TEXTOS MÍSTICOS MARIOLÓGICOS

MIGUEL DE S. AGUSTÍN, O. CARM.
[Bruxelles, 15.4.1621 - 2.2.1684]


 

Miguel de San Agustín nació en Bruselas el 15 de Abril de 1621. A los diecisiete años entra en el Carmelo, haciendo el noviciado en 1638 en Lovaina. Hice su Profesión religiosa el 14 de octubre de 1640. Se ordenó sacerdote el 10 de junio de 1645.

 

Muy pronto los superiores le confiaran cargos delicados para el gobierno de diferentes parcelas de su provincia religiosa Flando-Belga (Niederdeutsche Provinz). Fue profesor de Filosofía y Teología y, en el conjunto de treinta y nueve años de sacerdocio, fue Prior durante doce años, Provincial durante diez, dos de Vicario-provincial, diez de asistente provincial, siete de maestro de novicios, tres de suprior y uno de maestro de estudiantes.

 

Murió en Bruselas el 2 de febrero de 1648.

 

Obras principales: Introductio in terram Carmeli et gustatio fructum illius seu Introductio ad vitam vere carmeliticam seu mysticam et fruitiva praxis eiusdem. Bruxelles 1650 (edición flamenca 1659); Pia vita in Christo pro incipientibus, proficientibus et perfectis cum compendiuo tentationum et remediorum earundem pro eisdem. Bruxelles 1663 (edición flamenca 1661); Instructio ad omnimodam abnegationem sui atque omnium creaturarum, atque ad vitam deiformen et divinam et mariaeformen et marianam in Maria propter Mariam ac de adorando Deo in spiritu et veritate (edición flamenca 1669), incluida en su Institutionum Mysticarum libri quattuor. Quibus anima ad apicem perfectionis, et ad praxim mysticae unionis per gradus deducitur. 4 tomos en 2 vols. Anvers 1671 (editada por Gabriel Wessels, Introductio ad vitam internam. Roma 1926).

 


 

LA VIDA MARIEFORME Y MARIANA EN MARÍA

[1669]

 


Miguel a Sancto Augustino, De vita mariae-formi et mariana in Maria propter Mariam,
in:
Id., Institutionum mysticarum IV, tract. 3. Antuerpiae: Typis Marcelli Parys 1671, 139-158.

 

(Publicado por: Stefano Possanzini, O. Carm., La dottrina e la mistica mariana del Venerabile Michele di Sant'Agostino, carmelitano.
Roma: Edizio
ni Carmelitani 1998, 171-186. Existe una traducción anónima en castellano, reeditada por Rafaél López-Melús, O. Carm.: Vida de unión con María. Onda (Castellón): AMACAR - Apostolado mariano-carmelita 1999)

 


Índice

 

CAPÍTULO 1

 

De la misma manera que podemos vivir vida deiforme y divina, podemos también vivir vida marieforme y mariana; es decir: conforme al beneplácito y en el espíritu de María.

 

Después de haber hablado de la vida deiforme y divina en Dios, que la divina clemencia se dignó infundir en nuestro espíritu [en su Brevis instructio ad vitam mysticam, cap. 14: ed. Wessels pp. 217-220], me pareció muy interesante añadir algunas cosas y enseñar de qué modo debemos proceder en orden a nuestra amantísima Madre, puesto que el amor filial hacia ella nos lo urge.

 

Así, pues, supuesto que nos es necesario vivir vida deiforme , como en otro lugar se dijo [Introductio in terram Carmeli. Bruxelles 1650], es decir, conforme al beneplácito de Dios y según las exigencias de su Divina Voluntad, así también, de manera semejante, nos es preciso vivir vida marieforme, esto es, según el beneplácito de la Madre de Dios, María.

 

Por eso, los que se precian de ser hijos suyos carísimos, con el mismo cuidado se afanan por ver si lo que hacen o omiten es según el beneplácito de Dios y, a la vez, de la Madre amantísima, esforzándose constantemente en mirar siempre hacia Dios y su santísima Madre en todo cuanto hacen o dejan de hacer, para poner en práctica, con prontitud y alegría, todo cuanto comprenden que les es grato y evitar con todo empeño lo que saben que les desagrada.

 

Además, para llevar una vida sobrenatural o divina, se necesita la gracia sobrenatural, o Espíritu divino, que prevenga, excite, ayude, acompañe y siga al alma que ama a Dios, la cual, con sólo cooperar fielmente con este Espíritu divino, vive vida sobrenatural y divina.

 

Ahora bien: como quiera que, según el sentir de los Santos Padres, Dios ha decretado no dar ninguna gracia a los hombres que no pase por las manos de María (por lo que la llaman cuello de la Iglesia, a través de la cual han de pasar necesariamente desde Cristo, que es la cabeza de esa Iglesia, todas las gracias y bendiciones celestiales que se conceden a los demás miembros, de suerte que todas esas gracias de Dios sean, a la vez, beneficios y gracias de esta amantísima Madre), hay que concluir que no sólo la gracia o el Espíritu de Dios obra y causa la vida divina en tales almas, sino que también la gracia y el espíritu de María obra y causa la vida mariana.

 

De esta forma íntima deseaba San Ambrosio que viviese el espíritu de María en nosotros cuando decía: Déjense poseer todos por el anima de María, para que sea ella la que cante la magnificencia del Señor. Posean todos el espíritu de María para que salte de júbilo en Dios, su Salvador. Y yo aún añado: Poseamos todos nosotros el espíritu de María de tal suerte, que en él y por él vivamos, hasta lograr que ese espíritu mariano, que habita en nosotros, sea quien realice nuestras obras y tareas y así nosotros podamos vivir por él.

