TEXTOS MÍSTICOS MARIOLÓGICOS

MARÍA TERESA PETYT, T.O.C.

[Hazebrouck, 1.1.1623 - Malines (Belgique), 1.11. 1677]


 

María Petyt nació en Hazebrouck (hoy en Francia, pero entonces en la Flandes) el 1 de enero de 1623, en un ambiente burgués, de comerciantes ricos.  A los 16 años muda para Rijsel y va en peregrinación a un santuario mariano, "para impetrar la belleza y el don de agradar" mundanos. Pero en esta peregrinación Dios tocó profundamente su corazón con su gracia y desde entonces empezó a llevar vida retirada en su propia casa, estudiando su vocación. Regresa a Hazebrouck y más o menos en 1642 entra en el noviciado de las Canónicas Regulares de S. Agustín, a Gent (Ghent), que deja porque tiene dificultad de leer y cantar el oficio. Se queda a Gent, entrando en relación con los Carmelitas, cuya Iglesia frecuenta. Conoce el Fr. Gabriel de la Anunciación y el año siguiente profesa en la Orden Tercera del Carmen (T.O.C.) con el nombre de María de S. Teresa. Empieza a vivir entonces con otra hermana y la madre de ésta en una casita de Gent, donde siguen juntas un reglamento de vida redactado por el confesor.

 

En 1647 el padre Gabriel es transferido para Alemania y ella encuentra Fr. Miguel de San Agustín, que desde entonces nunca más dejó de ser su director espiritual. Seis meses después Fr. Miguel es transferido para Malines, continuando todavía a dirigirla por correspondencia epistolar, gracias a la cual podemos hoy conocer un poco más de su vida y experiencia mística.

 

En 1657 Fr. Miguel compra en Malines una pequeña casa junto al Convento de los Carmelitas, adonde ella pasa a vivir con otras dos compañeras en una estricta reclusión y austeridad según una regla compuesta del propio Fr. Miguel y aprobada del Padre General Antonio Filippini. Por eso la casa se llamará "La Ermita".

 

Aquí muere el 1º de noviembre de 1677, como ella misma había predicho.

 

Escritos: además de las cartas al P. Miguel, escribió su autobiografía, publicada por su director espiritual en 1683 (= primero tomo de Het Leven van de Weerdighe Moeder Maria [...] Petyt), entretanto editada hace 25 años: Het Leven van Maria Petyt [1623-1677] (haar autobiografie) (= Klassiek Letterkundig Pantheon 214). Ed. p. J.R.A. Merlier. Zutphen: W.J. Thieme & Cie 1976. 248 p. ISBN 90 03 21890 0.

 


 

 

TEXTOS SOBRE LA UNIÓN MÍSTICA CON MARÍA

[1657-1677]

 


Extractos de sus cartas a Miguel de S. Agustín, publicadas por éste en:

Michaël a Sancto Augustino, Het Leven van de Weerdighe Moeder Maria a Sancta Teresia (alias) Petyt.
4 tomos en 2 vols. Ghendt: Hoirs van Jan van den Kerchove 1683-1684.

 

[en romano se indica la parte, seguida del capítulo y respectivas páginas en esta obra, organizada no cronológica, pero temáticamente]

 

*Existe una traducción anónima en castellano, reeditada por Rafaél López-Melús, O. Carm.:
Vida de unión con María. Onda (Castellón): AMACAR - Apostolado mariano-carmelita 1999

 


Índice

CAPÍTULO PRIMERO

INTRODUCCIÓN A LA VIDA MARIANA

 

1. La Santísima Virgen la invita a comulgar diciéndole que Jesús lo desea
[II, c. 186, p. 305-306]

 

La amorosa Madre [original: Minnelijcke Moeder] se me ha aparecido una vez y, como me miraba afectuosa y sonriente, le he preguntado qué es lo que le gustaría que hiciese: si debía continuar escribiendo algunas líneas, conforme a la obediencia o, mejor, ir a la iglesia, según mi costumbre.

 

Ella se ha dignado contestarme: Ve, date prisa en recibir a mi Hijo. Caí a sus plantas, el rostro hacia tierra, suplicándole me diera su bendición maternal. Entonces, llena de respeto, de reverencia y de amor, le he oído decir todavía: Mi Hijo desea venir a ti y descansar en tu corazón.

 

Durante la preparación de la santa comunión, esta dulce Madre [orig.: soete Moeder] ha estado presente en mi espíritu. Llevaba a su amoroso Hijito [orig.: minnelijck Kindeken] en el brazo izquierdo. Pero, después de algún tiempo, ha colocado el Niño de pie sobre sus rodillas dirigiendo su rostro hacia mí. Y él me sonreía tendiéndome los brazos con gesto de afecto.

 

Cuando hube comulgado, no he vuelto a sentir la presencia de la amorosa Madre en mí. Tan sólo el dulce Niño Jesús [orig.: lieffelijck Kindeken Jesus] estaba en lo más íntimo de mi corazón, en donde yo le acogía llena de afecto, con caricias y protestas amorosas.

