Santa María Magdalena de Pazzi y Santa Teresa
del Niño Jesús: hermanas en el Espíritu
P. Gianfranco María Tuveri, O.Carm.[1] 1. Introducción Cuando se trata de entrar en el recorrido de una existencia humana, no importa cuál sea, uno se percata inmediatamente del misterio inefable que la guía, y todo esfuerzo por definirla, resulta insuficiente para explicar la exhuberancia que la caracteriza. Cuanto más excepcional es la persona y su aventura existencial, tanto mayor es la impotencia, y del mismo modo, también manifiesta sus limites cualquier esfuerzo en la búsqueda de los medios por conocerla. Igual que existen ríos subterráneos en la naturaleza, en la vida humana también existen corrientes subterráneas de gracia, derramada a través de su recorrido histórico, con influencias misteriosas que escapan a la lectura crítica de los medios científicos normales. Sin embargo, hay ciertos momentos que proyectan rayos poderosos sobre estos misterios, momentos de gracia que no tienen justificación posible: de golpe, se puede tener una intuición especial, sentir un vértigo indefinible en lo más profundo, que permite comenzar a ver la historia de otro modo, como el resurgir de una corriente inmensa de gracia, de vida y de luz, que recorre toda la creación. Estos momentos de gracia y estos rayos de luz, aparecen en el paso de una experiencia espiritual a otra. Puede tratarse sencillamente de un acontecimiento banal, a través de un contacto, pero que nos han traído contenidos muy profundos, poder ver de otra manera cosas que ya parecían muertas y olvidadas y que, tal vez, no se nos hubieran transmitido formalmente. De repente, las encontramos misteriosamente vivas, independientemente de la distancia en el tiempo o en el espacio. No creo que sea una osadía, al menos en principio, proponer el título de “Hermanas en el Espíritu” para estas dos santas carmelitas, Santa María Magdalena de Pazzi y Santa Teresa del Niño Jesús, tan lejanas la una de la otra por diversas razones. Esta convicción no está basada en algunos puntos de contactos verificados, sino a través de amplias convergencias que hemos podido constatar. Aún cuando descartemos una total semejanza, hay que sacar en conclusión, recordando a Petrarca en el Le Repos religieux, a propósito de un texto entre Filón y Cicerón, que ambas “emprendieron, sin saberlo, el mismo camino, debido a una cierta semejanza de espíritu”.[2] “Hermanas en el Espíritu”[3] es el título de dos ensayos teológicos del gran teólogo suizo, Hans Urs von Baltassar, uno sobre Teresa del Niño Jesús, y otro sobre Isabel de la Trinidad. De él tomamos esta bella expresión, tratando de hacer un trabajo análogo sobre estas dos santas, a las que personalmente siento como profundamente hermanas en el único Espíritu de Dios y el único espíritu del Carmelo. 2. El episodio de 1887 Vengamos, pues, al episodio que asocia a nuestras dos santas, y al que doy una importancia del todo particular, reconociendo en el mismo el símbolo luminoso de un cierto proceso de transmisión espiritual, que será la clave esencial dentro de la perspectiva del trabajo que estoy realizando sobre las obras de Santa María Magdalena de Pazzi y al que denomino planteamiento teresiano. El 4 de noviembre de 1887, una joven de 14 años (la futura Santa Teresa del Niño Jesús), viajó a Roma acompañada de su hermana y de su padre, a fin de solicitar del Papa León XIII la gracia de poder entrar en el Carmelo a la edad de 15 años. El domingo 20 de noviembre , durante la Audiencia Papal, ella no obtiene el ‘sí’ esperado, y con el corazón destrozado emprende el regreso hacia Lisieux. Sin embargo, durante el viaje de regreso el grupo de peregrinos visita distintas ciudades y se detienen en Florencia el 25 de noviembre. “En Florencia- escribirá más tarde la joven - tuve la dicha de contemplar a santa María Magdalena de Pazzi, colocada en medio del coro de las carmelitas, que nos abrieron la reja. Como no sabíamos que íbamos a disfrutar de tal privilegio, y muchas personas deseaban hacer tocar sus rosarios en el sepulcro de la santa, no había nadie más que yo que pudiese pasar la mano por entre la reja que nos separaba de él. Por eso, todos me traían sus rosarios, y yo me sentía muy orgullosa de mi oficio”.[4] En el prefacio de la obra Cuarenta días (obra de Santa María Magdalena de Pazzi), afirmo: Quizás, aquel ‘sí’ que Teresa no había conseguido del Papa, le fue ofrecido por el Carmelo de Santa María Magdalena de Pazzi: ante ella ¡se abren las rejas del monasterio! Me atrevo a ver aún más, porque así ha sido también en mi vida. Teresa Martín ejerció entonces el papel de mediadora, haciendo pasar las peticiones de gracias a María Magdalena de Pazzi por parte de los peregrinos. En este contacto con María Magdalena ocurrieron muchas más cosas que no podemos imaginar. María Magdalena la acogía como a una de sus hijas, anticipándole el ‘sí’ de los Superiores; pero, sobre todo, ella sumergía a Teresa en la llama viva que ardía en su corazón, haciéndola participar de la misma, gracias a su pequeñez, al amor apasionado por Dios, que se vuelca enteramente en nosotros, encontrando la felicidad. Sí, es por Teresa por la que el tesoro oculto del Carmelo, tesoro de amor, de gracia y de santidad, se ha transmitido a todos los hombres. Así fue también como cuando durante las celebraciones de su nacimiento a la Vida, fui conducido a la tumba de Santa María Magdalena de Pazzi, y gracias a esto, he podio beber más abundantemente de esta fuente escondida, que brotaba desde hacía muchos siglos y bebiendo de ella he quedado sorprendido al reconocer el mismo gusto por Dios, el mismo frescor vivificante, el mismo impulso de amor.