 

Por eso ella misma, María, nos dice, por boca de nuestra Madre la Iglesia: Mi espíritu es más dulce que la miel (Sir 24, 27), y Los que obran en mí - a saber: con la gracia por mí adquirida - no pecarán (Pr. 8,35), porque quien me hallare a mí encontrará la vida y alcanzará la salvación (Sir 24,30). Y en otro lugar dice: En mí está la gracia de todo camino - es decir: la gracia para todos los estados de las almas que aman a Dios y le buscan -; en mi está toda esperanza de vida y virtud (Sir 24, 25), de tal modo, que nadie, de cualquier estado o condición que sea, conseguirá gracia alguna, o podrá tener alguna esperanza de vida divina o virtud cristiana si no es por la mediación de María, nuestra amantísima Madre, que es la que dispensa y distribuye tales gracias.

 

En este sentido, el alma piadosa, insensiblemente, se irá acostumbrando, poco a poco, a llevar una vida divina y, al mismo tiempo, mariana, ya que tal vida proviene juntamente del Espíritu de Dios y del de María, o, con otras palabras, proviene de la gracia divina alcanzada y concedida por las manos de María.

 

Bajo este aspecto y de este modo, cuando el alma que busca a Dios llega a tal grado de perfección que ya no vive más que vida cristiana y divina, puede decir, con verdad: Vivo yo, pero no soy yo quien vive: es Cristo y María quienes viven en mí (Gal 2, 20). O si se prefiere: Él Espíritu de Jesús y María, que habita en mí, es quien realiza mis obras. Este único e idéntico Espíritu de Jesús y María es el que lo hace todo en el alma.

 

Y, en este sentido, también se puede decir que María tiene su reino en el alma y su trono está junto al de su Hijo Jesús y que, con la misma proporción con que crece, aumenta y se rejuvenece el reino de Jesús en el alma, crece, aumenta y se rejuvenece el reino de María.

 

Entonces es cuando plenamente se realiza en el alma aquello de A tu diestra está la reina (Sal 44, 11), puesto que, entonces, uno y otro reino, el de Jesús y el de María, florecen a una e indivisiblemente en el alma, y ambos, Jesús y María, reinan en íntima y unánime concordia en ella.

 


 

CAPÍTULO 2

 

Así como vivimos en Dios, podemos vivir en María, ya sea obrando, padeciendo o muriendo, lo cual puede realizarse en el alma o en virtud de una costumbre adquirida o por amor de Dios.

 

En otra parte hemos expuesto la manera y modo cómo se ha de ejercitar la vida deiforme y divina en Dios. Ahora, dando un paso más, afirmamos que también se puede ejercitar la vida marieforme en María. Veámoslo.

 

Para que vivamos en Dios, es necesario que en todo cuanto hayamos de hacer, omitir o soportar, obremos según su Voluntad; que todo lo que se ofrezca sufrir, sea en el cuerpo o en el alma, en lo interior o en lo exterior, venga de los hombres o de los demonios, lo aguantemos con ánimo reverente y con espíritu de amor, con una especie de conversión, introversión, inclinación o aspiración del alma hacia Dios, suave y amorosamente.

 

Lo haremos con una como tranquila respiración de la Divina Esencia, imitando al Salvador, que dejaba que el Padre, que en Él moraba, hiciera todas sus obras y, a la vez, Él, en íntima unión con el Padre, las realizaba, con una apacible, amorosa y reverencial mirada de entrega total de su espíritu a su Padre celestial.

 

Pues bien: de un modo semejante podemos también vivir en nuestra amantísima Madre María, procurando, con todo esmero, conservar o fomentar en nosotros esa filial, tierna y candorosa entrega de nuestro corazón, esa aspiración o respiración hacia María, como a nuestra más amabilísima y queridísima Madre en Dios, en todo cuanto tengamos que obrar o soportar, en todo cuanto hayamos de hacer u omitir, en nuestras penalidades, dolores, aflicciones y tribulaciones, de tal modo, que nuestro amor a María y de María a Dios tenga un suave y mutuo flujo y reflujo.

 

Y esto parece ser que es lo que hace, algunas veces, el Espíritu divino en el alma, por una especie de desbordamiento y sobreabundancia o redundancia del amor divino hacia María y en ella otra vez a Dios, como sucedía en Santa María Magdalena de' Pazzi, que, frecuentemente, en medio de la exuberancia del Amor divino, que la desbordaba, recurría a la Virgen, Madre de Dios, como a la más ternísima de las madres, desahogándose con ella en amorosos y candorosísimos coloquios y esto aun en aquellos mismos éxtasis en que el divino Espíritu la ponía. Y de estos ejemplos están llenas las vidas de algunos santos, como San Bernardo, San Pedro Tomás, San José Hermann y otros parecidos.

 

En esta disposición, causada espontáneamente en el alma por el Espíritu de amor o facilitada por el hábito adquirido con la frecuencia de actos de amorosa entrega a la Madre amable, el alma conserva un continuo y tierno recuerdo de María y una inclinación y tendencia hacia ella, de un modo muy parecido al recuerdo, amante y reverente, que siente de Dios en todo lo que hace.