 


 

2. Cómo honra y pide a la Santísima Virgen, en Dios
[II, c. 187, p. 307]

 

En relación con el amor y otras operaciones, conocimientos divinos, luces sobre las verdades reveladas, movimientos de orden sobrenatural, todo esto me parece sacado y como fundido en la unicidad del Uno divino - aunque todo ello brotase, a veces, con superabundancia en el alma. Pero este brote no la hace salir de la unidad, porque en todo eso ve ella, conoce y gusta la sola Unicidad divina, de una manera misteriosa y excelente. La fuerza y la luz de Dios, solas, ayudan al alma y la elevan hasta ella.

 

Lo mismo que en un espejo, en el Uno divino veo, honro, amo y ruego a nuestra muy amorosa Madre. La veo allí formando unidad con este espejo divino, con el Ser inexpresable. Así, desde que me arrodillo ante una de sus estatuas y le pido algo por lo que me siento interiormente atraída - el bien de las almas, las necesidades de la Patria, o cualquier otra cosa - pronto su imagen se hace patente en este espejo interior, en donde está contenida con las demás criaturas. Otras veces me parece que penetra, de alguna manera, la imagen exterior, sin advertir en ella nada de corporal, y la veo totalmente contenida en el secreto del espíritu. Lo escribe en 1657.

 


 

3. Durante el oficio, la Santísima Virgen se le aparece y obra con ella de manera muy maternal.
Ella elige a la Virgen como Madre de su familia religiosa
[II, c. 194, p. 314-315]

 

El día 4 de febrero de 1659, si mal no me acuerdo, durante el Oficio, he gozado en espíritu de una visita muy agradable y consoladora de nuestra amorosa Madre.

 

Era como la acogida muy afectuosa de una dulce y buena madre, y sus tiernas caricias.

 

Desde entonces experimento, lo mismo que por una madre, un amor muy tierno, dulce y, sin embargo, lleno de respeto. Esta dulce inclinación se dirige hacia ella de una manera muy espiritual y real. Parece más bien infusa y pasivamente recibida que elaborada por mi propio trabajo.

 

Me siento invitada a establecer a María como Madre general de esta casa. Y todas las hijas que me sean confiadas, y que vendrán aquí, las colocaré en su regazo, a fin de que se alimenten en su seno de este divino espíritu de humildad, de soledad, de mortificación, de pureza y desasimiento de las que ella posee la plenitud.

 

Me siento, igualmente, inclinada a consagrarle este lugar donde empieza nuestro nuevo género de vida y colocarle bajo su advocación. Por otra parte, me parece que tal cosa le place y que acepta de buen grado este cargo de Madre y gobernadora de esta feliz familia.

 

¡Oh dulce y muy amorosa Madre, cuán grandes son la inclinación y la confianza que vuestro amor ha sabido inculcar en mí!

 

Ved: la actividad del Espíritu parece ser ahora de tal suerte que el espíritu no puede ya pedir nada eficazmente al Bien-Amado, nada esperar de Él, si no es por la mediación y por la intercesión de la dulcísima Madre. Es lo que yo he visto durante la oración, mientras me sentía impulsada a rogar por un joven monje que, tentado por el Enemigo, había abandonado el convento con la intención de dejar la vida religiosa. He creído verle en espíritu, y era nuestra amorosa Madre quien le conducía al convento.

 


 

4. La Santísima Virgen se le aparece, le muestra el camino de una mayor pureza y la consuela
[I, c. 134, p. 170-171]

 

Todavía me acuerdo de lo que olvidé de anotar al hablar de este precedente estado de abandono, en el curso del cual ocurrió lo siguiente:

 

Una noche [1662], mientras yo dormía, nuestra amorosa Madre se acercó a nosotros. Llevaba el Niño Jesús en el brazo izquierdo. El Niño y la Madre me miraban amorosamente y sonriendo. Me dirigían palabras llenas de amistad y consuelo; pero yo no me acuerdo con claridad lo que me decían. Sé, sin embargo, que la amorosa Madre me dio algunos consejos relativos a una pureza más perfecta, un despojo más completo, una muerte a toda criatura. Otras palabras todavía servían para consolarme, para fortificarme.

 

Y me dije entonces: «No es posible que esto sea una ilusión; yo no sueño ahora. Es necesario que tome nota de todo esto a fin de satisfacer a la obediencia».

 

Después quise no detenerme más en ello y considerar estas cosas como un sueño corriente. Pero el recuerdo permaneció mucho más vivo que de costumbre. Me acontece muy a menudo soñar cosas buenas sin que esté entonces impulsada a consignarías como lo estoy ahora.

 


 

5. La Santísima Virgen se le aparece durante el oficio
[I, c. 141, p. 178s]

 

En la vigilia de Pentecostés [12.5.1663], por la mañana, durante la recitación del Oficio, he creído ver en espíritu a nuestra amorosa Madre. Estaba presente entre nosotras y parecía escuchar nuestra recitación con una alegría particular, con gozo y complacencia. Se me antojaba así, por que su mirada, que se fijaba en nosotras, estaba llena de amistad y sonriente, sobre todo cuando llegábamos a las antífonas, a los versículos y a las oraciones que están especialmente destinadas a cantar sus alabanzas y perfecciones.

