[Hazebrouck, 1.1.1623 - Malines (Belgique), 1.11. 1677]

María Petyt nació en Hazebrouck
(hoy en Francia, pero entonces en la Flandes) el 1 de enero de 1623, en un
ambiente burgués, de comerciantes ricos.
A los 16 años muda para Rijsel y va en peregrinación a un santuario
mariano, "para impetrar la belleza y el don de agradar" mundanos.
Pero en esta peregrinación Dios tocó profundamente su corazón con su gracia y
desde entonces empezó a llevar vida retirada en su propia casa, estudiando su
vocación. Regresa a Hazebrouck y más o menos en 1642 entra en el noviciado de
las Canónicas Regulares de S. Agustín, a Gent (Ghent), que deja porque tiene
dificultad de leer y cantar el oficio. Se queda a Gent, entrando en relación
con los Carmelitas, cuya Iglesia frecuenta. Conoce el Fr. Gabriel de la
Anunciación y el año siguiente profesa en la Orden Tercera del Carmen (T.O.C.)
con el nombre de María de S. Teresa. Empieza a vivir entonces con otra hermana
y la madre de ésta en una casita de Gent, donde siguen juntas un reglamento de
vida redactado por el confesor.
En 1647 el padre Gabriel es
transferido para Alemania y ella encuentra Fr. Miguel de San Agustín, que desde
entonces nunca más dejó de ser su director espiritual. Seis meses después Fr.
Miguel es transferido para Malines, continuando todavía a dirigirla por
correspondencia epistolar, gracias a la cual podemos hoy conocer un poco más de
su vida y experiencia mística.
En 1657 Fr. Miguel compra en
Malines una pequeña casa junto al Convento de los Carmelitas, adonde ella pasa
a vivir con otras dos compañeras en una estricta reclusión y austeridad según
una regla compuesta del propio Fr. Miguel y aprobada del Padre General Antonio
Filippini. Por eso la casa se llamará "La Ermita".
Aquí muere el 1º de noviembre de
1677, como ella misma había predicho.
Escritos: además de las cartas al P. Miguel, escribió su
autobiografía, publicada por su director espiritual en 1683 (= primero tomo de Het Leven van de Weerdighe Moeder Maria [...] Petyt),
entretanto editada hace 25 años: Het Leven van
Maria Petyt [1623-1677] (haar autobiografie) (= Klassiek
Letterkundig Pantheon 214). Ed. p. J.R.A. Merlier. Zutphen: W.J. Thieme &
Cie 1976. 248 p. ISBN 90 03 21890 0.
[1657-1677]
Extractos de sus cartas a Miguel de S. Agustín,
publicadas por éste en:
Michaël a Sancto Augustino, Het Leven van de Weerdighe
Moeder Maria a Sancta Teresia (alias) Petyt.
4 tomos en 2 vols. Ghendt: Hoirs van Jan van den Kerchove 1683-1684.
[en romano se
indica la parte, seguida del capítulo y respectivas páginas en esta obra,
organizada no cronológica, pero temáticamente]
*Existe una
traducción anónima en castellano, reeditada por Rafaél López-Melús, O. Carm.:
Vida de unión con María. Onda (Castellón): AMACAR - Apostolado
mariano-carmelita 1999
La
amorosa Madre [original: Minnelijcke Moeder]
se me ha aparecido una vez y, como me miraba afectuosa y sonriente, le he
preguntado qué es lo que le gustaría que hiciese: si debía continuar
escribiendo algunas líneas, conforme a la obediencia o, mejor, ir a la iglesia,
según mi costumbre.
Ella
se ha dignado contestarme: Ve, date prisa en
recibir a mi Hijo. Caí a sus plantas, el rostro hacia tierra,
suplicándole me diera su bendición maternal. Entonces, llena de respeto, de
reverencia y de amor, le he oído decir todavía: Mi
Hijo desea venir a ti y descansar en tu corazón.
Durante
la preparación de la santa comunión, esta dulce Madre [orig.: soete Moeder] ha estado presente en mi espíritu.
Llevaba a su amoroso Hijito [orig.: minnelijck
Kindeken] en el brazo izquierdo. Pero, después de algún tiempo, ha
colocado el Niño de pie sobre sus rodillas dirigiendo su rostro hacia mí. Y él
me sonreía tendiéndome los brazos con gesto de afecto.
Cuando
hube comulgado, no he vuelto a sentir la presencia de la amorosa Madre en mí.
Tan sólo el dulce Niño Jesús [orig.: lieffelijck
Kindeken Jesus] estaba en lo más íntimo de mi corazón, en donde yo
le acogía llena de afecto, con caricias y protestas amorosas.