 

Hasta tal punto que, así como por el fiel ejercicio de la fe y de un amor constante adquirió el hábito o costumbre de tener siempre presente en su pensamiento a Dios y de arrojarse a Él, en un ímpetu sincero de amor, con tal facilidad que parece ya imposible que tal alma se olvide de Dios. Así también, de modo semejante, el hijo amante de María, por el ejercicio constante que hace de tenerla siempre presente en su mente, adquiere el hábito o costumbre de este filial y amoroso recuerdo, de tal modo que todos sus pensamientos y afectos se enderezan, a la vez, a ella y a Dios como término único, hasta parecer cosa imposible que al alma pueda olvidarse de su tierna Madre o de Dios.

 

Esta envidiable costumbre había adquirido el carmelita S. Pedro Tomás, Patriarca de Constantinopla, y precisamente por eso, en todo cuanto hacía, aun en las más altas funciones de su oficio y en las Legaciones Apostólicas que se le confiaron, miraba constantemente a María y hacia ella se iba su espíritu con afecto filial, sazonando todas sus obras con el amor a la Señora, ofreciéndoselas todas y cada una singularmente. Ella, en retorno, velaba, en todas partes, por él y le consolaba y le confortaba con cariño y solicitud maternales.

 


 

CAPÍTULO 3

 

Cómo el amor divino del alma se extiende también a la Madre amable y hace vivir al alma juntamente en Dios y en María. Cómo el alma se porta con la Madre de Dios aparte de esta operación.

 

Cuando aquel ternísimo, filial y candoroso afecto del corazón hacia nuestra tierna Madre aletea en el alma, sostenido por el Espíritu de Dios o del amor divino, entonces todas las cosas fluyen espontáneamente y hasta la naturaleza parece que cambia por completo, en este tiempo, dando la impresión de que se reviste de inocencia, ternura, sencillez y demás cualidades e inclinaciones de un pequeñuelo hacia su ternísima y queridísima Madre y como tal se porta con ella, con todo candor e inocencia.

 

Así como entonces la caridad de Dios está derramada en su corazón por virtud del Espíritu Santo que le ha sido dado al alma (Rom 5, 5) y ese mismo Espíritu es el que, en tal coyuntura, obra, dirige y anima al alma y es el principal actor en este juego de amor, así también aquel trato candoroso con nuestra amable Madre no es otra cosa que la exuberancia y desbordamiento del divino amor que posee totalmente al alma y la arrastra, suavemente, hacia la Madre tierna.

 

Esto lo hace con tal maestría y de tal forma, que, al mismo tiempo y con la misma amorosa ternura, se arroja en María y, al instante, es arrastrada por ella y de esta forma se arroja en el océano de Dios, sin necesidad de intermediarios y sin impedimento alguno o mixtificación o confusión de espíritu.

 

De este modo el amor de Dios y de María parece que un solo e idéntico amor, con una especie de flujo y reflujo divino continuo, mientras el alma, juntamente con su tierna Madre, descansa amorosa y plácidamente en Dios. O para decirlo mejor: es un solo y único Espíritu (1 Cor 12, 11) que obra y realiza este afecto de amor a Dios y a María como quiere y cuando quiere, llenando de amor el alma y convirtiéndola, unas veces, en amantísima esposa reclinada en los brazos de su Amado, y otras, en candoroso pequeñuelo para con esta dulcísima Madre.

 

Y cuando pase este actual desbordamiento y operación de Espíritu Santo o amor divino, el amante hijo de María quedará con un nostálgico y amoroso recuerdo de la Madre, con amorosa inclinación hacia ella, si bien no con tanto candor y ternura, pero con un afecto más razonable, más maduro y más viril, cosa muy natural, ya que, en estos momentos, aunque el alma lo pretendiera, no podría portarse y obrar tan candorosa y tiernamente.

 

Si así lo hiciese, sería un modo de obrar ficticio y como postizo, mientras que, en el otro caso, todo es como con natural y espontáneo, sin la más leve ficción o simulación, como que procede del Espíritu de Dios, que habita en el alma y que obra de muy diversos modos, según su Santa Voluntad y cuando quiere y como le place.

 

Pudiéramos decir que hay dos personas en una sola alma, que alternativamente obran lo que a cada una corresponde, sin afectación ni fingimiento, sino con toda naturalidad, como si de la misma naturaleza brotase ahora una cosa y después otra, hasta el punto de que, más de una vez, el alma se admira de sí misma al percibir y sorprender en sí, en tan corto espacio de tiempo, ora una disposición, ora otra y tan distintas y contrarias entre sí, como si el alma no fuese una sola e idéntica persona en todos los casos.

 

Por lo cual, para que este juego de amor no sufra menoscabo alguno, se esfuerza siempre en estar atenta a sus inclinaciones internas y espontáneas para seguirlas con toda sencillez y sin violentar nunca su espíritu.

 


 

CAPÍTULO 4

 

Así como debemos vivir, obrar, padecer y morir por Dios, así también por la Madre amable. De qué modo.

 

De todo lo anteriormente expuesto se puede colegir cómo el alma que ama a Dios puede también vivir en María. Pero ahora se presenta otra cuestión: ¿Es oportuno y conveniente vivir por y para María, como es oportuno y conveniente vivir por y para Dios? Y yo respondo que sí, de este modo: Él alma que ama a Dios, además de vivir por y para Dios - es decir, ejercitando todas las operaciones y actividades vitales de sus potencias y sentidos y soportando todos los trabajos y penalidades por amor de Dios y a su honra y gloria, según su santa voluntad -, se ha de esforzar también, de manera semejante, en vivir por y para María, dedicando y consagrando íntegramente todas sus actividades a María, como el mejor obsequio, a su mayor honra y gloria y por su amor para que también Elia sea honrada, ensalzada y amada por todo y en todo y su reino se agrande, se dilate y se extienda por todo el reino de su Hijo Jesús, de tal manera que, así como vivimos, obramos, padecemos y morimos por Jesús, así también vivamos, obremos, padezcamos y muramos por María.

