  nuestra  Orden

CAPÍTULO XVI

Voz  activa  y  pasiva

CAPÍTULO XVII

La  autoridad  en  la  Orden  y  los  oficios  en  general

CAPÍTULO XVIII

Los  Capítulos  y  demás  actos  colegiales

1. Los Capítulos

2. Los oficios

CAPÍTULO XIX

El  Gobierno  General

1. El CAPÍTULO General

2. El Prior general

3. La Congregación General

4. El Consejo de las Provincias

5. Las Regiones

6. El Consejo General

7. El Viceprior General

8. Los Consejeros generales

9. El Procurador General

10. El Ecónomo General

11. El Secretario General y los oficios de la Curia

CAPÍTULO XX

El  gobierno  de  la  Provincia

1. El CAPÍTULO Provincial

2. El Prior Provincial

3. El Consejo Provincial

4. Los oficiales de la Provincia

5. El gobierno del Comisariado Provincial

CAPÍTULO XXI

El  gobierno  de  la  comunidad

1. El CAPÍTULO y el Consejo locales

2. El Prior local

3. Otros oficiales locales

CAPÍTULO XXII

La  administración  de  los  bienes

CAPÍTULO XXIII

La  salida  y  expulsión  de  la  Orden

EPÍLOGO

EL TEXTO DE LA REGLA

[1] Alberto, llamado por la gracia de Dios a ser Patriarca de la Iglesia de Jerusalén, a los amados hijos en Cristo B. y los demás eremitas, que viven bajo su obediencia junto a la Fuente, en el Monte Carmelo, salud en el Señor y la bendición del Espíritu Santo.

[2] Muchas veces y de diversas maneras los santos Padres dejaron establecido el modo como cada uno, sea cual fuere su estado o el género de vida religiosa que abrazó, ha de vivir en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia.

[3] Pero como nos pedís que os demos una fórmula de vida adecuada a vuestro proyecto común y a la que deberéis ser fieles en el futuro.

[4] Establecemos en primer lugar que tengáis a uno de vosotros como Prior, el cual será elegido para este oficio con el consentimiento unánime de todos o de la mayor y más sana parte. A él prometerán obediencia todos los demás y se esforzarán en mantenerla de verdad con las obras, juntamente con la castidad y la renuncia a la propiedad.

[5] Podréis fijar vuestros lugares de residencia en los desiertos, o donde quiera os lo ofrezcan adecuados y aptos para la observancia de vuestro modo de vida religiosa, según el oportuno parecer del Prior y de los hermanos.

[6] Además, teniendo en cuenta la situación del lugar en que hayáis decidido estableceros, cada uno de vosotros tenga una celda separada, según la asignación que el Prior habrá hecho para cada uno, con consentimiento de los otros hermanos o de la parte más madura.

[7] Hágase esto, sin embargo, de manera que toméis en refectorio común lo que os repartieren, escuchando juntos algún texto de la Sagrada Escritura, cuando esto pueda realizarse sin dificultad.

[8] A ninguno de los hermanos le será lícito, a no ser con el permiso del Prior que entonces hubiere, el mudarse del lugar que le ha sido asignado o cambiarlo con otro.

[9] La celda del Prior estará a la entrada del lugar donde viváis, para que sea el primero en acoger a los que acudan de fuera; y después, en todo cuanto haya de hacerse, procédase según su juicio y decisión.

[10] Permanezca cada uno en su celda o junto a ella, meditando día y noche la ley del Señor y velando en oración, a no ser que deba dedicarse a otros justos quehaceres.

[11] Los que saben rezar las horas canónicas con los clérigos, deben recitarlas según cuanto han establecido los santos Padres y las costumbres aprobadas por la Iglesia. Aquellos que no sepan , dirán veinticinco veces el Padrenuestro durante la oración litúrgica de la vigilia nocturna, excepto los domingos y fiestas solemnes, en los cuales establecemos que el número antedicho se duplique, de manera que el Padrenuestro se diga cincuenta veces. La misma oración se debe decir  siete veces en los laudes de la mañana y en cada una de las otras horas, a excepción de las vísperas, en que se debe decir quince veces.

[12] Ningún hermano diga que algo es suyo propio, sino que todo lo tendréis en común y a cada uno le será distribuido cuanto necesitare por mano del Prior, es decir, por el hermano por él designado para este menester, teniendo en cuenta la edad y las necesidades de cada cual.

[13] Podréis poseer también asnos o mulos, según lo requieran vuestras necesidades, y algunos animales o aves para el sustento.

[14] El oratorio, si se puede hacer cómodamente, construirlo en medio de las celdas y allí os reuniréis de mañana todos los días para participar en la celebración eucarística, cuando las circunstancias lo permitan.

[15] Igualmente los días domingos,  o en otros días si fuere necesario, reuníos para tratar de la observancia en la vida común y del bien espiritual de las almas. En esta ocasión corríjanse con caridad  las transgresiones y culpas de los hermanos, de haberlas en alguno.

[16] Desde la fiesta de la Exaltación de la santa Cruz hasta el domingo de la Resurrección del Señor ayunaréis todos los días, excepto los domingos; a no ser que la enfermedad o la debilidad corporal y otro justo motivo aconsejen dispensar del ayuno, pues la necesidad no tiene ley.

[17] Absteneos de comer carne, a no ser que se deba tomar como remedio en caso de enfermedad o debilidad física. Y porque, debido a los viajes,  con frecuencia tenéis que mendigar el sustento, para no ser gravosos a quien os hospeda, podréis, fuera de vuestras casas, comer alimentos preparados con carne. En caso de navegación podéis también comer la carne.

[18] Porque la vida terrena del hombres es tiempo de tentación  y todos los que quieren llevar una vida fiel a Cristo se ven sujetos a persecución, y como además el diablo vuestro adversario anda como león rugiente alrededor de vosotros, buscando a quien devorar, procurad con toda diligencia revestiros con la armadura de Dios, para que podáis resistir a las asechanzas del enemigo.

[19] Ceñid vuestros lomos con el cíngulo de la castidad; fortaleced vuestros pechos con pensamientos santos, pues está escrito: el pensamiento santo te guardará. Revestíos la coraza de la justicia, de manera que améis al Señor vuestro Dios con todo el corazón, con toda la mente, con todas las fuerzas, y a vuestro prójimo como a vosotros mismos.
Embrazad en todo momento el escudo de la fe y con él podréis apagar los encendidos dardos del maligno; pues sin fe es imposible agradar a Dios. Cubríos la cabeza con el yelmo de la salvación, de manera que sólo la esperéis del Salvador, que es quien salvará a su pueblo de sus pecados.
Finalmente, la espada del Espíritu, es decir, la palabra de Dios, habite en toda su riqueza en vuestra boca y en vuestros corazones. Y lo que debáis hacer, hacedlo conforme a la Palabra del Señor.

[20] Debéis hacer algún trabajo, para que el diablo os encuentre siempre ocupados y no suceda que, por vuestra ociosidad, pueda infiltrarse en vuestras almas. Tenéis en esto la enseñanza y el ejemplo del apóstol San Pablo, por cuya boca habla Cristo  y que ha sido constituido y dado por Dios como predicador y maestro de las gentes en la fe y en la verdad, si le seguís, no podréis equivocaros. Hemos vivido entre vosotros, dice, trabajando con fatiga noche y día para no ser gravoso a ninguno de vosotros. No porque no tuviéramos derecho a ser mantenidos, sino para daros en nosotros mismos un ejemplo que imitar. Ya estando entre vosotros repetimos con insistencia: si alguno no quiere trabajar, tampoco coma. Porque hemos oído que algunos de vosotros no trabajan y andan inquietos de acá para allá. Advertimos a esos tales y les exhortamos en el Señor Jesucristo a trabajar en sosegado silencio para ganarse el pan. Este camino es santo y bueno: seguidlo.

[21] El Apóstol recomienda el silencio cuando ordena trabajar callando; de la misma manera el profeta afirma: el silencio favorece la justicia; y más todavía: en el sosiego y la esperanza está vuestra fuerza. Por eso establecemos que, recitadas las Completas, guardéis silencio hasta dicha la Prima del día siguiente. Fuera de este tiempo, aunque no esté prescrito una tan rigurosa guarda del silencio, evítese con cuidado el mucho hablar; porque, como está escrito y la experiencia sobradamente enseña, en el mucho hablar no faltará pecado; y quien no se controla en el hablar encuentra su ruina. Igualmente, el que es desmedido en el hablar se daña a sí mismo. Y el Señor en el Evangelio: de toda palabra superflua que hablaren los hombres darán cuenta en el día del juicio. Cada uno de vosotros, pues, sopese sus palabras, y refrene rectamente su boca, para no resbalar y caer a causa de la lengua y su caída sea incurable y mortal. Vigile sobre su conducta, para no pecar con sus palabras, como dice el profeta; y cuide atenta y prudentemente de mantener aquel silencio que favorezca la justicia.

[22] Tú, hermano B., y quienquiera que después de ti fuere nombrado Prior, tened siempre en el pensamiento y poned en práctica lo que el Señor dice en el Evangelio: el que quiera ser el más grande entre vosotros, será vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros, sea vuestro esclavo.

[23] Y vosotros, hermanos, honrad humildemente a vuestro Prior, pensando, más que en su persona, en Cristo, que lo ha puesto sobre vosotros, y que ha dicho a los responsables de las iglesias: el que os escucha a vosotros  a mí me escucha, y el que os rechaza a vosotros a mí me rechaza. Y no os encontraréis bajo juicio por el desprecio, sino merecedores, por la obediencia, del premio de la vida eterna.

[24] Estas breves indicaciones os las hemos escrito con el fin de establecer para vosotros la fórmula de vida, según la cual habréis de conduciros. Si alguno está dispuesto a dar más, el Señor mismo, cuando vuelva, se lo recompensará. Hágase uso, sin embargo, del discernimiento, que es el que modera las virtudes.

 

Hec breviter scripsimus vobis, conversationis vestre formulam statuentes, secundum quam vivere debeatis. Si quis autem supererogaverit, ipse Dominus, cum redierit, reddet ei; utatur tamen discretione, que virtutum est moderatrix.

* La Regla fue dada a los Carmelitas por Alberto, patriarca de Jerusalén, entre los años 1206 y 1214. Obtuvo la primera aprobación de la Santa Sede el día 30 de enero de 1226, de Honorio III; fue después confirmada por Gregorio IX el día 6 de abril de 1229 y de nuevo por Inocencio IV el día 8 de junio de 1245.

Et mismo Inocencio IV, a ruego de los mismos Carmelitas, el día 1 de octubre de 1247. «declaró, corrigió y mitigó» la Regla, para adaptarla a las condi¬ciones de Occidente. Confirmaron el texto inocenciano Alejandro IV el día 3 de frebero de 1258, Urbano IV e! día 22 de mayo de 1262 y Nicolás IV el día 1 de julio de 1289.

A ruegos del Capítulo General de la Orden, Eugenio IV, con fecha 15 de febrero de 1432, sin tocar el texto de la Regla, concedió a los carmelitas el permane¬cer y pasear a su debido tiempo «en sus iglesias y en los claustros de las mismas y por sus alrededores», así como la facultad de comer came tres días a la semana.

Esta última concesión, unida a la facultad de dispensar del ayuno dejada al criterio de Prior General, fue ampliada por Pio II el día 5 de diciembre de 1459 y por Sixto IV el día 29 de noviembre de 1476.

El texto que aquí se edita se ha tomado de la hula de Inocencio IV, cuyo registro se guarda en el Archivo Vaticano (Reg. Vat. 21ff. 465v-466r): es el texto más antiguo de todos los que conservamos.

NOTA DEL EDITOR: En el texto castellano, con letras cursivas, se pretenden subra¬yar las supuestas adicciones al texto original albertino en la hula de Inocencio IV. Entre paréntesis cuadrados se indica la divión en epígrafes o títulos, que se remonta a las Constituciones editadas por el Prior General G.B. Caffardi, en 1586, teniendo en cuenta I actual división de las dos ramas del Carmelo. En negrita se indica la división de O. Cann., y entre paréntesis la de OCD. También entre paréntesis cua¬drados se indican las fuentes bíblicas, directas e indirectas, que hacen referencia a textos de la Palbra de Dios usados por S. Alberto o que pueden ayudarnos a releer cl texto desde la Palabra de Dios

PARTE PRIMERA

CARISMA  Y  MISIÓN  DEL  CARMELO

Y  SUS  CARACTERÍSTICAS  FUNDAMENTALES

 

CAPÍTULO I      

Don y misión de la Orden

          1. En Jesucristo, Hijo del Padre y "primogénito de toda criatura",[1] vivimos una nueva forma de unión con Dios y con nuestro prójimo y participamos así en la misión del Verbo Encarnado en este mundo y formamos la Iglesia de Cristo, que es "como un sacramento o signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano".[2]

          2. Viviendo en obsequio de Jesucristo[3] y abrazando su Evangelio como norma suprema de nuestra vida,[4] en virtud de su Espíritu que reparte a cada cual sus dones según su beneplácito,[5] nos empeñamos en un mutuo servicio, tanto entre nosotros como para los demás hombres.  Así contribuimos a realizar en este mundo el plan de Dios que quiere que todos nos reunamos en su pueblo santo.[6]

 

         3. Entre estos dones del Espíritu, se cuenta la vida evangélica que profesamos como religiosos, llamados por Cristo a vivir y propagar su virtud transformante y liberadora y esta vida evangélica, de una manera peculiar, eficaz y actual. Una vida que se distingue ciertamente por la intensa búsqueda de Dios en total adhesión a Cristo, la cual se manifiesta mediante la vida fraterna y el celo apostólico.

 

          4. Esta vocación  conlleva  la aceptación plena de las condiciones que Cristo exige a todos aquellos que quieren seguirle en este género de vida, y que son: la aceptación de la voluntad de Dios como participación en la obediencia de Cristo; una vida pobre y de comunión de bienes como expresión de nuestra unión en Cristo y de  solidaridad evangélica con nuestros hermanos; y finalmente una castidad consagrada como expresión del amor a Dios y a los hermanos.

 

          5. Consideramos nuestra vida religiosa ante todo como una invitación y un gran regalo de Dios mediante el cual nos consagra para Sí, a fin de que estemos dispuestos, a imitación de Cristo, a servir a nuestros hermanos. Esta vocación perfecciona en nosotros la virtud carismática del bautismo y de la confirmación en nuestra común fraternidad, en cuanto nos integra de modo peculiar en la Iglesia y nos dispone para servir a Dios y a los hombres, "para

implantar y robustecer en las almas el Reino de Cristo y extenderlo por el ancho mundo".[7]

 

          6. Por consiguiente, nosotros -Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo- hemos de preguntarnos cuáles son las características que, entre tantos y tan variados carismas y vocaciones, dan a nuestra familia religiosa su propio semblante en la Iglesia.

 

          7. Durante el tiempo de las  Cruzadas en Tierra Santa, se establecieron algunos ermitaños en diversos lugares de Palestina. Algunos de ellos "llevaban una vida solitaria en el monte Carmelo, junto a la fuente llamada de Elías,  a ejemplo e imitación del santo varón y solitario el profeta Elías. En celdillas semejantes a las de los panales, como abejas del Señor, elaboraban la divina miel de la dulzura espiritual".[8]

 

          8. Poco después, a petición de los mismos ermitaños,  San Alberto, patriarca de Jerusalén, los reunió en un único collegium  y les dio una norma de vida según su ideal o propósito[9] eremítico y que respondía al espíritu de la peregrinación a Tierra Santa y de la comunidad primitiva de Jerusalén.[10] Estos eremitas, en efecto, impulsados " por el amor a la Tierra Santa, se habían consagrado en ella a Quien la había adquirido con el derramamiento de su sangre, para servirle bajo hábito de religión y de pobreza",[11] permaneciendo en  "santa penitencia"[12] y formando una comunidad fraterna.

 

          9. Esta forma de vida fue sucesivamente aprobada por Honorio III en 1226, por Gregorio IX en 1229 y por Inocencio IV en 1245;[13] este último pontífice la aprobó definitivamente como verdadera y propia Regla en 1247 y la adaptó a las condiciones de vida de Occidente.[14] Esta adaptación se hizo necesaria cuando los carmelitas comenzaron a emigrar a Occidente para huir de las persecuciones y manifestaron su voluntad de llevar un género de vida "en el que, con la ayuda de Dios, consiguieran la alegría de ayudar a la salvación propia y a la del prójimo". [15] 

         10. La aprobación de la Regla por Inocencio IV hizo que los carmelitas se entregaran al servicio de la Iglesia siguiendo el ideal común de los Mendicantes, es decir, de las Órdenes de la fraternidad apostólica, conservando, no obstante, las peculiaridades de su carisma inicial[16] que brilló a través de los siglos como prerrogativa del Carmelo, tanto entre los religiosos como en toda la Iglesia, especialmente por medio de los maestros de la vida espiritual que Dios suscitó en la Orden.

       11. La Regla traza las líneas maestras de la vida carmelita en obsequio de Cristo según el espíritu de la Orden: meditar día y noche en la ley del Señor,[17] en el silencio y en la soledad, para que la Palabra de Dios abunde en el corazón y en la boca de quien la profesa;[18] practicar asiduamente la oración, especialmente con vigilias y salmos;[19] revestirse de las armas espirituales;[20] vivir en comunión fraterna, expresada en la celebración diaria de la Eucaristía,[21] en la reunión con los hermanos en forma de capítulo[22] y en la comunión de bienes;[23]  corrección fraterna y caritativa de las faltas;[24] austeridad de vida con el trabajo y la mortificación,[25] fundada en la fe, la esperanza y el amor; conformidad de la propia voluntad con la de Dios buscada en la fe, con el diálogo y con el servicio del prior a los hermanos.[26]

       12. Peculiares de la espiritualidad del Carmelo son también el carácter eliano que los carmelitas han desarrollado al vivir en el Carmelo, lugar de las gestas del gran profeta, y la familiaridad de vida espiritual con María, de la que son signos elocuentes el título de Hermanos y la primera iglesia edificada sobre el monte Carmelo y a ella dedicada.

    13. Cuando el género humano da principio a un nuevo período de la Historia, nosotros los carmelitas, animados por el Espíritu que obra en la Iglesia, intentamos adaptar a las nuevas condiciones nuestro programa de vida,[27] esforzándonos por entender los signos de los tiempos y por examinarlos a la luz del Evangelio y de nuestro patrimonio espiritual,[28] para encarnarlo en las diversas culturas. 