 

Esta presencia causaba un sentimiento de reverencia hacia su Majestad, y al mismo tiempo un amor muy tierno y respetuoso. Al verla así, el espíritu rebosaba de excesiva alegría y de gozo. Y yo dije: "Dulce Madre, puesto que vuestra Majestad parece complacerse en esta alabanza que elevamos aquí hacia vos, ¿por qué no ha de suscitar en mayor número almas que os servirían de esta misma manera y cantarían vuestras alabanzas con toda pureza de corazón?"

 

Y he creído sentir la esperanza de que vendrían pronto algunas de estas almas. Sin embargo, no tuve una total certeza de ello.

 


 

6. Le enseña a conformarse en el ejemplo de Jesús y de María
en las cosas en que la naturaleza encuentra cierta complacencia
[I, c. 232, p. 281]

 

El alma experimenta a veces que el espíritu comienza a estabilizarse en una cierta elevación y empieza a vivir en Dios, en abstracción de todas las cosas creadas. Pero, a veces también, le muestra cómo el alma fiel debe comportarse en las situaciones que complacen y alegran al mismo tiempo a la naturaleza, o que son agradables a la sensibilidad - naturalmente, cuando la necesidad o las conveniencias, o la discreción la fuerzan a usar de estas cosas . Es preciso entonces usar de prudencia y tener gran cuidado de elevar estas cosas hasta el espíritu, apartándose inmediatamente y desgajándose de todo vinculo de afecto, empleándolo en Dios.

 

Esto se aplica a todo lo que puede agradar de alguna manera al gusto, a la vista, al oído y al olfato. ¡Ah!, si el alma que busca a Dios con toda su pureza, el alma que quiere a Dios, pudiera darse cuenta aquí de cómo la amorosa Madre y el Niño Jesús se han comportado en estas circunstancias! Cuando fue necesario se sirvieron de alimentos corporales. Estaban en las bodas de Caná en Galilea, sin que se siguiese el menor inconveniente para el espíritu. La amorosa Madre mostraba a su Hijo un afecto tierno y maternal: le acariciaba, le besaba, le tomaba en sus brazos; y el Niño Jesús actuaba de igual manera, conforme a su naturaleza de niño, tomando la leche de su madre, dejándose acunar y mimar en sus brazos. Era, de ese modo, un niñito inocente, aunque fuese la sabiduría del Padre. ¡Ah, quién nos diera usar siempre de las criaturas a ejemplo suyo únicamente en espíritu y en Dios!

 


 

7. La Santísima Virgen se aparece con el Niño Jesús
[II, c. 190, p. 310]

 

En la Candelaria [2 de febrero] de 1666, después de la Comunión, estando muy elevada en espíritu y recogida en una gran separación de mi propio yo y de todas las criaturas, he saboreado todavía una aparición de la amorosa Madre, llevando el Niño Jesús.

 

Parecía confiármelo a fin de que yo lo sujetase y que reposase entre mis brazos. Yo lo besaba muy tiernamente y Él mismo me sonreía, me acariciaba, me mimaba como hacen los niñitos inocentes en los brazos de su madre.

 

Durante algún rato, también, he posado mi frente sobre las rodillas de esta dulcísima Madre, que se me aparecía en una inexpresable majestad y bellísima. Me volvía hacia ella y la contemplaba con un grande y respetuoso amor, en el que no se mezclaba nada de sentimental. Porque eso pasaba de una manera muy abstracta, en el espíritu. Es verdad que, al reposar sobre sus rodillas, he sentido fuertemente algunos sentimientos de infantil e inocente mimo, como el de un niñito hacia su madre.

 


 

8. La Santísima Virgen se vuelve a mostrar llena de majestad y amor
y la certifica que su presencia es verdadera
[II, c. 190, p.310-311]

 

El 13 de febrero [1666], momentos después de la comunión, en tanto que me mantenía en un gran silencio interior, la amorosa Madre se me apareció súbitamente, no sé cómo. Se hacía presente en el secreto del espíritu. Yo tenía una percepción muy cierta y muy viva de su presencia.

 

Esta aparición y esta contemplación se habían producido bruscamente, sin que hubiese pensado en ello antes, ni hubiese imaginado nada semejante. Sin que uno se dé cuenta y sin hacer nada, el espíritu parece que es arrancado de la profundidad, del silencio, de la sencillez, y se encuentra colocado en una elevación que no es ni menos silenciosa ni menos sencilla.

 

Él primer estado es un íntimo reposo en Dios; el otro, una contemplación elevada a manera de arrobamiento o atención absorbente. Él tiempo pasa entonces sin que uno se dé cuenta de ello. Se me olvida incluso volver a casa. Ya no tengo noción ni del tiempo ni del lugar; y cuando vuelvo un poco en mí, sufro al tenerme que marchar. No tengo entonces más que un solo deseo: poder permanecer así.

