Beata María Teresa Scrilli
de la pedagogía de la vida
a la pedagogía de la santidad


Carta del Prior General,
P. Joseph Chalmers, O.Carm.
a la Familia Carmelita


Santidad: camino con Dios

1. El 8 de octubre de 2006 en Fiesole (Florencia) se declarará oficialmente Beata a la Venerable Madre María Teresa Scrilli (1825-1889), fundadora del Instituto de Nuestra Señora del Carmelo. Se trata de una nueva hermana que se une a la multitud de Santos, Beatos y Mártires que desde los orígenes han vivido y encarnado en las diversas situaciones de la vida, lo que puede definirse como el carisma del Carmelo y su espiritualidad.
Gracias a una coincidencia afortunada la Madre Scrilli procede de una región italiana, la Toscana, que fue uno de los lugares más antiguos (Pisa 1249) que los primeros eremitas-hermanos del Monte Carmelo eligieron para asentarse en Occidente durante la emigración forzosa desde la Tierra Santa en el siglo XIII, pero también fue elegida por una diócesis, Fiesole, que pertenece a la Provincia civil de Florencia y que ya cuenta en su haber con algunas figuras ilustres de la Familia Carmelitana, como el obispo y pastor fiesolano Andrea Corsini (1303?-1374) y la famosa mística florentina Magdalena de’ Pazzi (1566-1607).
A estos tiempos iluminados de santidad se une ahora la educadora María Teresa Scrilli, enriqueciendo así con nuevas perspectivas el carisma carmelitano, que puede vivirse en una multiplicidad de modos diversos.

2. De hecho, la vocación universal a la santidad que es una en la Iglesia como vida de unión con Cristo, debe cultivarse conforme a la vocación propia de cada uno, como nos recuerda la Lumen Gentium: «Una misma es la santidad que cultivan, en los diversos géneros de vida y ocupación, todos los que, movidos por el Espíritu de Dios y obedientes a la voz del Padre, adorándole en espíritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz para merecer tener parte en su gloria. Sin embargo, cada uno, según sus dones y funciones, debe avanzar con decisión por el camino de la fe viva, que suscita esperanza y obra por la caridad» (Lumen Gentium, 41). Esta llamada a la santidad es también hoy una vocación que se debe anunciar a todos, una invitación de Dios a caminar con Él y que debe convertirse en el corazón del compromiso personal de cada uno de los creyentes. Además lo recordaba Juan Pablo II en el Novo millennio ineunte, proponiéndolo como un programa pastoral para el Tercer milenio de la vida de la Iglesia: «Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este “alto grado” de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección. Pero también es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona» (Novo millennio ineunte 31).
En su ejemplar camino con Dios, que fue precisamente su vida de santidad, la Madre Scrilli nos muestra un itinerario que se puede expresar en la afirmación de la pedagogía de la vida a la pedagogía de la santidad por los rasgos característicos de su vocación al Carmelo y de educadora.

La vivencia histórica de la Madre Scrilli

3. María Scrilli nació el 15 de mayo de 1825 en una época, el siglo XIX, que vio como se producía en toda Europa una gran transformación económica, política y cultural. Ningún estado o región fue ajeno a estas innovaciones y la Toscana no fue la excepción. La elección para ocupar el solio pontificio de Pío IX en junio de 1846 y las reformas por él concedidas al Estado Pontificio provocaron una reacción en cadena que comprometió, primero entre todos, al Gran Ducado de Toscana. Pueblos enteros se movilizaron en busca de la independencia nacional. En este clima de agitación sobre todo política María Scrilli alimentó y maduró su ascesis espiritual.
Su familia desempeñaba un papel social no secundario en Montevarchi y por profesión frecuentaba a las personas más relevantes del país, pero la pequeña María, sensible de carácter y de extraordinaria inteligencia, advirtió enseguida la falta de amor materno por haber nacido hembra, y la preferencia por la primogénita a la que profesaban afecto y atenciones. A la dureza del corazón materno María respondió con un afecto todavía más grande y así comenzaba a perfilarse el modo en el que afrontaría las gravísimas pruebas humanas y espirituales; no con la rebelión, sino con confianza y abandono en Dios por el que se sentía amada y al que se había entregado desde su juventud. Este amor le conferirá un carácter abierto y alegre, sensible y atento a los demás, capaz de difundir a su alrededor alegría y felicidad.