 

CAPÍTULO II

El carisma de la Orden

 

 

      14. "Vivir en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia":[29] esta frase de inspiración paulina es la matriz  de  todos  los  componentes  de nuestro carisma  y  la  base  sobre  la  que  Alberto  construyó  nuestro  proyecto de  vida.  El peculiar contexto palestino  de  los  orígenes  y  la  aprobación  de  la  Orden  en  su evolución histórica por parte de la Sede Apostólica han enriquecido con nuevos sentidos inspiradores la fórmula de vida de la Regla.

        Los carmelitas viven su obsequio de Jesucristo, comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo.

      15. La tradición espiritual de la Orden ha subrayado que estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí.

           Esta misma tradición ha elaborado fuertemente la experiencia de desierto como proceso dinámico unificador de estos valores: es el compromiso del carmelita para hacer de Cristo crucificado, hombre despojado y desprendido, el fundamento de la propia vida, y para dirigir hacia Él, a través de la fe, todas sus energías, destruyendo todo obstáculo que se oponga a la perfecta dependencia de Él, y a la perfecta caridad para con Dios y los hermanos. Este proceso de despojo que conduce a la unión con Dios, fin último de todo crecimiento humano, se refleja en nuestra espiritualidad por la puritas cordis y el vacare Deo, expresiones de una total apertura a Dios y un progresivo vaciamiento de sí mismo.

          Cuando , a través de este proceso, llegamos a ver la realidad con los ojos de Dios, nuestra actitud hacia el mundo se transforma según su amor, y la contemplación de la presencia amorosa de Dios se encarna en nuestra vida de fraternidad y de servicio.[30]

 

1) Dimensión contemplativa de la vida

          16. Desde sus orígenes la fraternidad del Carmelo adoptó un estilo contemplativo, tanto en las estructuras como en los valores de fondo. Este estilo, en efecto, aparece evidente en la Regla que delinea una fraternidad que está a la escucha orante de la Palabra[31] y es asidua en la celebración de la alabanza de su Señor;[32] una comunidad formada por personas que quieren dejarse plasmar y habitar por los valores del Espíritu: castidad, pensamiento santo, justicia, amor, fe, espera de la salvación,[33] trabajo realizado en la paz,[34] silencio que da sabiduría a palabras y acciones,[35] discernimiento que es "guía de las virtudes".[36]

 

          17. La tradición de la Orden ha interpretado siempre la Regla y el carisma fundante como expresión de la dimensión contemplativa de la vida y a esta vocación contemplativa se refieren siempre los grandes maestros espirituales de la Familia carmelita. La contemplación comienza cuando nos confiamos a Dios, sea cual sea el medio que Él escoge para acercarse a nosotros. Es una actitud de apertura a Dios, cuya presencia descubrimos por doquier. Así la contemplación constituye el itinerario interior del carmelita, que arranca de la libre iniciativa de Dios que lo toca y transforma en la unidad de amor con Él, elevándolo a poder gozar gratuitamente de ser amado por Dios y vivir en su presencia amorosa. Es ésta una experiencia transformante del amor de Dios que está por encima de todo y que nos vacía de nuestras limitadas e imperfectas maneras humanas de pensar, de amar y de obrar, y las cambia por otras divinas.

 

          18. La contemplación tiene también valor evangélico y eclesial.[37] Su ejercicio no sólo es manantial de nuestra vida espiritual, sino que  determina asimismo la calidad de nuestra vida fraterna  y de nuestro servicio en medio del pueblo de Dios.[38]

        En efecto, los valores de la contemplación -si se viven con fidelidad en los complejos aconteceres de la vida diaria- hacen de la fraternidad del Carmelo un testimonio de la presencia viva y misteriosa de Dios en medio de su pueblo.  La búsqueda del rostro de Dios y la acogida de los dones del Espíritu la hacen más atenta a los signos de los tiempos,más sensible a los gérmenes de la presencia del Verbo en la Historia, a través también del análisis y valoración  de los hechos y acontecimientos en la Iglesia y en la sociedad.[39]

          Así el Carmelo, solidario, como Cristo Jesús,  con los dramas y esperanzas de la humanidad,[40] acertará a tomar decisiones capaces de transformar su vida y hacerla más conforme a la voluntad del Padre.

          Además, para el bien de la Iglesia, favorecerá  a quienes se sientan llamados a la vida eremítica.

 

2) Fraternidad

          19. La actitud contemplativa hacia el mundo que nos rodea, que nos hace descubrir la presencia de Dios en nuestras experiencias cotidianas, nos permite encontrarla especialmente en nuestros hermanos. Esto nos conduce a valorar el misterio de las personas que están a nuestro lado y con las que compartimos nuestra vida. Nuestra Regla quiere que seamos fundamentalmente fratres[41] y nos recuerda que la calidad del trato y de las relaciones interpersonales que caracteriza la vida de la comunidad del Carmelo, se ha de ir desarrollando de acuerdo con el ejemplo inspirador de la primera comunidad de Jerusalén.[42] Ser fratres  significa para nosotros crecer en la comunión y en la unidad,[43] en la superación de distinciones y privilegios,[44] en la participación y corresponsabilidad,[45] en el compartir los bienes, [46] un proyecto común de vida y los carismas personales;[47] significa también prestar atención al bienestar espiritual y psicológico de las personas, caminando por las vías del diálogo y de la reconciliación.[48]

 

          20. Estos valores de la fraternidad se expresan y encuentran su fuerza en la Palabra, en la Eucaristía y en la oración.

          Guiados por la Palabra escuchada y vivida, tanto en silencio y soledad como en comunidad,[49]especialmente en la forma de la lectio divina,  los carmelitas van avanzando cada día en el conocimiento y experiencia del misterio de Cristo Jesús.[50] Animados por el Espíritu y enraizados en Cristo  Jesús,  viviendo en Él día y noche,[51]  inspiran en su Palabra todos sus proyectos y obras.[52]

        Inspirados por la Palabra y en comunión con toda la Iglesia, los fratres  celebran juntos las alabanzas del Señor[53] e invitan a otros a compartir su experiencia de oración.

          Los fratres  son invitados cada día, en cuanto es posible, a la Eucaristía, fuente y culmen de su vida,[54] desde la soledad o desde el trabajo apostólico, para que, reunidos en torno a la mesa del Señor,[55] tengan "un solo corazón y una sola alma", [56] y vivan la verdadera koinonía fraterna en la gratitud y en el servicio mutuo,[57] en la fidelidad al proyecto común y en la reconciliación animada por la caridad de Cristo.[58]

          Como fraternidad contemplativa, nosotros buscamos el rostro de Dios y servimos a la Iglesia en el corazón del mundo o, eventualmente, en la soledad eremítica.

 

3) Servicio en medio del pueblo

          21. Como fraternidad contemplativa, buscamos el rostro de Dios también en el corazón del mundo. Creemos que Dios ha establecido su morada en medio de su pueblo  y, por eso, la fraternidad del Carmelo se siente parte viva de la Iglesia y de la historia: una fraternidad abierta, capaz de escuchar y de dejarse interpelar por su propio ambiente, dispuesta a recoger los retos de la historia y a dar respuestas auténticas de vida evangélica, basadas en su propio carisma,[59] solidaria y dispuesta asimismo a colaborar con todos los hombres que sufren, esperan y se comprometen en la búsqueda del Reino de Dios.[60]

          22. La itinerancia, en efecto, a la que hace alusión la Regla,[61] expresión de la forma evangélico-apostólica de las Órdenes mendicantes, es para el carmelita una invitación a descubrir y seguir los caminos trazados por el Espíritu del Señor para la comunidad y para cada persona, y es signo de solidaridad y de servicio generoso, tanto a la Iglesia universal y local como al mundo de hoy.[62]

          23. El convento, lugar del "con-venir", donde se reúne la comunidad, es para el Carmelo lugar también de acogida, [63] para compartir con ellos la comunión de corazones, la reconciliación fraterna y la experiencia de Dios que se vive en la comunidad.

 

        24. Este modo de estar en medio del pueblo  es, finalmente, signo y testimonio profético de nuevas relaciones, amistosas y fraternas, entre hombres y mujeres, en todo lugar; es profecía de justicia y de paz en la sociedad y entre los pueblos, realizada como elemento constitutivo de la Buena Nueva, en el compromiso efectivo de colaborar en la transformación de los sistemas y estructuras de pecado en sistemas y estructuras de gracia.[64] Es también "decisión de compartir con los minores  de la historia, para decir, desde dentro, más con la vida que con la boca, una palabra de esperanza y salvación".[65] Esta opción es consecuencia lógica de nuestra profesión de pobreza en una fraternidad mendicante y en línea con el obsequio de Jesucristo, vivido también en obsequio de los pobres y de aquellos en quienes se refleja preferentemente el rostro del Señor.[66]

 

 

4) Elías y María, figuras inspiradoras

 

          25. Todo cuanto deseamos e intentamos ser en la realidad de la hora presente lo vemos nosotros realizado en la vida del Profeta Elías y de la Santísima Virgen María. Ambos, en efecto, cada uno a su manera, "tuvieron el mismo espíritu, [...] la misma formación, el mismo maestro: el Espíritu Santo".[67] Mirando a María y a Elías, podemos con mayor facilidad comprender, interiorizar, vivir y anunciar la verdad que nos hace libres.[68]

 

          26. Elías es el profeta solitario que cultiva la sed del Dios único y vive en su presencia;[69] es el contemplativo arrebatado por la pasión ardiente del absoluto de Dios,[70] cuya "palabra ardía como antorcha";[71] es el místico que, después de un largo y fatigoso camino, aprende a leer los nuevos signos de la presencia de Dios;[72] es el profeta que se compromete en la vida del pueblo y, luchando contra los falsos ídolos, lo dirige de nuevo a la fidelidad de la alianza con el único Dios;[73] es el profeta solidario con los pobres y alejados, que defiende a los que sufren violencia e injusticia.[74]

          De Elías aprende el carmelita a ser un hombre de desierto, de corazón íntegro, que se pone completamente en la presencia de Dios, totalmente dedicado a su servicio, un hombre que ha hecho una opción absoluta por la causa de Dios y arde de pasión por Él. Al igual que Elías,   el  carmelita cree  en  Dios,  se   deja  conducir  por  el  Espíritu  y  por  la  Palabra, 

interiorizada en el propio corazón, para dar luego testimonio de la divina presencia en el mundo, aceptando que Él sea  realmente Dios en su vida.[75] Y, finalmente, ve en Elías, junto con su grupo de profetas, la fraternidad vivida en la comunidad,[76] y aprende con él a ser canal de la ternura de Dios para con los indigentes y los humildes.[77] 

 

          27. María, bajo la sombra del Espíritu de Dios, [78] es la Virgen de corazón nuevo[79] que da un rostro humano a la Palabra que se hace carne;[80] es la Virgen de la escucha sabia y contemplativa que conserva y medita en su corazón los acontecimientos y las palabras del Señor;[81] es la discípula fiel de la sabiduría, que busca a Jesús, -Sabiduría de Dios- y se deja educar y plasmar por su Espíritu para asimilar en la fe sus opciones y su estilo.[82] Así educada, María se nos presenta como capaz de leer las "grandes cosas" que Dios ha hecho en ella para la salvación de los humildes y de los pobres.[83]

          María, aun siendo la Madre del Señor, se convierte en su discípula perfecta, en la mujer de fe[84] que sigue a Jesús, caminando junto a los discípulos, compartiendo con ellos un camino fatigoso y comprometido que exige ante todo el amor fraterno y el mutuo servicio.[85]  En las bodas de Caná nos enseña a creer en su Hijo;[86] a los pies de la Cruz se convierte en Madre de los creyentes[87]y con ellos experimenta la alegría de la Resurrección. Se une con los demás discípulos "en continua oración"[88] y recibe las primicias del Espíritu que llena a la primera comunidad cristiana de celo apostólico.

          María es portadora de la Buena Nueva de la salvación a todos los hombres.[89] Es la mujer que estrecha  relaciones , no sólo con el estrecho círculo de los discípulos de Jesús, sino con todo el pueblo: con Isabel, con los esposos de Caná, con las otras mujeres y con los "hermanos" de Jesús.[90] 

          En la Virgen María, Madre y tipo de la Iglesia, los carmelitas encuentran la imagen perfecta de todo lo que desean y esperan ser.[91]Por eso María ha sido siempre considerada la Patrona de la Orden, de la cual también ha sido llamada Madre y Hermosura y a la que los carmelitas  tuvieron siempre ante sus ojos y en el corazón como la "Virgen Purísima". Mirando hacia ella y viviendo en familiaridad de vida espiritual con ella, aprendemos a estar siempre delante de Dios y junto con los hermanos del Señor. María vive efectivamente en medio de nosotros como Madre y como Hermana, atenta a nuestras necesidades, y junto con nosotros vela, espera, sufre y goza.92 

          El Escapulario es signo del amor materno, permanente y estable, de María para con los hermanos y hermanas carmelitas.

          Siguiendo su tradición, sobre todo a partir del s. XVI, el Carmelo ha expresado la proximidad amorosa de María con el pueblo de Dios mediante la devoción del Escapulario, signo de consagración a ella, vehículo de la agregación de los fieles a la Orden e instrumento                                          popular y eficaz de evangelización.93 

 

 

5) La Familia del Carmelo

 

          28.   La multiforme encarnación del carisma del Carmelo es para nosotros motivo de alegría y confirmación de una fecundidad creadora,94 vivida bajo el impulso del Espíritu, que hay que acoger con gratitud y discernimiento.

          Todas las personas y grupos, institucionales o no, que se inspiran en la Regla de San Alberto, en su tradición y en los valores expresados en la espiritualidad carmelita constituyen en la Iglesia la Familia Carmelita.95 

           Tales somos nosotros y nuestros hermanos de la Reforma Teresiana, las monjas de una y otra rama, las congregaciones religiosas agregadas, las Terceras Órdenes seculares, los institutos seculares, los asociados a la Orden por medio del santo Escapulario y los que, por cualquier otro título o vínculo, gozan de la agregación a la Orden, aquellos movimientos que, si bien jurídicamente no forman parte de ella, buscan inspiración y apoyo en su espiritualidad, al igual que  todo hombre y mujer que se siente atraído por los valores vividos en el Carmelo.

 

 

PARTE SEGUNDA

NUESTRA VIDA FRATERNA

 

 

 

CAPÍTULO III

La  comunidad  de  vida

 

 

          29. La Sma. Trinidad, fuente y modelo de la Iglesia,1 lo es también de nuestra fraternidad. La koinonía  trinitaria de conocimiento y amor que compartimos se nos ha dado como don que nos impulsa a abrirnos al conocimiento y al amor de Dios y del prójimo. Por tanto, el desarrollo de este conocimiento y amor en cada comunidad local, abierta a toda la Orden, a la Iglesia y a toda la humanidad, manifiesta cada vez más claramente este elemento fundamental  de nuestra identidad como Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo.

 

          30. La fraternidad, siguiendo el ejemplo de la comunidad de Jerusalén2 es una encarnación del amor desinteresado de Dios e interiorizado a través de un permanente proceso  de vaciamiento de un egocentrismo -también posible en común- hacia un genuino centrarse en Dios.  Así podemos manifestar la naturaleza carismática y profética de la vida consagrada del Carmelo e insertar en ella armónicamente el uso de los carismas personales de cada cual en el servicio a la Iglesia y al mundo.3 Estamos  por consiguiente llamados a renovarnos como hermanos en diálogo entre nosotros, abiertos a los signos de los tiempos y por tanto al pueblo, acogiendo a cuantos están incluidos en nuestro ministerio y viviendo con ellos, especialmente con los jóvenes y los pobres, y abiertos a desarrollar nuevas formas de comunidad  y nuevos ministerios que sean eficaces para la Iglesia y la sociedad y muevan a todos a la conversión.4 Expresión y prueba de nuestra fraternidad será así la vida comunitaria vivida en el espíritu de Elías y bajo la tutela de la Virgen María, Madre de Dios y Hermana nuestra.

 

          31. La vida comunitaria debe tender hacia una unión cada vez más profunda en el mutuo conocimiento y amor. Por ello nuestra vida común tiene momentos de mayor intensidad e importancia:5 

          a) en la participación común en la Eucaristía, por medio de la cual llegamos a ser un solo cuerpo, y que es fuente y culmen de nuestra vida y, por ello, sacramento de fraternidad;

        b) en la participación de todos en la Liturgia de las Horas;

          c) en la escucha orante de la Palabra;

          d) en las reuniones comunitarias que han de celebrarse periódicamente según los Estatutos de la Provincia, para tratar los asuntos concernientes a la comunidad;

          e) en otras reuniones de comunidad, celebradas asimismo periódicamente según las normas de los Estatutos de la Provincia, en las que, a través del diálogo y del ejercicio de discernimiento:

                    - se  estudian  la   Regla,  los  textos  de  nuestros  místicos  y   los documentos

          oficiales de la Orden,

                    - se examina la fidelidad al carisma y a la misión de la Orden,

                    - se intercambian experiencias,

                    - se elabora el proyecto comunitario,

                    - nos educamos en la lectura de los signos de los tiempos,

                    - se toman las opciones pastorales en la Iglesia local;

          f) en la mesa común y en la común recreación;

          g) en el trabajo común, incluso manual,  o que ha de hacerse por misión y en  nombre de la comunidad;

          h) en el compartir los sentimientos de alegría, las preocupaciones y la amistad.

 

          32. Todas nuestras actividades desarrolladas fuera del convento han de estar estrechamente unidas con nuestra vida dentro del convento y formar un todo con ella.6 Éste es precisamente el cometido de los conventos de la Fraternidad apostólica: tienen que estar en medio del pueblo, íntimamente unidos a él y con gran apertura hacia él, estimulando críticamente todo cuanto se refiere a sus exigencias humanas.7 De esta manera nuestras comunidades serán una auténtica expresión de fe, de esperanza y de caridad, y llegarán a ser lugares aptos para el pleno desarrollo de la persona.

 

          33. La vida comunitaria, por su naturaleza, debe favorecer el crecimiento humano, intelectual, espiritual y pastoral del religioso con el fin de integrarlo en la comunidad y en su misión, teniendo en cuenta las cualidades y las aptitudes de la persona. Por eso la manifestación de la unidad se ha de buscar, no ya en la uniformidad amorfa, sino en la variedad orgánica.8 El discernimiento a distintos niveles ha de preceder a la adecuada distribución de los trabajos y a la asunción comunitaria de los mismos. Peritos o expertos podrán, en determinadas ocasiones, ayudarnos en el diálogo comunitario. La comunidad debe asimismo procurar que ningún religioso esté tan cargado de trabajo, incluso apostólico, que le resulten imposibles o demasiado difíciles la vida común y los ejercicios de piedad.9 Los  Estatutos de la Provincia determinarán además el tiempo de las vacaciones anuales que han de concederse a cada religioso.