 

Al mismo tiempo, he visto claramente no ser esto imaginación, lo mismo que la aparición de la Candelaria. ¡Pero qué feas me parecen ahora todas las imágenes, todas las pinturas que representan a la amorosa Madre! Provocan más bien la náusea que la dévoción; sobre todo cuando el recuerdo de la maravillosa belleza y de la majestad, cuya representación permanece en mi memoria, está todavía fresco en mi.

 


 

9. Un tierno amor la empuja hacia Jesús y María. Esta parece adoptarla como a su hija y le enseña
el camino de la perfección. Todas las potencias deben estar ocupadas únicamente en objetos
deiformes, estando las inferiores sometidas a las superiores y éstas a Dios
[II, c. 191, p. 311]

 

Es un amor extremadamente tierno el que yo experimento por Jesús y su querida Madrecita, que es también la mía. Esta clase de amor me da una gran familiaridad y confianza con Jesús, mi Amado. Estoy con igual que una esposa llena de ternura y afecto. Lo que él me atestigua, a su vez, parece también lleno de afecto.

 

Lo mismo sucede con mi amorosa Madre. Parece haberme adoptado como a su hija. Me instruye en la perfección y pureza de espíritu, a fin de que así me haga más agradable a Jesús. Me conduce al amor de Jesús y a su amoroso trato.

 

Cualquiera que sea el objeto, mis potencias interiores no parecen tener operación más que en la medida que el acto pueda exigirlo, sin más; estoy iluminada por la indicación del querer divino o por la conducta del espíritu. Este estado es el fruto de la grande, o mejor, de la total sumisión, de la parte inferior a la superior, y de ésta a Dios. A juzgar por lo que experimento, Dios ha tomado posesión de todo el hombre, moviéndole, conduciéndole, poseyéndole. Nos guarda de toda corrupción de la naturaleza en tanto que permanezcamos fieles en responder a las mociones interiores y a los movimientos. Lo cual me es tan fácil como abrir y cerrar los ojos.

 


 

10. Recuerdo muy tierno de Jesús y de María. Reposa ante los brazos de Jesús y sobre las rodillas de la Santísima Virgen. Su amor hacia san José. En todas las cosas conserva la humildad
[II, c. 192, p. 312]

 

Experimento una dulzura real, una satisfacción del espíritu y de la naturaleza al pronunciar con los labios o simplemente con el corazón los santos nombres de Jesús y de María. A menudo les repito:

 

«Jesús, Jesús, mi Amado, mi sólo Amado; Jesús, Jesús, mi Vida y mi Todo; María, María, dulce María, mi muy querida Madrecita».

 

Me parece que estos dulcísimos nombres están casi constantemente en mí, en mi corazón. No puedo saturarme de estar llena de ellos, de unirme a ellos, de nombrarles con un dulcísimo sentimiento de amor ingenuo y lleno de respeto.

 

Sin embargo, el hecho no se acompaña siempre de palabras tan netamente definidas. Llego a no decirlas más que a la mitad; y entonces, el espíritu disfruta como un sueño de amor en los brazos de Jesús o sobre las rodillas de María. Eso ocurre en la solitaria profundidad del espíritu, habitualmente con suspensión sensorial.

 

Mi muy querida Madrecita no parece satisfecha de atraerme tan sólo a su perpetuo amor, y al amor muy puro, muy tierno y muy fiel de Jesús. No le basta adoptarme como a hija suya. Parece desear, además, que ame a su muy querido esposo, San José. En efecto, me imprime este amor en el corazón, aun que nuestro amor y la propensión de nuestra alma tienen por objeto a estas tres personas, dentro, sin embargo, de una sencillez de mirada y en la unidad del espíritu. Están sin cesar las tres reunidas en nuestro corazón, en nuestro amor.

 

A pesar de todos estos favores, me siento interiormente conducida a una profunda humildad, a un anonadamiento en mí de todas las cosas. No debo apoyarme sobre nada, no representarme nada, no acoger para complacerme ningún don, gracia, favor del bien Amado, de la amorosa Madre o del amante Padre. Debo dejar todo eso sólo a Dios, como si nada se me hubiese dado; a fin de permanecer de esta manera toda anulada en la desnudez de mi nada.

 


 

11. Experimenta una inclinación interior sabrosa de los nombres de Jesús y de María.
Se le enseña a amar a Jesús, María, José, y a conversar en espíritu con ellos
[II, c. 193, p. 313-314]

 

Los muy santos nombres de Jesús y de María son más dulces que la miel a mi paladar. Son tan dulces, suaves y deleitables, que me parece gustar el sabor en mis labios. Su simple recuerdo, la reflexión que se hace sobre ellos, o su repetición mental, son como pequeñas llamas sutiles que penetran y atraviesan el corazón, para herirle de amor suavemente.

 

No llego a esta devoción tierna por mi propia virtud o a consecuencia de una dispersión del espíritu. Es el Espíritu divino quien me conduce allí y me dispone, dulce y simplemente, en lo más secreto del corazón.