[5] En este breve acontecimiento de Florencia, reconozco un misterio escondido, un paso de la gracia y de la luz. A pesar de la diversidad de experiencias, de educación y de formación de las dos santas, tengo la sensación de encontrarme ante una misma orilla. Creo que hay un místico río secreto, de brotes inesperados, que recorre toda la historia de la Iglesia y del Carmelo. En el recorrido espiritual de las dos santas constato muchas coincidencias, una profunda afinidad espiritual, más allá de las formas y de las expresiones típicas de su tiempo, que me permite llamarlas y reconocerlas como “Hermanas en el Espíritu”, no solamente por el hecho de pertenecer a la misma familia espiritual, el Carmelo, sino por su admirable sensibilidad que convergen en los mismos valores espirituales. Habiendo leído y trabajado en los textos de la pequeña santa, en particular con ocasión del Centenario de su muerte, y habiendo emprendido el estudio de los textos de la santa mística florentina, he encontrado muchos momentos de afinidad, de expresiones cercanas, en las que no podía dejar de reconocer el mismo gusto en ambas corrientes, el mismo esplendor de la dulce luminosidad que viene del Espíritu de Dios. El mensaje de María Magdalena de Pazzi ha quedado más bien escondido para las grandes muchedumbres, mientras que el de Teresa del Niño Jesús no cesa de recorrer el mundo e iluminar nuestro tiempo; sin embargo, del episodio de Florencia de 1887 podemos colegir, que aún cuando sus destinos sean diversos, sus pensamientos y sus experiencias del amor de Dios son idénticos. 3. Algunos rastros de otros encuentros Al preparar este trabajo, tras recordar el hecho anterior, pensé enseguida en exponer las convergencias de la experiencia espiritual de las dos santas, no sabiendo demasiado de lo que Teresa hubiera podido saber en su monasterio sobre Santa maría Magdalena de Pazzi, pues no existe ningún estudio al respecto. Así pues, es necesario retroceder al episodio de Florencia. En el Manuscrito A, Teresa habla de los hermosos domingos pasados en familia en Lisieux. En la Historia de un alma, su hermana Paulina añadió este detalle: “María o Paulina leían el Año Litúrgico (de Dom Guerenguer); después algunas paginas de algún libro interesante y a la vez instructivo”.[6] Es, pues, sentada entre las rodillas de su padre como encuentra por primera vez a la carmelita de Florencia; la lectura que oyó de esta santa, no pudo pasar desapercibida. En el día 29 de mayo, correspondiente a las fiestas del Año Litúrgico de Dom Guerenguer, éste hace una introducción a la vida de la santa con palabras magnificas; después reproduce las lecturas del breviario, un rápido resumen de su vida y termina con una oración. No puedo dejar sin copiar las expresiones de su introducción. “El ciclo pascual nos ofrece tres ilustres vírgenes que ha producido Italia. Hemos saludado con admiración a la audaz Catalina de Sena; dentro de pocos días, celebraremos a Ángela de Merici, rodeada de su enjambre de jóvenes; hoy, el lirio de Florencia, Magdalena de Pazzi, embalsama con su perfume toda la Iglesia. Ella fue la amante y la imitadora del divino crucificado: ¿no es justo, pues, que tuviera parte en las alegrías de su Resurrección? Magdalena de Pazzi brilló en el Carmelo por su pureza y por el ardor de su amor. Ella fue, como San Felipe Neri, una de las más brillantes manifestaciones del amor divino dentro de la Iglesia, ella consumiéndose en el claustro, él consumido por sus trabajos apostólicos con las almas, pudiendo ambos ver cumplida en ellos la palabra del Hijo de Dios: «He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya hubiera prendido!” La vida de la esposa de Cristo fue un milagro continuo. Sus raptos y éxtasis fueron casi diarios. Le fueron comunicadas luces muy vivas sobre los misterios y, a fin de purificarla aún más por estas comunicaciones sublimes, Dios la hizo pasar por las más terribles pruebas de la vida espiritual. Ella salió triunfante de ellas yesto hacía que su amor aumentara cada vez más, no encontraba descanso sino en el sufrimiento, a través del cual alimentó el fuego que la consumía. Al mismo tiempo, su corazón ardía de amor hacia los hombres; deseaba salvar a todos, y su ardiente amor hacia las almas, se extendía también hacia las necesidades de sus cuerpos.”[7] He aquí las expresiones últimas de la oración final. “¡Alma de serafín! ¿cómo podremos seguirte? ¿Como es nuestro amor comparado con el tuyo? Podemos, sin embargo, unirnos desde lejos a tus pasos. El año litúrgico fue el centro de tu existencia; cada una de sus estaciones misteriosas actuaban sobre ti y te traían nuevas luces, nuevos ardores. El pequeño Niño de Belén, la Víctima sangrienta de la Cruz, el glorioso Esposo vencedor de la muerte, el Espíritu irradiando sus siete dones inefables, te transportaban; y tu alma se transformaba cada vez más en Aquel que, para apoderarse de nuestros corazones, se dignó manifestarse a través de estos gestos inmortales que la Santa Iglesia nos hace revivir cada año, dándonos una gracia siempre nueva. Amasteis ardientemente a las almas durante vuestra vida mortal, ¡Oh Magdalena!; tu amor crecía más aún con la posesión del bien supremo; concédenos luz, para ver mejor lo que suspendía tus potencias, que era el ardor del amor y también para amar mejor lo que ambicionaba tu corazón.“[8]