4. Una misteriosa enfermedad la mantuvo inmóvil en la cama durante dos años y se curó milagrosamente por intercesión del mártir S. Florencio. Durante su convalecencia en el campo sintió la llamada del Señor a llevar una vida de entrega total a Él.
El 28 de mayo de 1846, en contra de la voluntad de sus padres, entró en el monasterio de S. María Magdalena de’ Pazzi, en Florencia, atraída por el ejemplo y por la espiritualidad de la mística florentina, pero en el preciso momento en que ponía los pies en aquellos «beatísimos y para mí queridísimos muros» se sintió rechazada por estos. «Un día, mientras oraba a Dios, le pedía que tuviese la bondad de dejarme conocer su voluntad y me pareció que, llevado mi espíritu allá en el mundo, me señaló a muchas criaturas, que esperaba que le encaminase. No sé si esto se debió a mi inquietud y enorme agitación, que solicitaba consuelo; o si en realidad era cosa de Dios. Sin embargo, lo confirmaría lo que sucedió después» (Autobiografía, 52).
En estas palabras se vislumbra el drama que vivió de joven durante los dos meses que transcurrió en el monasterio. Amaba la clausura, pero sentía que Dios no quería que estuviese allí y esto le fue confirmado por una monja muerta en concepto de santidad, que le profetizó los sufrimientos a los que llegaría a enfrentarse: «Quiere mucho, muchísimo de ti. Le ofrecerá bebidas a tu espíritu de extraordinaria amargura... ¡Oh, Hija! vas a sufrir mucho. Mientras me decía esto me apretaba la mano, y lo decía con un gran sentimiento de aflicción. Yo permanecí en silencio, ofreciéndome a Dios, preparada para pasar por cualquier padecimiento que fuese de su agrado» (Autobiografía, 49). Antes de volver a Montevarchi se convirtió en terciaria carmelita asumiendo el nombre de María Teresa de Jesús.

5. Al volver al pueblo, algunas familias empezaron a confiarle a sus hijas a las que impartía clases regularmente. El número de alumnas aumentaba cada vez más y para no privar de libertad a los padres decidió, junto con sus compañeras, que compartían con ella algunas prácticas de piedad, buscar un entorno adecuado para acogerlas. Comenzaba a esbozarse la futura fundación.
El Obispo de Fiesole Mons. Francesco Bronzuoli, en una de sus visitas pastorales, quiso conocerla y la animó ofreciéndole su ayuda. «De este modo, empecé a ver cómo habría camino y socorro, a todo cuanto me venía dictado por el amor de Dios, y por el mío propio» (Autobiografía, 68).
Al mismo tiempo que buscaba el local para comenzar la Obra que se estaba perfilando, recibió la petición par parte del Ayuntamiento de tomar las riendas de las Escuelas Normales femeninas. Le aconsejaron que aceptase y ella, por el espíritu de obediencia que siempre la ha distinguido, así lo hizo. Este compromiso marcó el comienzo del Instituto en aquella aldea, pero también su fin.

6. El Instituto nació en un período de insurrecciones para la unidad de Italia. Esta situación política, caracterizada por un clima claramente anticlerical y especialmente hostil a la vida religiosa femenina, arruinó la Obra que acababa de ver la luz, pero que ya estaba dando buenos frutos. El anticlericalismo y la masonería, presentes también en las autoridades políticas de Montevarchi, consiguieron que los amigos se convirtieran en enemigos y el 30 de noviembre de 1859 llegó la orden del Real Gobierno de disolver el Instituto, abandonar el local ocupado en la Escuela y secularizarse. También la comunidad de Foiano, segunda sede el Instituto, fue obligada a disolverse y a quitarse el hábito religioso a pesar de que toda la población se rebelase por el alejamiento de las hermanas del pueblo. La Madre María Teresa usó todos los medios a su alcance para salvar el Instituto, pero todo fue inútil debido a un cúmulo de intereses y por el comportamiento ambiguo de las autoridades de Montevarchi.
Después de la disolución forzada de las dos comunidades y después de un largo período de espera silenciosa, que duró unos 15 años, la Madre se trasladó a Florencia donde, con la bendición del Obispo Mons. Eugenio Cecconi y la ayuda de algunas antiguas compañeras, pudo reconstruir la comunidad. Era el 18 de marzo de 1878. Escuela, internado, asociación mariana, catequesis parroquial y visitas a los enfermos ocupaban las jornadas, y las vocaciones aumentaban. Todo parecía funcionar a las mil maravillas, pero las muertes precoces de varias hermanas en un breve período de tiempo redujo su número en gran medida, tanto que a su muerte, el 14 de noviembre de 1889, la comunidad contaba con dos hermanas, una novicia y una postulante.