En
relación con el amor y otras operaciones, conocimientos divinos, luces sobre
las verdades reveladas, movimientos de orden sobrenatural, todo esto me parece
sacado y como fundido en la unicidad del Uno divino - aunque todo ello brotase,
a veces, con superabundancia en el alma. Pero este brote no la hace salir de la
unidad, porque en todo eso ve ella, conoce y gusta la sola Unicidad divina, de
una manera misteriosa y excelente. La fuerza y la luz de Dios, solas, ayudan al
alma y la elevan hasta ella.
Lo
mismo que en un espejo, en el Uno divino veo, honro, amo y ruego a nuestra muy
amorosa Madre. La veo allí formando unidad con este espejo divino, con el Ser
inexpresable. Así, desde que me arrodillo ante una de sus estatuas y le pido
algo por lo que me siento interiormente atraída - el bien de las almas, las
necesidades de la Patria, o cualquier otra cosa - pronto su imagen se hace
patente en este espejo interior, en donde está contenida con las demás
criaturas. Otras veces me parece que penetra, de alguna manera, la imagen
exterior, sin advertir en ella nada de corporal, y la veo totalmente contenida
en el secreto del espíritu. Lo escribe en 1657.
El día
4 de febrero de 1659, si mal no me acuerdo, durante el Oficio, he gozado en
espíritu de una visita muy agradable y consoladora de nuestra amorosa Madre.
Era
como la acogida muy afectuosa de una dulce y buena madre, y sus tiernas
caricias.
Desde
entonces experimento, lo mismo que por una madre, un amor muy tierno, dulce y,
sin embargo, lleno de respeto. Esta dulce inclinación se dirige hacia ella de
una manera muy espiritual y real. Parece más bien infusa y pasivamente recibida
que elaborada por mi propio trabajo.
Me
siento invitada a establecer a María como Madre general de esta casa. Y todas
las hijas que me sean confiadas, y que vendrán aquí, las colocaré en su regazo,
a fin de que se alimenten en su seno de este divino espíritu de humildad, de
soledad, de mortificación, de pureza y desasimiento de las que ella posee la
plenitud.
Me
siento, igualmente, inclinada a consagrarle este lugar donde empieza nuestro
nuevo género de vida y colocarle bajo su advocación. Por otra parte, me parece
que tal cosa le place y que acepta de buen grado este cargo de Madre y
gobernadora de esta feliz familia.
¡Oh
dulce y muy amorosa Madre, cuán grandes son la inclinación y la confianza que
vuestro amor ha sabido inculcar en mí!
Ved:
la actividad del Espíritu parece ser ahora de tal suerte que el espíritu no
puede ya pedir nada eficazmente al Bien-Amado, nada esperar de Él, si no es por
la mediación y por la intercesión de la dulcísima Madre. Es lo que yo he visto
durante la oración, mientras me sentía impulsada a rogar por un joven monje
que, tentado por el Enemigo, había abandonado el convento con la intención de
dejar la vida religiosa. He creído verle en espíritu, y era nuestra amorosa
Madre quien le conducía al convento.
Todavía
me acuerdo de lo que olvidé de anotar al hablar de este precedente estado de
abandono, en el curso del cual ocurrió lo siguiente:
Una
noche [1662], mientras yo dormía,
nuestra amorosa Madre se acercó a nosotros. Llevaba el Niño Jesús en el brazo
izquierdo. El Niño y la Madre me miraban amorosamente y sonriendo. Me dirigían
palabras llenas de amistad y consuelo; pero yo no me acuerdo con claridad lo
que me decían. Sé, sin embargo, que la amorosa Madre me dio algunos consejos
relativos a una pureza más perfecta, un despojo más completo, una muerte a toda
criatura. Otras palabras todavía servían para consolarme, para fortificarme.
Y me
dije entonces: «No es posible que esto sea una ilusión; yo no sueño ahora. Es
necesario que tome nota de todo esto a fin de satisfacer a la obediencia».
Después
quise no detenerme más en ello y considerar estas cosas como un sueño
corriente. Pero el recuerdo permaneció mucho más vivo que de costumbre. Me
acontece muy a menudo soñar cosas buenas sin que esté entonces impulsada a
consignarías como lo estoy ahora.
En la
vigilia de Pentecostés [12.5.1663], por
la mañana, durante la recitación del Oficio, he creído ver en espíritu a
nuestra amorosa Madre. Estaba presente entre nosotras y parecía escuchar
nuestra recitación con una alegría particular, con gozo y complacencia. Se me
antojaba así, por que su mirada, que se fijaba en nosotras, estaba llena de
amistad y sonriente, sobre todo cuando llegábamos a las antífonas, a los
versículos y a las oraciones que están especialmente destinadas a cantar sus
alabanzas y perfecciones.