En un alma abierta a la gracia y a las inspiraciones del Espíritu, como la de la pequeña Teresa, no puedo sino pensar que tales cosas no hayan tenido una influencia misteriosa, sobre todo ciertos temas, como el fuego que consume, el amor y la pasión por la salvación de las almas. Hemos visto ya el episodio de la visita a la tumba de la santa en Florencia. Deseo pasar a otro contacto importante entre las dos santas en conexión con esta peregrinación. Mons. Révérony, que ya había encontrado a Teresa en el Obispado de Bayeux y que estaba al tanto de los planteamientos de la joven, se mostró comprensivo hacia ella y hacia su padre, dándole su apoyo en la consecución de sus deseos. Al ingresar Teresa en el Carmelo, Mons. Révérony realizó un gesto, por el que manifestaba la estima que tenía de la determinación de la joven. No pudo hacer otra cosa mejor sino recordarle, de algún modo, el encuentro en Florencia con Santa María Magdalena de Pazzi, proponiéndosela como modelo de vida Carmelita. Le regaló una bella estampa en color de esta “virgen de la Orden del Carmen” representada en éxtasis dentro un pequeño óvalo; la imagen está colocada dentro de una composición adornada y reproduciendo, con una bella escritura, las siguientes palabras de la santa: “¡Oh Amor! ¿hasta donde podéis ser conocido y amado? Si no encontráis dónde descansar, venid a mí y yo os recibiré. Me hacéis morir, estando todavía en vida, por el dolor que experimento y el pesar que me corroe por lo poco que sois conocido, no recibido, tan poco amado. ¡Oh almas creadas para el amor! ¿por qué no amáis al Amor? Y sobre un estandarte esta frase: “¡Oh Dios mío! Sufrir siempre y no morir.” Si la última frase es la más simple para retenerla, y la más conocida, el otro texto expresa aún más la pasión amorosa de la santa de Florencia, que Teresa también conoció. Estas frases están sacadas del éxtasis del 3 de mayo de 1592. En el texto original leemos: “¡Oh Amor, que no sois conocido, ni amado! ¡Oh Amor, entregaos a todas las criaturas, oh Amor! Si no encontráis dónde descansar, venid a mí, porque yo os acogeré. y os recibiré. ¡Oh almas creadas del amor y para el amor! ¿por qué no amáis al Amor? Y ¿qué cosa es el Amor, sino Dios, si Dios es amor? Dios es amor, y éste es mi Esposo y mi amor. Este Amor, que es el mío, no es amado, ni conocido. ¡Oh Amor, que consumes! Me hacéis morir y, sin embargo, sigo viva. ¡Oh Amor ¡ experimento tal pena, que hasta mi cuerpo participa en ella, haciéndome conocer cuán poco sois conocido.”[9]
Sería largo reproducir todas las expresiones de Teresa cercanas a este tema tan amado por las dos santas; baste recordar dos pasajes del Acto de Ofrenda al Amor misericordioso, uno al principio: “yo quiero amarte y hacerte amar”, y otro al final: “A fin de vivir en un acto de perfecto amor, yo me ofrezco como víctima de holocausto a tu Amor misericordioso, y te suplico que me consumas sin cesar, haciendo que se desborden sobre mi alma las olas de ternura infinita que se encierran en ti…”[10] En el Noviciado, Teresa comenzó su formación carmelita y, entre los medios de que disponía, se encontraba el libro Direction spirituelle pour s'occuper saintement avec Dieu à l'usage des novices de l'Ordre de Notre Dame du Mont Carmel, editado en Poitiers en 1869. En el ejemplar del monasterio hay una nota en la que se hace constar que fue usado por Santa Teresa. Este libro, desde la página 261 a la 289, reproduce una serie importante de máximas de Santa María Magdalena de Pazzi. Están divididas como sigue: máximas para la conducta de los Superiores (11), para los que ingresan en religión (14), para la práctica de los tres votos (30), para la observancia regular (15), para la práctica de otras virtudes (45), para el modo de hablar y la conversación (19), reglas y máximas en general (48). Creo que es un contacto importante entre Teresa y María Magdalena. Por desgracia, esta antología de los avisos espirituales de la monja florentina dan una imagen pálida de la espiritualidad de su alma, pasada a través del gusto de una época muy lejana a la de la gran mística carmelita. En este sentido, este libro no contribuyó a un encuentro entre las dos almas, sino que más bien hizo alejarlas. Los capítulos más bellos, como los del Oficio Divino, la Comunión, la caridad y el amor fraterno, han desaparecido; se puede encontrar algo en otro capítulo, pero despojado de su fuerza y de su alma. Teresa utilizó este libro e interiorizó algunas máxima que, sin embargo, no expresan lo mejor del espíritu de Magdalena de Pazzi. Un ejemplo puede iluminarnos. En la carta a Celina del 8 de mayo de 1888, encontramos esta expresión: “Un día de carmelita pasado sin sufrir es un día perdido”.[11] Leemos en la nota: “Probable reminiscencia de una máxima de Santa María Magdalena de Pazzi”.[12] En efecto, entre las máximas de nuestra santa, en el n. 44 encontramos: “Un día sin alguna mortificación, es una día perdido”.[13] Si hubieran traducido la primera parte del aviso n. 2 del capítulo 18, sobre la mortificación: “No debe pasar un día sin que os mortifiquéis, tanto en vuestra apariencia, como en vuestras palabras, incluso respecto a Dios”.[14] Y en el aviso n. 5 del mismo capítulo: “Lamentaos de haber pasado en vano este día, si no os habéis impuesto alguna renuncia”.[15]; otras expresiones expresan la idea del “día perdido”, que hubiera llamado la atención de Teresa, más en sintonía con su alma que con el espíritu “jansenista” señalado en la primera. He aquí estas dos expresiones: “Considerad que habéis perdido el día en el que no hayáis quebrantado vuestra voluntad y no la hayáis sometido a otro”[16] y, sobre todo: “Considerad como perdido el día en el cual no hayáis hecho un acto de caridad hacia el prójimo”.