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la fiesta de San Ángel de Sicilia

la fiesta de San Ángel de Sicilia

Estimados hermanos y hermanas:
Hoy, me uno a tantas personas que celebran la fiesta de San Ángel de Sicilia, y como primer pensamiento, pido la protección de San Ángel para nuestro mundo que está aprendiendo a convivir con el coronavirus.  El Santo de Sicilia nos proteja a todos nosotros y  a la humanidad entera como en el pasado protegió a la ciudad de Licata. 
En este día comenzamos las celebraciones del octavo centenario de su muerte. Esto significa que la devoción a San Ángel ha estado presente en medio del pueblo durante ocho siglos. Este hecho ha motivado el regreso de los frailes carmelitas al Santuario de San Ángel en Licata. Doy gracias al Cardenal Arzobispo de Agrigento, Francesco Montenegro, por su invitación y por la manera que ha facilitado el regreso de mis hermanos carmelitas a Licata. 
San Ángel de Jerusalén permanece en la memoria y en la devoción del pueblo como un religioso carmelita, como un  mártir y como un testigo del Evangelio. 
Carmelita
San Ángel nace en Jerusalén. Él conoció a la primera generación de los Carmelitas, ese grupo de personas que se establecieron en el Monte Carmelo y recibieron la Regla del Carmen del Patriarca Alberto de Jerusalén, una norma de vida impregnada por la figura de Jesucristo. El Carmelita que la sigue vive «en obsequio de Jesucristo» (RC 2), revistiéndose con «la armadura de Dios». Sigue el Evangelio de Cristo y se reviste con las virtudes de Dios como son la justicia, la fe, la salvación y la Palabra del Señor. La armadura, por un lado, nos protege de todo mal y, por otro lado, propone la verdad del Evangelio. Con este estilo de vida, armado por la Regla, Ángel deja el Medio Oriente y se dirige a Europa, estableciéndose en Sicilia y, como hombre revestido con la armadura de Dios, se dedica a su misión, predicando el Evangelio y oponiéndose a la falsedad e injusticia de los poderosos. Ángel muere como un mártir, como consecuencia del mensaje evangélico que anunció y a la justicia que defendió. 
Hoy, encontramos en él un modelo y un compañero cuando escuchamos el clamor de los oprimidos que sufren los males de hoy: la criminalidad organizada, la trata de personas, el abuso de la Casa Común, el abandono de muchas personas que buscan un lugar seguro en la sociedad y no lo encuentran. Todos podemos encontrar la fortaleza en la armadura de Dios, en los pensamientos santos, en la justicia, en la fe y en la salvación ofrecida a todos sin excepción.
Mártir
El martirio es la medida de la profundidad de nuestro compromiso con la verdad y con la justicia. Es la consecuencia del verdadero compromiso a favor de una causa que no es la satisfacción con uno  mismo, sino la busqueda del bien del prójimo y la defensa de la verdad. El martirio es la medida de nuestro amor. El mártir es una persona con convicciones fuertes y profundas, que acepta las consecuencias de mantenerse firme en sus convicciones. Ante la posibilidad del sufrimiento o de la muerte, la persona que ama como San Ángel no retrocede. En él encontramos un ejemplo para tantos jóvenes que buscan el sentido de su vida, un espacio favorable para su crecimiento; para las personas que son capaces de dedicar su tiempo por el bienestar de los demás; para las personas que no se echan para atrás ante las dificultades. Los mártires de hoy son los que vemos en los hospitales, que acompañan a los enfermos que padecen del virus, sabiendo que sus vidas están en riesgo.  
 Testigo
«El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan [...], o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio» (EN 41). El testimonio nos posibilita ver la verdad de la vida y la verdad del Evangelio, para despertar en quienes lo ven el deseo de vivir de acuerdo con esa verdad de la vida y con ese Evangelio. «Todos conocerán que sois discípulos míos en una cosa: en que os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13,35), dice el Señor. Por su testimonio de amor, el mundo recuerda a San Ángel de Sicilia, por su testimonio el pueblo reconoció en él, hace ocho siglos, la verdad de su vida y la verdad del Evangelio que predicaba, así que la memoria del pueblo, y la memoria de la Iglesia, una memoria de ocho siglos, nos regala la fiesta que hoy celebramos.
Ruego a Dios que el jubileo que se inicia hoy, y el regreso de los frailes al Santuario de San Ángel, sean signos del amor de Dios para con su pueblo y que el santuario, bajo la guía de los Carmelitas, ofrezca al pueblo de Licata, a los inmigrantes y a los peregrinos un lugar de encuentro, de renovación y de iluminación evangélica. Que la santísima Virgen María del Monte Carmelo, guíe nuestros pasos. Gracias.

Míceál O’Neill, O.Carm.
Prior General

Roma, 04-05-2020

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Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.