 

          34 . § 1. Para favorecer el crecimiento de la dimensión contemplativa y fraterna de nuestra vida  se ha de evitar una actividad exagerada y un clima de disipación y adaptación a un estilo de vida que contradice las aspiraciones más profundas de la vida consagrada.10 

          §2. Nosotros los carmelitas somos conscientes de la gran importancia que tiene hoy la comunicación en la escala mundial y también del gran desarrollo que la tecnología ha adquirido en este campo.11 Los mass media  tienen sin duda grandes posibilidades para la evangelización.12  Con el abuso y la manipulación de estos medios pueden verse comprometidas la dignidad y la libertad de los  hombres. Nuestras comunidades, por consiguiente, valorarán comunitariamente la mejor manera de usar esos mass media , para salvaguardar así la dimensión contemplativa y fraterna de nuestra vida e incrementar la eficacia de nuestro apostolado.13 

 

          35. Nuestras comunidades deben tener un número suficiente de hermanos que haga posibles las condiciones apropiadas para una vida verdaderamente fraterna. Los religiosos que, por motivos de salud, de estudios,  de apostolado  o  por cualquier  otra  razón justa,  hayan de vivir fuera del convento,14 estarán incorporados a alguna comunidad bien organizada que mantenga con ellos relaciones fraternas e incluso les ayude en sus trabajos. Estos  religiosos, por su parte,  visitarán en cuanto les sea posible la comunidad, participando de buen grado en alguna reunión de la misma, a fin de experimentar más ampliamente  los beneficios de la fraternidad.

 

          36. La hospitalidad, característica de la vida fraterna, extiéndase no sólo a los Hermanos de la Orden y a sus familiares, sino también a otros según las propias posibilidades.

 

          37. Para que la estructura económica de la vida consagrada no se asemeje a los esquemas mundiales de desigualdades injustas, es bueno que la fraternidad de la familia carmelita se manifieste en la atención y en la ayuda prestada a otras comunidades de toda la Orden, especialmente a las más pobres.15 

 

          38. Debemos asimismo fomentar sentimientos de veneración y gratitud para con los ancianos que gastaron sus fuerzas por el bien de la Orden y de la Iglesia. La comunidad acepte su contribución a todas las actividades de que sean capaces, evitando cualquier valoración de las personas que se base sobre la eficacia y el rendimiento, que son criterios antievangélicos.

          La comunidad acogerá como un don de Dios la presencia de los hermanos enfermos, viendo en ellos a Cristo sufriente. Nuestra fraternidad ha de manifestarse de manera muy especial en una atención exquisita en favor de estos hermanos enfermos o de salud delicada.

          Procure la comunidad por todos los medios que no les falte nada de lo que pueda ayudarles a recuperar la salud, incluso en los hospitales u otros centros asistenciales si es necesario,  y que se vean confortados con todos los auxilios espirituales.

 

          39. Puesto que "es obra santa y piadosa orar por los difuntos",16  recordemos a nuestros hermanos que han muerto piadosamente en el Señor, ya sea ofreciendo Misas en sufragio suyo, ya rezando por ellos, de modo que permanezcamos espiritualmente unidos.  Los Estatutos de la Provincia determinarán la forma concreta de los sufragios que han de hacerse por el Sumo Pontífice, por un religioso difunto de la propia Provincia o convento, por los miembros de la Curia General durante su cargo, por los Exgenerales y por las religiosas de clausura de nuestra Orden. Por los religiosos no afiliados a ninguna Provincia se harán los sufragios que indique el Prior general.

          Al morir algún hermano, el Prior local lo comunicará al Prior Provincial, el cual a su vez anunciará su muerte a todas las casas de la Provincia y al Prior General, acompañando una breve biografía del difunto, todo lo cual se publicará cuanto antes en el órgano oficial de la Orden.

 

          40. Para ser fieles a nuestra vocación  a la vida fraterna, es necesaria la diaria "conversión  al Evangelio".17 Por tanto, "las comunidades religiosas deben presentarse en la Iglesia como comunidades de oración y de penitencia".18  Las formas concretas de conversión hay que buscarlas, ante todo, en la revisión constante de vida a la luz del Evangelio y de los signos de los tiempos y de la situación de los pobres, y en el fiel cumplimiento de nuestro ministerio, teniendo en cuenta las circunstancias y las tradiciones de la Iglesia local. Cada comunidad, por su parte, según los Estatutos de la Provincia, busque el modo más conveniente

de llevar a la práctica el espíritu de penitencia.  Observando lo prescrito por el derecho universal y por la Conferencia Episcopal de cada nación, en cuanto a las leyes del ayuno y de la abstinencia que establece la Regla se concede a los Estatutos de la Provincia la facultad de determinar su obligatoriedad, habida cuenta de las circunstancias y de la costumbre de la Iglesia local.

 

                41. Nuestro hábito religioso, que es "signo de la consagración",19 consta de la túnica de color marrón oscuro, del escapulario y de la capucha del mismo color; sobre la túnica se ceñirá con una correa de color negro. Los Estatutos de la Provincia pueden determinar un color distinto cuando existan motivos especiales (p. ej., el clima). En las ocasiones más solemnes se usará además la capa blanca, más corta que la túnica, y la capucha blanca de la misma forma que la de color marrón. El uso de este hábito dentro o fuera del convento se ajustará a lo dispuesto por los Estatutos Provinciales, salvo el derecho del Ordinario del lugar.20 

 

                42. Cada convento debe tener una parte reservada a los religiosos,21 cuyos límites deben ser determinados por la comunidad. Todos los religiosos deben atenerse a las normas que regulan la parte reservada en el convento; no obstante, cuando haya una causa razonable, el prior podrá hacer alguna excepción a estas normas.

 

 

 

 

CAPÍTULO IV

Los  Consejos  evangélicos  y  los  Votos

 

                43. Fundamento y esencia de la vida religiosa es el seguimiento radical de Jesucristo. Los consejos evangélicos de obediencia, pobreza y castidad, profesados públicamente en la Iglesia, son una forma radical de testimonio del seguimiento de Cristo.22 En efecto,  siguiendo a Cristo obediente, pobre y casto, salimos de nosotros mismos y nos orientamos en la Historia hacia la búsqueda del Reino de Dios.

 

                44. Nuestra vida consagrada, configurada con la vida de Cristo por medio de los tres consejos evangélicos asumidos con voto y de otros valores evangélicos, es don de Dios;23 si bien no está motivada por la "mentalidad del mundo",24 nos introduce en el mundo25 como testigos de los valores del ser y de lo gratuito. Estos valores, vividos según el espíritu de las bienaventuranzas, transfiguran el mundo a imagen del proyecto del Padre.

 

1. La obediencia: escucha y discernimiento del proyecto de Dios

 

                45. Por medio de la obediencia religiosa, auténticamente observada con obras,26  ofrecemos a Dios la plena dedicación de nuestra voluntad. La fuente y la razón de nuestra obediencia es Cristo Jesús, que vivió su libertad, no en la autosuficiencia y en la autonomía personal, sino en la obediencia al Padre.27 La obediencia de Jesús, además de ser un compromiso de realizar las obras del Padre,28 es también fidelidad al hombre y a su salvación.29 Jesús obedece porque ama al Padre30 y porque ama al hombre.  Jesús es todo de Dios y todo para el hombre; la única finalidad de su vida es realizar el reino de Dios y permanece fiel a esta causa hasta la muerte.31 

 

                46. Como morada que somos del Espíritu de Jesús, no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia.32 Dejándonos guiar por el Espíritu,33 seremos educados en el discernimiento de la voluntad de Dios34 y en la comprensión de la verdad plena.35 

                Seguir a Cristo obediente36 significa hoy para nosotros escuchar juntos la Palabra de Dios,37 acogida y vivida en la Iglesia, saber leer los "signos de los tiempos" con el fin de discernir lo que Dios quiere hoy de nosotros38 y cumplir fielmente la misión que Él nos confía cada día.

                Esto lleva consigo un proceso continuo de transformación con el fin de interiorizar profundamente la voluntad de Dios, que es totalmente creador y vivificador, de forma que no sólo escojamos libremente el obrar según los mandatos divinos, sino que, purificados, nos adhiramos cada vez más a la voluntad de Dios que nos ama.

 

                47. En nuestra obediencia a Dios estamos comprometidos, no sólo individualmente, sino también como comunidad. La comunidad es, en efecto, el lugar donde buscamos juntos la voluntad de Dios. En esta búsqueda somos los unos discípulos de los otros y corresponsables en la escucha y en el cumplimiento de la Palabra, leída a la luz de los  signos de los tiempos e interpretada según el carisma de nuestra Orden.39 La obediencia, pues, nos sitúa como hermanos el uno junto al otro, y a todos frente a las exigencias del Evangelio y a las expectativas del Reino de Dios.

 

                48. El prior, consciente de que en el centro de la comunidad está Cristo y su Evangelio, se pone al servicio de la voluntad de Dios y de los hermanos, y los conduce hacia la obediencia a Cristo, madura y responsable, mediante el diálogo y el oportuno discernimiento,40 sin perjuicio de su autoridad para decidir y mandar lo que debe hacerse.41 El prior en la comunidad es estímulo para vivir nuestro carisma, y es signo y vínculo de unión."Honrad humildemente a vuestro Prior, pensando, más que en su persona, en Cristo que lo ha puesto sobre vosotros".42 

 

                49. En  casos graves, el superior mayor puede, en virtud del voto de obediencia, puede dar a un religioso un precepto (praeceptum). Este precepto se le ha de dar por escrito o en presencia de dos testigos.43 

 

2. La pobreza: participación y solidaridad

 

                50. Jesucristo, el hombre pobre, nació y vivió en la humildad; en su vida terrena quiso vivir despojado de cualquier riqueza,44 poder y prestigio mundanos;45 asumió la condición de siervo, se hizo semejante a los hombres46 y se identificó con los pequeños y los pobres;47 con sus discípulos compartió toda su vida,48 los proyectos del Padre49 la misión,50 la oración.51 Por todo esto, fue para ellos no sólo el Maestro, sino también el Amigo y el Hermano.52 En la Cruz Jesús experimentó la pobreza más radical y la desnudez más absoluta, según el proyecto del Padre. En efecto, en la C ruz se entregó totalmente a la humanidad; siendo rico, Jesús se hizo pobre por nosotros para que, mediante su pobreza, nos hiciéramos ricos.53 

 

                51. Siguiendo a Jesús, el hombre pobre, las primeras comunidades cristianas, animadas por la comunión (koinonía) fraterna, vivieron y practicaron la comunidad de bienes materiales54 y espirituales.55 

 

                52. Siguiendo a Jesús y teniendo como modelo la praxis de la Iglesia primitiva, también nosotros queremos abrazar voluntariamente el don del consejo evangélico de la pobreza, haciendo voto de poseerlo todo en común y declarando que nada nos pertenece en propiedad.56 Creemos que todo se nos ha dado gratuitamente y que todos nuestros bienes, espirituales, materiales y culturales, conseguidos con nuestro esfuerzo, deben ser "devueltos" de la mejor manera posible para las necesidades de la Iglesia y de nuestra Orden y para la promoción humana y social de todos los hombres.57 

 

                53. La pobreza es una realidad ambigua y compleja que puede ser un mal si significa falta de medios de subsistencia, causada por la injusticia, por el pecado personal y social;58 pero puede ser también un estilo evangélico de vida, asumido por aquellos que confían sólo en Dios, comparten sus bienes, se solidarizan con los pobres, renunciando a cualquier deseo de dominio y de autosuficiencia. En la contemplación interiorizamos la auténtica actitud de pobreza, que es un proceso profundo de vaciamiento interior, por el cual somos cada vez menos dueños de nuestra actividad y de nuestras ideas, virtudes y pretensiones, y nos abrimos a la acción de Dios. De este modo nos convertimos realmente en pobres con Cristo, no poseyendo ni siquiera nuestra misma pobreza, escogida en este proyecto en el que Dios nos va vaciando.

 

                54. Por eso nosotros, que hemos escogido libremente la pobreza como estilo evangélico, nos sentimos llamados por el Evangelio y por la Iglesia a despertar las conciencias de los hombres ante el problema de la gravísima miseria, del hambre y de la justicia social.59 Conseguiremos esta finalidad si ante todo nuestra pobreza da testimonio del sentido humano de nuestro trabajo como medio de sustento de la vida y como servicio a los demás;60 si, además, procuramos estudiar y conocer las causas económicas, sociales y morales de la pobreza, fruto de la injusticia;61 si hacemos un uso sobrio y modesto de nuestros bienes, poniéndolos al servicio, incluso gratuito,  de la promoción humana y espiritual de nuestros coetáneos;62 si, finalmente, hacemos un discernimiento sano y equilibrado respecto a nuestras formas de presencia en el pueblo, orientándolas a la liberación y promoción integral del hombre.63 

 

                55. Por tanto, los religiosos profesos solemnes no pueden poseer como propios los bienes materiales, sino que todo lo que reciben pertenece al convento, a la Provincia o a la Orden, según las normas de las presentes Constituciones y de los Estatutos de la Provincia.64 

 

                56. Aunque siga siendo válido en el fuero canónico lo prescrito en el nº 55, allí donde la ley civil no reconozca los efectos de la profesión solemne, es lícito a los religiosos realizar §actos jurídicos (como donaciones, testamentos, etc.) en el foro civil y con efectos civiles en favor del convento, de la Provincia o de la Orden.

                Y si las leyes civiles no reconocen ni siquiera la personalidad jurídica del convento, de la Provincia o de la Orden, entonces es lícito obrar en el fuero civil como si fuéramos propietarios, permaneciendo siempre firmes para el fuero canónico las leyes antes expuestas.

 

                57. En el uso de los bienes materiales hemos de sentirnos responsables ante Dios de la observancia de la pobreza que libremente hemos profesado, teniendo en cuenta que hacemos voto de pobreza con el fin de vivir, individualmente y en comunidad, una vida sencilla, desterrando todo lo que pueda ofender la sensibilidad de los pobres. Los Estatutos de la Provincia establecerán cuánto ha de ponerse a disposición de cada religioso para sus necesidades personales, según las exigencias que pueden variar en cada país. También las normas de ayuno y de abstinencia de que habla el nº 40 pueden movernos a una vida sobria y a ayudar a los pobres.

 

                58. No olvidemos tampoco que, en nuestros días, la mejor manera de evidenciar el voto de pobreza es el fiel cumplimiento de la común ley del trabajo. Por consiguiente, abracemos con entusiasmo el mandato de la Regla que nos exhorta a trabajar asiduamente,65 conscientes de que mediante nuestro laborioso esfuerzo nos hacemos cooperadores de Dios en la obra de la creación,66 al tiempo que desarrollamos nuestra personalidad y, a través de la caridad activa, prestamos ayuda a nuestros hermanos e incluso a todos los hombres y hacemos crecer la prosperidad de la Orden. Perpetuamos asimismo en el tiempo el carácter de nobleza que al trabajo quiso dar Jesucristo, el cual no desdeñó en modo alguno ocuparse en faenas manuales, e imitamos el ejemplo de la Santísima Virgen María cuya vida terrena estuvo plenamente entregada a los cuidados familiares y al trabajo.

 

3. La castidad: célibes por el Reino.

 

                59. El Dios del Reino y el Reino de Dios son la referencia fundamental y el horizonte global de nuestro celibato y de toda la existencia cristiana. "Sólo el amor de Dios llama de forma decisiva a la castidad religiosa. Este amor, por lo demás, exige muy imperiosamente la caridad fraterna que el religioso vivirá más profundamente con sus contemporáneos en el corazón de Cristo. Con esta condición, el don de sí mismo hecho a Dios y a los demás, será fuente de una paz profunda".67 

 

                60. Cristo Jesús, el hombre casto, se dedicó totalmente a la causa del Reino. Él amó a todos, especialmente a los pequeños y a los pobres. Su amor no fue posesivo,68 sino liberador,69 totalmente dedicado al servicio de los hermanos. Su vida fue transparencia y epifanía del rostro del Padre.70 

 

                61. Siguiendo a Jesús, el hombre casto, también nuestro celibato se configura como amor pleno y total a Dios y a cada persona.71 Consciente del amor de Dios que abarca a todos, el Carmelita se ha de transformar continuamente en este amor divino desinteresado e incondicional. Esta interiorización se produce a través de un proceso continuo de transformación de todas las capacidades afectivas que le  hacen realmente casto mediante la maduración de toda su persona. En virtud de este amor casto e indiviso,72 crecen en verdad y transparencia nuestras relaciones interpersonales y se fortalece en nosotros el hombre nuevo y casto según el Espíritu, epifanía e irradiación de la presencia liberadora del Señor, en un mundo lacerado a menudo por luchas y divisiones.

 

                62. Como para Jesús, también nuestro amor vivido en la forma del celibato tiene al mismo tiempo un valor místico y político o social, es decir, es amor indiviso para Dios, único Absoluto, que da sentido a nuestra existencia, y amor preferencial, gratuito y liberador hacia los humildes y los pobres, con el fin de que se instalen y difundan en la comunidad humana los valores del Reino de Dios: la dignidad de la persona humana, la igualdad y la solidaridad.

 

                63. El carisma de la virginidad consagrada es don de Dios;73 pero somos conscientes de que llevamos este don en vasijas de barro, 74  es decir, en nuestra humanidad débil y frágil. Por eso sentimos la necesidad de vivir los valores que promueven la integración equilibrada y madura de nuestra afectividad y capacidad de ternura con actitudes evangélicas, en sintonía con nuestra forma de vida.

                Con el fin de que nuestro celibato, elegido por el Reino, constituya un camino adecuado hacia nuestra madurez humana y de fe, es necesario educarnos ante todo para el amor verdadero entre hermanos,75 para la comunicación y el diálogo comunitario, para la capacidad de amar al otro sin poseerlo, sino valorándolo como persona, para el sentido del don y del servicio gratuito, para la transparencia de nuestras amistades y, finalmente, para el silencio como escucha de la Palabra y para la ascesis cristiana, que purifican nuestros sentimientos y refunden nuestras relaciones auténticas con los demás, participando en la Cruz de Cristo que eleva al culmen su oblación amorosa al Padre y a los hermanos.

 

 

 

CAPÍTULO V

La  oración

 

 

1. La oración en general

 

                64. La Santísima Trinidad nos ha atraído a la comunión con ella y entre nosotros a través de la fe, la esperanza y la caridad. Estas virtudes se experimentan, se alimentan y se expresan en la oración, cuando dirigimos nuestra atención a Dios, en adoración y amor, en obediente escucha, en la contrición sincera, en la súplica cargada de esperanza.76

                La oración es fruto de la acción del Espíritu Santo en nosotros y en nuestras vidas. Él nos sugiere las palabras cuando no tenemos palabras; Él nos guía a la unidad con toda la Iglesia y nos ayuda a profundizar nuestra experiencia de intimidad con Dios.