 

Y así como Jesús debe tener su reino y su trono en nosotros, así también María debe reinar en nuestro corazón, poniendo a su libérrima disposición y beneplácito todas nuestras obras y trabajos, para que de este modo, cooperando nosotros libremente, ella pueda llegar a la plena posesión de su reino, al que, por otra parte, ya tiene derecho como Reina de Cielos y Tierra y como Reina de todos los justos y santos, y no seria propiamente tal si no le compitiese y tuviese sobre nosotros alguna potestad e imperio y si nosotros no estuviésemos obligados a encauzar u ordenar nuestra vida según su voluntad, en su obsequio y para su gloria.

 

De este modo la había entronizado en su corazón y la veneraba como Reina San Pedro Tomás, gloria de la orden Carmelita, consagrando constantemente a la Señora todas sus actividades y aún toda su vida y como señal y testimonio de que era ella la única que reinaba, llevaba grabado, en su corazón, el nombre dulcísimo de su Reina. San Gerardo, también Carmelita, rezaba diariamente el oficio de la Asunción gloriosa a los Cielos, como prueba y señal de que la tenía por Reina y, a la vez, para tener un continuo y grato recuerdo del momento aquel en que fue consagrada Reina de Cielos y Tierra. A este mismo reconocimiento de su soberanía indujo al Rey de Hungría, San Esteban, quien, precisamente por esto, consagró todo su reino a María y ordenó que ninguno de sus súbditos dejase de llamarla Señora o Reina y no de otro modo. De estos ejemplos debemos sacar en conclusión que también nosotros debemos consagrar toda nuestra vida a su honor y gloria.

 

Además, siendo como es Madre de todos los elegidos, es lógico que todos le mostremos un afecto filial y tierno amor en todo cuanto hagamos o dejemos de hacer, en nuestros trabajos y sufrimientos, en vida y en muerte, de tal modo que sea ella el segundo fin y objetivo de nuestra respiración, de nuestros deseos, de nuestras angustias, por quien vivamos.

 

Estemos bien convencidos de que si vivimos, para esta Reina y Madre vivimos, y, si morimos, también para esta Señora y Madre morimos, ya que, viviendo o muriendo, siempre seremos hijos de esta Madre. Por eso me parece que la estoy oyendo exclamar: Tendréis muchas nodrizas o madrastras, pero no muchas madres, puesto que yo sola fui la que os engendré en Cristo Jesús (1 Cor 4, 15).

 


 

CAPÍTULO 5

 

Él vivir y morir por María han de ordenarse definitivamente a Dios, sin mezcla de propio interés. Lo mismo se ha de decir del culto de los demás santos.

 

Me parece conveniente hacer constar aquí que el vivir y morir por y para María - y lo mismo hay que decir de culto, amor y veneración de los demás santos - es necesario ordenarlo y dirigirlo últimamente a Dios. Así como María está ordenada totalmente, en cuerpo y alma, a la gloria de Dios y eternamente vivirá por Dios y para su amor y gloria, así también el vivir y morir por María se han de dirigir y encauzar, necesariamente y en último camino, a Dios.

 

Es decir: que hemos de vivir y morir por María no como si fuera nuestro último fin o pensando y buscando nuestra comodidad o provecho, sino con el fin exclusivo de que, viviendo y muriendo en María y por María, vivamos y muramos más perfectamente en Dios y por Dios.

 

Trabajemos para que el reinado perfecto de María en nosotros coexista juntamente con el más perfecto reinado de Jesús en nuestra alma, puesto que el reino de María no se opone al de Jesús, sino que a él se ordena y consagra totalmente.

 

Por eso, el alma que se precia de ser hija fiel de esta Madre amable vigila atenta y constantemente, en todo cuanto hace, para que la caridad o amor de Dios que tiene derramado por todo su corazón por virtud del Espíritu Santo que le fue dado (cf. Rom 5, 5) se extienda y redunde también hacia María, recurriendo a ella con sencillez y amor, poniendo en ella, con todo candor, la mirada amorosa de su corazón y teniéndola, siempre y en todo lugar, presente en su pensamiento, con un cariñoso y filial recuerdo, de suerte que esta redundancia hacia María, este desbordamiento de la caridad de Dios hacia la Madre amable de nuevo vuelva y refluya, y termine últimamente en Dios, ya que en este flujo y reflujo de amor no ha de haber otro fin último que Él.

 

Y esto es lo que se realiza perfectamente en el alma cuando el Espíritu Divino es el que, desde lo más íntimo de nuestro ser, mueve y dirige todo este juego de amor. Entonces es cuando se ve por experiencia que este vivir por y para María no es ningún obstáculo para vivir por y para Dios, sino más bien es una ayuda y acicate constante para el alma.

 

O mejor dicho: es la confluencia y unión del amor de Dios, por María y con María en Dios, en un perfectísimo deliquio y transformación de amor, reclinándose con María en Dios o echándose en los brazos del único y solo amor de la Madre y de Dios, para descansar, finalmente, en Dios como en su último fin.

 


 

CAPÍTULO 6

 

La vida mariana lleva en sí misma una perfección mayor que el estado de simple unión con Dios, como sucede en los bienaventurados. Esta vida es mariana, divina en Dios y por Dios y, a la vez, en María y por María.