Esta
presencia causaba un sentimiento de reverencia hacia su Majestad, y al mismo
tiempo un amor muy tierno y respetuoso. Al verla así, el espíritu rebosaba de
excesiva alegría y de gozo. Y yo dije: "Dulce Madre, puesto que vuestra
Majestad parece complacerse en esta alabanza que elevamos aquí hacia vos, ¿por
qué no ha de suscitar en mayor número almas que os servirían de esta misma
manera y cantarían vuestras alabanzas con toda pureza de corazón?"
Y he
creído sentir la esperanza de que vendrían pronto algunas de estas almas. Sin
embargo, no tuve una total certeza de ello.
El
alma experimenta a veces que el espíritu comienza a estabilizarse en una cierta
elevación y empieza a vivir en Dios, en abstracción de todas las cosas creadas.
Pero, a veces también, le muestra cómo el alma fiel debe comportarse en las
situaciones que complacen y alegran al mismo tiempo a la naturaleza, o que son
agradables a la sensibilidad - naturalmente, cuando la necesidad o las
conveniencias, o la discreción la fuerzan a usar de estas cosas . Es preciso
entonces usar de prudencia y tener gran cuidado de elevar estas cosas hasta el
espíritu, apartándose inmediatamente y desgajándose de todo vinculo de afecto,
empleándolo en Dios.
Esto
se aplica a todo lo que puede agradar de alguna manera al gusto, a la vista, al
oído y al olfato. ¡Ah!, si el alma que busca a Dios con toda su pureza, el alma
que quiere a Dios, pudiera darse cuenta aquí de cómo la amorosa Madre y el Niño
Jesús se han comportado en estas circunstancias! Cuando fue necesario se
sirvieron de alimentos corporales. Estaban en las bodas de Caná en Galilea, sin
que se siguiese el menor inconveniente para el espíritu. La amorosa Madre
mostraba a su Hijo un afecto tierno y maternal: le acariciaba, le besaba, le
tomaba en sus brazos; y el Niño Jesús actuaba de igual manera, conforme a su
naturaleza de niño, tomando la leche de su madre, dejándose acunar y mimar en
sus brazos. Era, de ese modo, un niñito inocente, aunque fuese la sabiduría del
Padre. ¡Ah, quién nos diera usar siempre de las criaturas a ejemplo suyo
únicamente en espíritu y en Dios!
En la
Candelaria [2 de febrero] de 1666,
después de la Comunión, estando muy elevada en espíritu y recogida en una gran
separación de mi propio yo y de todas las criaturas, he saboreado todavía una
aparición de la amorosa Madre, llevando el Niño Jesús.
Parecía
confiármelo a fin de que yo lo sujetase y que reposase entre mis brazos. Yo lo
besaba muy tiernamente y Él mismo me sonreía, me acariciaba, me mimaba como
hacen los niñitos inocentes en los brazos de su madre.
Durante
algún rato, también, he posado mi frente sobre las rodillas de esta dulcísima
Madre, que se me aparecía en una inexpresable majestad y bellísima. Me volvía
hacia ella y la contemplaba con un grande y respetuoso amor, en el que no se
mezclaba nada de sentimental. Porque eso pasaba de una manera muy abstracta, en
el espíritu. Es verdad que, al reposar sobre sus rodillas, he sentido
fuertemente algunos sentimientos de infantil e inocente mimo, como el de un
niñito hacia su madre.
El 13
de febrero [1666], momentos después de
la comunión, en tanto que me mantenía en un gran silencio interior, la amorosa
Madre se me apareció súbitamente, no sé cómo. Se hacía presente en el secreto
del espíritu. Yo tenía una percepción muy cierta y muy viva de su presencia.
Esta
aparición y esta contemplación se habían producido bruscamente, sin que hubiese
pensado en ello antes, ni hubiese imaginado nada semejante. Sin que uno se dé
cuenta y sin hacer nada, el espíritu parece que es arrancado de la profundidad,
del silencio, de la sencillez, y se encuentra colocado en una elevación que no
es ni menos silenciosa ni menos sencilla.
Él
primer estado es un íntimo reposo en Dios; el otro, una contemplación elevada a
manera de arrobamiento o atención absorbente. Él tiempo pasa entonces sin que
uno se dé cuenta de ello. Se me olvida incluso volver a casa. Ya no tengo
noción ni del tiempo ni del lugar; y cuando vuelvo un poco en mí, sufro al
tenerme que marchar. No tengo entonces más que un solo deseo: poder permanecer
así.