                La tradición carmelita respecto a la oración está construida sobre la experiencia concreta de oración de sus miembros a lo largo de la historia. Esta experiencia narra la historia de la presencia amorosa de Dios en las vidas de los Carmelitas, de manera que con el salmista el carmelita puede exclamar: "Cantad conmigo al Señor, exaltemos juntos su nombre', y también: " Gustad y ved qué bueno es el Señor; dichoso el hombre que se refugia en Él".77 

                Desde sus comienzos la Orden del Carmen ha llevado tanto una vida de oración como un apostolado de la oración. La oración es en nuestra vida el centro que no se puede eliminar, y de ella brota una comunidad y un ministerio auténticos.78  La oración de la comunidad carmelita es, para el mundo, un signo de la Iglesia que ora; ella evoca el ejemplo de María, la Madre de Jesús que meditaba todas estas cosas en su corazón y pregonaba las maravillas que el Señor había obrado en Ella.79

                Meditando y penetrando cada vez más profundamente en el misterio de de Cristo, nos hacemos cada vez más obedientes en nuestro seguimiento, con un compromiso cada vez más profundo de trabajar como discípulos suyos por la redención de la humanidad.80

                Jesús en el padrenuestro,  nos enseñó a rezar de un modo que une el cielo con la tierra. Así también en nuestra espiritualidad hemos de integrar nuestro amor a los hombres de nuestro mundo con nuestro sentido de la transcendencia.81

 

                65. Inspirándonos en las fuentes genuinas de la espiritualidad cristiana, unimos el sentido de Dios con nuestra experiencia humana. Por eso cuando oramos tenemos bien presentes las necesidades de nuestro mundo y todo cuanto le concierne, junto con la clara conciencia de que estamos llamados a servir a todos los miembros de la Iglesia.82 Esto puede requerir por parte de la comunidad la búsqueda de nuevos métodos de oración, tales como la meditación dialogada, la plegaria bíblica comunitaria,y otras posibles nuevas formas.83 

 

                66. La oración puede adoptar muchas formas, según las diferentes necesidades de la comunidad y de sus miembros, y está alimentada por la continua búsqueda de Dios, sostenida por la "lectio divina", el estudio, la meditación y los sacramentos. Esta continua búsqueda de Dios debe ser el fundamento y la más alta expresión de la vida comunitaria.

 

                67. El silencio y la soledad, creados con el esfuerzo individual y comunitario, nos hacen estar abiertos a la voz del Espíritu Santo.84 Por consiguiente, en todas las casas de la Orden hemos de crear un clima de silencio, recogimiento y soledad, y observarlo con diligencia. Así podremos dedicarnos  con mayor facilidad a la oración personal y con mayor fruto a nuestros estudios y trabajos.85 Sin embargo toca al CAPÍTULO local, de acuerdo con los Estatutos de la Provincia, establecer normas sobre esta materia.

 

                68. Será de gran utilidad erigir y desarrollar, en las Provincias y Regiones en las que sea posible, centros de espiritualidad, casas de ejercicios espirituales y de estudio que podrán ser puestos a disposición de los religiosos y de los amantes de la espiritualidad de la Orden, para períodos de retiro y de ejercicios espirituales.

                Se promoverá asimismo, dentro de la Orden, la cooperación tanto regional como internacional entre los Centros de Espiritualidad y de Estudios ya existentes.

 

 

2. La oración litúrgica

 

                69. Como religiosos, estamos llamados a la oración común litúrgica, a ejemplo de la Iglesia de los primeros siglos, en la celebración de la Eucaristía y de la Liturgia de las Horas.86 La plegaria litúrgica es la forma más elevada de encuentro con Dios en la comunidad y actualiza lo que allí se celebra. La oración personal87 está estrechamente ligada a la oración litúrgica: la una fluye de la otra.88 

 

                70. La diaria celebración comunitaria del Sacrificio Eucarístico "sea el centro y la cumbre de toda la vida de la comunidad".89 Así expresamos nuestro deseo de llegar con Cristo hasta el Padre y ofrecemos en holocausto nuestra vida diaria, inserta en el misterio pascual de Cristo, para perfeccionarnos cada día, por Cristo Mediador,  en la unión con Dios y entre nosotros, para que Dios sea finalmente todo en todas las cosas.90 En la celebración  de la Eucaristía, en la cual compartimos la mesa del Señor y participamos  de los efectos del sacrificio de Cristo, se va formando nuestra comunidad, y se constituye y manifiesta nuestra unidad con toda la familia de los fieles.

 

                71. La sagrada Liturgia nos une al testimonio apostólico y a la fe de toda la Iglesia. La liturgia en común es asimismo una característica central de nuestra Regla.91 Además de una diligente preparación de nuestras liturgias, hemos de acrecentar la estima por la liturgia como también   el deseo de renovación de la misma. De esta manera esperamos profundizar nuestra participación contemplativa en el misterio que celebramos.

 

                72. La oración pública de la Iglesia es la expresión de nuestra participación en la Iglesia orante que, junto con Cristo, "sin cesar alaba al Señor e intercede por la salvación del mundo".92 Por su particular excelencia de oración pública y oficial de la Iglesia, es fuente eficaz para la vida espiritual de los que rezan.93 

                "La Liturgia de las Horas prolonga durante las diversas horas del día la alabanza y la acción de gracias, así como el recuerdo de los misterios de la salvación, las súplicas y el gozo anticipado de la gloria celestial que se dan en el Misterio Eucarístico".94 Junto con la celebración eucarística, la Liturgia de las Horas, a lo largo del año litúrgico, perpetúa los misterios de la Redención realizada por nuestro Señor Jesucristo y hace que nos pongamos en contacto con ellos y nos llenemos de la gracia de la salvación.95 

 

                73. La Liturgia de las Horas debe celebrarse en común: por consiguiente, provéase para que todos puedan tomar parte en ella. Si en alguna comunidad se dieran especiales dificultades, se celebrará en común al menos la liturgia de las horas de la mañana y de la tarde.

                Las partes que por cualquier causa no se rezan en común, han de recitarse en  privado.96 

 

                74. En los lugares donde desarrollamos trabajos pastorales es conveniente celebrar alguna parte de la Liturgia de las Horas junto con los fieles cristianos.97 

 

                75. Confesaremos a menudo nuestros pecados ante la Iglesia en el Sacramento de la Reconciliación, y también en la celebración comunitaria del mismo, según los usos de la Iglesia local. Con ello obtenemos de la misericordia divina el perdón de las ofensas hechas a Dios y nos reconciliamos con la Iglesia.98 

 

                76. A cualquier miembro de la Orden le es lícito confesarse con cualquier sacerdote que esté en plena comunión con la Iglesia, el cual  adquiere con ello inmediatamente, si así la precisara, la requerida jurisdicción, en virtud de estas Constituciones.

 

 

3. La oración personal

 

                77. El cristiano, llamado a orar en común, debe no obstante entrar también en su aposento para orar al Padre en secreto.99 La práctica de la presencia de Dios, que es una tradición carmelita, encuentra a menudo dificultades en los tiempos modernos. Debemos por tanto hacer esfuerzos por ayudarnos mutuamente a buscar a Dios mediante la oración orgánicamente unida con la vida cotidiana.

                Del mismo modo, los carmelitas están llamados a una experiencia más profunda de las formas de oración que están más en consonancia con su  propia espiritualidad. Foméntese también entre nosotros la búsqueda de nuevas formas de oración acordes con nuestro carisma.

 

                78. La formación espiritual deberá ir estrechamente unida con la doctrinal y pastoral y ser impartida de modo que aprendamos por ella a vivir en continuo y familiar trato con el Padre por su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo. Vivamos el misterio pascual y busquemos  a Cristo en nuestra vida diaria, en la activa participación en la Eucaristía y en la Liturgia de las Horas, y asimismo en los hombres, sobre todo en los pobres, en los enfermos, en los niños y en los que no tienen fe. Toda nuestra vida debe tener un profundo sentido religioso con el cual interpretemos los aconteceres nuestros y del ambiente que nos rodea a la luz de Dios.100 

                Toda nuestra vida será así profundamente contemplativa y sabrá ver cuanto nos acaezca como con los ojos de Dios.

 

                79. La contemplación, en la tradición carmelita, es en verdad un don gratuito con el que Dios, tomando la iniciativa, viene a nosotros, nos invade con intensidad siempre creciente con su vida y con su amor, y nosotros le respondemos permitiéndole que Él sea el Señor de nuestra vida.   Es una actitud de apertura a Dios, cuya presencia descubrimos por doquier. Seguimos así el ejemplo del profeta Elías que buscaba continuamente a Dios, y el de María que "conservaba todas estas cosas en su corazón".101 

 

                80. A acrecentar en nosotros este espíritu de contemplación contribuye en gran manera la oración silenciosa a cuya práctica hemos de dedicar por tanto cada día un tiempo adecuado.

 

                81. La vida de oración conlleva asimismo el deber de someter a examen, a la luz del Evangelio, nuestra manera de vivir, de suerte que la oración influya tanto en nuestra vida personal como en nuestra comunidad.102 

 

                82. La "lectio divina" es una fuente genuina de la espiritualidad cristiana y a ella nos invita nuestra Regla.103 Practiquémosla cada día para adquirir un suave y muy vivo amor y para aprender la supereminente ciencia de Jesucristo.104  Así cumpliremos el mandato del Apóstol Pablo que nos recuerda la Regla: "La espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios, habite con toda su riqueza en vuestra boca y en vuestros corazones, y todo lo que debáis hacer hacedlo en el nombre del Señor".105 

                Se sugiere que la 'lectio divina" en forma comunitaria se practique regularmente para permitir a los hermanos el compartir su experiencia de Dios y para dar una respuesta comunitaria a la Palabra de Dios que nos interpela.

 

                83. Se recomienda encarecidamente la lectura de libros espirituales, especialmente de autores de nuestra Orden.

 

                84. Los Ejercicios Espirituales y los días de Retiro espiritual han de ser determinados por la comunidad, según las indicaciones de los Estatutos de la Provincia.

                Lo único indispensable es que la oración impregne toda nuestra vida, con el fin de que, en la fe, en la esperanza y en la caridad, podamos glorificar con Cristo el nombre de Dios sobre la tierra. "¡Es necesario orar siempre!".106 

 

 

4. El culto a la Bienaventurada Virgen María y a los Santos

 

                85. La Bienaventurada Virgen María, en su existencia terrena, se manifestó como imagen perfecta del discípulo de Cristo. Por eso la Iglesia, en su misión apostólica, toma ejemplo de la Virgen Madre de Dios, modelo perfecto para el seguimiento de Cristo,107 sobre todo en su compromiso en la obra de nuestra Redención, en la cual la misma Virgen María tomó parte activa desde  su "Fiat" dado a la Encarnación hasta su estar en pie junto a la Cruz, y desde su solidaridad con la primera comunidad cristiana reunida en oración.108 

 

                86. El culto a la Santísima Virgen María y el deber de propagarlo pertenece a la naturaleza misma de la misión de la Orden dentro de la Iglesia. Por ello, siguiendo la mente de la misma Iglesia,109 fomentaremos generosamente el culto, sobre todo litúrgico, a la Bienaventurada Virgen. El ejemplo de la Virgen María, que emerge de la misma celebración litúrgica,110 induce a los fieles a asemejarse a su Madre y por Ella a su Hijo; los anima a celebrar los misterios de Cristo con los mismos sentimientos y actitudes con los que la Virgen contemplaba a su Hijo en Belén y en Nazaret y en la hora de su anonadamiento, y exultaba de gozo por su Resurrección junto a todos sus nuevos hijos.111 

                Ténganse asimismo en gran estima las prácticas y ejercicios de piedad para con la Virgen Madre, recomendados en el curso de los siglos por el magisterio de la Iglesia.112 Conservando las formas tradicionales de devoción mariana (por ejemplo: vestir el Escapulario, el rezo del Rosario), nada impide que se introduzcan otras nuevas.113 

 

                87 . Como carmelitas, manifestemos nuestra devoción a la B. V. María del Monte Carmelo celebrando cada año con la mayor solemnidad  su Conmemoración Solemne. Solemnícense también todas las demás fiestas marianas del calendario litúrgico y, cuando las leyes litúrgicas lo permitan, se recomienda la misa votiva de la B. V. María del Carmen y el oficio de Santa María en sábado. Recomendamos también que diariamente todos los   carmelitas, en todos los conventos, cantemos reunidos el Flos Carmeli, la Salve Regina  u otra antífona mariana, según el tiempo litúrgico.

 

                88. Durante el año litúrgico la Iglesia celebra el misterio pascual de Cristo realizado en los Santos.114 

                También el Carmelo celebra con especial devoción a sus Santos, viendo en ellos la expresión más viva y genuina del carisma y de la espiritualidad de la Orden a través de los siglos. Se han de celebrar con particular solemnidad las fiestas de San Elías profeta, la memoria de San Eliseo profeta y las fiestas de los protectores de la Orden, es decir, de San José, San Joaquín y Santa Ana.

 

                89. El Escapulario del Carmen, como sacramental de la Iglesia, constituye un símbolo apropiado para expresar nuestra devoción a la Bienaventurada Virgen María y la filiación de los fieles a la Familia Carmelita. Este hábito de la Orden nos recuerda las virtudes de María con las que debemos revestirnos, especialmente la íntima unión con Dios y el humilde servicio al prójimo en la Iglesia de Dios, en la esperanza de la salvación eterna.115 

 

                90. Los santuarios marianos, en los que ejercemos nuestro apostolado y a los que tradicionalmente acuden numerosos fieles, ténganse en gran consideración y sean, cada vez más, centros de escucha orante de la Palabra y de vida litúrgica con apropiadas celebraciones cultuales (Eucaristía y Reconciliación). Sobre todo y cada vez más, nuestros santuarios han de ser centros de reflexión sobre el camino de fe de María y de evangelización, atendiendo a la piedad popular hacia la Madre de Dios, de la Iglesia y de los hombres. En esta su ejemplar función, los santuarios son asimismo lugares de acogida, incluso vocacional; lugares solidarios con las iniciativas en ayuda de los hermanos necesitados; lugares de compromiso ecuménico con encuentros y plegarias.116 

 

 

 

CAPÍTULO VI

 

Consideraciones  generales  sobre  la  misión  apostólica

 

 

                91. La misión del Carmelo se inserta en la misión de Jesús que vino para proclamar la Buena Noticia del Reino de Dios y para la liberación plena y total del pecado y de la  opresión.117 Como carmelitas, nuestra inserción en el apostolado forma parte integrante de nuestro carisma. Estamos guiados por la enseñanza de los pastores de la Iglesia, por nuestra tradición y sus valores, por los signos de los tiempos y, sobre todo, por la escucha de la Palabra, teniendo en cuenta su interpretación desde el punto de vista de los pobres. Nuestro servicio (diakonía) en la Iglesia debe ser valorado y renovado para que podamos responder a las preguntas que nos plantea la situación cultural, social y religiosa del pueblo.118 En nuestra misión debemos tener en cuenta los carismas y talentos de los hermanos y, al mismo tiempo, las limitaciones naturales de nuestra colaboración.

 

                92. Nosotros los carmelitas tenemos que realizar nuestra misión en medio del pueblo ante todo con la riqueza de nuestra vida contemplativa. Nuestra acción profética puede adoptar muchas formas de diaconías apostólicas; pero como no toda forma apostólica se armoniza fácilmente con nuestro carisma o con la capacidad de una determinada comunidad, hemos de discernir siempre entre las diversas posibilidades que ofrece cada situación.

 

                93. Inspirándonos en las orientaciones fundamentales de nuestro carisma y en el contexto eclesial y social de nuestros días, indicamos algunos criterios que sirvan de orientación y discernimiento en nuestra misión apostólica:119 

                - vida fraterna y de oración en medio del pueblo;

                - respuesta a las necesidades de la Iglesia universal y local;                                                                   

                - servicio preferencial a los pobres y marginados;

                - especial atención al tema de la situación de la mujer;

                - compromiso por la paz y la justicia;

                - respuesta a las necesidades de la Iglesia local;

                - cuidado hacia quienes muestran interés por el espíritu, el patrimonio espiritual y la vida del Carmelo.

                Así nos comprometemos a escuchar la Palabra de Dios que nos habla a través de la Biblia y de la historia de nuestro pueblo.

 

                94. Por consiguiente, debemos estudiar las exigencias y necesidades religiosas y sociales de nuestro tiempo y lugar, para que, mediante las adecuadas obras apostólicas de cualquier género que sean, emprendidas y realizadas en colaboración fraterna, podamos manifestar y robustecer el espíritu comunitario en todo el pueblo de Dios.

 

                95. Por eso, fieles al patrimonio de la Orden, orientemos nuestro variado trabajo a favorecer la búsqueda de Dios y la vida de oración. En nuestros apostolados nos inspiramos en la presencia de María entre los Apóstoles,120 en su condición de Madre de la Iglesia, recibida al pie de la Cruz, en su escucha de la Palabra y en su total obediencia a la voluntad divina. Para realizar y proclamar todo esto, hemos de mantener viva y alimentar en el pueblo la memoria de María y la devoción hacia Ella.

 

                96. En las Escrituras y en la tradición carmelita el profeta Elías es considerado con reverencia como el hombre que, de diversas maneras, sabe leer los nuevos signos de la presencia de Dios, consiguiendo, y no como último fruto, el reconciliar  a quienes se habían convertido en extraños o enemigos entre sí.

                Nosotros los carmelitas, reanimados con su ejemplo y con el fuerte deseo de poner en práctica las enseñanzas de amor y reconciliación que nos dio el Señor, tenemos que participar en el movimiento ecuménico y en el diálogo entre las religiones promovido por el Concilio Vaticano II.121 A través del primero, promovemos las relaciones entre Ortodoxos y las otras confesiones cristianas; a través del segundo, cultivamos el diálogo a varios niveles con los Judíos y Musulmanes, con los cuales compartimos la veneración hacia el profeta Elías como hombre de Dios, y con los Hinduistas, los  Budistas y los que pertenecen a otras reli-  giones.122

                Los carmelitas estamos igualmente dispuestos a acompañar a todas las personas que legítimamente desean experimentar lo transcendente en su vida o quieren compartir su experiencia de Dios.