[17]. Estas no se encontraban en las Máximas a disposición de Teresa. Encontramos otra expresión entre los billetes que las hermanas sacaban a suerte, sin duda, el 29 de mayo, fiesta de la santa, conocido en el Carmelo de Lisieux como “Testamento de Santa María Magdalena de Pazzi”. En él se lee: “Hermana mía, os dejo mi amor por el sufrimiento. Era tan grande que me hacía exclamar sin cesar: ‘siempre sufrir y no morir’, es en el sufrimiento, y no en el gozo, donde se encuentra el verdadero amor, un día sin cruz está perdido para el Cielo”. Esta piadosa máxima está en la misma línea que la citada más arriba; la segunda parte “es en el sufrimiento”, etc…” no se encuentra en la colección que estaba a disposición de la carmelita. En el Carmelo existían otras fuentes para conocer el pensamiento de la Carmelita florentina. Este espíritu del Carmelo en el que se formó Teresa, es el mismo que el de su padre espiritual, el P. Pichon, el cual le escribía en carta del 10 de enero de 1889: “Meditad estas palabras de Santa María Magdalena de Pazzi: “Dios se complace más, aquí abajo, en el alma transformada por el dolor, que en el alma transformada por el amor.”[18] Ignoramos de donde sacó esta cita el P. Pichon. Teresa conocía otro detalle de la vida de nuestra santa, que no está en sus Máximas. Sor Inés atestiguó en el Proceso que Teresa le dijo: “Me recordáis, Madre mía, aquella revelación que tuvo Santa María Magdalena de Pazzi referente al grado de gloria de San Luís Gonzaga. Ella vio claramente que él no había podido subir más alto en la gloria, aunque hubiera llegado a la edad de Noé”[19] Otra fuente de conocimiento de Santa María Magdalena de Pazzi de la que disponía la biblioteca del Carmelo de Lisieux en la época de Teresa, era la traducción francesa hecha por DOM ANSELME BRUNIAUX, de le Cartuja de Valbonne, de las Oeuvres de Sainte Marie Madeleine de Pazzi, publicada por el carmelita italiano LORENZO-MARIA BRANCACCIO. Estos dos tomos, editados en 1873, presentan una antología de las luces espirituales recibidas por Santa María Magdalena de Pazzi durante sus éxtasis. Aún cuando la obra no haya sido sacada de los manuscritos originales del monasterio de Florencia, sino de la edición del PUCCINI, expresa con bastante fidelidad el pensamiento de la santa. Pero no se encuentra en ella el episodio del que Teresa le habo a su hermana. Es necesario, pues, buscarlo en otra fuente. Pensamos de modo particular en una obra muy conocida, de la que no existía ningún ejemplar en el monasterio; se trata de la Vie de Sainte Marie-Magdeleine de Pazzi del P. CEPARI, confesor de la santa, obra traducida al francés del libro Actes des saints por el Vicario General de Evreux. Este libro tuvo varias ediciones; sólo conocemos la primera edición aparecida en Lión y en Paris en 1837, otra aparecida en Clermont-Ferrand en 1846, y la última editada en Paris en 1872. Es en esta obra donde aparece el tema sobre la revelación de la gloria de San Luís Gonzaga, episodio importante, de modo particular para un jesuita, porque se trataba de una visión proclamando la gran santidad del santo, antes que la Iglesia lo canonizara.[20] 4. Semejanzas en sus itinerarios espirituales. Después de haber tratado de reconocer los puntos de contacto de estas dos santas del Carmelo, voy a elegir tres elementos, entre las numerosas coincidencias significativas - algunos fragmentarios - pero que pueden ayudarnos a comprender su afinidad espiritual. 4.1. La atracción hacia la vida de oración. Desde su más tierna infancia, nuestras dos carmelitas sintieron una atracción irresistible por la oración. Las dos tenían en sus casas un rincón al que se retiraban para orar. Y, muy pronto, ambas sintieron la necesidad de progresar en el camino de la misma, recibiendo respuestas correspondientes a la mentalidad de la época. “Hasta entonces, nadie me había enseñado todavía la forma de hacer oración, a pesar de que tenía muchas ganas. Pero María pensaba que era ya bastante piadosa, y no me dejaba hacer más que mis oraciones. Un día, una de las profesoras de la Abadía me preguntó qué hacía los días libres cuando estaba sola. Yo le contesté que me metía en un espacio vacío que había detrás de mi cama y que podía cerrar fácilmente con la cortina, y que allí «pensaba». -¿Y en qué piensas?, me dijo. - Pienso, en Dios, en la vida..., en la ETERNIDAD, bueno, pienso... La religiosa se rió mucho de mí. Más tarde, le gustaba recordarme aquel tiempo en que yo pensaba, y me preguntaba si todavía seguía pensando... Ahora comprendo que, sin saberlo, hacía oración y que ya Dios me instruía en lo secreto.“[21] Del mismo modo podemos leer respecto a la experiencia de la oración en la santa florentina. “Siempre se sintió atraída por la oración mental. Preguntándole yo un día quién le había enseñado y cómo se arreglaba para hacerla, me respondió que una vez su madre le dijo que fuera a su confesor, para que le enseñara (era el Padre Andrea Rossi, de la Compañía de Jesús) cómo debía hacer la oración mental (creo que esto ocurrió cuando tenía unos nueve años). De momento la joven se avergonzó que su madre le hubiera dicho esto, pareciéndole que había cometido una falta por no tener ella aquella luz y juicio en sí misma, y que ella ya antes había comenzado a ejercitarse en la oración mental, siendo amaestrada por el Espíritu Santo.