7. La Madre Scrilli no vivió la alegría de ver florecer su Instituto. Escondida con Cristo en Dios ella imprimirá con su renuncia – humanamente hablando – y con su derrota, la verdadera espiritualidad del Instituto: la total oblación a la supremacía de Dios y de su Palabra como nos recuerda la Regla de Alberto, fuente del carisma del Carmelo, y la disponibilidad completa hacia la Iglesias y hacia los hermanos. Esta postura suya puede encontrarse plasmada en algunas de sus expresiones en la oración del lugar secreto del corazón, dejando entrever su evangelio interior y que conduce a la verdadera sabiduría de la vida: «Te amo, oh mi Dios, en tus dones; te amo, en tu nulidad, ya que también en ésta comprendo, tu infinita sabiduría: te amo en las múltiples vivencias variadas o extraordinarias, de las que has acompañado mi vida... Te amo en todo, en el trabajo, en la paz; porque no busco, nunca busqué, tus consuelos, sino a Ti, Dios, de los consuelos. Por eso nunca me glorifiqué, ni me complací, de aquello que me hiciste probar en tu Divino amor como única gracia gratuita, ni me angustie ni turbé, si me vi abandonada en la aridez y pobreza» (Autobiografía, 62).
El 1 de mayo de 1888, por un misterioso designio de Dios, entró como interna Clementina Mosca di Osimo, aquella que se considera la absoluta fundadora del Instituto. También ella tenía la vocación a la clausura, pero al fallecer la Madre María Teresa, la Priora del monasterio en el que había entrado, al comunicarle esta noticia, le dijo a la joven que su puesto se encontraba entre las Carmelitas. Convertida en Superiora, gracias a ella el Instituto floreció y se rejuveneció con numerosas vocaciones y fundaciones.
Sor María Mosca dio al Instituto el nuevo nombre de Instituto de Nuestra Señora del Carmelo, consiguió la afiliación a la Orden Carmelita en 1929 y la aprobación pontificia con el Decretum laudis del 27 de febrero de 1933. Después de su muerte, el Instituto contaba con 41 casas y el enriquecimiento de la finalidad educativa básica junto con otras expresiones de obras caritativas.

El Instituto hoy

8. Actualmente el Instituto cuenta con 250 hermanas distribuidas en 40 comunidades en Italia, Brasil, India, Indonesia, Israel, Polonia, Canadá, Filipinas, Estados Unidos y la República Checa. A la educación de la juventud en las escuelas, en la catequesis, en los grupos parroquiales y de los modos más coherentes en los países en los que viven sus misiones, se ha añadido la asistencia a los enfermos desde antes de la primera guerra mundial. Las hermanas también trabajan en las casas de reposo para ancianos, donde manifiestan el mismo amor y premura a todos los que han caracterizado la vida de la Madre María Teresa.

Los valores de su espiritualidad

9. Por circunstancias personales y por vocación la Madre María Teresa está profundamente vinculada a la espiritualidad carmelita. En el monasterio de S. María Magdalena permaneció poco tiempo, pero descubrió y se enraizó en su vocación carmelita vivida en el mundo a través de la actividad apostólica y entró en la Tercera Orden Carmelita. Su contacto con los Padres Carmelitas Descalzos de S. Paolino de Florencia le ayudó en este sentido. Los comienzos de la Obra estuvieron marcados por un espíritu de favor y de oración propio de la Orden y el espíritu de contemplación siempre permaneció vivo en ella. Su oración, que emana del total abandono, confianza y disponibilidad plena a la voluntad divina, asumió un aspecto de reparación de las ofensas infligidas a Dios, de alabanza, de alegría en la relación con Dios, de unión y de profunda fe en Dios en las pruebas y en la tentación, todo de acuerdo con las experiencias conocidas de las almas contemplativas carmelitas, de las que la Madre asumiendo el nombre de Teresa, quiso seguir en concreto de la Santa de Ávila: «…y perseverando en este ejercicio santo, tengo mucha confianza en la misericordia de ese Dios que nadie ha tenido nunca en vano como amigo, ya que la oración mental, para mí, no es otra cosa que una relación íntima de amistad, un entretenimiento habitual frente a frente con Aquel que sabemos que nos ama» (Vida de S. Teresa de Jesús, 8,5).