 

Aprendo a recoger cada vez mejor todas estas cosas en mi espíritu, sin intervención de las potencias sensibles - o casi sin ella. Lo mismo sucede con esta propensión, estos rebrotes de amor hacia Jesús, María y José. Esto se hace mucho más patente dentro del espíritu, y más claro, más despojado, más elevado, con menos enternecimiento y sabor natural. Tengo que suprimir aún más estas últimas cosas. Contemplo a Jesús, María y José, y gusto de su presencia en el espíritu, unidos a la eternidad del Ser divino del que están sobresaturadas.

 

Ahora, los tres se presentan a mi vista siempre reunidos; sin que esta introduzca el menor intermediario en la contemplación del Ser divino sin imagen. Porque les cubre éste con su sombra y les llena. Parecen de alguna manera llenos de Él y se muestran como tales; de forma que me es imposible considerarles o elevar hacia ellos mi amor, perdiendo un solo instante el recuerdo y la presencia del Ser divino. En ellos no veo y no amo nada más que a Dios solo y lo que es divino. Su representación no parece impedirme permanecer en Dios. No quita nada a la sencillez del espíritu.

 

Llego así a comprender cómo los santos del cielo pueden considerarse entre sí y amarse en Dios, sin impedimento por la visión beatífica, ni por la alegría y el amor. Experimento que sucede lo mismo aquí.

 


 

12. Recibe luces en relación con la Encarnación de Cristo.
La Santísima Virgen la visita y la adopta como hija suya
[II, c.73, p. 123-124]

 

El año de 1668, el día de la vigilia de la Anunciación [24 de marzo], me fue impresa en el espíritu una luz en relación con la excelencia maravillosa del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios en la santísima carne de una Virgen.

 

Vi cómo la amorosa Madre fue envuelta en una claridad divina inexpresable, en una luz, en una gloria, en una alegría y en un gozo. Me comunicó algo del ardor de su amor y de la alegría que invadió a su santa alma cuando fue concebida en ella el eterno Verbo.

 

Me fueron mostradas la excelencia y la maravilla de este misterio, sin que me fuese posible, sin embargo, expresar nada de ello.

 

Mi espíritu estaba como atraído a una cierta elevación. La contemplación de este misterio estaba hecha de un increíble sentimiento de admiración, respeto y adoración. Estaba totalmente situada en la unicidad de Dios.

 

Nunca había penetrado ni entendido tan claramente este misterio. De él se siguió en mí un ardor nuevo de amor, de admiración y de respeto hacia mi adorada Madre, al ver cuánto la había Dios estimado y elevado. La Majestad divina, sin limites, la ha amado hasta el punto de dignarse reposar en su carne y tomar allí la naturaleza humana.

 

Y, sin embargo, la vista de su excelencia, de su elevación, de su Majestad, no me espanta ni detiene. Me atrevo a volverme hacia ella con ternura y sencillez infantiles. La amo como un niño ama a su amorosa Madre; le digo palabras de niño y reposo sobre sus rodillas. Me autoriza ella y me da confianza haciéndome comprender y sentir que se ha dignado adoptarme como a su hijo. ¡Qué felicidad y qué alegría! ¿Qué podrá ahora sucederme de malo?

 

En el curso de esta oración, la amorosa Madre parecía revelarse en mi espíritu, llevando el Niño Jesús sobre los brazos. Era de una incomparable belleza, buena y amable. Parecía pedir a su Hijo que quisiese bendecirme, a mí, su indigna esposa. Él Niño me ha dado esta bendición sonriéndome dulcemente.

 

Desde este momento, mi corazón está repleto del más tierno amor hacia la dulcísima Madre y su dulcísimo Hijo. Constantemente me siento atraída a reposar inocentemente, como un niño que se cae de sueño, y a dormirme entre sus brazos.

 

Pero ¡cuán dulce es su nombre: María!

 


 

13. Ve a la Santísima Virgen llevando al Niño Jesús.
Buenas afecciones y otros efectos de esta visión
[II, c. 195, p. 315-316]

 

El 22 de abril de 1668, la amorosa Madre se me ha aparecido en el curso de la oración. Llevaba el Niño Jesús sobre el brazo.

 

Me di cuenta en esta visión que, en un instante, todo mi ser había cambiado, exaltado todo en Dios, todo ardiente y abrasado de amor hacia Dios y la amorosa Madre. Quedé toda envuelta por una luz y un resplandor inusitados.

 

Cuando esta visión acabó, quedé muy dispuesta al amor de unión y de fusión en el Ser divino sin imagen, en gran sencillez y soledad de espíritu; mientras que con anterioridad a esta visión estaba más bien en sequedad y un poco distraída en el sentido. En un solo instante había sentido a mi alma como rodeada y ocupada por su Bien-Amado sin imagen. Un tierno amor me había herido, y yo me sentía dulcemente impulsada a todas las virtudes.