Al mismo
tiempo, he visto claramente no ser esto imaginación, lo mismo que la aparición
de la Candelaria. ¡Pero qué feas me parecen ahora todas las imágenes, todas las
pinturas que representan a la amorosa Madre! Provocan más bien la náusea que la
dévoción; sobre todo cuando el recuerdo de la maravillosa belleza y de la
majestad, cuya representación permanece en mi memoria, está todavía fresco en
mi.
Es un
amor extremadamente tierno el que yo experimento por Jesús y su querida
Madrecita, que es también la mía. Esta clase de amor me da una gran
familiaridad y confianza con Jesús, mi Amado. Estoy con igual que una esposa
llena de ternura y afecto. Lo que él me atestigua, a su vez, parece también
lleno de afecto.
Lo
mismo sucede con mi amorosa Madre. Parece haberme adoptado como a su hija. Me
instruye en la perfección y pureza de espíritu, a fin de que así me haga más
agradable a Jesús. Me conduce al amor de Jesús y a su amoroso trato.
Cualquiera
que sea el objeto, mis potencias interiores no parecen tener operación más que
en la medida que el acto pueda exigirlo, sin más; estoy iluminada por la
indicación del querer divino o por la conducta del espíritu. Este estado es el
fruto de la grande, o mejor, de la total sumisión, de la parte inferior a la
superior, y de ésta a Dios. A juzgar por lo que experimento, Dios ha tomado
posesión de todo el hombre, moviéndole, conduciéndole, poseyéndole. Nos guarda
de toda corrupción de la naturaleza en tanto que permanezcamos fieles en
responder a las mociones interiores y a los movimientos. Lo cual me es tan
fácil como abrir y cerrar los ojos.
Experimento
una dulzura real, una satisfacción del espíritu y de la naturaleza al
pronunciar con los labios o simplemente con el corazón los santos nombres de
Jesús y de María. A menudo les repito:
«Jesús,
Jesús, mi Amado, mi sólo Amado; Jesús, Jesús, mi Vida y mi Todo; María, María,
dulce María, mi muy querida Madrecita».
Me
parece que estos dulcísimos nombres están casi constantemente en mí, en mi
corazón. No puedo saturarme de estar llena de ellos, de unirme a ellos, de
nombrarles con un dulcísimo sentimiento de amor ingenuo y lleno de respeto.
Sin
embargo, el hecho no se acompaña siempre de palabras tan netamente definidas.
Llego a no decirlas más que a la mitad; y entonces, el espíritu disfruta como
un sueño de amor en los brazos de Jesús o sobre las rodillas de María. Eso
ocurre en la solitaria profundidad del espíritu, habitualmente con suspensión
sensorial.
Mi muy
querida Madrecita no parece satisfecha de atraerme tan sólo a su perpetuo amor,
y al amor muy puro, muy tierno y muy fiel de Jesús. No le basta adoptarme como
a hija suya. Parece desear, además, que ame a su muy querido esposo, San José.
En efecto, me imprime este amor en el corazón, aun que nuestro amor y la
propensión de nuestra alma tienen por objeto a estas tres personas, dentro, sin
embargo, de una sencillez de mirada y en la unidad del espíritu. Están sin
cesar las tres reunidas en nuestro corazón, en nuestro amor.
A
pesar de todos estos favores, me siento interiormente conducida a una profunda
humildad, a un anonadamiento en mí de todas las cosas. No debo apoyarme sobre
nada, no representarme nada, no acoger para complacerme ningún don, gracia,
favor del bien Amado, de la amorosa Madre o del amante Padre. Debo dejar todo
eso sólo a Dios, como si nada se me hubiese dado; a fin de permanecer de esta
manera toda anulada en la desnudez de mi nada.
Los
muy santos nombres de Jesús y de María son más dulces que la miel a mi paladar.
Son tan dulces, suaves y deleitables, que me parece gustar el sabor en mis
labios. Su simple recuerdo, la reflexión que se hace sobre ellos, o su
repetición mental, son como pequeñas llamas sutiles que penetran y atraviesan
el corazón, para herirle de amor suavemente.
No
llego a esta devoción tierna por mi propia virtud o a consecuencia de una
dispersión del espíritu. Es el Espíritu divino quien me conduce allí y me
dispone, dulce y simplemente, en lo más secreto del corazón.
Aprendo
a recoger cada vez mejor todas estas cosas en mi espíritu, sin intervención de
las potencias sensibles - o casi sin ella. Lo mismo sucede con esta propensión,
estos rebrotes de amor hacia Jesús, María y José. Esto se hace mucho más patente dentro del espíritu, y más claro,
más despojado, más elevado, con menos enternecimiento y sabor natural. Tengo
que suprimir aún más estas últimas cosas. Contemplo a Jesús, María y José, y
gusto de su presencia en el espíritu, unidos a la eternidad del Ser divino del
que están sobresaturadas.