 

Parece que el Espíritu, dando un paso más, descubre - y la experiencia se lo enseña a algunas almas piadosas - que la vida en María o mariana, unida e injertada en la vida en Dios o divina, se puede decir y es de mayor perfección que el simple estado de unión con Dios, Sumo Bien, que la simple vida en Dios o divina.

 

Pues aunque no se nos oculta que, en nuestro modo ordinario de hablar, Dios es el único y Sumo Bien de la misma, para el cual fue creada y en cuya consecución, contemplación, posesión y goce está radicada toda su felicidad y bienaventuranza, tanto en esta como en la otra vida.

 

En este sentido, el alma no puede ni siquiera intentar ir más allá, ni esforzarse inútilmente en pretender cosa más sublime, sin embargo, en otro sentido, sí que puede intentar subir más alto y de hecho subir, como lo vamos a explicar.

 

Los bienaventurados, en el Cielo, gozan todos de una perfectísima gloria, bienaventuranza, gozo y hartura, contemplando, amando y gozando de Dios cara a cara, ya que están como totalmente penetrados por la luz de la gloria e invadidos y rebasados por el amor beatífico, en los cuales está toda su felicidad y bienaventuranza.

 

Sin embargo, todos sabemos que, aparte de esta gloria o bienaventuranza esencial, también tienen y gozan de otras glorias y gozos accidentales, cada uno según las exigencias y medida de sus méritos y la ordenación de Dios, que es el que remunera. Así por ejemplo, unos bienaventurados tienen más gozos accidentales que otros en la contemplación de la Sacratísima Humanidad de Cristo, de sus Sagradas Llagas, de su Santa Cruz, causa instrumental de su gloria, o en la contemplación de la Santísima Virgen, Madre de Dios, del Glorioso Patriarca San José y de otros santos, o tienen más claro conocimiento de algunos misterios de Dios, etc. En este sentido se puede decir también que un santo está más alto, en la gloria, que otro, ya que el amor beatífico es en él más intenso que en el otro y abarca más objetos o motivos de gozo.

 

Pues bien: de una manera muy parecida se conceden, en esta vida, a algunas almas piadosas ciertas gracias, dones o favores accidentales, con los que, en cierto modo, se asemejan a los bienaventurados y por los cuales se elevan en un grado de unión más perfecto y sublime, consiguiendo así, poco a poco vivir una vida más perfecta en el amor y goce de Dios.

 

Bajo este aspecto, la vida mariana, unida a la vida divina, es más perfecta y un grado más alta que la vida contemplativa o unitiva ordinaria, ya que esta vida mariana es doble, por así decir: divino-mariana en Dios y María, por la simple y sencilla contemplación, amor y gozo de Dios en María y de María en Dios.

 

Cuando el alma fervorosa llega a tal perfección que el Espíritu Divino, que mora en lo más íntimo de su ser, es el que frecuente y aún constantemente la mueve para que continuamente tenga presentes en la memoria, en cuanto hace u omite, los dos objetos de su amor: Dios y María, y por ellos respire y viva, entonces se puede realmente decir que vive una vida totalmente divino-mariana en Dios y mariano-divina en María, y, por consiguiente, mientras el alma se afana buscando el mayor amor y la mayor alabanza y gloria de Dios y de María, en todas sus obras, palabras y pensamientos, es evidente que vive, a la vez, por Dios y por María.

 

Ahora bien: esta vida divino-mariana es más perfecta que la simplemente divina, porque el Espíritu de amor, además de unir al alma con Dios, la une también con María, sin que esto sea ningún obstáculo para la primera unión, y así la tiene ocupada simultáneamente en Dios y en María.

 

Por tanto, en este sentido, al menos por extensión, es más perfecta que si sólo se ocupase en Dios; lo mismo que decíamos antes de los Santos, que accidentalmente, podían tener más o menos gloria - accidental, por supuesto -, según que su contemplación y gozo se extendieran a más o menos motivos de gozo, estando, por lo demás, en igualdad de circunstancias.

 


 

CAPÍTULO 7

 

El objeto de la vida mariana es Dios y María como unidos entre sí de un modo sublime, de manera semejante a lo que sucede en cierta vida contemplativa en que el objeto es o sólo Dios o Dios y el hombre como personalmente unido y formando un solo objeto. Qué operaciones se derivan de esto en el alma.

 

Expliquémonos para mejor entendernos. Así como se da una vida simplemente contemplativa que tiene por objeto la sola esencia de Dios, sin forma ni figura alguna determinada, o algo absoluto, divino, como, por ejemplo, la Santísima Trinidad o las nociones, atributos y perfecciones divinas y otra también contemplativa, cuyo objeto es Cristo, Dios y Hombre, Dios en la Humanidad en que se encarnó y Humanidad unida personalmente a la Divinidad, así también, además de la simple vida contemplativa de Dios y de la vida contemplativa de Cristo, Dios y Hombre, hay otra vida contemplativa de Dios en María y de María en Dios, entregada indisolublemente a los dos, a la vez, y amorosamente fluyendo hacia ambos como unidos de una manera singularísima, no personal, como es la unión de la Humanidad de Cristo con la Divinidad, pero si tan íntima, que, aunque sea por gracia, parece casi sustancial, y tan sublime, que, desde luego, ninguna criatura, por excelente que ella sea, goza de tal unión con Dios.

 

Es una unión singular, basada en su condición de Madre, la cual, en cierto modo, es una misma cosa con su Hijo Dios, de quien es verdadera Madre y a quien, en razón de tal, no se la puede mirar, amar ni honrar desligada de la Divinidad.