 

Todo el tiempo que dura y permanece la presencia de la amorosa Madre, percibo en mí un excepcional candor infantil. Los amorosos encantos, las exclamaciones, los movimientos de afecto filial están en aquel entonces llenos de dulzura, de amor, de inocente ternura, pero también de respeto profundo y de entera confianza en ella para todo lo que deseo y pido, tanto para mí corno para los demás. Igualmente todo lo que entonces le pedía o suplicaba parecía dar a ello su aprobación. Me lo manifiesta por alguna señal o percepción interior.

 

Sólo con contemplarla me siento instruida y estimulada a proseguir una pureza cada vez más perfecta y una más entera sencillez de espíritu, así como una ciencia más clara de lo que debo hacer u omitir en tales o cuales circunstancias, a fin de realizar mejor su voluntad y la de mi Bien-Amado.

 

Adquiero, asimismo, una total certeza sobre varias cosas, que no puedo especificar hoy exactamente. Pero lo que es cierto es que entonces percibo y experimento la sensación de estar trabajada por un buen espíritu, lo cual da a mi alma una grandísima y profunda paz.

 

Esta revelación de la amorosa Madre debió de durar como un cuarto de hora. Cuando ha pasado, no deja ningún deseo, ninguna impaciencia de recibir más a menudo esta clase de gracias, ni de gozar de ellas más largo tiempo. El alma está saciada y enteramente satisfecha en su sueño de amor en el soberano Bien.

 


 

14. La Santísima Virgen y san José le enseñan una grandísima pureza. El amor y el sentimiento
de la presencia de la Virgen y de san José disminuyen a consecuencia de algunas faltas.
De cómo ella falta a su obediencia volviendo a tomar su propia libertad
[II, c. 245, p. 374-375]

 

La pureza interior que ellos me enseñan es tan excepcionalmente grande que me es imposible expresarla. Pero cuando me conformo exactamente a lo que ellos me muestran, toda mi alma viene a ser como un puro espejo, un cristal que, cada vez más, recibe las huellas divinas, los movimientos del amor y sorprendentes luces en el conocimiento de Dios y de las divinas verdades. Mi alma parece ser, verdaderamente, un trono donde Dios reposa y se complace.

 

Pero cuando me sucede ser menos exacta y que olvido a veces esta sumisión puntual y esta obediencia a la amorosa Madre y al amoroso Padre, el dulce y tierno amor que les tengo disminuye en la misma medida que mis sentimientos de filial respeto. Su presencia se oscurece igualmente hasta tanto no les he confesado mi falta con profunda humildad y corazón contrito.

 

Fue así como decidí hablar a la hermana T. de mi propia persona y de las gracias e instrucciones interiores que recibía. Y he aquí que la amorosa Madre me ha reprendido por ello, porque esta manera de obrar era contraria a la enseñanza que ella me había dado, de no hablar nunca de mí ni de las gracias recibidas. No es que hubiera materia o sustancia de pecado contra la humildad; pero la manera de obrar no era buena. Y, luego, la amorosa Madre desea que la humildad sea en mí perfecta, que no falte en ella la menor cosa, que no se mezcle en ella ni incluso una sombra de lo que la es opuesta. Además, puesto que ella me ha comunicado que debía permanecer enteramente separada de mi propio yo, sin ocuparme de él, de ello se sigue que debo también perder la memoria de lo que pasa o ha pasado en mí; y no reflexionar en ello y guardarme de ahora en adelante de decir nada.

 

Pero que vuestra Reverencia no vaya a creer que esta obediencia tan rigurosa, esta sumisión a la amorosa Madre y al amoroso Padre, esta atención constante a su buena voluntad y a sus indicaciones, que todo esto, digo, quite nada en mí del libre albedrío y de la santa libertad de espíritu. Porque la santa libertad consiste precisamente en no disponer libremente de sí y en no desearlo. Al contrario, considero como una verdadera esclavitud tener que volver a mi libertad propia; y esto lo temo más que la muerte.

 

Se me ha mostrado, por otra parte, que me vuelvo culpable de una cierta especie de injusticia, y que debo acusarme de ella en confesión, cuando vuelvo a mi propia libertad; porque me he expropiado totalmente, dándome toda al Bien-Amado, a la amorosa Madre y al amoroso Padre, a fin de vivir en adelante a medida de sus indicaciones. Me he obligado a ello incluso por voto. Y aunque esta promesa no haya sido hecha bajo pena de pecado (lo que no me había sido pedido), me obliga, sin embargo, de una manera muy firme, porque no tiene otra sanción que el amor, y el amor es para mí fuerte como la muerte y más violento o celoso que el infierno (Cant. 8,6).

 

En este sentido, no tengo ya ningún derecho sobre mí misma y no me pertenezco, y puedo decir, en verdad, con el santo profeta David: Mi lengua es la pluma del escritor escribiendo con rapidez (Ps. 44,2). En efecto, mi lengua; mis miembros, mis sentidos y las potencias de mi alma son, o deberían ser, otras tantas plumas con las cuales el Bien-Amado, la amorosa Madre y el amante Padre escriben, y que ellos dirigen a su antojo como el maestro guía la mano y la pluma del niño que aprende a escribir (abril 1669).