Ahora,
los tres se presentan a mi vista siempre reunidos; sin que esta introduzca el
menor intermediario en la contemplación del Ser divino sin imagen. Porque les
cubre éste con su sombra y les llena. Parecen de alguna manera llenos de Él y
se muestran como tales; de forma que me es imposible considerarles o elevar
hacia ellos mi amor, perdiendo un solo instante el recuerdo y la presencia del
Ser divino. En ellos no veo y no amo nada más que a Dios solo y lo que es
divino. Su representación no parece impedirme permanecer en Dios. No quita nada
a la sencillez del espíritu.
Llego
así a comprender cómo los santos del cielo pueden considerarse entre sí y
amarse en Dios, sin impedimento por la visión beatífica, ni por la alegría y el
amor. Experimento que sucede lo mismo aquí.
El año
de 1668, el día de la vigilia de la Anunciación [24
de marzo], me fue impresa en el espíritu una luz en relación con la
excelencia maravillosa del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios en la
santísima carne de una Virgen.
Vi
cómo la amorosa Madre fue envuelta en una claridad divina inexpresable, en una
luz, en una gloria, en una alegría y en un gozo. Me comunicó algo del ardor de
su amor y de la alegría que invadió a su santa alma cuando fue concebida en
ella el eterno Verbo.
Me
fueron mostradas la excelencia y la maravilla de este misterio, sin que me
fuese posible, sin embargo, expresar nada de ello.
Mi
espíritu estaba como atraído a una cierta elevación. La contemplación de este
misterio estaba hecha de un increíble sentimiento de admiración, respeto y
adoración. Estaba totalmente situada en la unicidad de Dios.
Nunca había
penetrado ni entendido tan claramente este misterio. De él se siguió en mí un
ardor nuevo de amor, de admiración y de respeto hacia mi adorada Madre, al ver
cuánto la había Dios estimado y elevado. La Majestad divina, sin limites, la ha
amado hasta el punto de dignarse reposar en su carne y tomar allí la naturaleza
humana.
Y, sin
embargo, la vista de su excelencia, de su elevación, de su Majestad, no me
espanta ni detiene. Me atrevo a volverme hacia ella con ternura y sencillez
infantiles. La amo como un niño ama a su amorosa Madre; le digo palabras de
niño y reposo sobre sus rodillas. Me autoriza ella y me da confianza haciéndome
comprender y sentir que se ha dignado adoptarme como a su hijo. ¡Qué felicidad
y qué alegría! ¿Qué podrá ahora sucederme de malo?
En el
curso de esta oración, la amorosa Madre parecía revelarse en mi espíritu,
llevando el Niño Jesús sobre los brazos. Era de una incomparable belleza, buena
y amable. Parecía pedir a su Hijo que quisiese bendecirme, a mí, su indigna
esposa. Él Niño me ha dado esta bendición sonriéndome dulcemente.
Desde
este momento, mi corazón está repleto del más tierno amor hacia la dulcísima
Madre y su dulcísimo Hijo. Constantemente me siento atraída a reposar
inocentemente, como un niño que se cae de sueño, y a dormirme entre sus brazos.
Pero
¡cuán dulce es su nombre: María!
El 22
de abril de 1668, la amorosa Madre se me ha aparecido en el curso de la
oración. Llevaba el Niño Jesús sobre el brazo.
Me di
cuenta en esta visión que, en un instante, todo mi ser había cambiado, exaltado
todo en Dios, todo ardiente y abrasado de amor hacia Dios y la amorosa Madre.
Quedé toda envuelta por una luz y un resplandor inusitados.
Cuando
esta visión acabó, quedé muy dispuesta al amor de unión y de fusión en el Ser
divino sin imagen, en gran sencillez y soledad de espíritu; mientras que con
anterioridad a esta visión estaba más bien en sequedad y un poco distraída en
el sentido. En un solo instante había sentido a mi alma como rodeada y ocupada
por su Bien-Amado sin imagen. Un tierno amor me había herido, y yo me sentía
dulcemente impulsada a todas las virtudes.
Todo
el tiempo que dura y permanece la presencia de la amorosa Madre, percibo en mí
un excepcional candor infantil. Los amorosos encantos, las exclamaciones, los
movimientos de afecto filial están en aquel entonces llenos de dulzura, de
amor, de inocente ternura, pero también de respeto profundo y de entera
confianza en ella para todo lo que deseo y pido, tanto para mí corno para los
demás. Igualmente todo lo que entonces le pedía o suplicaba parecía dar a ello
su aprobación. Me lo manifiesta por alguna señal o percepción interior.