[22] El Padre confesor le aconsejó leer al P. Gaspar Loarte[23], después ponerse de rodillas, recitar el ‘Veni Sancte Spiritus y el Confiteor; luego que pensase en lo que había leído por espacio de media hora. Y contándomelo, me decía: ‘Yo me situaba allí, sabiendo que debía pensar en lo que había leído y dejaba actuar a Dios. Y Él, por su misericordia, me daba aquello que le parecía. Como vos sabéis, a Dios le agradan los corazones puros, puesto que ellos no están ocupados en otros pensamientos. De hecho, yo no recuerdo haber pensado en otra cosa durante la oración, salvo en pensar de qué modo o porqué camino me podía conducir para entrar en Religión, pero esto era para cumplir su voluntad, porque es por esto, y no por otra cosa, por lo que me he hecho religiosa’. Me dijo, además, que no podía contentarse con estar tan poco tiempo en la oración, como le había dicho el confesor, sino que por la mañana hacía una hora entera.” [24] Dormía en un rincón apartado de la habitación de su madre, y allí, detrás de su cama, una vez que había salido su madre, se recogía en oración. Si ocurría que se encontraba totalmente sola en la casa, entonces se encerraba en la capilla y se sumergía en la oración. 4.2. Vocaciones apostólicas Las dos jóvenes sintieron una gran vocación apostólica. Ambas se encargaron de la formación religiosa de los niños pobres, a los que ayudaban también con su caridad. Recordemos el episodio de la infancia de Teresa, tal como ella lo cuenta en su vida. “Una buena mujer, pariente de nuestra sirvienta, murió en la flor de la edad, dejando tres niños muy pequeños. Durante su enfermedad, trajimos a nuestra casa a las dos niñas pequeñas, la mayor de la cuales no tenía todavía seis años. Yo me encargaba de cuidarlas durante todo el día, y era para mí un auténtico placer ver con qué candor creían todo lo que les decía. Tiene que dejar el santo bautismo en las almas un germen muy profundo de las virtudes teologales, ya que aparecen ya desde la infancia, y basta la esperanza de los bienes futuros para hacerles aceptar los sacrificios. Cuando quería ver a mis dos niñas haciendo buenas migas entre ellas, en vez de prometer juguetes o bombones a la que cediese primero, les hablaba de las recompensas eternas que el Niño Jesús daría en el cielo a los niñitos buenos. La mayor, cuya razón empezaba ya a despertarse, me miraba con ojos resplandecientes de alegría, me hacía mil preguntas encantadoras sobre el Niño Jesús y su hermoso cielo, y me prometía entusiasmada ceder siempre ante su hermana. Y me decía que jamás en la vida olvidaría lo que la «gran señorita», como ella me llamaba, le había enseñado... Viendo de cerca a estas almas inocentes, comprendí la desgracia que supone el no formarlas bien desde su mismo despertar, cuando se asemejan a la cera blanda sobre la que se puede dejar grabada la huella de las virtudes, pero también la huella del mal... Comprendí lo que dice Jesús en el Evangelio: «Mejor sería ser arrojado al mar que escandalizar a uno solo de estos pequeños».[25] Y en las notas sobre la infancia de María Magdalena, leemos: “Cuando ella iba a la villa[26], ejercía grandemente la caridad y el celo por la salvación de las almas, en lo que podía, enseñando a los hijos de los obreros a hacer la señal de la cruz, a recitar el Padre Nuestro, el Ave María y el Credo. Les contaba la vida de Jesús, mostrando las acerbas penas que había padecido por nuestros pecados y por alcanzarnos el paraíso, y cosas semejantes. Hacía esto con tanto afecto que dejaba y se privaba de estar con Jesús en la oración, para poder enseñar a aquellas criaturas ignorantes, puesto que ardía en el celo de la salvación de las almas, amor y celo que Dios mismo había sembrado en su alma. Esta caridad era tan ferviente que una vez, al tener su madre que regresar a Florencia, no cesaba de llorar. Cuando su madre le preguntó qué era lo que le ocurría, respondió ella que si regresaba a Florencia, la hija de una obrera no tendría quién la instruyese. Sus lagrimas y llantos fueron de tal manera que, la madre consintió en llevarse con ellas a Florencia a la niña. Cada día la enseñaba, prestándole también otros servicios.”[27] Más tarde, ya en el Carmelo, las dos santas expresaron con observaciones muy semejantes sus ansias por la salvación de las almas. “Yo deseo, decía Magdalena de Pazzi, la suerte de los pájaros que pueden volar por todas partes, adonde bien les parece. ¡Ah! Si tuviera alas como ellos, y si yo pudiese dejar mi monasterio sin perjudicar en nada mi profesión, tomaría hoy mismo mi hato y volaría hasta las Indias. Allí, reuniría a los hijos de estos pobres infieles a mi alrededor y los instruiría en los principios de nuestra santa religión, para hacer que poseyeran a Jesús, y entregarles sus almas.[28] “Una vez, estando encargada del noviciado, al oír en una lectura la narración de los viajes de San Francisco Javier, y viendo la inmensa multitud de almas que este apóstol había convertido y bautizado, dijo a sus novicias: ‘Pidamos a Dios por la conversión de un infiel, y ofrezcamos por él todo el bien que podamos hacer hoy. O más bien, pidámosle que convierta tantas almas cuantos pasos podamos dar, cuantos puntos de costura podamos hacer, cuantas palabras podamos pronunciar al recitar el oficio divino.”[29] Sobre el ardor apostólico de Santa Teresa del Niño Jesús, el famoso pasaje del manuscrito B: “Sí, a pesar de mi pequeñez, quisiera iluminar a las almas como los profetas y como los doctores. Tengo vocación de apóstol... Quisiera recorrer la tierra, predicar tu nombre y plantar tu cruz gloriosa en suelo infiel. Pero Amado mío, una sola misión no sería suficiente para mí. Quisiera anunciar el Evangelio al mismo tiempo en las cinco partes del mundo, y hasta en las islas más remotas... Quisiera se misionero no sólo durante algunos años, sino haberlo sido desde la creación del mundo y seguirlo siendo hasta la consumación de los siglos.”