 

De este modo contemplan a María algunas almas fervorosas, es decir: como una sola cosa en Dios y con Dios, sin necesidad de medio alguno que los una, y de aquí resulta que, como Dios está en todas partes, ven y encuentran a su tierna Madre y la besan y abrazan en Dios, en un envidiable deliquio y transformación de amor, como si su ser se derritiera y fundiera o transformara, a la vez, en María y en Dios.

 

Entonces parece que tales almas son metidas y como absorbidas en su purísimo, santísimo y ardentísimo Corazón o en su seno maternal, desfalleciendo en él como desmayadas y enajenadas totalmente por la fuerza de su exquisito y candorosísimo amor a la Señora y, juntamente, a Dios, en un desbordamiento de amor hacia ambos.

 

Descansando plácidamente en el Corazón de la Señora, el alma queda extasiada y languideciendo de amor hacia uno y en uno, resultando así una doble y al mismo tiempo, única vida divina. Entonces es cuando se les concede a estas almas el vivir espiritualmente en María, descansar en ella, gozarla, fundirse, por así decir, con María por un especial amor unitivo.

 

Él modo cómo se realizan estas cosas es como sigue: Cuando el espíritu se encuentra absorto y como embriagado en la Esencia - sin forma ni figura - de Dios, con la mayor sencillez, desnudez y tranquilidad, e íntima y sabrosamente ocupado en la contemplación y gozo de esta simplicísima Esencia, entonces suele experimentar el alma en su interior una suave atracción a contemplar y abrazar a esta tierna Madre y recostarse amorosamente en su pecho y allí plácidamente gozar y descansar.

 

En una palabra: se entrega totalmente a ella con exquisito amor, como unida especialísimamente a Dios de tal forma que, amando y gozando de Dios, ama y goza de esta amable Madre, como si fuese una sola cosa con Dios, y así, por parte del alma, Dios y María parece que constituyen un solo objeto de amor y gozo, puesto que, en esos momentos, los considera bajo y solo y único punto de vista.

 

Algo parecido a lo que hace el alma piadosa cuando medita en la Humanidad de Cristo, a la que contempla unida a la Divinidad. Son dos naturalezas distintas, unidas en una sola Persona, pero las considera como un solo objeto. Pues una cosa semejante sucede en nuestro caso: el alma contempla a Jesús y María como Madre e Hijo que están íntimamente unidos, y así constituyen como un solo objeto, o, sí se quiere, dos, pero correlativos, de tal suerte que sea imposible conocer o amar al uno sin el otro.

 


 

CAPÍTULO 8

 

La vida mariana no es ningún obstáculo para la vida simplemente contemplativa. Cómo ha de ser practicada cuando cesa el influjo actual del Espíritu Santo y cómo la practicó S. Pedro Tomás y otros santos.

 

Por lo que llevamos expuesto, se ve claramente que éste es un modo excelente, puro y perfecto de amar a la Santísima Virgen, aunque acaso sean pocos los que lo conocen por experiencia, precisamente por creerse que la vida mariana, en María y por María, y, a la vez divina en Dios y por Dios, es propia y exclusiva de algunos escogidos y predilectos hijos de María y aun éstos por una singular condescendencia de la Madre amable.

 

Por tanto, aunque a algunos, aun de los que aspiran a la mayor perfección, les parezca una simpleza esta vida mariana en María y por María y les desagrade, nosotros les rogaríamos que se cuidasen muy bien de despreciarla o de creerla menos perfecta y propia sólo de principiantes o, a lo más, de aprovechados, mas no de perfectos, juzgando que se opone a la simplicidad, sencillez, aniquilación y negación de criaturas y, por lo mismo, muy lejos aún de la perfección.

 

Deben saber, los que así piensan, que tal vida mariana se compagina muy bien - como ya hemos explicado - con la vida divina. Es más: la ayuda y favorece y le da mayor fuerza.

 

Conviene, sin embargo, advertir que cada cosa se ha de hacer a su debido tiempo.

 

Teniendo precisamente esto en cuenta, nos parece contraproducente forzar al alma y empeñarse, hasta indelicadamente, en ocuparla en aquella sublime contemplación de que hemos hablado, cuando el Espíritu Santo no obra ni la atrae en aquellos precisos momentos, siendo así que entonces basta y sobra con mirar con cariño a esta tierna Madre y amarla con un plácido y reflexivo amor, hasta que llegue la hora en que ella se digne infundir y derramar en el alma este espíritu de vida mariana.

 

Cuando las almas unidas a Dios sean atraídas suavemente y como llevadas de la mano, por nuestra Madre, a este sublime grado de perfección, entonces sabrán, por experiencia, cuán cierto y verdadero es todo cuanto llevamos escrito de esta vida mariana, en María y por María.

 

Entonces ya no se extrañarán los tales de que el Carmelita S. Pedro Tomás sintiese un amor tan tierno y candoroso hacia esta Madre amabílisima. Ni se extrañarán tampoco de que acudiese a la Señora tan amante y confiadamente y de que constantemente la recordara con infinita nostalgia, pareciendo imposible que se pudiera olvidar por un momento de ella, amándola con toda su alma y recordándola en cada latido de su corazón, pues hablando, comiendo, bebiendo o haciendo cualquier cosa, todo lo sazonaba con el cariñoso recuerdo del dulcísimo nombre de María, que en premio llevaba impreso en su corazón, según se dice. Y es que la prolongada costumbre que tenía de llevarla siempre en lo íntimo de su pecho y de amarla con tanta vehemencia y ardor, parece que le consumía y fusionaba en María, uniéndole y como transformándole en ella, precisamente por ese amor transformante que sentía hacia ella y hacia Dios al mismo tiempo.