 

 

 

            CAPÍTULO VII

La  misión  apostólica  en  la  Iglesia  local

 

                97. Sin perder su carácter universal, nuestra Orden procura integrarse plenamente en la vida de las Iglesias locales. Esto implica una estrecha colaboración con los distintos componentes de dichas Iglesias.123 En la Iglesia local tratamos de contribuir con nuestro carisma a la labor de evangelización, despertando la sensibilidad hacia la dimensión contemplativa de la vida, hacia la fraternidad y hacia los compromisos concretos en pro de la justicia.

 

                98. En la medida de nuestras posibilidades debemos estar dispuestos a desarrollar, en armonía con las normas y disposiciones pastorales de la Iglesia y de la Orden, las diferentes formas de apostolado deseadas por la Iglesia según las necesidades de los lugares y los tiempos.124 Conseguiremos esta meta especialmente a través del apostolado parroquial, el servicio a los fieles en las iglesias, la formación de la juventud en las escuelas y en otras instituciones, la predicación de ejercicios espirituales, los estudios, la dirección, la enseñanza sobre problemas espirituales y otras iniciativas.

 

                99. Guiados por el magisterio, por los documentos oficiales de la Orden y por los signos de los tiempos, invitaremos de buen grado a los fieles a introducirse en la riqueza de nuestra tradición y en la experiencia de la contemplación. Favoreceremos en los seglares el desarrollo de los dones y carismas que les son propios,125 a fin de que también ellos puedan comprometerse en la misión de la Iglesia. Nuestra misión en ella, orientada por los criterios señalados en los números 93 y 97, ha de ser evangelizadora, prestando especial atención a aquellos que se han extraviado en su camino.

 

                100. Realizamos nuestra misión también en las parroquias, respondiendo a las necesidades pastorales de las Iglesias locales en las que radicamos. La aceptación de una nueva parroquia se efectuará mediante un contrato escrito, según las normas del derecho, entre el Prior Provincial -que para este acto necesita el consentimiento de su Consejo- y el Ordinario del lugar.126 

                Los Estatutos de la Provincia determinarán los criterios que han de seguirse para la aceptación de una parroquia.

 

                101. Si la parroquia se erige en una iglesia de la Orden, en el contrato se delimitarán cuidadosamente las relaciones que deben darse entre la parroquia y la comunidad religiosa, especialmente en lo que respecta al uso de la iglesia y a las cuestiones económicas.

 

                102. § 1. Compete al Prior Provincial, previa consulta a su Consejo, admitir o presentar al Obispo, para la concesión de los ministerios en la diócesis, a aquellos hermanos que den suficiente garantía de idoneidad.

                § 2. Los hermanos que, en virtud de un contrato, están desempeñando un cargo diocesano, en cuanto religiosos quedan sujetos a la visita y a la corrección fraterna de sus propios superiores. En los asuntos que respectan al cargo están sujetos a la autoridad de aquellos a los que prestan ese servicio.127 

 

                103. Los que ejercen cualquier ministerio en la diócesis están sujetos a la jurisdicción del Obispo, según norma del derecho, en todo aquello que concierne al fiel desempeño de su cargo pastoral.128 

 

                104. Los Estatutos de la Provincia pueden determinar si el cargo de párroco y de prior local pueden ser ejercidos simultáneamente por la misma persona y fijar el plazo máximo de permanencia de un religioso en el cargo de párroco al frente de la misma parroquia, así como las relaciones del párroco con la comunidad religiosa en cuanto a la colaboración en la actividad apostólica de la parroquia.

 

                105. La misión "ad gentes", es decir, la proclamación del Evangelio a quienes aún no lo conocen, es una de las actividades fundamentales de la Iglesia,129 porque la Iglesia es misionera por su misma naturaleza.130 El agente principal de la misión "ad gentes" es el Espíritu Santo,131 que inspira a las Provincias y Comisariados para que destinen a sus miembros a este ministerio y concede el carisma misionero a quienes son enviados. En este trabajo la Orden ve "los inmensos espacios para la caridad, el anuncio evangélico, la educación cristiana, la cultura y la solidaridad con los pobres, los discriminados, los marginados y los oprimidos".132 

                Todas nuestras comunidades deben ayudar en esta tarea mediante la oración y sensibilizando a los fieles para que se comprometan directamente, en la medida de sus posibilidades, con una ayuda material.

                Dado que la actividad misionera exige una espiritualidad específica133 y un proceso de inculturación, confiamos en que la misión "ad gentes" abra de una manera nueva el corazón del carisma carmelita en provecho de la Iglesia y de la Orden.

 

 

 

CAPÍTULO VIII

La  solicitud  para  con  la  Familia  Carmelita

 

                106. Nos exhorta el Apóstol a hacer bien a todos, pero especialmente a los hermanos en la fe.134 Por ello nuestros religiosos mostrarán amor y solicitud para con aquellos cuya vida se inspira en el común ideal carmelita. Este carisma carmelita se da a todo el conjunto de la familia del Carmelo, por lo cual los diferentes miembros de la misma desempeñan un papel importante en la formación de los demás, sea cual sea la parte de la familia a la que pertenezcan, a fin de que las diferentes experiencias del ser carmelita se enriquezcan mutuamente.

 

                107. Hemos de atender a las monjas carmelitas y  ayudarnos mutuamente en la medida de lo posible. Cada Provincia en la que haya al menos un monasterio de monjas carmelitas deberá asignar, según las normas de los Estatutos Provinciales, un Delegado Provincial para las Monjas.

                Se designará asimismo un Delegado General que promueva las relaciones y el intercambio de informaciones entre los monasterios.

                El Delegado General colabore con el Asistente Religioso Federal, donde éste exista.

 

                108. Se favorecerá la colaboración recíproca con las hermanas de los Institutos afiliados a la Orden.

 

                109. La Orden carmelitana se enriquece con los fieles que, bajo la inspiración del Espíritu Santo, regulan su vida según las enseñanzas del Evangelio conforme al espíritu del Carmelo. La Tercera Orden y las demás formas del laicado carmelita ejercen su influjo en la estructura y en el espíritu de toda la familia carmelita. Debemos por tanto ayudarles para que puedan alcanzar la meta que se han propuesto para el fermento y la promoción de la sociedad humana con la levadura del Evangelio. Habrá un Delegado General para el laicado carmelita en sus diferentes formas. Los Estatutos Provinciales proveerán acerca de los delegados a otros niveles.

 

 

 

 

CAPÍTULO IX

La  misión  apostólica para  conseguir  la  justicia  y  la  paz  en  el  mundo

 

 

                110. Cristo no llevó a cabo la salvación de los hombres como extranjero o extraño a la historia del mundo; al contrario, quiso identificarse con su pueblo y con todo el género humano. De igual manera aquellos "que se proclaman cristianos escucharán su llamada: 'Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui extranjero y me recibisteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme'".135 

 

                111. Nosotros vivimos en un mundo lleno de injusticia y ansiedad. Es obligación nuestra ayudar a descubrir las causas, hacernos solidarios de los sufrimientos de los marginados, participar en su lucha por la justicia y la paz, trabajar por su liberación integral, ayudándoles a realizar su deseo de una vida digna.136 

 

                112. Los pobres, los "menores", constituyen la gran mayoría de los pueblos de nuestro planeta. Sus complejos problemas dependen y son consecuencia también de las actuales relaciones internacionales y, más directamente, de los sistemas económicos y políticos que gobiernan hoy la humanidad. Por tanto, no podemos permanecer indiferentes frente al grito de los oprimidos que piden justicia.137 

 

                113. Debemos escuchar y leer la realidad desde el punto de vista del pobre, oprimido por estas situaciones económicas y políticas que hoy imperan en el mundo. Muchos son sus problemas, y nosotros debemos establecer prioridades al afrontarlos. Así descubriremos de nuevo el Evangelio como la buena noticia de Jesús que viene a liberar de toda forma de opresión.

 

                114. La realidad social nos interpela, y nosotros, atentos al grito de los pobres y fieles al Evangelio, nos ponemos de su parte optando por los "menores". "En la Orden está creciendo el deseo de hacer una opción por compartir con los "menores" de la historia, para poder decir desde dentro, más con la vida que con los deseos, una palabra de esperanza y de salvación a estos hermanos. ...La recomendamos, ya que está en línea con el carisma de la Orden, sintetizado en 'vivir en obsequio de Jesucristo': vivir en obsequio de Jesús significa también vivir en obsequio de los pobres y de aquellos en los que se refleja preferentemente el rostro de Cristo".138 

 

                115 . Nuestra inspiración eliana, fundamento de nuestro carisma profético, nos invita a rehacer hoy con los "menores" el camino que el profeta recorrió en su época: camino de justicia, contra las falsas ideologías, para lograr una experiencia concreta del Dios verdadero; camino de solidaridad, defendiendo y poniéndose de parte de las víctimas de la injusticia; camino de la mística, luchando por devolver a los pobres la confianza en sí mismos,  a través de una renovada toma de conciencia de que Dios está de su parte.139 

 

                116. Para aprender a asumir evangélicamente la "situación de los pobres", nos proponemos: releer la Biblia también desde el punto de vista de los pobres, de los oprimidos, de los marginados; considerar los principios cristianos de justicia y paz como parte integrante de nuestra formación en todas sus etapas; sumergirnos en la situación de los pobres; utilizar el análisis social a la luz de la fe como medio para descubrir el pecado que se encarna en algunas estructuras políticas, socioeconómicas y culturales;140 defender y promover hasta el más pequeño signo de vida.

 

PARTE TERCERA

LA  FORMACIÓN

 

 

CAPÍTULO X

El  proceso  de    formación  del  c armelita

 

                117. La formación carmelita deberá ser un proceso específico a través del cual la persona se identifica con el proyecto de vida carmelita que consiste en ser fraternidad contemplativa en medio del pueblo.

                Así el carmelita se convierte cada vez más en un discípulo auténtico de Jesucristo, partícipe del ofrecimiento que Él ha hecho de sí mismo al Padre y compartiendo plenamente su misión para el bien de la humanidad, según el carisma propio del Carmelo.

 

                118. Todo carmelita, en virtud de su vocación bautismal y de su confirmación, está llamado a la madurez de Cristo Jesús y por tanto se compromete en la conversión permanente del corazón y en la transformación espiritual que dura toda la vida y consiste en una más profunda comunión con nuestro hermano Jesucristo y en la interdependencia solidaria de todos, que tienen necesidad de liberación,  y de la creación entera, que espera la redención.1

                A través de este proceso de maduración el religioso es capaz de comprender objetivamente la realidad personal y comunitaria, de valorar críticamente y expresar la diferencia entre la teoría y la práctica y de crecer continuamente en las relaciones interpersonales y comunitarias.

 

                119. Nuestras comunidades desarrollarán un estilo de vida que refleje esta conversión y este permanente crecimiento de la vida en Cristo, viviendo con espíritu de gozoso agradecimiento la vocación recibida, de modo que por ello vengan a ser evangelizadoras y una atrayente invitación para nuevas vocaciones.2 

 

                120. A los candidatos a la formación inicial les ofrecemos las siguientes líneas programáticas que reflejan la formación en la que estamos empeñados. Las relaciones entre los religiosos ya comprometidos y los nuevos candidatos serán de recíproco intercambio y mutua apertura ante los impulsos del Espíritu Santo. Los primeros transmiten las exigencias de la Orden y el carisma vivo de la tradición, mientras que los nuevos candidatos, a través de sus dones personales recibidos del Espíritu, aportan estímulos y retos para un enriquecimiento y una renovación de la vida del Carmelo.3 

 

 

CAPÍTULO XI

La  obra  de  la  formación

 

                121. El proceso de formación, en sus diversas etapas, se confía a la responsabilidad de formadores maduros tanto en su experiencia humana como en la vida consagrada, capaces de orientar y acompañar al candidato en su camino.

 

                122. Los superiores mayores o los Capítulos nombrarán formadores idóneos y preparados de forma específica para el trabajo que han de desarrollar, y no les duela apartarlos de otros quehaceres aparentemente de mayor transcendencia, pero que no podrán jamás compararse con el ministerio del educador.4

                Consideradas la importancia y la carga de  responsabilidad de los formadores, a todos cuantos desempeñan este servicio se les  prestará todo el apoyo y la atención posibles, con especial referencia también a su salud. 

 

                123. El formador encargado de cada una de las etapas de la formación tendrá consigo un equipo,5 que puede incluir también miembros no carmelitas, el cual le ayude en el seguimiento de los candidatos y en la valoración y decisiones que le competen.

 

                124. El Prior Provincial y su Consejo estarán directamente comprometidos en la formación, a través de visitas, entrevistas e informaciones, y participando junto con el equipo en la evaluación y en las decisiones finales.

 

                125. La dirección y guía de todo lo que concierne a la formación es de la competencia del Prior General o de su delegado, para toda la Orden; del Prior Provincial o de su delegado, en cada Provincia. Todas estas personas han de actuar de forma que el trabajo de la formación sea afrontado en corresponsabilidad fraterna.

 

                126. El primer responsable de su formación es el mismo candidato.6 Esta responsabilidad la comparte con el formador,7 con la comunidad formadora8 y con el superior mayor y su delegado.

                La ayuda que el candidato recibe de éstos debe permitirle crecer en sus facultades personales y lograr una inserción progresiva en la vida carmelita y en su incorporación a la Orden.

                El candidato debe ser orientado de tal manera que pueda compartir con los demás su experiencia, sus iniciativas y sus obligaciones.

 

                127. Las normas y la manera de proceder en la formación de los nuevos candidatos deben ajustarse a los siguientes criterios: las capacidades y aspiraciones personales, las exigencias de la vida comunitaria y las demandas concretas de la Iglesia, teniendo en cuenta la Regla, las presentes Constituciones y los documentos oficiales de la Orden.

 

                128 . La misión de todos los educadores conlleva graves compromisos que pueden sintetizarse en estas normas:

- que sepan abrirse prudentemente a las nuevas ideas y métodos de formar a los jóvenes candidatos;

- que los hagan sensibles a los problemas y a las aspiraciones de los hombres a quienes deberán ofrecer sus servicios;

- que los acostumbren a iluminar la vida humana y sus problemas con la luz de la Palabra de Dios;

- que capaciten a los jóvenes para que hagan a los hombres verdaderos cooperadores en la construcción de la fraternidad humana y evangélica y para formarse una recta conciencia, a fin de colaborar al trabajo de transformación por parte de Dios.9 

 

                129. Todos los aspectos del proceso formativo están determinados en la Ratio Institutionis Vitae Carmelitanae  (RIVC), aprobada por el Prior General y su Consejo. Compete al delegado del Prior General para la formación promover su aplicación. Para su continua actualización, el Prior General con su Consejo convocará, al menos una vez en el sexenio, una reunión de todos los formadores de la Orden.10 

 

                130. Finalmente, recuerden todos que los problemas siempre nuevos de la formación no pueden resolverse con fórmulas prefabricadas. Todos tenemos obligación de vivir esforzándonos constantemente por desarrollar nuestra formación y   buscar así los nuevos caminos por los que Dios quiere conducirnos.  Para conocer mejor cuál es la voluntad de Dios respecto a nosotros, se requiere un intercambio  de maduras experiencias. Todos nuestros esfuerzos por alcanzar la formación deben inspirarse siempre en el espíritu de  estas palabras del Evangelio: "Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer".11 

 

 

CAPÍTULO XII

El  apostolado  vocacional

 

                131. Aunque la vocación a la vida consagrada en el Carmelo es un don de Dios,  se realiza por la mediación del Carmelo. La actitud de los individuos y de las comunidades de la Orden ayuda en el discernimiento de esta vocación. Nada promueve más eficazmente las vocaciones que el entusiasmo de los hermanos.  Este entusiasmo proclama el orgullo de ser carmelitas y se manifiesta en el amor por la Palabra de Dios, por la celebración de la liturgia, por la vida de comunidad, por el recuerdo de los Santos Carmelitas, por estar en medio del pueblo en el servicio y en el ministerio, y por el interés en promover las actividades y las publicaciones carmelitas.

                Es necesario que cada Provincia tenga al menos un responsable de la promoción vocacional con los siguientes cometidos:12 

                a) animar a las comunidades, estimulándolas en el compromiso vocacional y en particular en la pastoral vocacional juvenil;      

                b) promover y coordinar las iniciativas vocacionales, comprometiendo en ellas sobre todo a los jóvenes carmelitas;

                c) discernir las señales vocacionales de los candidatos;

                d) acompañar a los candidatos en su camino de crecimiento vocacional.

 

                132. Aunque todas las comunidades han de comprometerse con las vocaciones, son sin embargo necesarias, en el plano provincial y/o interprovincial, unas estructuras apropiadas. Y corresponde a ellas, juntamente con el trabajo de las demás comunidades y de los promotores vocacionales, organizar experiencias de fraternidad y de oración y estar preparadas especialmente para acoger, ayudar y acompañar a los que están en proceso de discernimiento de su vocación.

 

                133. Es necesaria también la apropiada conexión de los promotores vocacionales con las instituciones de apostolado vocacional  en los diferentes países.

 

 

 

CAPÍTULO XIII

Las  etapas  del  proceso  de  formación

 

                134. La formación comprende todo el arco existencial, si bien tiene períodos y etapas específicas y progresivas. Las fases de la formación inicial son: prenoviciado, noviciado y período de la profesión simple. La formación para los diferentes apostolados comienza ya durante la formación inicial, pero continúa después de la profesión solemne. La formación permanente es un proceso que dura toda la vida.

                La formación inicial y la permanente han de ser consideradas como fases de un proceso continuo y cada una de ellas tiene sus propios y específicos objetivos.

 

1. El prenoviciado

               

                135. El prenoviciado tiene como fin  ayudar al candidato a conocerse mejor a sí mismo  y sus  profundas motivaciones vocacionales, a valorar sus propias fuerzas ante la llamada de Dios y a darle la posibilidad de experimentar esa llamada de una manera libre y objetiva.

 

                136. La facultad de admitir al prenoviciado compete al superior mayor o a su delegado, después de oír a los responsables.