[30] A los pasos de María Magdalena ofrecidos por las almas, corresponden del mismo modo los pasos de Teresa ofrecidos por los misioneros: “Durante su enfermedad, su enfermera le había aconsejado dar todos los días por el jardín un pequeño paseo de un cuarto de hora. Este consejo se convirtió en una orden para ella. Una tarde, una hermana viéndola caminar con mucha dificultad, le dijo: “Haríais mejor en descansar, vuestro paseo no puede haceros bien en tales condiciones, ¡os vais a agotar!” – ‘Es verdad – respondió ella – pero, ¿sabéis lo que me da las fuerzas? Pues bien, yo camino por un misionero. Pienso que allá lejos, alguno de ellos puede encontrarse agotado en sus correrías apostólicas; para disminuir sus fatigas, ofrezco las mías a Dios’”.[31] 4.3. El fruto de las pruebas: un amor más grande En su itinerario, María Magdalena encontró pronto la noche de la prueba y de la tentación. Más tarde, también Teresa entrará en una noche que la acompañará hasta el final de su vida. Ella nos habla de la misma claramente en el Manuscrito C. María Magdalena pasó cinco largos años atormentada por toda clase de pruebas y tentaciones, sufriendo en su cuerpo y en su espíritu: entre ellas, incluso la tentación del suicidio. En el libro de las Pruebas, sus hermanas nos han dejado un testimonio impresionante de este período de purificación de la carmelita florentina. Durante las pruebas, las almas que padecen la tentación tienden, de ordinario, a encerrarse dentro de ellas mismas, pierden sus fuerza y sus generosidad en el servicio a los demás. En el centro de la prueba de la fe, para Teresa , y en el rudo combate del lago de los leones, contra toda clase de tentaciones, para María Magdalena de Pazzi, nuestras dos santas crecieron más en el amor fraterno y en una práctica del mismo, cada vez más heroico. Teresa habla ampliamente en el Manuscrito C, contando diversos episodios de su vida. “Este año, Madre querida, Dios me ha concedido la gracia de comprender lo que es la caridad. Es cierto que también antes la comprendía, pero de manera imperfecta. No había profundizado en estas palabras de Jesús:«El segundo mandamiento es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo».”[32] Conocemos todos el ejemplo de caridad heroica de Teresa con Sor San Pedro. El fruto más importante del combate fue un acrecentamiento de la caridad que le permitió vencer sus reacciones naturales, para dar paso a una actitud más teologal. Puesto que la vida de María Magdalena es menos conocida, me siento obligado a dar varias citas, a fin de dar a comprender la caridad fraterna que habitaba en la monja florentina. En el libro de las Pruebas, leemos: “Esta alma bendita nutría una gran amor hacia el prójimo, ella no retrocedería jamás ante nada, a causa de su salvación, y no solamente por salvar su alma, sino por salir al frente de sus necesidades corporales. Nos amaba a todas, a sus Madres y Hermanas, con un amor muy íntimo, y este amor la hacía estar pronta y ardorosa para poner por obra todos los medios posibles, a fin de que nuestras almas alcanzaran una gran perfección. Cuando el Señor le concede un don o una gracia, ella le dice siempre: “Dios mío, ¿es solamente a mí a quien tu deseas conceder este don y esta gracia? Si Tú no se lo concedes también a tus esposas, no me lo des a mí tampoco”. Si veía a alguna hermana afligida por el sufrimiento, ella no quedaba satisfecha hasta que no la veía alegre y serena; a veces consolaba a una o a otra con oraciones y con palabras dulces. Era ferviente, no solamente en esto, sino que hacía todo lo posible por ayudarlas en sus necesidades manifiestas. Muchas veces, se detenía conmigo – con quien tenía una gran confianza – y me decía: “Como sabe, hermana, cuando algo le hace falta a alguna de vosotras, al considerar que sois esposas de Jesús, hechas a su imagen y semejanza, desearía realizarlo con su sangre, para satisfacer y consolar a alguna. Sepa que, cuando voy allí donde están reunidas las hermanas, si a veces sucede que me encuentro un poco triste y apenada, me consuela y me llena de regocijo el ver a Jesús en cada una.”[33] Aún el lenguaje y las experiencias más íntimas del alma con Dios están abiertas al amor del prójimo, sin abandonar jamás por un momento esta intimidad. “¿Cómo haríais para abrazar a Dios? – Hace falta que haya dos para abrazar, uno solo no puede; un beso se da con los dos labios. No le basta al alma amar a Dios solo, sin el amor al prójimo. Cuando los labios están cerrados, el cuerpo no se puede alimentar y el alma no puede respirar; sucede lo mismo con el alma: no puede tomar su alimento, que es el mismo Dios, si no abre los labios, ejercitándose en el amor a Dios y al prójimo. Dios es amor, y el que ejercita la caridad se nutre de Dios, y en consecuencia está siempre unido a Dios: Deus charitas est…[34] Pero, tened cuidado de no estar unida a Dios de tal modo, que olvidéis el prestar vuestros servicios al prójimo, ni de tal modo engolfada en el amor al prójimo, que abandonéis la unión con Dios. Si obráis de esta manera, estaréis siempre en paz, tanto en el cuerpo como en el alma.”