Sólo
con contemplarla me siento instruida y estimulada a proseguir una pureza cada
vez más perfecta y una más entera sencillez de espíritu, así como una ciencia
más clara de lo que debo hacer u omitir en tales o cuales circunstancias, a fin
de realizar mejor su voluntad y la de mi Bien-Amado.
Adquiero,
asimismo, una total certeza sobre varias cosas, que no puedo especificar hoy
exactamente. Pero lo que es cierto es que entonces percibo y experimento la
sensación de estar trabajada por un buen espíritu, lo cual da a mi alma una
grandísima y profunda paz.
Esta
revelación de la amorosa Madre debió de durar como un cuarto de hora. Cuando ha
pasado, no deja ningún deseo, ninguna impaciencia de recibir más a menudo esta
clase de gracias, ni de gozar de ellas más largo tiempo. El alma está saciada y
enteramente satisfecha en su sueño de amor en el soberano Bien.
La
pureza interior que ellos me enseñan es tan excepcionalmente grande que me es
imposible expresarla. Pero cuando me conformo exactamente a lo que ellos me
muestran, toda mi alma viene a ser como un puro espejo, un cristal que, cada
vez más, recibe las huellas divinas, los movimientos del amor y sorprendentes
luces en el conocimiento de Dios y de las divinas verdades. Mi alma parece ser,
verdaderamente, un trono donde Dios reposa y se complace.
Pero
cuando me sucede ser menos exacta y que olvido a veces esta sumisión puntual y
esta obediencia a la amorosa Madre y al amoroso Padre, el dulce y tierno amor
que les tengo disminuye en la misma medida que mis sentimientos de filial
respeto. Su presencia se oscurece igualmente hasta tanto no les he confesado mi
falta con profunda humildad y corazón contrito.
Fue
así como decidí hablar a la hermana T. de mi propia persona y de las gracias e
instrucciones interiores que recibía. Y he aquí que la amorosa Madre me ha
reprendido por ello, porque esta manera de obrar era contraria a la enseñanza
que ella me había dado, de no hablar nunca de mí ni de las gracias recibidas.
No es que hubiera materia o sustancia de pecado contra la humildad; pero la
manera de obrar no era buena. Y, luego, la amorosa Madre desea que la humildad
sea en mí perfecta, que no falte en ella la menor cosa, que no se mezcle en
ella ni incluso una sombra de lo que la es opuesta. Además, puesto que ella me
ha comunicado que debía permanecer enteramente separada de mi propio yo, sin
ocuparme de él, de ello se sigue que debo también perder la memoria de lo que
pasa o ha pasado en mí; y no reflexionar en ello y guardarme de ahora en
adelante de decir nada.
Pero
que vuestra Reverencia no vaya a creer que esta obediencia tan rigurosa, esta
sumisión a la amorosa Madre y al amoroso Padre, esta atención constante a su
buena voluntad y a sus indicaciones, que todo esto, digo, quite nada en mí del
libre albedrío y de la santa libertad de espíritu. Porque la santa libertad
consiste precisamente en no disponer libremente de sí y en no desearlo. Al
contrario, considero como una verdadera esclavitud tener que volver a mi
libertad propia; y esto lo temo más que la muerte.
Se me
ha mostrado, por otra parte, que me vuelvo culpable de una cierta especie de
injusticia, y que debo acusarme de ella en confesión, cuando vuelvo a mi propia
libertad; porque me he expropiado totalmente, dándome toda al Bien-Amado, a la
amorosa Madre y al amoroso Padre, a fin de vivir en adelante a medida de sus
indicaciones. Me he obligado a ello incluso por voto. Y aunque esta promesa no
haya sido hecha bajo pena de pecado (lo que no me había sido pedido), me
obliga, sin embargo, de una manera muy firme, porque no tiene otra sanción que
el amor, y el amor es para mí fuerte como la
muerte y más violento o celoso que el infierno (Cant. 8,6).
En
este sentido, no tengo ya ningún derecho sobre mí misma y no me pertenezco, y
puedo decir, en verdad, con el santo profeta David: Mi
lengua es la pluma del escritor escribiendo con rapidez (Ps. 44,2).
En efecto, mi lengua; mis miembros, mis sentidos y las potencias de mi alma
son, o deberían ser, otras tantas plumas con las cuales el Bien-Amado, la
amorosa Madre y el amante Padre escriben, y que ellos dirigen a su antojo como
el maestro guía la mano y la pluma del niño que aprende a escribir (abril
1669).