 

                137. Compete a los Estatutos de la Provincia señalar la forma, la duración y los contenidos del prenoviciado.13 

 

                138. El candidato, consciente de la llamada divina y considerado idóneo, será admitido al noviciado de acuerdo con las normas del derecho canónico.14 

 

 

2. El noviciado

 

                139. El noviciado es un periodo de iniciación a la vida carmelita.15 En esta fase el candidato debe experimentar nuestro proyecto de vida, para conseguir ver si es idóneo para el mismo. El novicio debe poder conocer y vivir el seguimiento de Cristo, hombre obediente, pobre y casto , dentro de la perspectiva del carisma de nuestra Orden.16 

 

                140. El noviciado debe realizarse en el convento canónicamente designado para este fin.17 Toca al Prior general, con el consentimiento de su Consejo y después de oír al Prior provincial interesado, erigir la casa  noviciado, trasladarla y suprimirla mediante decreto dado por escrito; y, en determinadas circunstancias, permitir que en una misma Provincia pueda haber más de una casa noviciado.18 

                El Prior provincial puede permitir, en casos especiales, que los novicios moren durante algún tiempo en otra casa de la Orden.19 

 

                141. Antes de comenzar el noviciado, el candidato debe hacer al menos cinco días completos de ejercicios espirituales.

 

                142. Es admitido válidamente al noviciado quien haya cumplido ya diecisiete años de edad.20 

 

                143. El noviciado comienza con el rito de admisión, según nuestro ritual.

 

                144. Aunque toda la comunidad con la que convive el novicio es corresponsable de su formación, sin embargo la dirección de la misma se encomendará a un religioso que esté adornado de las necesarias dotes y de un criterio sensible a los diversos aspectos de la cultura moderna, a fin de que pueda formar al candidato para la vida de la Orden según el espíritu del Evangelio, de la Regla y de las Constituciones de nuestra Orden. A este religioso y a cuantos en el noviciado incumbe la obligación de colaborar en la formación del novicio, se les proporcionarán todos los medios necesarios.

 

                145. El programa del noviciado se ha de desarrollar de acuerdo con la RIVC.

 

                146. Durante el tiempo del noviciado se suspenderán los cursos ordinarios de estudios; pero el superior mayor puede permitir o incluso imponer como obligatorios algunos estudios que puedan ayudar a una formación más completa de los novicios.21 

 

                147. Para completar la formación de los novicios, el superior mayor, con el consentimiento de su Consejo y después de sopesar su conveniencia de acuerdo con el maestro, puede permitir que los novicios se dediquen a alguna actividad apostólica apropiada a la índole de nuestra Orden, fuera de la casa del noviciado y durante uno o varios períodos de tiempo.22 

 

                148. El tiempo  dedicado a esta actividad apostólica fuera de la casa del noviciado, puede dividirse en varios períodos, mas de modo que la totalidad del tiempo que los novicios vivan fuera de la casa del noviciado por razón de esta actividad se añada a los doce meses exigidos para la validez del noviciado, sin que la duración total del mismo pueda exceder de dos años.23 

                Sin embargo no podrá comenzarse esta actividad apostólica antes de que el novicio haya morado al menos durante tres meses en la casa noviciado, y será distribuida de manera que el novicio permanezca un mínimo de seis meses continuos en el noviciado y que vuelva a él al menos un mes antes de la emisión de la profesión temporal.

 

                149. Salvando lo dispuesto en los nn. 147 y 148, una ausencia de la casa noviciado que supere los tres meses continuos o discontinuos hace inválido el noviciado, de forma que ha de repetirse. Una ausencia superior a quince días debe recuperarse. Si la ausencia es inferior a quince días, corresponde al superior mayor, después de oír al maestro y considerada la causa de la ausencia, decidir en cada caso.24 

 

                150. Si un religioso que ha dejado la Orden, bien sea al término del noviciado o bien después de la profesión, solicitara la readmisión, el Prior General, con el consentimiento de su Consejo y oído el Provincial interesado, puede volver a admitirlo, sin que esté obligado a hacerle repetir el noviciado. Sin embargo, el mismo Prior General, después de oír al Prior Provincial interesado, debe imponerle un tiempo de prueba, transcurrido el cual podrá el candidato ser admitido a los votos. El Prior General, después de oír al Prior Provincial interesado, establece igualmente la duración de los votos temporales antes de la profesión solemne, a tenor de los cánones 655 y 657.25 

 

                151. Los novicios gozan de todas las gracias espirituales concedidas a la Orden. Sobre los bienes temporales de los novicios se cumplirán las normas del derecho canónico.26 

 

 

3. El periodo de la profesión simple

 

                152.  § 1. Al finalizar el noviciado, los candidatos que son considerados idóneos y lo piden libre y espontáneamente emiten la profesión, con la cual se inicia la vida consagrada.27 La formación en la vida carmelita, en todo caso, debe proseguir de modo sistemático y equilibrado, continuando la etapa precedente.28 

                § 2. Es muy importante que durante este período los candidatos profundicen y consoliden el sentido de su consagración carmelita, hasta madurar la decisión definitiva. Es propio de este período prepararse también científica y técnicamente para los distintos ministerios.29 

                Para vivir plenamente esta etapa, el profeso deberá tratar de armonizar los estudios y la actividad apostólica con la vida de oración y comunitaria. Durante este período de la primera formación no se encomendarán a los jóvenes religiosos cargos o quehaceres que interfieran su formación.30 

 

                153. Incumbe al superior mayor, con el consentimiento de su Consejo y escuchado el CAPÍTULO local, admitir a la profesión temporal a los candidatos que sean considerados idóneos y hayan terminado el noviciado.

                El derecho de admitir a la primera profesión y a las posibles renovaciones de la misma pertenece al superior mayor o, si éste no provee de otro modo, al superior local, el cual a su vez puede delegar.

 

                154. El superior mayor puede permitir, si hay causa justa, que la primera profesión se anticipe, pero no más de quince días;31 puede conceder igualmente por justo motivo que la primera profesión se haga fuera de la casa del noviciado.

 

                155. § 1. La profesión temporal se hará por un trienio; pero los Estatutos de la Provincia pueden determinar que se haga por un año y luego se renueve cada año hasta completar un trienio.32 

                § 2. Si se juzga oportuno, se puede prorrogar este período de tiempo hasta seis años, renovando el candidato los votos temporales.33 

                En casos particulares el tiempo de la profesión temporal puede ser prolongado por el superior mayor, pero no más de un trienio.34 

                § 3. El superior mayor puede, con justa causa, permitir que se anticipe la renovación de la profesión temporal, pero no más de un mes, salvo lo que dispone el can. 657 § 3.

 

 

 

4. La profesión solemne

 

                156. La profesión solemne ha de ir precedida de aproximadamente un mes de preparación espiritual,35 durante el cual los candidatos han de vivir en recogimiento y oración, reflexionando y meditando sobre la importancia de este acto decisivo y principal con el cual el religioso se consagra a Dios para siempre.

 

                157. § 1. Para la validez de la profesión solemne se requiere:

   a) que el candidato tenga la edad exigida por el derecho, es decir, al menos 21 años;

   b) que  haya  precedido  la  profesión  temporal  al  menos  durante  tres  años.  El  superior

       legítimo puede conceder que, por justo motivo, la profesión solemne se anticipe, pero  no

       más de tres meses;36 

   c) que admita a la profesión el superior mayor, con el voto deliberativo de su  Consejo  y  el

       consultivo del CAPÍTULO de la comunidad en que mora el candidato.

                § 2. Mediante la profesión solemne el candidato queda definitivamente incorporado a la Orden con todos los derechos y obligaciones.

 

                158. Acerca de los bienes temporales de los religiosos obsérvense las normas del derecho canónico.37 

 

 

 

5. La formación para los diferentes ministerios

 

                159. Los diferentes ministerios por los cuales optan los carmelitas, según la vocación de cada cual, nacen de la fuerza de una fraternidad viva y de la cual al mismo tiempo dan testimonio ante los fieles.

 

                160. Además de la formación carmelita, nuestros religiosos han de recibir una cultura humana apropiada, profesional, científica y técnica, que responda a sus legítimas aspiraciones y capacidades, en conformidad con los programas y necesidades de la Provincia y de la Orden, a fin de que puedan desempeñar con la debida competencia sus trabajos para el bien del pueblo de Dios.38 

                Para favorecer la internacionalidad de la Orden, al igual que una actitud abierta hacia culturas diferentes y hacia otros modos de pensar y de sentir, durante la formación todos deberán aprender una segunda lengua. Se cuidará con particular esmero la preparación en las materias específicamente carmelitas o relacionadas con los ministerios más cercanos a nuestro carisma y patrimonio espiritual.

 

                161. Los religiosos que no desean recibir las Órdenes sagradas han de aplicarse al estudio sin excluir la adquisición de títulos superiores para que puedan responder a las necesidades del pueblo y de la Provincia en los que desempeñan su apostolado. Déseles la posibilidad de asistir a cursos teológicos, sobre todo bíblicos, y procúreseles una seria formación carmelita, para que su vida evangélica progrese cada día más y puedan dar a los demás lo que ellos han asimilado.

 

                162. § 1. Ya que es propio del sacerdote cooperar con el obispo, transmitir la Palabra de Dios, administrar los sacramentos, animar a la comunidad, ser instrumento en manos de Cristo para la formación del pueblo de Dios y la edificación de la comunidad evangélica, nuestros religiosos que deseen recibir las Órdenes Sagradas se prepararán adecuadamente realizando los cursos de estudios y el aprendizaje espiritual y pastoral, según las normas establecidas por la Santa Sede, por la Conferencia episcopal de cada nación y por la RIVC.

                § 2. Antes del diaconado ha de emitirse la profesión solemne.

 

                163. Los religiosos que realizan estudios fuera del convento sean ayudados por algunos religiosos nuestros realmente versados en los estudios que dirijan su educación científica a la completa formación carmelita.

                En nuestras casas de formación los candidatos serán ayudados a integrar su formación  profesional, teórica y práctica, con otros aspectos de la vida carmelita.

 

                164. Aconsejamos que haya una colaboración, tanto nacional como internacional, para el noviciado y la formación inicial.

 

                165. Como ayuda específica de esta instrucción y para el estudio de nuestros autores, habrá una biblioteca bien ordenada en cada convento, especialmente en las casas de formación.

 

                166. Haya en la Orden centros internacionales de estudio con el fin de promover la internacionalidad, para profundizar en la espiritualidad carmelita y en la historia de la Orden, para la preparación de formadores y de otros especialistas. Uno de estos centros será el Centro San Alberto, en Roma, expresión de la unidad de toda la Orden. Este centro ha de tener sus Estatutos particulares y estará bajo la jurisdicción inmediata del Prior general.

 

                167. En Roma existirá también el Institutum Carmelitanum,  cuya misión será hacer presente a nuestros religiosos y al mundo de nuestro tiempo el patrimonio espiritual del Carmelo. En él se integrarán personas competentes, escogidas de toda la Orden.

 

               

6. La formación permanente

 

                168. La formación permanente está motivada por la llamada de Dios, el cual llama a cada uno de los suyos en cada momento y en renovadas circunstancias. La gracia de la vocación es una semilla en constante desarrollo, y seguir a Cristo significa ponerse constantemente en camino.

                La formación, por tanto, no termina nunca y exige que se preste una atención especial a los signos del Espíritu en nuestro tiempo, y que nos dejemos sensibilizar para poder ofrecer a nuestros contemporáneos una respuesta adecuada a sus problemas.39 Así viviremos nuestra identidad de Carmelitas de hoy.

 

                169. La formación permanente incluye todas las iniciativas que tengan por finalidad ayudarnos a vivir con fidelidad dinámica nuestro carisma en las diferentes etapas de nuestra vida. Por consiguiente no se ha de considerar  como un complemento facultativo, sino como un componente necesario de nuestro crecimiento.40 

 

                170. Cada uno de nosotros es responsable de su propia formación continua, para  dar lugar al sentido del Dios vivo en su vida, para realizar el propio ministerio en un seguimiento de Jesucristo cada vez más actualizado y profundo.

 

                171. Es muy importante que la Orden ofrezca a cada uno de sus miembros la posibilidad de una formación continua a todos los niveles y en las diferentes fases de su vida,41 según las modalidades contenidas en la RIVC.

 

 

                172. Los superiores mayores procuren todos los medios adecuados para esta formación continua espiritual, teológica, doctrinal y técnica, y animen a los jóvenes a realizar estudios superiores, elevando así el nivel cultural de la Provincia y de las diversas actividades ministeriales.

 

 

                173. Nuestros centros internacionales, interprovinciales y provinciales ofrezcan a todos nuestros hermanos la posibilidad de revitalizar toda la persona, de renovar el don de la vida carmelita y de la actividad apostólica. A todos los Carmelitas se les dará la oportunidad de participar periódicamente en cursos internacionales de espiritualidad carmelita, o en otros cursos de formación específicamente carmelita  o a otros niveles.

 

 

PARTE CUARTA

 

EL GOBIERNO

 

 

CAPÍTULO XIV

La  constitución  fundamental  de  la  Orden

 

                174. La Orden de los Carmelitas, incluida por la Iglesia entre los Institutos clericales, está compuesta por religiosos que, profesando los tres votos solemnes de obediencia, pobreza y castidad, tienen un fin común: vivir la vida consagrada según el espíritu de la misma Orden.1

                Atendiendo a la utilidad común y a fin de proveer mejor a las necesidades  del apostolado, están exentos de la jurisdicción de los Ordinarios de cada lugar y sujetos únicamente al Sumo Pontífice.2

 

                175. § 1. La incardinación de los miembros se hace ante todo a la Orden en cuanto tal y, en segundo lugar, a la Provincia o al Comisariado General; se obtiene por la profesión temporal y se hace definitiva cuando, terminado el tiempo de preparación, se emite la profesión solemne.3

                § 2. En virtud de la profesión, todos los hermanos gozan de total igualdad de derechos y deberes religiosos, salvo aquellos que competen a algunos por razón del oficio o ministerio que desempeñan.

 

                176. La incardinación a la Orden confiere el derecho de recibir de ella cuanto es necesario para la vida.4 Mas los religiosos quedan sujetos a la ley común del trabajo5 y están obligados a promover el desarrollo de la Orden.

 

                177. § 1. La Orden está estructurada en Provincias, Comisariados Generales y conventos sometidos a la inmediata jurisdicción del Prior General.

                § 2. Cuando la vida y las actividades de la Orden lo requieran, el CAPÍTULO General y, fuera del mismo, el Prior General con el consentimiento de su Consejo, podrá establecer otras entidades (Delegaciones, Regiones, etc.) y determinar sus derechos y deberes acerca de las personas y de las cosas. Las entidades instituidas por el Prior General y por su Consejo han de recibir la aprobación del siguiente CAPÍTULO General. En caso contrario cesan de existir y sus miembros retornan a sus respectivas Provincias y Comisariados Generales.

 

                178. Compete al CAPÍTULO General y, fuera del mismo, al Prior General con el consentimiento de su Consejo:

   a) dividir  la  Orden  en  Provincias,   unir o   cambiar   los  límites   de  las Provincias  ya

       constituidas, crear otras nuevas o suprimir las ya  existentes,  previo el voto consultivo

       de los religiosos interesados;

   b) determinar  acerca  de  los  bienes  de  una  Provincia  o  de  un  Comisariado  General  ya   

        suprimidos,  siempre  que  se  salven  las  leyes  de  la  justicia   y   la  voluntad   de   los

        fundadores.6

 

                179. La Provincia, entidad fundamental para la vida y la actividad de la Orden, está constituida por religiosos que, incorporados a ella y reunidos en los distintos conventos, están gobernados por el Prior Provincial con su Consejo, según las normas del derecho universal y propio.7

 

                180 § 1. Cuando lo exija el buen gobierno de la Provincia, el CAPÍTULO Provincial, con el consentimiento previo del Prior General y de su Consejo y oídos los interesados, puede erigir un Comisariado Provincial.

                § 2. El Comisariado provincial forma parte de la Provincia, aunque goce de cierta autonomía, según lo establecido en estas Constituciones y en los Estatutos de la Provincia.

                § 3. Previo consentimiento del Prior General con su Consejo, el CAPÍTULO Provincial puede limitar o modificar la organización del Comisariado Provincial o suprimirlo, una vez oídos sus miembros.

 

                181. § 1.  Si se tienen esperanzas de que en determinado lugar se podrá fundar con el tiempo una nueva Provincia de la Orden, y se dispone al menos de tres casas canónicamente erigidas y de treinta profesos solemnes, el Prior general, con el consentimiento de su Consejo, después de estudiar maduramente el asunto y escuchar al Prior Provincial y a su Consejo, así como a los religiosos interesados, puede erigir allí un Comisariado G eneral. Una vez erigido éste, se disuelven por el mismo hecho los vínculos jurídicos de los religiosos con la Provincia a la que pertenecían hasta entonces.

                § 2. Compete al Prior General, con el consentimiento de su Consejo, tras escuchar a las personas interesadas, cambiar o suprimir un Comisariado General.

 

                182. Cuando, con el transcurso del tiempo, el número de los religiosos hubiere aumentado de modo que el Comisariado General o el Comisariado Provincial tengan ya al menos cuatro casas canónicamente erigidas y alrededor de cuarenta profesos solemnes con suficientes medios de subsistencia, el Prior General, con el consentimiento de su Consejo, puede proceder a erigir allí una nueva Provincia, observando las normas jurídicas.

               

                183. Las normas que estas Constituciones establecen para las Provincias se aplican también a los Comisariados Generales, salvo explícitas disposiciones en contrario.

 

               

                184. § 1.Además de Provincias y Comisariados Generales, el CAPÍTULO General y fuera del CAPÍTULO el Prior General con el consentimiento de su Consejo, pueden erigir Delegaciones Generales, constituyendo en grupo autónomo a religiosos provenientes de una o de más Provincias, después de escuchar a los interesados.

                § 2. En el acta de erección de la Delegación General han de precisarse sus finalidades y funciones.

                § 3. a) A la Delegación General se le asignará un superior, al cual le competerán las facultades que se le atribuyan, según las indicaciones (ad nutum) del Prior General con su Consejo.

                b)Si se juzga necesario, el Delegado General puede recibir ayuda de dos consejeros.

                c) Compete al Prior General con su Consejo nombrar al Delegado General y eventualmente, a sus Consejeros.

                § 4. En los Estatutos de la Delegación General han de señalarse las relaciones entre los miembros de la Delegación y las Provincias de procedencia, incluso en cuanto a lo que se refiere al ejercicio de la voz activa y pasiva.

 

                185. Las casas canónicamente erigidas se rigen por las normas del derecho universal y de estas Constituciones; las demás, según los Estatutos de la Provincia.

