
Los Devotos de la Virgen del Carmen
El
obsequio de Cristo y de María, entendido y vivido según
el carisma de la Orden, llega a ser en la familia del Carmelo la
realidad a la que tienden los fieles. Pueden contar con la ayuda
y apoyo de todos los hermanos y hermanas en la comunión del
mismo ideal. Los miembros de la familia carmelita viven de modo diverso
su compromiso: en el "desierto", en la vida fraterna, en el apostolado,
por los caminos del mundo, trabajando por el Reino de Cristo con
María.
Las formas institucionales, reconocidas y erigidas por la Orden, contribuyen
a poner de relieve el carácter comunitario de la familia de aquellos que,
impulsados por el Espíritu, desean orientar toda su existencia en el mundo
en unión con María a gloria de Dios. Así, el formar parte
de la fraternidad de la Orden de los Hermanos de la Bienaventurada Virgen María
del Monte Carmelo y asumir como signo de tal pertenencia el Escapulario, son
para los fieles un instrumento de vida cristiana con características particulares:
- Vivir
como "hermanos" o "hermanas" de María en comunión
con el Carmelo, profundizar su espíritu, vivir sus ideales
e historia, orando y colaborando con él para, con fidelidad
al propio carisma y a la propia vocación, reflejar en
el mundo a María que da a todos a Jesús.
- Dar
a María siempre más espacio en la propia vida,
intentando vivir en el propio ambiente la fidelidad a Cristo
con el espíritu de María:
- en la fe
que se hace mirada y oración, acogida y diálogo con Dios;
- en la esperanza
que se hace disponibilidad al Todo, que es Dios;
- en la caridad
que se abandona a la voluntad del Señor para ser verdadero don a
los hermanos, especialmente a los más pequeños y humildes.
- Imitar
a la "Virgen orante" que "guardaba la Palabra de Dios en su corazón" (cf
Lc 2, 19.51), dedicando algún tiempo al encuentro con
Dios en la oración, meditando los misterios de la salvación,
participando con fe en el culto de la Iglesia, especialmente
en la Eucaristía, recitando cada día alguna Hora
litúrgica o algunos Salmos o el santo Rosario. Obrar de
modo que, atentos a la presencia de Dios vivo, cada aspecto de
la vida sea oración y la oración vida, en el realismo
de los compromisos y del trabajo.
- Participar
en el misterio pascual de Cristo también por medio de
la abnegación voluntaria, vivida en el espíritu
del Carmelo mirando a María, con el alma traspasada por
una espada (cf Lc 2,35), que "guardó fielmente su unión
con el Hijo hasta la cruz, donde estuvo (cf Jn 19,25) sufriendo
profundamente con su Unigénito y asociándose con ánimo
maternal a su sacrificio" (Lumen Gentium 58).
- Hacer
transparente el amor de Dios. La "Virgen Purísima" deja
transparentar en su todo su ser, sin resistencia u opacidad alguna,
el amor de Dios que la inunda personalmente y la abre a toda
la humanidad. Así Ella fascina y atrae a los devotos que
guardan corazón y sentidos, alma y cuerpo, abiertos al
amor de Dios, buscado y esperado en todo y sobre todo. Los fieles
se disponen a recibir toda la santidad que Dios mismo pone en
las relaciones humanas y en el amor al prójimo, valorizando
el cuerpo como "lugar" de Dios (cf 1 Cor 3,16; 16,17), y lenguaje
de amor y de comunicación.
- Comprometerse
en la obra de la evangelización. Quien lleva el Escapulario
se identifica con la misión del Carmelo: ser en el mundo
signo profético de la unión con Dios, trabajar
por el advenimiento del Reino de Dios, con signos visibles de
comunión, reconciliación, justicia, cuidado de
los enfermos, escucha del grito del pobre.
- Favorecer
en la medida de lo posible la comunión fraternal entre
los miembros de la fraternidad mediante asambleas y reuniones
que alimenten y confirmen todas estas finalidades propias.
El Escapulario
es signo del amor de María, imagen de la bondad y de la misericordia
de la Santísima Trinidad. El compromiso de vida es respuesta
a este amor y es fruto de las riquezas y energías espirituales
puestas en el corazón de los devotos.
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