Me
siento impulsada a describir algo más claramente, todo lo que me sea posible,
de qué manera he sido agraciada estos días con la presencia de la amorosa Madre
y del amoroso padre, y cómo he percibido sus emociones, sus direcciones y su
dulce influjo.
Les he
tenido constantemente en la mirada del espíritu. Su recuerdo y su imagen
estaban como impresas en la inteligencia y en el conocimiento, de una manera
habitual y esencial, sin la menor intervención activa de mi parte. Yo no habla
puesto nada, ni pensamientos ni otras actividades propias, para alcanzar ese
efecto. La cosa parecía hacerse de una manera tan natural y esencial que parecía
brotar naturalmente. Si no comprendo mal, se han presentado en la parte suprema
del espíritu, antes que yo hubiese pensado nada y sin esperarlo.
Pero
la impresión era tan fuerte que si yo no hubiera hecho esfuerzos, incluso para distraerme
de ello, o para perder esta contemplación, este gusto, esta experiencia, yo no
lo hubiera logrado, me parece. Salvo, bien entendido, si yo hubiera hecho algo
que les hubiese desagradado; porque en este caso, su presencia se esfuma,
desaparece y, con ella, la dulce ternura, el inocente y respetuoso amor.
Lo que
yo veía era una forma, una imagen, distinta y, sin embargo, idéntica. La
contemplación era, a la vez, clara y oscura. No sé cómo explicar esto. Me
parece que habla alguna analogía con la descripción que da Santa Teresa de una
cierta revelación que tuvo de la amorosa Madre y del amoroso padre. No prestaba
ninguna atención especial a determinado punto particular de su
persona,
pero consideraba con una simple mirada, en la satisfacción de su alma, todo el
conjunto de la persona de la amorosa Madre.
Mi
consideración era tan sencilla que me hubiese sido imposible considerar el uno
aparte de la otra. Los dos eran uno solo, y el único era doble. Además, esta
visión estaba contenida en la unicidad del Ser de Dios.
Según
creo, me privan ahora de este género de representación y de movimientos
experimentalmente percibidos. La cosa es ahora más espiritual y abstracta. No
se retiran en cuanto a su ser, pero a mi parecer yo los gusto de una manera más
exaltada y más ajena al sentido. Sin duda me han llevado al fin donde tendrían
las precedentes representaciones.
En
efecto, sus enseñanzas, sus dulces inspiraciones, parecen haberme hecho capaz,
haberme dispuesto o, más bien, haberme llevado a una más estrecha y más
eminente unión de amor a mi divino Amigo. Y mi corazón fue por ello herido más
profundamente por su amor. Me han hecho más íntima con Él. Más que nunca, han
implantado en mí su propia manera de ser, su naturaleza, su espíritu; porque vuelvo
a sentir en mí, en todo mi ser, una tal transformación divina que me es
imposible expresarla. Eso me prueba suficientemente que lo que me sucedió el
día de San José no era una ilusión.
Mi
espíritu queda todo impregnado de virtudes excelentes, en particular de bondad,
benevolencia, amor y misericordia.
Soy
arrastrada a perdonar de todo corazón a mis enemigos, a los que me han hecho
algún mal, a amanes, a rogar por ellos, a hablar bien de ellos y a perdonarles,
a tenerles compasión, a testimoniarles benevolencia y afecto, a olvidar el mal
y la injuria que me fueron hechas, a rogar a Dios que no les impute estas cosas
como pecado; y así sucesivamente.
Me
siento igualmente impulsada a la mortificación y santo odio de mi propio yo, a
arrancarme todo amor propio, a no tener para mí ninguna indulgencia, ninguna
atención, a no hacer ningún caso de mi persona y a no soportar, sin
contrariedad, que otros se ocupen de mí o me atestigüen alguna solicitud.
Cuando esto sucede tengo vergüenza, y me humilla más. Reconociéndome indigna,
me atribuyo en todas las cosas la peor y la última parte.
Pero
me viene, como réplica, una dulce propensión a satisfacer a los demás,
procurarles lo que es útil, cómodo, agradable. Me privo de ello como si
tuviesen más derecho que yo. Siento una inclinación a hacer por caridad
trabajos humildemente serviles, abyectos y sucios, para descargar a los otros y
aliviar su trabajo.
En
todo eso descubro y gusto un sabor espiritual, una satisfacción de alma, porque
el santo amor me impulsa a llevar las cargas de los demás. Sin embargo, bien
creo que no poseo estas virtudes en grado perfecto y que deberán crecer en mí a
medida que crezca también la luz interior.
Tales
son las transformaciones operadas en mí en lo que concierne a mis relaciones
exteriores con el prójimo. La transformación interior no es menos importante.