 

                186. § 1. Un convento se erige canónicamente por decreto del Prior General con el consentimiento de su Consejo, previa aceptación dada por escrito del Obispo diocesano, a tenor del derecho universal y del propio.8

                § 2. El permiso para fundar un nuevo convento, dado por el Ordinario del lugar, lleva consigo la facultad de tener una iglesia, salvo lo dispuesto en el canon 1215 § 3, y de desempeñar allí los ministerios sagrados, cumpliendo los requisitos que exige el derecho, así como de desarrollar las actividades propias de la Orden, ajustándose a las condiciones impuestas por dicho permiso.9

 

                187. Para que una casa ya erigida pueda ser destinada a obras apostólicas diferentes de aquellas para las que fue fundada, se requiere el consentimiento del Obispo diocesano, a no ser que ese cambio afecte solamente al régimen interno y a la disciplina religiosa.10

 

                188. Un convento legítimamente erigido puede ser suprimido por el Prior General con el consentimiento de su Consejo, después de escuchar al Prior Provincial y de consultar al Obispo diocesano interesado.11

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO XV

El  derecho  propio  de  nuestra  Orden

 

                189. Además del derecho universal de la Iglesia, nuestra Orden se fundamenta en:

                a) la Regla de San Alberto,

                b) las Constituciones,

                c) los demás códigos generales,

                d) las decisiones de los Capítulos G enerales, de las Congregaciones Generales  y  de  los

                Priores Generales,

                e) las costumbres legítimamente establecidas y todavía en uso.

 

                190. § 1. Las Constituciones contienen las normas fundamentales necesarias para ordenar en todos los lugares la vida de todos los hermanos de acuerdo con la Regla.12

                § 2. Todos los hermanos se comprometerán  a observar las leyes contenidas en estas Constituciones, conscientes de que, sin su fiel observancia, difícilmente se podrá alcanzar la comunión fraterna y la perfección evangélica según el carisma de la Orden.

 

                191. Incumbe al CAPÍTULO General aprobar, modificar, derogar o abrogar las Constituciones.

 

                192. Compete al CAPÍTULO General y, fuera del Capítulo, al Prior General con el consentimiento de su Consejo, aprobar, modificar, derogar o abrogar los demás códigos generales.13

 

                193. La interpretación auténtica de las Constituciones y de los demás códigos generales compete al CAPÍTULO General. Fuera del Capítulo, el derecho universal14 asigna esta interpretación al Prior General con el consentimiento de su Consejo; pero solamente tiene valor en los casos para los que ha sido hecha y caduca con el siguiente CAPÍTULO General, a no ser que éste la confirme.

 

                194. Todas las prescripciones de un CAPÍTULO General se darán por confirmadas si no son explícitamente abrogadas por otro CAPÍTULO General posterior.

 

                195. § 1. Las Provincias, los Comisariados Generales y las demás entidades de la Orden, cualquiera que sea su denominación, deberán tener sus propios Estatutos particulares, redactados según las exigencias de tiempos y lugares, pero que no podrán estar en contradicción con las normas de un derecho superior.15

                § 2. Estos Estatutos particulares han de ser aprobados también por el Prior General con el consentimiento de su Consejo.

 

                196. El Prior General, con el consentimiento de su Consejo, puede promulgar decretos para toda la Orden; pero éstos perderán toda su fuerza si no son confirmados por el siguiente CAPÍTULO General.16 

 

                197. Los Priores Provinciales y los demás superiores mayores, con el consentimiento de sus respectivos Consejos, pueden promulgar decretos válidos para toda su jurisdicción, siempre que no contradigan un derecho superior.17 Tales decretos pierden su obligatoriedad si no son confirmados por el siguiente CAPÍTULO Provincial o Comisarial. Igualmente, fuera del Capítulo, los Priores Provinciales y los Comisarios Generales pueden, con el consentimiento de sus respectivos Consejos, interpretar los Estatutos, observando siempre cuanto se ha dicho.

                198. § 1. El Prior General, oído su Consejo,  por justa y razonable causa, puede dispensar a cualquier religioso en toda la Orden, en materia disciplinar, de la observancia de las Constituciones y de otras leyes del derecho propio.

                § 2. El Prior Provincial, oído su Consejo, puede, por causa justa y razonable, dispensar a sus religiosos, donde quiera que se hallen,  incluso en casos particulares de una manera habitual, de las leyes disciplinares promulgadas por la Orden, a excepción  de aquellas que expresamente se excluyen de estas dispensas.

                § 3. El Prior local puede dispensar de las leyes disciplinares de la Orden a los religiosos sujetos a su obediencia, excepto cuando esta dispensa está reservada a los superiores mayores.

                § 4. Sin embargo, la dispensa habitual en favor de todos los hermanos de una Provincia compete al Prior General, y la dispensa en favor de todos los hermanos de un convento incumbe al Prior Provincial.

 

                199. § 1. Las dispensas y otras concesiones de cualquier género, dadas por escrito por los superiores mayores a cada religioso o a las comunidades, no cesan cuando termina el derecho de quien las concedió, a no ser que, en cláusula adjunta, se diga otra cosa.18 

                § 2. Una gracia denegada por el Prior General o Provincial no puede ser válidamente obtenida -aun cuando esta denegación se declare- por parte del respectivo vicario sin el consentimiento del respectivo Prior.19 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO XVI

Voz  activa  y  pasiva

 

                200. Todos los religiosos profesos solemnes de la Orden gozan de voz activa y pasiva en su propia Provincia, a menos que resulte evidente lo contrario por la misma naturaleza de las cosas o por estas Constituciones. Los Estatutos de la Provincia pueden exigir además algunos otros requisitos para el ejercicio de la voz activa y pasiva.

 

                201. Los religiosos que aún no han hecho la profesión solemne, aunque realmente pertenecen a la comunidad, carecen sin embargo de voz, tanto activa como pasiva. No obstante han de ser consultados en los asuntos pertenecientes al bien común, sobre todo en los que tengan especial relación con ellos.

 

                202. El religioso que viva en una Provincia distinta de la suya tiene voz activa, o bien en la Provincia de la que proviene o bien en la Provincia donde reside, según convenio por escrito que han de hacer ambos superiores mayores, a requerimiento del religioso interesado, el cual, sin embargo, goza de voz pasiva en ambas Provincias.

 

                203. El Prior general goza del derecho de voz en toda la Orden, el Prior Provincial en su Provincia y el Prior local en su convento, mientras no conste lo contrario.

 

                204. El superior mayor competente, con el consentimiento de su Consejo y después de haberles escuchado y haber comprobado la imposibilidad de que los religiosos que viven legítimamente fuera de una casa de la Orden participen de alguna manera en la vida de la Provincia, puede privarles de la voz activa y/o pasiva.

 

                205. § 1. Salvo derecho adquirido, los religiosos gozan del derecho de precedencia según el orden siguiente:

                a) el Prior General en toda la Orden,

                b) el Viceprior General en toda la Orden,

                c) los miembros del Consejo General en toda la Orden,

                d) los Priores Provinciales y los Comisarios Generales en sus Provincias o Comisariados Generales,

                e) los Comisarios Provinciales en sus Comisariados,

                f) los Priores locales en sus conventos,

                g) los Consejeros Provinciales en sus Provincias.

                § 2. Después del Prior General y del Viceprior General, los miembros del Consejo General gozan entre ellos de precedencia según la fecha de su primera profesión o, en caso de haberla emitido el mismo día, según la edad.

                Los Consejeros Provinciales tienen la precedencia según el orden de su elección, a no ser que los Estatutos Provinciales establezcan otra cosa.

                § 3. A menos que conste otra cosa en los Estatutos de la Provincia, los demás religiosos gozan del derecho de precedencia según el tiempo de la primera profesión  y, si han profesado el mismo día, según la edad.

 

 

CAPÍTULO XVII

La  autoridad  en  la  Orden  y  los  oficios  en  general

 

                206. La unidad de la Orden, basada en la caridad y en el común anhelo por alcanzar el ideal que nos hemos propuesto, queda consolidada con la autoridad, la cual nos impulsa a metas cada vez más altas y a practicar cuanto prescribe la autoridad de la Iglesia a todos los religiosos, así como cuantos acuerdos se hayan tomado colegialmente "con el consentimiento de los demás hermanos".20 

 

                207. Los religiosos, que gozan de una fundamental igualdad en los derechos y en los deberes, con el fin de que "todo cuanto haya de hacerse"21 tenga un mejor orden y desarrollo, eligen a algunos de sus miembros para que, de acuerdo con las Constituciones, velen por el bien común, promuevan la vida comunitaria y la acción apostólica y unifiquen los esfuerzos de todos, según lo dispuesto en estas Constituciones y en cada una de las comunidades. Los que están investidos de autoridad esfuércense en imitar los ejemplos del Señor, que "no vino a ser servido sino a servir".22 Los demás hermanos préstenles el debido honor con sencillez23 y colaboren con ellos de buen grado, puesto que la autoridad no puede alcanzar su objetivo sin la cooperación de todos para lograr el bien común, principalmente por medio de la mutua comunicación.

 

                208. Se denomina oficialmente con el nombre de Prior el religioso que tiene la autoridad para regir la comunidad: Prior General para toda la Orden, Prior Provincial para toda la Provincia, Prior local para cada casa. Sin embargo puede emplearse otro nombre en uso en el idioma propio de cada país o que esté ratificado por los Estatutos de la Provincia. El Prior es signo de unidad en la propia comunidad a cuyo servicio se le designa. Constituido como modelo, en las palabras y en los hechos, de la grey que se le encomienda,24 ayude con suma diligencia a todos  y a cada uno de sus religiosos, promueva la vida de comunidad, cuide de todos, de modo especial de los enfermos y de los ancianos, y disponga los trabajos y demás empresas comunes de tal modo que se transformen en medios con los que los religiosos puedan vivir auténticamente "en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia".25 

 

                209. Son superiores mayores en la Orden: el Prior General, el Prior Provincial, el Comisario General y sus vicarios. Éstos son también Ordinarios y tienen todas las facultades que el derecho universal atribuye a los mismos.26 

 

                210. § 1. Los superiores y los Capítulos en nuestra Orden tienen jurisdicción tanto en el fuero interno como en el externo, conforme al derecho universal y a estas Constituciones.27 

                § 2. Sólo el CAPÍTULO General tiene poder legislativo para toda la Orden. El CAPÍTULO Provincial puede hacer Estatutos Provinciales y promulgar decretos, siempre que éstos no establezcan nada en contra de estas Constituciones o de los decretos del CAPÍTULO General.

                § 3. El CAPÍTULO local puede dictar normas particulares que no se opongan a las Constituciones o a cualquier norma aprobada previamente por el CAPÍTULO General o el Provincial.

                § 4. Los Priores, ayudados por sus Consejos,  están obligados ante todo a procurar que las normas vigentes se lleven a la práctica. Pueden además, según la propia competencia, dar decretos que no sean contrarios a las Constituciones.28 

 

                211. § 1. El Prior General tiene, sobre todos y cada uno de los religiosos, sobre las Provincias y sobre los conventos, potestad ordinaria, que ejerce por sí solo o con su Consejo, según las normas del derecho universal y del propio.

                § 2. El Prior Provincial gobierna la Provincia con potestad ordinaria, por sí solo o con su Consejo, según las normas del derecho universal y del propio.

                § 3. El Prior local rige el convento con potestad ordinaria, por sí solo o con el CAPÍTULO local o el Consejo local donde exista, según las normas del derecho universal y del propio.29 

 

                212. § 1. Cuando en virtud del derecho se requiere el consentimiento del Consejo, el Prior General o el Provincial actuarán inválidamente si lo hacen contra el voto de su respectivo Consejo. Lo mismo vale respecto al Prior local cuando obra en contra del voto de su Consejo o del CAPÍTULO conventual.

                § 2. Cuando, en cambio, solamente se requiere el consejo,  los Priores, para actuar válidamente han de consultar el parecer de su Consejo o CAPÍTULO conventual; pero no están obligados a seguirlo si a ellos les parece que, en conciencia, deben actuar de otro modo. Sin embargo, el Prior tenga muy en cuenta el parecer, especialmente si es unánime, del Consejo y no lo rechace sin una razón que, a su juicio, tenga más valor. En los casos urgentes pueden también requerir este consejo individualmente o por carta o por cualquier otro medio de comunicación.30 

 

                213Tienen potestad judicial en la Orden el CAPÍTULO y el Consejo Generales, el CAPÍTULO Provincial y el Consejo Provincial. Los Capítulos ejercen dicha potestad mediante jueces elegidos por los gremiales en dichos Capítulos. Estos jueces por consiguiente sentencian o decretan en nombre del Capítulo. En casos particulares, según la gravedad del asunto y a instancias del interesado, el Consejo General o Provincial deben señalar los jueces según requiera el caso.

 

                214. Salvo lo prescrito en el derecho universal, todas las causas pueden instruirse por vía administrativa, a menos que se oponga el religioso interesado. Pero en todo caso al religioso llamado a juicio se le dará amplia posibilidad de hacer uso de sus derechos.

 

                215. Aunque los Capítulos y los superiores tienen potestad para castigar con penas según las normas del derecho universal,31  sin embargo no se castigue ordinariamente a nadie sin previa amonestación.32 Si por humana fragilidad los religiosos llegaren a delinquir en algo, los Priores acuérdense que son pastores y no verdugos y, según el precepto del Apóstol, antes de nada reprendan y exhorten con toda paciencia y caridad,33 pues en la mayoría de las ocasiones puede más, para con los que hay que corregir, la benevolencia que la severidad, la exhortación que las amenazas y el amor que la autoridad.

 

                216. § 1. En la aplicación de las penas previstas por el derecho universal se observarán las normas del mismo derecho.

                § 2. Contra las penas infligidas cabe recurso con efecto devolutivo, salvando lo establecido por el derecho universal.

 

 

 

 

CAPÍTULO XVIII

Los  Capítulos  y  demás  actos  colegiales

 

1. Los Capítulos

 

                217. Deben celebrarse Capítulos y otras reuniones colegiales de los religiosos para promover la vida espiritual y apostólica, acomodándola continuamente a las exigencias de nuestros tiempos, para fomentar el amor fraterno y para examinar y resolver con la mutua cooperación los problemas comunes de la Orden, de la Provincia o del convento.

                Los gremiales, con el fin de promover el bien común, tienen el deber de asistir a los Capítulos y demás reuniones colegiales, a menos que una causa justa se lo impida.

 

                218. En el tiempo establecido, el Prior o su sustituto debe hacer la convocatoria, observando las normas del n. 234 sobre la convocatoria de electores.

                Igualmente, cuantas veces se requiera el consentimiento o el consejo de varias personas reunidas al efecto, tales gremiales han de ser legítimamente convocados, a tenor de las mismas normas.34 Se exceptúan los casos señalados en los números 346 a) y 395 § 2.

 

                219. § 1. El CAPÍTULO local y las demás reuniones colegiales no capitulares deben convocarse cuando la mayoría de la comunidad o colegio lo solicite.

                § 2. Los Capítulos y las demás reuniones colegiales a cualquier nivel serán legítimas si en ellas ha participado la mayor parte de quienes tienen derecho a intervenir, a no ser que los Estatutos de la Provincia establezcan otra cosa.

 

                220. Los Capítulos Generales y Provinciales pueden alterar el número de gremiales sólo para el siguiente CAPÍTULO que haya de convocarse.

 

                221. § 1. Ninguna persona que no sea gremial puede ser admitida a emitir voto; de lo contrario, todo lo hecho es automáticamente nulo.35 

                § 2. Sin embargo, el colegio gremial puede determinar quiénes y cuándo, de entre los extraños al Capítulo, pueden asistir a las sesiones capitulares, aunque sin derecho a voto.

 

                222. El primero de los gremiales, según el orden de precedencia, presidirá el acto capitular o colegial, a no ser que expresamente se hubiera previsto de otro modo.

 

                223. Los gremiales y cuantos hubieren sido requeridos para dar su consentimiento o su consejo deben manifestar su parecer con la debida reverencia, fidelidad y sinceridad. El presidente, según lo aconseje su prudencia y la gravedad del asunto, puede obligarles a guardar secreto.36 

 

                224. Los asuntos no electorales que hayan de tratarse colegialmente se estudiarán con madurez y se resolverán según lo que apruebe la mayoría absoluta de los gremiales presentes en la primera o en la segunda votación; de lo contrario, se ha de repetir la votación sólo una tercera vez y, si en ésta hubiere empate, lo resolverá el presidente con su voto o convocará una nueva sesión con vistas a una solución definitiva.37

 

                225. En las elecciones y en los casos que afectan a personas sujetas a votación, los votos deben ser emitidos en secreto, excluida cualquier aclamación.38

                En los demás asuntos que hayan de tratarse colegialmente, los votos pueden ser no secretos, siempre que ningún gremial se oponga.

 

 

2. Los oficios

 

                226. Los oficios y cargos en la Orden se confieren: o por elección debidamente confirmada, o por postulación según las normas del derecho, aprobada por el Prior general con el consentimiento de su Consejo, o por nombramiento al cual debe preceder la oportuna consulta.39 

 

                227. Todos los oficios se conferirán de acuerdo con las normas del derecho universal y propio.

 

                228. Desde el momento en que se ha inaugurado cualquier Capítulo, quedan inmediatamente vacantes aquellos oficios cuya provisión ha de hacerse en el mismo Capítulo. Sin embargo, los oficiales cesantes en sus cargos continuarán ejerciéndolos hasta que tomen posesión de ellos los nuevos titulares.

 

                229. Ningún oficio que ordinariamente se confiera por elección podrá permanecer vacante durante más de un trimestre útil, a contar desde el día en que se ha comunicado la vacante, a no ser que explícitamente se determine otra cosa.40

 

                230. A nadie pueden conferírsele dos oficios incompatibles, o sea, que no puedan ser desempeñados simultáneamente por el mismo religioso, como son, entre otros, los que exigen diferente residencia, salvando las normas que se dicten para cada caso.41

 

                231. Ningún oficio o cargo que haya de desempeñarse fuera de la Orden puede ser aceptado sin el permiso del respectivo Prior provincial o local.42

 

                232. Por razón de jurisdicción, se requiere que los religiosos elegidos o designados para el oficio de Prior, vicario o sustituto sean sacerdotes.43

 

                233. Háganse los nombramientos con espíritu de diálogo fraterno. Por tanto, el superior que tiene derecho de proveer  un oficio libremente, antes de proceder al nombramiento oiga al candidato a quien desea conferir tal oficio. Toca después al superior sopesar las razones aducidas por el candidato y, en consecuencia, aceptarlas o rechazarlas.

 

                234. Habrá que convocar a elecciones a cuantos tienen derecho a votar. Sin embargo no es necesaria una convocatoria personal, sino que basta la que se hace en general por carta enviada a cada convento o publicada en el órgano oficial de la Orden o por cualquier otra forma aprobada por los Estatutos provinciales o por la costumbre. Si alguno de los que deben ser convocados hubiere sido preterido y, en consecuencia, se hallare ausente en la votación, probada su preterición y ausencia, la elección es válida; pero a requerimiento suyo debe ser anulada por el superior competente, aun después de haber sido confirmada, con tal que conste jurídicamente que el recurso se interpuso dentro de los tres días después de recibida la noticia de la elección. En caso de haber sido preteridos más de la tercera parte de los electores, la elección es nula por derecho. La falta de convocatoria no es óbice si, a pesar de ella, los no convocados estuvieren presentes en la votación.44

                235. Salvo el n. 238, tienen derecho a votar los que se hallen presentes el día y en el lugar señalados en la convocatoria.45

 

                236. No pueden emitir voto aquellos que  lo tienen prohibido por el derecho a tenor del canon 171 y de estas Constituciones.