[35] No era ésta una palabra abstracta, ella la vivía plenamente, aún en el corazón mismo de sus éxtasis: la caridad hacia el prójimo tenía el poder de atraerla de nuevo hacia la tierra para prestar algún servicio a sus hermanas. El ejemplo más admirable es, ciertamente, ocurrió el día de la Asunción de la Virgen de 1589. Pasó la noche extasiada y así permaneció hasta la mañana. Dejemos que sean sus hermanas las que lo cuenten: “Estando en éxtasis hasta la hora de Nona, ella no volvía en sí, y la Madre Priora la necesitaba para servir a sus hermanas a la mesa; era la fiesta principal del monasterio, y ella llevaba a cabo habitualmente aquel día este gesto de caridad y de humildad. Entonces, la Madre Priora la interpeló así: “¡Hija bendita, dejad un poco a Dios y venid a ejercer la caridad con sus criaturas!” Fue admirable ver cómo, apenas pronunciada la palabra caridad, ¡salió del éxtasis! Su amor al prójimo era tan grande que hubiera dado muchas veces sus vida por llevar a cabo el más pequeño gesto de caridad hacia una sola criatura; no se entrometía en las cosas de los otros, ocupada en esta virtud suprema y de lo que la alimenta: la santa humildad. Para seguir nuestro relato, ella salió de su éxtasis y sirvió en el refectorio a todas las hermanas. Habiéndolo realizado, apenas tuvo tiempo para tomar, como era su costumbre, un poco de pan y un poco de agua, volvió a caer en éxtasis, quedando así todo el resto del día en compañía de la Santísima Virgen.”[36] 5. Algunos temas de la espiritualidad de María Magdalena y Teresa del N. Jesús Para acabar, voy a elegir tres temas de la espiritualidad de ambas. Dejo temas más importantes, puesto que para estos se necesitaría un desarrollo del todo especial, como serían: la primacía del Amor, la relación entre justicia y misericordia, la sed de las almas, el lugar de la Palabra de Dios y de la Eucaristía, etc…para presentar algunos aspectos más particulares, pero donde la proximidad entre ambas santas es más sorprendente. 5.1. La madurez espiritual es la infancia reencontrada La espiritualidad Teresiana es conocida como el camino de la infancia espiritual. Es una constante que se desarrolla de modo particular a partir de la consagración al amor misericordioso, como un abandono confiado del niño en los brazos de Dios, su Padre. El término, hijo de Dios, se encuentra muchas veces en los escritos magdalenianos, menos frecuentemente que en Teresa, pero con acentos muy emotivos de ternura filial. La dinámica del abandono y de la confianza está expresada con otro lenguaje, pero podemos reconocer en ella, sin embargo, el hálito espiritual. En la carta 197 del 17 de septiembre de 1896, que da paso al manuscrito B, Teresa escribe a su hermana María del Sagrado Corazón: “Hermana querida, comprende a tu hijita, por favor. Comprende que para amar a Jesús, para ser su víctima de amor, cuanto más débil se es, sin deseos ni virtudes, más cerca se está de las operaciones de este Amor consumidor y transformante...Con el solo deseo de ser víctima ya basta; pero es necesario aceptar ser siempre pobres y sin fuerzas, y eso es precisamente lo difícil, pues «al verdadero pobre de espíritu ¿quién lo encontrará? Hay que buscarle muy lejos», dijo el salmista... No dijo que hay que buscarlo entre las almas grandes, sino «muy lejos», es decir, en la bajeza, en la nada... Mantengámonos, pues, muy lejos de todo lo que brilla, amemos nuestra pequeñez, deseemos no sentir nada. Entonces seremos pobres de espíritu y Jesús irá a buscarnos, por lejos que nos encontremos, y nos transformará en llamas de amor... ¡Ay, cómo quisiera hacerte comprender lo que yo siento...! La confianza, y nada más que la confianza, puede conducirnos al amor...” [37] Y en el último éxtasis de María Magdalena, leemos: “El 24 de junio de 1604 fue arrebatada en espíritu, y después de haber pasado un cierto tiempo en silencio, teniendo a las novicias a su alrededor (era su Maestra) ella pidió que le dieran su ‘libro’; las novicias le presentaron el Breviario para el rezo del Oficio Divino. Devolviéndoselo, dijo: “No es éste. Mi libro aún no está impreso.» Como continuara pidiendo su libro, le dieron finalmente el Crucifijo, y ella lo tomó con gran júbilo y alegría, diciendo: “¡Éste es mi libro!” Ella lo abrazaba, lo besaba y estrechaba contra su pecho con una gran ternura, y pasando todo el día con Jesús crucificado, habló con tanta elevación de la cruz, del sufrimiento desnudo, que si hubiera que transcribirlo, no sería inferior a otras de sus revelaciones, pero por negligencia, no tomamos nota. Esta fue la última vez que tuvo un arrobamiento de este modo, tal como lo predijo al decirle al Señor en este mismo éxtasis: “¡Oh Jesús mío! esta es la última vez que estaré unida a Ti de esta forma». Durante este éxtasis, el Señor le mostró, de manera bastante oscura, un sufrimiento grande y largo que Él deseaba hacerle experimentar; El Señor le había concedido siempre la certeza interior, ante los vivos deseos y ruegos que ella le hizo de escucharla antes de su muerte, concediéndole la experiencia de un desnudo y puro sufrimiento. Hablando con su Esposo con extrema familiaridad, decía con rostro alegre: “¡Oh Jesús mío!, vos deseáis que me haga pequeña, muy pequeña, o mejor, que vuelva a nacer de nuevo”. Y no dejando de maravillarse, repetía: “¡Debo hacerme pequeña! Estas almas no me reconocerán, puesto que me convertiré en un lactante.” Y dirigiéndose a las novicias, a las cuales les había anunciado que no la reconocerían, decía: “Tened por cierto, queridas almas, que aún cuando yo sea pequeña, seré siempre la misma, y Dios estará conmigo como antes, pero obrará en mí de una manera tan escondida, que ni siquiera yo misma lo podré percibir.”