El día
de la vigilia de la Santísima Trinidad [26 de
mayo] del año de 1668, durante la oración de la tarde, me ha
parecido que la amorosa Madre y San José se aparecían en mi espíritu.
Me
revelaban y me hacían comprender la inexpresable pureza interior y exterior,
así como el ardor de amor divino con los que Dios les había agraciado durante
su vida terrestre. Yo veía cómo ellos no habían cesado de cooperar a fin de
aumentar estos dones y de permitirles crecer hasta un grado infinito. Sin
embargo, veía a San José en un menor grado de pureza y de amor que la amorosa
Madre.
Esta
revelación tuvo lugar repentinamente y fue breve, porque apenas duró el tiempo
de un Avemaría. Pero en relación con sus virtudes, sus méritos y la eminencia
de las gracias con las que Dios les había elevado, la inteligencia recibe en
este corto espacio más luces e inspiraciones que no hubiera podido adquirir de
otra manera en largos años.
Todo
esto aumenta singularmente mi admiración, mi respeto, mi amor, mi confianza y
mi devoción hacia la purísima Virgen, llena de gracias, y hacia su querido
esposo, San José. Eso me estimula mucho a seguirles - de lejos y según mi débil
poder - en el camino de su extrema pureza interior y de su ardiente y perpetuo
amor de Dios.
La
amorosa Madre se me había aparecido vestida con un traje resplandeciente como
la nieve. Era una joven de unos dieciocho o veinte años, llena de belleza, de
juventud, de dignidad y de perfección. Recordaba, poco más o menos, los cuadros
que se hacen de la Inmaculada Concepción, en donde la Virgen no lleva Niño
Jesús.
El día
de la fiesta de la Virgen de las Nieves [5 de
agosto], en 1668, durante la oración de la mañana, no tenía otra
preocupación y no percibía otras operaciones del alma que la contemplación de
una presencia extremadamente agradable de la amorosa Madre en lo más alto del
espíritu. Las potencias del alma estaban enteramente privadas de cualquier otro
objeto.
Durante
todo este tiempo fui inundada de una nueva luz celeste, que vertía sobre mí sus
rayos. Estaba rodeada de ella por todas partes, como si me hubiese encontrado
en el centro de un sol. Y, sin embargo, eso no atraía excepcionalmente mi
atención. Mi corazón parecía haber recibido una nueva herida, como de una
flecha de amor de Dios y de la dulcísima Madre. Esta se mostraba
inconmensurablemente bella, y el esplendor de su majestad hubiera oscurecido el
resplandor del sol.
Eso
duró bastante rato, sin que de una y otra parte fuese pronunciada una sola
palabra. Yo la contemplaba sencillamente con una tranquila y afectuosa mirada,
toda llena, sin embargo, de admiración y ternura. Esta visión me era ofrecida.
No era el resultado de una actividad u operación naturales. Esta contemplación
luminosa y tan sencilla era tan eminente y pura, sólo en el espíritu, que no
era tolerado el menor movimiento de las otras potencias. Hubiesen oscurecido
esta contemplación. Me era preciso abandonar todo, permaneciendo en un estado
de pura receptividad en lo que atañe a todo lo que le agradase a Dios operar en
mí.
La
amorosa Madre no me decía nada. No me hacía ninguna caricia. Pero su mirada
estaba llena de afecto, de amistad, de benevolencia. Estaba yo plenamente
saciada por la simple vista de su dulcísima presencia en Dios. Ella estaba
encerrada en el Todo y completamente cubierta de su sombra. Porque yo la veo
siempre en una tal unión.
He
notado hoy lo que a continuación diré, a fin de que vuestra Reverencia pueda
examinarla con todo lo demás. La amorosa Madre me colma de gracias y de
favores. Jamás me ha venido al pensamiento osar esperar, tan sólo, semejantes
cosas. Estoy favorecida actualmente con un gran número de visitas de la amorosa
Madre, que me ha tratado en ellas muy familiarmente.
Nuestro
amor por ella se ha acrecentado de manera maravillosa. Este amor no es
solamente una dulce ternura, una ingenua e inocente afección filial - lo que
sería completamente natural -, sino que es, además, un amor que quema y que
hiere. Me enloquece y embriaga el considerar la acogida tan dulce y afectuosa
de mi muy amorosa Madre, y que ella parece haberme adoptado como a su hija muy
amada.
Pero
¿no es ella también mi queridísima Madrecita, puesto que me derrito de amor por
ella? Hace dos días me ha concedido reposar y dormir sobre su seno durante una
hora o tal vez más. Me ha consolado de manera muy evidente. Me ha librado de
una cierta tentación del enemigo en una forma clara y patente.
&nbs