 

                237. Si alguno de los electores se hallare presente en la casa donde se celebra la elección, pero no pudiere asistir a la misma por razón de enfermedad, los escrutadores recogerán su voto dado por escrito.46 

 

                238. Los Estatutos de la Provincia pueden permitir que se emitan los votos por carta, guardando con exactitud la obligación del secreto.

 

                239. La facultad de emitir el voto mediante procurador47 se admite en los siguientes casos:

                a) el Prior Provincial, el Comisario General y el Comisario Provincial pueden, por justa causa, enviar al CAPÍTULO General o a la Congregación General un procurador de su Provincia o Comisariado, con derecho a voto; pero si el procurador elegido pertenece a distinta Provincia o Comisariado General, se requiere el consentimiento del Prior General;

                b) con el consentimiento del Prior General, también un delegado en el CAPÍTULO General puede nombrar un procurador con derecho a voto en el caso de que ni él mismo ni ningún sustituto pudiera asistir al Capítulo;

                c) los Estatutos Provinciales deberán determinar sobre el derecho a enviar procurador al CAPÍTULO Provincial.

 

                240. En el caso de que alguien tenga derecho a votar en nombre propio por más de un título, no podrá emitir más que un  voto.48

 

                241. § 1. El voto será nulo si no es:

                a) libre; y, por tanto, es inválido el voto si el elector, por miedo grave o dolo, directa o indirectamente hubiere sido obligado a elegir a una persona determinada o a varias;

                b) secreto, cierto, absoluto, determinado.

                § 2. Las condiciones añadidas al voto antes de la elección se considerarán como no puestas.49 

 

                242. Guárdense todos de procurar votos ni directa ni indirectamente, tanto para sí mismos como para otros;50 sin embargo se permiten cambios de impresiones acerca de la idoneidad de los candidatos, salvaguardando las normas de la justicia y de la caridad.

 

                243. Para el escrutinio de los votos designe el presidente, a no ser que se acuerde otra cosa, al menos dos escrutadores y otros tantos anotadores y un secretario, todos los cuales, junto con el presidente, estarán obligados en conciencia a cumplir fielmente su cometido y a guardar secreto acerca de lo tratado en las sesiones, aun después de verificada la elección. Después, y a indicación del presidente, los escrutadores cuidarán de que los votos se emitan por cada uno de los electores en secreto. Recogido el último voto, en presencia del presidente y de los gremiales, los escrutadores comprobarán si el número de votos corresponde al de electores, examinarán dichos votos al mismo tiempo que los apuntan los anotadores y publicarán cuántos votos ha obtenido cada uno. Si el número de los votos es superior al de electores, la votación es nula y, por tanto, habrá de repetirse. Se destruirán enseguida las papeletas al terminar cada escrutinio o después de la sesión si en la misma se efectúan varias votaciones. El que desempeña el oficio de secretario redactará cuidadosamente todas las actas de la elección en el libro correspondiente y se guardarán estas actas diligentemente en el archivo, una vez firmadas por todos los gremiales o al menos por el secretario y el presidente.

 

                244. Si el CAPÍTULO lo aprueba, puede transcurrir un intervalo conveniente de tiempo, ya sea entre las diversas elecciones o bien entre cada escrutinio de la misma elección.

 

                245. A no ser que en cada caso se establezca expresamente otra cosa, se considerará elegido y será proclamado por el presidente aquel que, estando presente la mayoría absoluta de cuantos han de ser convocados, haya obtenido la mayoría absoluta de los votos de los presentes; después de dos escrutinios sin obtener este resultado, la votación se hará sobre los dos candidatos que mayor número de votos hayan obtenido o, si hay varios empatados a votos, sobre los dos más antiguos a partir de la primera profesión; si todos los empatados a votos emitieron su profesión el mismo día, sobre los dos mayores en edad. En esta votación, en la que esos candidatos no tienen voz activa, se considerará elegido el que haya obtenido mayor número de votos. Si después del tercer escrutinio persistiere el empate, se tendrá por elegido el más antiguo en profesión o, si coincide el día de la primera profesión, el de más edad.51

 

                246. La elección realizada se ha de comunicar inmediatamente al elegido, el cual debe notificar, como máximo dentro de los ocho días  después de recibida la comunicación, si la acepta o no; de lo contrario, pierde todo derecho adquirido por la elección.52  Si el elegido estuviere presente en el acto de la proclamación de que habla el n. 245, esta proclamación vale ya como notificación.

 

                247. Si el elegido no acepta, pierde todo derecho adquirido por la elección desde el momento en que el presidente acepte su renuncia, aunque después se arrepienta de haber renunciado; pero puede ser elegido de nuevo.53

 

                248. Al aceptar una elección que no requiere ser confirmada, el elegido entra inmediatamente en posesión de su oficio; en caso contrario, sólo adquiere el derecho a él, y por tanto, antes de recibir la confirmación, no puede el elegido, so pretexto de la elección, inmiscuirse en la administración del oficio, ni en lo temporal ni en lo espiritual, y cualquier eventual intervención suya tiene efectos  nulos.54

 

                249. La elección del Prior General y la de los miembros de su Consejo no necesitan confirmación. El Prior Provincial debe ser confirmado por el Prior General o por el presidente del CAPÍTULO designado por él. Las demás elecciones han de ser confirmadas por el presidente de la misma elección.55

 

                250. El colegio elector pierde automáticamente el derecho de elegir:

                a) cuando la elección no se hubiere efectuado dentro del tiempo requerido;56

                b) cuando, contra lo prescrito en los nn. 220 y 221, los gremiales hubieren intentado aumentar  el número de los mismos, o hubieren admitido a propósito, para que vote, a alguien que no es gremial.

 

                251. Fuera de los casos indicados en el n. 250,  no podrá privarse al colegio del derecho de elegir, sino como consecuencia de un proceso o por una falta imputable al colegio en cuanto tal.

 

                252. Cuando por cualquier causa se prive al colegio del derecho de elegir, el derecho de libre provisión pertenece en ese caso concreto al superior mayor inmediato con el consentimiento de su Consejo.

 

                253 . En caso de postulación para un oficio al que se oponga un impedimento de derecho particular, el Prior General, si lo juzga oportuno, puede, con el consentimiento de su Consejo, dispensar de dicho impedimento y admitir la postulación.

 

                254. § 1. Para que un candidato pueda ser postulado necesita obtener los dos tercios de los votos de los presentes en el primero o en el segundo escrutinios.

                Si en los dos primeros escrutinios ningún candidato alcanzare la mayoría requerida para la postulación o la elección, se comienza de nuevo la votación a partir del primer escrutinio y el candidato a la postulación pierde la voz pasiva.

                § 2. Si el candidato postulado no acepta, se comienza de nuevo la votación a partir del primer escrutinio según el n. 245

 

 

CAPÍTULO XIX

El  Gobierno  General

 

1. El CAPÍTULO General

 

                255. El CAPÍTULO General, que ostenta en nuestra Orden la autoridad suprema, es el signo principal de la unidad de la Orden dentro de su diversidad; es el encuentro fraternal en el cual reflexionamos comunitariamente para mantenernos fieles al Evangelio y a nuestro carisma y sensibles ante las necesidades de los tiempos y lugares. Por medio del CAPÍTULO General, toda la Orden, dejándose guiar por el Espíritu del Señor, se esfuerza por conocer, en un determinado momento de la historia, la voluntad de Dios para mejor servir a la Iglesia.57

 

                256. § 1. El CAPÍTULO General ordinario ha de celebrarse cada seis años.

                § 2. Antes de convocarlo el Prior General consultará con los superiores mayores de toda la Orden sobre la fecha y el lugar del CAPÍTULO General, sobre los temas y los problemas que han de ser objeto de estudio durante el desarrollo del mismo y sobre la elección de algunos religiosos idóneos para ser nombrados miembros de la comisión preparatoria.

 

                257. El Prior General, con el consentimiento de su Consejo y después de consultar a los demás superiores mayores, puede convocar un CAPÍTULO General extraordinario. En él podrán hacerse también elecciones para los oficios que en ese momento estén vacantes y que sean de la competencia del CAPÍTULO General.

 

                258. § 1. Son gremiales del CAPÍTULO General:

                a) el Prior General,

                b) los Expriores Generales,

                c) los miembros del Consejo General,

                d) los Priores Provinciales,

                e) los Comisarios Generales,

                f) los Comisarios Provinciales de los Comisariados que en la fecha de la convocatoria del CAPÍTULO general tengan al menos veinte vocales,

                g) el Prior del Centro Internacional San Alberto en Roma,

                h) los Superiores de las Delegaciones Generales que en la fecha de la convocación del    CAPÍTULO  General tengan al menos veinte vocales; si no los tienen, ellos pueden participar, pero sin derecho a voto,

                i) los delegados de las Provincias a tenor del § siguiente.

                § 2. La Provincia que, en el día de la convocatoria del CAPÍTULO General, tuviere menos de veinte vocales, no tiene derecho a enviar ningún delegado al CAPÍTULO General; mientras que una Provincia que en la misma fecha tuviere más de cien vocales tiene derecho a enviar al CAPÍTULO tres delegados. Las demás Provincias tienen derecho a enviar dos delegados cada una. En el cómputo de los vocales, a fin de disponer de un tercer delegado, no se deben contar todos los vocales del Comisariado Provincial en el caso de que éste envíe su propio Comisario. El Comisariado General no tiene derecho a ningún delegado.

                § 3. Los miembros del Consejo General que han cesado en su oficio siguen teniendo voz en el mismo CAPÍTULO en que han cesado. Los nuevos elegidos, si no son ya gremiales, serán convocados de inmediato y tendrán voz en el Capítulo.

                § 4. Participan también en el CAPÍTULO General, pero sin derecho a voto, los Comisarios Provinciales de los comisariados con menos de veinte vocales y los Presidentes de las Regiones.

 

                259. Corresponde al CAPÍTULO General:

                a) aprobar las Constituciones y demás códigos de derecho propio a nivel general; promover la vitalidad espiritual y apostólica; elaborar y señalar al Consejo General las directrices y criterios que han de seguirse en el gobierno de la Orden durante el próximo sexenio; adaptar la legislación a las exigencias de los tiempos, mediante una adecuada actualización;

                b) elegir, según los números 276 § 1 y 295, al Prior General y a los miembros del Consejo General;

                c) buscar los medios y cauces por los que discurra la vida de la Orden, en fraterna comunicación entre todos sus miembros;

                d) decidir sobre otros eventuales problemas, si el CAPÍTULO lo estima oportuno.58 

 

                260. § 1. Al menos un año antes del comienzo del CAPÍTULO General, enviará el Prior General a todos los superiores mayores la carta convocatoria en la que se indique el lugar y la fecha del comienzo del CAPÍTULO y exhorte a los religiosos a pedir por el buen éxito del mismo.

                § 2. En el mismo periodo de tiempo, el Prior General con su Consejo constituirá la comisión preparatoria y el secretariado del CAPÍTULO General.

                § 3. Seis meses antes de la celebración,  el Prior General enviará a todos los gremiales la relación y la documentación sobre el estado de la Orden y sobre los problemas que se prevén para el próximo sexenio.

 

                261. § 1. Antes del Capítulo, el Secretariado es el centro ejecutivo y de coordinación de todo lo que se refiere a la parte técnica y administrativa. Es también incumbencia del secretariado del CAPÍTULO recibir todas las propuestas y transmitirlas a la comisión preparatoria.

                § 2. Durante el Capítulo, corresponde al secretariado poner al servicio de todos los gremiales su organización y preparar las actas del Capítulo, en colaboración con la comisión nombrada al efecto, de la que se habla en el nº 271 c).

                § 3. El secretariado del Consejo General una su trabajo al del secretariado del CAPÍTULO general.

 

                262. § 1. La Comisión Preparatoria estará formada por un cierto número de religiosos expertos en las materias que han de tratarse en el Capítulo.

                § 2. Compete a esta comisión:

                a) ordenar con acertado criterio las propuestas recibidas;

                b) emitir su propio juicio acerca de las mismas;

                c) redactarlas en fórmulas aptas para ser votadas.

 

                263. § 1. Todos los religiosos pueden enviar al secretariado del CAPÍTULO propuestas y opiniones sobre los problemas y temas que se refieren al bien de la Orden.

                § 2. Es muy de alabar el que se celebren en toda la Orden reuniones libres de los vocales del mismo convento o de toda la Provincia y aun de varias Provincias, para discutir, en diálogo fraterno y con sincero interés por el desarrollo de la Orden, todos los problemas que puedan parecer útiles al bien de la misma, con el fin de someterlos después a la consideración de la comisión preparatoria. El Consejo Provincial y los delegados al CAPÍTULO General favorezcan estos intercambios de opiniones y los animen, según los Estatutos de la Provincia.

 

                264. Al menos seis meses antes del comienzo del Capítulo, se enviará a los Priores Provinciales, a los Priores locales y a todos los gremiales del CAPÍTULO General el texto redactado por la comisión preparatoria.

 

                265. § 1. Recibida la carta convocatoria, los Priores Provinciales procuren que lo antes posible se haga la elección de los delegados al CAPÍTULO General.

                § 2. Estos delegados han de elegirse entre todos los vocales, excepto los que ya son gremiales del CAPÍTULO General. Los Estatutos de la Provincia pueden dictar normas particulares sobre el modo de hacer esta elección y sobre el número de votos que se requiere para resultar elegidos, teniendo en cuenta la obligación de observar el secreto del voto y de escoger  candidatos realmente idóneos y expertos en las materias que habrán de tratarse en el Capítulo.

                § 3. Se han de elegir asimismo tantos sustitutos como delegados.

                § 4. El resultado de todos los escrutinios y los nombres de los elegidos se enviarán lo antes posible al Secretariado del CAPÍTULO General.

 

                266. Si un delegado, por cualquier justo motivo, resulta imposibilitado para asistir al Capítulo, ocupará su lugar el primer sustituto elegido.

 

                267. Después de cada CAPÍTULO General ordinario se imprimirá cuanto antes sea posible el catálogo de la Orden que contenga el elenco de los componentes de la nueva Curia y de los nuevos oficiales generales, de todos los religiosos, monjas de clausura y hermanas agregadas a la Orden, así como de los conventos,  con indicación de las diferentes actividades.

 

                268. El Consejo General procure que, durante el Capítulo, estén a disposición de los gremiales personas competentes que puedan explicar las materias que se tratan en el Capítulo.

 

                269. Al menos tres componentes de la comisión preparatoria han de participar en el Capítulo. Éstos, al igual que los demás expertos nombrados por el Consejo General, no tienen, por este solo título, derecho a voto en el Capítulo. Sin embargo, si el CAPÍTULO lo aprueba, pueden participar en los debates e ilustrar ante todo el CAPÍTULO las cuestiones que se han de tratar.

 

                270. El procedimiento y las normas por las que se ha de desarrollar el CAPÍTULO se determinarán por un Reglamento aprobado según las normas de las Constituciones y que sea relativamente estable. El CAPÍTULO General en curso podrá modificar una norma solamente con la mayoría de los dos tercios de los presentes en la sesión de la que habla el n. 272 b); pero se requerirá la mayoría absoluta si esa modificación ha de estar vigente en el siguiente CAPÍTULO General.

 

                271. La primera sesión capitular, bajo la presidencia del Prior General del sexenio próximo pasado, se desarrollará de la forma siguiente:

                a) Hechas las oraciones acostumbradas para la apertura del Capítulo, se da lectura a la carta apostólica,  en caso de que la Santa Sede la hubiere enviado al Capítulo.

                b) El secretario lee la lista de los gremiales.

                c) Se publica a continuación el elenco de los oficiales del CAPÍTULO nombrados por el Prior general después de oír a su Consejo; estos oficiales han de ser todos gremiales: tres escrutadores y otros tantos anotadores; tres revisores de los gastos del Capítulo; la comisión para la redacción de las actas, que ha de estar formada por miembros de las diferentes lenguas y cuya función es redactar las actas del CAPÍTULO según el n. 261 § 2.

                d) Uno de los miembros será elegido canónicamente presidente del Capítulo, al que corresponde presidir el CAPÍTULO hasta la elección y aceptación del Prior general. En la elección del Presidente no tiene voz pasiva el Prior general del sexenio pasado.

                e) Los gremiales eligen cinco jueces que, en nombre del Capítulo, examinarán y decidirán sobre las causas que eventualmente se presenten.

 

                272. La segunda sesión del CAPÍTULO se desarrollará de la siguiente manera:

                a) El Prior General del sexenio pasado presenta una relación escrita en la que se informa sobre el estado espiritual y temporal de la Orden; informa además de si se han llevado a cabo en el sexenio pasado las directrices de la Santa Sede y cómo se ha hecho, e igualmente sobre las del último CAPÍTULO General y de la Congregación General, y sobre los motivos que hayan podido ser obstáculo para su cumplimiento.

                b) Se comunica a los gremiales el reglamento con el que se desarrollará el Capítulo, a tenor del n. 270.

 

                273. Los gremiales establecen el orden de los trabajos, precisando cuándo tendrán lugar las elecciones que han de hacerse en el CAPÍTULO y si algunos religiosos no gremiales pueden tomar parte en las sesiones,  según el n. 221 § 2.

 

                274. Corresponde a los jueces examinar las controversias que puedan surgir sobre el derecho a participar en el CAPÍTULO General y dar sentencia en nombre del mismo Capítulo.

 

 

2. El Prior general

 

                275. Quien haya de ser elegido Prior General ha de brillar por tales dotes naturales y virtudes y gozar de tal experiencia y saber que resulte idóneo, según las circunstancias de los tiempos, para tomar loable y fructuosamente el timón de la Orden. A su cargo está el velar eficazmente por el bien común de toda la Orden, dedicar su máximo esfuerzo por que se guarde y crezca cada día más en todas las Provincias el genuino espíritu del Carmelo, especialmente en cuanto se refiere a la vida de oración, y promover incansablemente el incremento de la Orden y la vitalidad apostólica y científica de sus miembros.

 

                276. § 1. El Prior General deberá ser elegido para un sexenio, terminado el cual podrá ser reelegido para el mismo cargo, pero no para un tercer sexenio consecutivo.59

                § 2. La elección se desarrolla según el n. 245.

                § 3. Antes de la elección canónica se hará una votación previa de carácter indicativo.