10. La búsqueda de Dios ha dominado en la Madre desde su más tierna juventud. Ha llevado a cabo esa búsqueda a través de la oración, pero también a través de la conformación de su vida a la voluntad de Dios siempre y en cualquier circunstancia y desde muy joven se convirtió en su programa de vida. «Señor, por mí misma no soy nadie; y aunque lo fuese, no querría, porque mi único deseo es que se cumpla en mí… voluntas tua. Fiat» (Autobiografía, 90). Éste es el hilo de oro que atraviesa toda la vida de la Madre: el abandono confiado en Dios y la obediencia total, incondicional, a su voluntad. «Siempre repetiré: Fiat».
Acatar la voluntad de Dios no es un modo pasivo de vivir; al contrario, conlleva dinamismo para conocerla y aplicarla. Requiere ponerse en tela de juicio y darse, no vivir para uno mismo, sino para el Otro y para los demás, ya que brota del amor. Para María Scrilli la disponibilidad plena a la voluntad de Dios y el amor total a Él se concretiza en el propósito de llevar almas hacia Dios. «Estamos en esta tierra únicamente para cumplir la voluntad de Dios y para acercarle almas» (Constituciones 1854-55, 7).
La confianza y el total abandono en Dios la convirtieron en una personal dócil y humilde. Aunque en la infancia la docilidad fue algo casi natural, con el paso de los años la construyó siendo consciente interiormente de lo que hacía, en todo momento. Se consideraba «oro en la mano del Orfebre, y cera en manos de su artesano, dispuesta a adquirir cualquier forma que a él le complaciese» (Autobiografía, 45). No amaba la gloria sino el bien y «experimentada mi gran pobreza, siempre tengo motivo para maravillarme de que Dios me haya puesto en la posición en la que me encuentro; si es lo que él quiso, es por el mismo motivo que dudo; si no sé, es porque debe resaltar más que es toda obra suya, y yo, que no hice nada bueno, no era capaz» (Autobiografía, 97).

11. En la espiritualidad de la Madre María Teresa es fundamental la adhesión a Dios en el arduo camino de la cruz que comenzó desde la infancia y lo abrazó con el único deseo de reparar las ofensas que le hacían. Sus escritos expresan de manera sencilla, una profunda sabiduría centrada en el misterio de la cruz. A los sufrimientos morales, a la soledad, siguió con frecuencia la enfermedad, sin impedirle, sin embargo, ofrecerse continuamente a Dios hasta el consummatum est. Probó a ofrecer todo por amor y con amor. «Sufrir por amor» ella dice. «Se os ha concedido la gracia no sólo de creer, sino también de sufrir por él» (Fil 1,29). Maria Scrilli creyó y sufrió; recordándonos que ninguna cruz carece de sentido y que toda cruz aceptada llena y madura la vida; ha demostrado que servir al Señor da libertad y que la fe en él nos vuelve capaces de ser fraternales y compartir. «En la Oración, considerando las grandes ofensas que se hacían a Dios, fue tanta la pena, que le pedí con gran insistencia, que me hiciese sufrir; que con este sufrimiento, presentándome como víctima ante Él, quería compensarlo; quería complacerlo en contrapartida por los agravios que recibía de sus ingratos ofensores» (Autobiografía, 61).
Este amor suyo hacia el sufrimiento y el deseo de reparar los ofensas que se hacían al Señor, se alimentaban de la asidua meditación en la Pasión de Jesús que cultivó desde cuando todavía era una niña, oyó decir en un sermón que Dios amaba a las almas que por Él llevan la Cruz. «Amad y sufrid, sufrid y amad. Ambas cosas van de la mano: el amor nos hace sufrir y el sufrimiento nos hace amar» dice S. María Magdalena de’ Pazzis (Recuerdos, dichos y acciones, Renovación de la Iglesia, 326). La Madre Scrilli sufría por amor y quería que aquellos que se acercaban a ella tuviesen la alegría de saber que Dios ama con amor de Padre, que la cruz tiene un sentido, que lo que cuenta no es el sufrimiento sino la rectitud de la conciencia.