 


 

15. Intenta explicar mejor las modalidades de esta presencia de la Santísima Virgen y san José
[II, c. 246, p. 376]

 

Me siento impulsada a describir algo más claramente, todo lo que me sea posible, de qué manera he sido agraciada estos días con la presencia de la amorosa Madre y del amoroso padre, y cómo he percibido sus emociones, sus direcciones y su dulce influjo.

 

Les he tenido constantemente en la mirada del espíritu. Su recuerdo y su imagen estaban como impresas en la inteligencia y en el conocimiento, de una manera habitual y esencial, sin la menor intervención activa de mi parte. Yo no habla puesto nada, ni pensamientos ni otras actividades propias, para alcanzar ese efecto. La cosa parecía hacerse de una manera tan natural y esencial que parecía brotar naturalmente. Si no comprendo mal, se han presentado en la parte suprema del espíritu, antes que yo hubiese pensado nada y sin esperarlo.

 

Pero la impresión era tan fuerte que si yo no hubiera hecho esfuerzos, incluso para distraerme de ello, o para perder esta contemplación, este gusto, esta experiencia, yo no lo hubiera logrado, me parece. Salvo, bien entendido, si yo hubiera hecho algo que les hubiese desagradado; porque en este caso, su presencia se esfuma, desaparece y, con ella, la dulce ternura, el inocente y respetuoso amor.

 

Lo que yo veía era una forma, una imagen, distinta y, sin embargo, idéntica. La contemplación era, a la vez, clara y oscura. No sé cómo explicar esto. Me parece que habla alguna analogía con la descripción que da Santa Teresa de una cierta revelación que tuvo de la amorosa Madre y del amoroso padre. No prestaba ninguna atención especial a determinado punto particular de su

persona, pero consideraba con una simple mirada, en la satisfacción de su alma, todo el conjunto de la persona de la amorosa Madre.

 

Mi consideración era tan sencilla que me hubiese sido imposible considerar el uno aparte de la otra. Los dos eran uno solo, y el único era doble. Además, esta visión estaba contenida en la unicidad del Ser de Dios.

 


 

16. Goza de la presencia de María y de José de una manera más abstracta.
La realidad de esta visión se hace manifiesta por sus frutos
[II, c. 247, p. 377-378]

 

Según creo, me privan ahora de este género de representación y de movimientos experimentalmente percibidos. La cosa es ahora más espiritual y abstracta. No se retiran en cuanto a su ser, pero a mi parecer yo los gusto de una manera más exaltada y más ajena al sentido. Sin duda me han llevado al fin donde tendrían las precedentes representaciones.

 

En efecto, sus enseñanzas, sus dulces inspiraciones, parecen haberme hecho capaz, haberme dispuesto o, más bien, haberme llevado a una más estrecha y más eminente unión de amor a mi divino Amigo. Y mi corazón fue por ello herido más profundamente por su amor. Me han hecho más íntima con Él. Más que nunca, han implantado en mí su propia manera de ser, su naturaleza, su espíritu; porque vuelvo a sentir en mí, en todo mi ser, una tal transformación divina que me es imposible expresarla. Eso me prueba suficientemente que lo que me sucedió el día de San José no era una ilusión.

 

Mi espíritu queda todo impregnado de virtudes excelentes, en particular de bondad, benevolencia, amor y misericordia.

 

Soy arrastrada a perdonar de todo corazón a mis enemigos, a los que me han hecho algún mal, a amanes, a rogar por ellos, a hablar bien de ellos y a perdonarles, a tenerles compasión, a testimoniarles benevolencia y afecto, a olvidar el mal y la injuria que me fueron hechas, a rogar a Dios que no les impute estas cosas como pecado; y así sucesivamente.

 

Me siento igualmente impulsada a la mortificación y santo odio de mi propio yo, a arrancarme todo amor propio, a no tener para mí ninguna indulgencia, ninguna atención, a no hacer ningún caso de mi persona y a no soportar, sin contrariedad, que otros se ocupen de mí o me atestigüen alguna solicitud. Cuando esto sucede tengo vergüenza, y me humilla más. Reconociéndome indigna, me atribuyo en todas las cosas la peor y la última parte.

 

Pero me viene, como réplica, una dulce propensión a satisfacer a los demás, procurarles lo que es útil, cómodo, agradable. Me privo de ello como si tuviesen más derecho que yo. Siento una inclinación a hacer por caridad trabajos humildemente serviles, abyectos y sucios, para descargar a los otros y aliviar su trabajo.

 

En todo eso descubro y gusto un sabor espiritual, una satisfacción de alma, porque el santo amor me impulsa a llevar las cargas de los demás. Sin embargo, bien creo que no poseo estas virtudes en grado perfecto y que deberán crecer en mí a medida que crezca también la luz interior.

 

Tales son las transformaciones operadas en mí en lo que concierne a mis relaciones exteriores con el prójimo. La transformación interior no es menos importante.