 

Lo mismo se puede decir de S. Bernardo, que parece que vivía de la leche de los pechos de nuestra amabilísima Madre. Del Beato José, de la Orden de S. Norberto, se podría decir que fue criado y alimentado por ella. Santa María Magdalena de' Pazzi y otros muchos santos vivieron de hecho una vida eminentemente mariana, sin que por eso sufriese el menor menoscabo su contemplación y unión de amor con Dios.

 

Ahora bien: decir o afirmar que estos santos fuesen imperfectos en estos amorosos requiebros marianos y en esas íntimas actuaciones del Espíritu Divino, me parece ilógico y fuera de razón y hasta irreverente para ellos, como ya demostramos, más ampliamente, en otro lugar.

 


 

CAPÍTULO 9

 

La excelencia de la vida mariana dimana de la perfectísima unión de María con Dios; pues de otro modo, no sería tan perfecta y constituiría un obstáculo entre el alma y Dios. María, más que ninguna otra criatura, forma como una sola cosa con Dios; como Madre suya que es y más intensamente divinizada.

 

De todo lo dicho se infiere que toda la dignidad, excelencia, sublimidad y perfección de la vida mariana, en María y por María, radica y nace de la singular y especialísima unión de María con Dios y de su sobreabundante participación en los carismas, gracias, prerrogativas y propiedades divinas que a ella parece que se le han concedido sin tasa ni medida, más que a todas las demás criaturas y de un modo inefable e incomprensible para nosotros.

 

De ahí que de contemplar, amar, gozar y abrazar a María, en cuanto penetrada, anegada y sumergida en la Divinidad, sea de donde precisamente le venga a esta vida mariana toda su excelencia y sublime grandeza, como extraída del abismo inagotable de todos los bienes, Dios, en cuanto unido a María, y, bajo este aspecto, contemplado, amado, considerado, querido y abrazado como formando una misma cosa con ella.

 

Porque si la contemplación, amor y gozo de María en Dios y de Dios en María no fuera simultánea, la vida mariana, de que venimos hablando, sería más ruda e imperfecta, ya que considerar, amar, abrazarse y entregarse con candoroso afecto a ella, como a pura criatura y no como unida a Dios y en Dios, necesariamente convertiría nuestro amor en puramente natural o sensible o, por lo menos, con muchas imperfecciones y mixtificaciones y, por consiguiente, sería un estorbo entre Dios y el alma y la llevaría a una lamentable multiplicación de objetos.

 

Porque cual es el objeto tal será el amor. Si el objeto es natural y sensible, sensible y natural será también el amor que le tengamos. Y si el objeto es sobrenatural y divino, divino y sobrenatural será nuestro amor.

 

Por eso al alma que ama a María debe procurar, a todo trance, purificar más y más su amor hacia ella, amándola con purísimo amor, precisamente en cuanto que es nobilísima y perfectísimamente amable en Dios, y como, de hecho, la aman los Bienaventurados y hasta el mismo Cristo y aún Dios mismo.

 

Para mejor llevar esto a la práctica será conveniente entender por qué esta Madre amable está unida más a Dios, más compenetrada de su Divina Esencia y participa de los atributos y perfecciones divinas en mayor y más alto grado que cualquier santo y aun que los Ángeles.

 

Y la razón no es otra que el haber sido elevada por Dios a la dignidad de Madre del Verbo Eterno del Padre, concibiéndole en su seno virginal y llevándole en sus entrañas durante nueve meses, con lo que su naturaleza, su cuerpo y su alma quedaron tan divinizados, tan deificados, tan penetrados y tan embriagados de su Divinidad y tan unidos a Él y en Él transformados y convertidos, en virtud de su recíproco e indisoluble amor unitivo, que el alma fervorosa, sin esfuerzo alguno, puede fácilmente hacerla objeto de su contemplación, de su amor y de su plácido gozo como una sola cosa con Dios y en Dios, y, en este sentido, vive vida mariana en María y por María y, al mismo tiempo, vive vida divina en Dios y por Dios.

 

Muy atraída y animada se siente el alma piadosa a vivir esta vida cuando Dios se digna iluminarla con luz especial para que, abriéndole más los ojos de la fe, vea y conozca la excelencia, inefable sublimidad, poder y dignidad con que Dios enriqueció a su Madre y la hizo dispensadora de todas sus gracias, carisma, favores y misericordias y a la cual adornó también, como a Madre suya, con sus divinas perfecciones, uniéndola tanto a su Esencia, que al alma le parece una sola y única cosa con Dios. Así tenía que ser para que hubiese proporción entre Madre e Hijo.

 

Por eso el alma piadosa no se puede persuadir ni convencer de que la unión de esta amable Madre con la Divina Esencia sea tan simple como la de los demás santos, sino que, iluminada por la luz interior que Dios le ha dado, ve a su tierna Madre como totalmente divinizada y como formando una sola cosa con Dios, hasta tal punto que, en cierto sentido, se la pueda llamar y sea Diosa, pues no parece sino que es, por gracia, lo que Dios es por naturaleza. Y a fe que si de los santos se ha dicho: Yo dije: sois dioses y todos vosotros sois hijos del Altísimo (Ps 81,6) ¿con cuánta más razón no se la podrá llamar y decir que es Diosa, María?

 


 

CAPÍTULO 10

 

Algunas almas son especialmente atraídas e invitadas a esta vida mariana en María, por ilustraciones internas acerca de sus excelencias; gracias; prerrogativas; etc., de donde les viene un singular amor hacia la Madre amable.