[38] 5.2. La humildad La humildad es una virtud tan necesario en el camino espiritual, que no es difícil encontrar puntos de convergencia en la espiritualidad de las dos santas. Lo que atrae mi atención respecto a este tema es una imagen de la humildad, no como una virtud individual de la monja, sino considerada como la sólida defensa del monasterio en su lucha contrae l demonio. En Teresa encontramos esta imagen en la obra de teatro de junio de 1896, la cual lleva por título justamente El triunfo de la humildad. Las tres novicias ven asaltado el Carmelo por Satanás y salvado por la humildad. Teresa pone en labios del arcángel S. Miguel estas palabras: Yo deseo, aún, probar tu locura. Y ella misma concluye: “¡Oh hermanas mías!¡Qué gracia nos acaba de conceder Dios!...es necesario ir a contar a Nuestra Madre lo que hemos oído, hace falta decirle que sabemos ahora el medio para vencer al demonio y que no tenemos ya sino un sólo deseo, el de practicar la humildad…estas son nuestras armas, nuestro escudo; con esta fuerza todopoderosa, sabremos nosotras, nuevas Juana de Arco, expulsar al extranjero del reino, es decir, impedir que el orgulloso Satanás entre en nuestros monasterios.”[40] En el mes de septiembre de 1591, María Magdalena tuvo un éxtasis, que nos recuerda el Triunfo de la humildad. “Arrebatada en espíritu, esta alma vio cómo los demonios se habían conjurado para introducir el desorden en nuestra casa y arruinarla. Como el Dios de amor aumentaba sus gracias y dones en favor nuestro y las facultades espirituales para amarlo, por lo mismo los demonios querían aumentar su odio contra nosotras y aumentar sus tentaciones, en particular, para impedir el fruto que debía producir entre nosotras el reverendo padre espiritual, que el Señor acababa de concedernos. A este efecto, tal como ella lo vio, muchos de ellos se habían retirado e instalado en las habitaciones y en lugares de nuestro convento, salvo en la Sala del Capítulo, porque ellos no pueden entrar allí, a causa de los actos de humildad que allí se hacen, esto también fue mostrado a Santo Domingo. Ellos estaban, pues, por todas partes, cargados de muchas tentaciones, para hacernos caer.”[41] 5.3. La devoción a la Virgen María Desearíamos terminar con la tierna, común y filial devoción a la Virgen María. Ella acompaña la experiencia espiritual de las dos santas, su subida espiritual hacia las más altas cimas, no sólo como un modelo de gracia y virtud, sino como la ayuda más importante, después de Dios, puesto que es por Ella por quien nos viene la gracia fuente de toda gracia, el Verbo de Dios. Podemos notar también una relación especial en la experiencia mística de Teresa del Niño Jesús, en julio de 1889, y que conocemos gracias a las notas de la Madre Inés, del 11 de julio de 1897. “Había como un velo arrojado por mí sobre todas las cosas de la tierra… Estaba totalmente oculta bajo el velo de la Santísima Virgen. En aquel tiempo, me habían encargado del refectorio, y recuerdo que hacía las cosas como si no las hiciera yo, era como si me hubieran prestado un cuerpo. Permanecí así durante una semana entera.”[42] Hay numerosas afinidades que se encuentran también en María Magdalena en el símbolo del velo o manto de la Virgen, bajo el cual se encuentra arropada llena de ternura y protección, y también todo su monasterio. La experiencia más interesante es, sin duda, la que vivió durante la gran prueba de los cinco años, aún cuando el contexto es más dramático que el de la experiencia Teresiana. Probada duramente por el demonio contra la pureza, pedía con insistencia la ayuda de la Virgen. “El 17 de septiembre de 1587, fiesta de los estigmas de San Francisco, se retiró sola a unas piezas del monasterio que estaban lejos y deshabitadas. Allí, se puso a orar con una esperanza y un fervor renovado, pidiendo esta gracia a la Virgen pura, María. En esta aspiración, se le apareció la Santísima Virgen, la cual declaró (a Magdalena) que no había ofendido a Dios, sino que había vencido muy bien la tentación; después la Virgen la cubrió con un velo inmaculado. Esta alma bendita sintió entonces dentro de sí un vínculo estrecho que no sabía cómo explicar a la Madre Priora (ésta la había obligado a contárnoslo). Ella manifestaba externamente una cierta dificultad, pero se le atestiguó que jamás sería afligida por esta tentación, como se lee en la vida de Santo Tomás de Aquino, que fue rodeado por los ángeles, así como numerosos santos que recibieron esta gracia.”[43] Conclusión Hemos querido mostrar la gran afinidad de la experiencia espiritual de estas dos grandes santas del Carmelo.[44] Espero haber correspondido con respecto al título elegido. Si este no fuera el caso, al menos concededme que diga que las dos santas, María Magdalena de Pazzi y Teresa del Niño Jesús, en mi corazón están muy cerca; aunque vivieran durante dos épocas diferentes, ellas manifestaron el mismo espíritu del Carmelo; son, pues, una fuente incomparable para poder vivir hoy la fidelidad a la vocación carmelita: para poder estar en el mundo de los signos luminosos de la presencia y del amor de Dios, a fin de conducir hacia Él almas hambrientas de amor y de luz. ¡Que el afecto fraternal de nuestras dos Hermanas mayores obtengan esta gracia a la gran Familia del Carmelo! [1] El P. Gianfranco María Tuberi, O.Carm. es miembro de la Delegación General Carmelita en Francia. Convento Notre Dame de Lumières, Nantes (Francia).
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