 


 

17. La Santísima Virgen y san José se le aparecen, revelándole su excepcional pureza.
Recibe luces en relación con su eminencia
[II, c. 197, p. 318]

 

El día de la vigilia de la Santísima Trinidad [26 de mayo] del año de 1668, durante la oración de la tarde, me ha parecido que la amorosa Madre y San José se aparecían en mi espíritu.

 

Me revelaban y me hacían comprender la inexpresable pureza interior y exterior, así como el ardor de amor divino con los que Dios les había agraciado durante su vida terrestre. Yo veía cómo ellos no habían cesado de cooperar a fin de aumentar estos dones y de permitirles crecer hasta un grado infinito. Sin embargo, veía a San José en un menor grado de pureza y de amor que la amorosa Madre.

 

Esta revelación tuvo lugar repentinamente y fue breve, porque apenas duró el tiempo de un Avemaría. Pero en relación con sus virtudes, sus méritos y la eminencia de las gracias con las que Dios les había elevado, la inteligencia recibe en este corto espacio más luces e inspiraciones que no hubiera podido adquirir de otra manera en largos años.

 

Todo esto aumenta singularmente mi admiración, mi respeto, mi amor, mi confianza y mi devoción hacia la purísima Virgen, llena de gracias, y hacia su querido esposo, San José. Eso me estimula mucho a seguirles - de lejos y según mi débil poder - en el camino de su extrema pureza interior y de su ardiente y perpetuo amor de Dios.

 

La amorosa Madre se me había aparecido vestida con un traje resplandeciente como la nieve. Era una joven de unos dieciocho o veinte años, llena de belleza, de juventud, de dignidad y de perfección. Recordaba, poco más o menos, los cuadros que se hacen de la Inmaculada Concepción, en donde la Virgen no lleva Niño Jesús.

 


 

18. Saborea la presencia de la amorosa Madre. Herida por su amor,
la ve en el resplandor de su belleza y majestad
[II, c. 200, p. 321-322]

 

El día de la fiesta de la Virgen de las Nieves [5 de agosto], en 1668, durante la oración de la mañana, no tenía otra preocupación y no percibía otras operaciones del alma que la contemplación de una presencia extremadamente agradable de la amorosa Madre en lo más alto del espíritu. Las potencias del alma estaban enteramente privadas de cualquier otro objeto.

 

Durante todo este tiempo fui inundada de una nueva luz celeste, que vertía sobre mí sus rayos. Estaba rodeada de ella por todas partes, como si me hubiese encontrado en el centro de un sol. Y, sin embargo, eso no atraía excepcionalmente mi atención. Mi corazón parecía haber recibido una nueva herida, como de una flecha de amor de Dios y de la dulcísima Madre. Esta se mostraba inconmensurablemente bella, y el esplendor de su majestad hubiera oscurecido el resplandor del sol.

 

Eso duró bastante rato, sin que de una y otra parte fuese pronunciada una sola palabra. Yo la contemplaba sencillamente con una tranquila y afectuosa mirada, toda llena, sin embargo, de admiración y ternura. Esta visión me era ofrecida. No era el resultado de una actividad u operación naturales. Esta contemplación luminosa y tan sencilla era tan eminente y pura, sólo en el espíritu, que no era tolerado el menor movimiento de las otras potencias. Hubiesen oscurecido esta contemplación. Me era preciso abandonar todo, permaneciendo en un estado de pura receptividad en lo que atañe a todo lo que le agradase a Dios operar en mí.

 

La amorosa Madre no me decía nada. No me hacía ninguna caricia. Pero su mirada estaba llena de afecto, de amistad, de benevolencia. Estaba yo plenamente saciada por la simple vista de su dulcísima presencia en Dios. Ella estaba encerrada en el Todo y completamente cubierta de su sombra. Porque yo la veo siempre en una tal unión.

 


 

19. Es premiada con varias visitas de la Virgen, encontrándose por ello inflamada de amor
[II, c. 201, p. 322-323]

 

He notado hoy lo que a continuación diré, a fin de que vuestra Reverencia pueda examinarla con todo lo demás. La amorosa Madre me colma de gracias y de favores. Jamás me ha venido al pensamiento osar esperar, tan sólo, semejantes cosas. Estoy favorecida actualmente con un gran número de visitas de la amorosa Madre, que me ha tratado en ellas muy familiarmente.

 

Nuestro amor por ella se ha acrecentado de manera maravillosa. Este amor no es solamente una dulce ternura, una ingenua e inocente afección filial - lo que sería completamente natural -, sino que es, además, un amor que quema y que hiere. Me enloquece y embriaga el considerar la acogida tan dulce y afectuosa de mi muy amorosa Madre, y que ella parece haberme adoptado como a su hija muy amada.

 

Pero ¿no es ella también mi queridísima Madrecita, puesto que me derrito de amor por ella? Hace dos días me ha concedido reposar y dormir sobre su seno durante una hora o tal vez más. Me ha consolado de manera muy evidente. Me ha librado de una cierta tentación del enemigo en una forma clara y patente.

 


 

20. Ve a María presente en el coro durante el canto de la Salve Regina.
Implora su bendición y se alegra de pertenecer a su Orden
[II, c. 201, p. 323]

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