 

Algunas almas devotas se ven fuertemente atraídas y estimuladas a vivir esta vida mariana en María y por María, por otras ilustraciones internas acerca de su eminente grandeza.

 

Dios, en su bondad, se digna, de vez en cuando, manifestarles más y más la grandeza, sublimidad, poder y majestad de esta amabilísima Madre y de su incomprensible e inefable amor hacia ella, en fuerza del cual Dios infundió en su Madre tal sobreabundancia de innumerables gracias, privilegios y prerrogativas, sacadas de lo más íntimo de su Divino Corazón, que ya no puede darle más, ni hacerla más grande, más bella, más sublime, más excelente o más digna de lo que la hizo.

 

En este sentido, ni aun Dios, en su omnipotencia, sabiduría y bondad, podía crear una criatura más noble, más pura, más perfecta o más digna que esta Madre suya y nuestra amabilísima.

 

Entonces es cuando comprenden estas almas cómo Dios, totalmente cautivado por su infinito amor a esta dulcísima Madre, se volcó de lleno en ella y la colmó de sus divinas perfecciones, en el más alto grado de que es capaz una pura criatura.

 

Añádase a esto la cooperación de María, que, en cada instante, respondía con fidelidad suma a las exigencias de las gracias que se le habían concedido, llegando a tal perfección, que ni aun la más mínima falta consintió jamás, sino que, por el contrario, ilustrada con la luz divina y ardiendo y abrasándose en amor de Dios, superó en perfección a los mismos Ángeles.

 

A estas almas, una singular luz divina las descubre y revela, a veces, que Dios se complace y goza más en sola su excelsa Madre que en todos los santos juntos y por eso la ama más a ella sola que a todos reunidos.

 

Con estos y otros parecidos conocimientos ciertos e ilustraciones internas acerca de las excelencias de María, constantemente se va agrandando en tales almas la estimación, veneración y amor a esta tierna Madre, con gran estabilidad, sencillez y pureza, hasta el punto de que parezca imposible separar de ella su pensamiento y aun el corazón parezca estar herido por el abrasado amor a la Señora.

 

De aquí nace el que tales almas se sientan, algunas veces, como levantadas en alto y sumergidas en un exceso de amor, pues aquella nueva manifestación y conocimiento de las maravillosas perfecciones que Dios encerró en María y del infinito e inexplicable amor que le tiene, etc., las arrastra irresistiblemente a una admiración profunda y sublime que las hace contemplar a María con el alma iluminada y abrasada en delicadísimo amor, y allí se quedan, como absortas y extasiadas, sin poder llegar a comprender totalmente lo que se les está descubriendo.

 

Y no satisfecho aún el amor con ello, frecuentemente parece que está hirviendo y como en ebullición en lo más íntimo del corazón, obligando al alma a prorrumpir en exclamaciones de admiración, inspirándole nuevas palabras con que pueda expresar la magnificencia, excelencia y dignidad de esta amantísima Madre y alabar, bendecir, engrandecer y ensalzar a la que tan ardiente y amorosamente ama, como suele ocurrir a un enamorado, loco de amor, que no sabe qué buscar, fingir o inventar para alabar, engrandecer y exaltar a su amada.

 


 

CAPÍTULO 11

 

Otras operaciones del amor a María, gozándose en sus excelencias y en su dulcísimo nombre, descansando, respirando y viviendo en María.  En qué sentido viva el alma en María y juntamente en Dios y cómo se derrite en su amor y se transforma en ella.

 

De aquí nace también que tales almas apenas pueden olvidarse un momento de esta Madre amable, lo mismo que no pueden olvidarse de Dios, presente en todas partes.

 

Y de ahí que, a veces, en fuerza de la ternura de su amor, parece que se pierden en esta Madre y en ella se transforman y absorben, pues el fuerte y a la vez suave e íntimo amor que sienten las lleva a un profundo olvido de sí y de todo lo creado.

 

Otras veces sienten un gran gozo, alegría y júbilo contemplando a su dulcísima Madre tan poderosa, con tanta majestad y tan ensalzada, honrada y amada de Dios, no sabiendo qué hacer o decir cuando quieren dar gracias a Dios por ello o cuando a ella y a Él les alaban y bendicen en proporción con las noticias e ilustraciones internas con que, por entonces, fueron agraciadas.

 

Porque sintiéndose incapaces de amar y alabar suficientemente, quedan en un íntimo silencio y amoroso descanso, ya que el entendimiento, desbordado por la consideración de la grandeza de tan altos misterios, que exceden su capacidad, se siente como vencido y anonadado, dejando que la voluntad sola siga amando.

 

En otras ocasiones, el alma que ama a María parece que siente que respira y vive en María, gozando infinitamente con sólo oír, nombrar, escribir o pensar en su dulcísimo Nombre, con júbilo y alegría del espíritu y con una entrega total de su corazón en sus maternales manos para que allí sea purificado y limpio de todo lo que desagrade a Dios o a María.

 

A esto suelen acompañar ciertas candorosas y emocionadas demostraciones de amor hacia ella, por lo que, teniendo en cuenta que, como se dice vulgarmente: el alma más está donde ama que donde anima, tal alma parece que vive más en María y juntamente en Dios que en su cuerpo, puesto que tan sincera e ingenuamente ama a María junto con Dios, y, en este sentido, vive, por amor, en María y, al mismo tiempo, en Dios. Y en este mismo sentido se ha de entender también el gozarse el alma en María, el fundirse o fusionarse con ella y con ella unirse o en ella transformarse.