El carisma del Instituto

12. La tenaz, humilde y silenciosa historia de María Scrilli transcurrió en las complejas vivencias de la unidad de Italia, del liberalismo anticlerical, antirreligioso y el triunfo de la revolución industrial. Atenta a uno de los problemas más graves de dicha sociedad, quiso dar a las jóvenes, especialmente las más necesitadas, una preparación humana completa desde el punto de vista cultural, escolar y religioso que respondiese a las necesidades de su vida específica, como mujeres, preparándolas para un trabajo digno e independiente. En esta perspectiva se puede comprender el carisma contemplativo-educativo vivido por la Madre Scrilli y transmitido a sus hijas. Quiso realizar su vocación en un monasterio carmelita, encarnando la espiritualidad y, sin embargo, entendió que, sin perder la profunda exigencia contemplativa, podía comprometerse en el campo educativo porque era un «dejar a Dios por Dios; es decir, dejar a Dios en la contemplación de Magdalena, para volver a encontrarlo en los deberes propios, de los cuidados de Marta; como si le hubiese cedido su lugar, y no más; y por lo tanto si no se hubiese volcado toda en ella, por el Divino Maestro, creo yo, no habría sido corregida: que goce o que dejamos de disfrutar de Él, para sufrir por Él: y luego volver a descansar en Él» (Autobiografía, 37).
Como para S. María Magdalena de’ Pazzi la simbiosis entre mística y acción es una exigencia de la vocación, al igual que para la Madre Scrilli el ejemplo de las dos hermanas Marta y María no se puede separar, y el ideal para el carisma de su Instituto consiste en la unión entre acción y contemplación, por lo que no puede existir dualismo entre amor hacia Dios y amor hacia el prójimo.
Ser contemplativas y educadoras es la tarea que la Madre María Teresa, bajo la acción del Espíritu Santo, transmite a su comunidad. «La vida contemplativa debe servir de ayuda a la activa, pero nunca de agravio». La vida contemplativa y activa era similar a la de Jesús, al que las hermanas educadoras querían pedir guía y ayuda para recorrer «aquel camino de caridad, que Él, Divino Maestro enseñó» (Constituciones 1854-55, 7).

13. Como para cada persona enamorada de Cristo y como prescribe la Regla de Alberto, el corazón y el centro de la existencia de la Madre Scrilli era la Eucaristía, el Pan divino, que muy pronto le fue suministrada a diario.
La sensibilidad era tal que cuando estaba en la iglesia, en la parte opuesta a la capilla del Sagrario, «sentía allí que me atraían de un modo tal que no podía hacer fuerza ni resistir, que a veces me veía allí, sin ni siquiera darme cuenta» (Autobiografía, 32).
A veces, al entrar en la iglesia, sentía como si una mano invisible le oprimiese el corazón: «Era una abrazo amoroso que me robaba el alma, que se refugiaba en el instante mismo (o por Él atraída) al Sacramentado Jesús, desde donde sentí cómo vibraba la herida amorosa» (Autobiografía, 36). La Madre Scrilli advertía la presencia real de Jesús en la Eucaristía, pero también en ella por lo que el sentimiento de la divina presencia se había convertido en algo habitual para ella.

14. También fue grandísima su devoción a la Virgen, su «querida Mamá», que no era devoción de naturaleza intimista y alienante, sino experiencia de profunda familiaridad. Esta presencia mariana nace en un contexto de oración, se extiende fuera de ella, se expresa en forma de amor afectuoso, encuentra en él su complacencia y el consuelo, alcanza su cumplimiento en el afán de unirse con María en el cielo. Esta presencia mariana y carmelita introduce a la Madre María Teresa en la mística de la Pasión, tanto que el amor a María «comenzó a hacerme dulce el sufrimiento». La Mamá querida le hacía saborear sus cuidados y la dulzura de su amor. La relación con la Virgen se caracteriza por rasgos filiales de hija a Madre y pone el Instituto bajo su protección desde el inicio. Trata con la Virgen Madre como persona presente en la propia vida, advierte la materna y continua presencia a lo largo del día, en las actividades y hasta en el reposo nocturno.
Significativa la importancia que da al nombre de María que le viene impuesto en el bautismo en lugar de Palmira como querían sus padres. El olvido del nombre por parte de la madrina fue considerado por ella como algo predispuesto desde el cielo y «le estuve muy agradecida, por ser aquel el nombre de Ella que tanto amé y amo, como mi querida Mamá» (Autobiografía, 2).

El papel de la educación

15. La exhortación Vida consagrada recuerda que «La historia de la Iglesia, desde la antigüedad hasta nuestros días, es rica en admirables ejemplos de personas consagradas que han vivido y viven la tensión en la santidad mediante el compromiso pedagógico, proponiendo al mismo tiempo la santidad como meta educativa. De hecho, muchas de ellas han realizado la perfección de la caridad educando. Éste es uno de los dones más valiosos que las personas consagradas pueden ofrece también hoy a la juventud, haciéndola objeto de un servicio pedagógico lleno de amor, siguiendo el sabio consejo de Juan Bosco: «Los jóvenes no sólo deben ser amados, sino que deben saberlo que lo son» (Vita Consecrata, 96). También se inspira en esta espiritualidad la Madre María Teresa de Jesús, la cual tuvo oportunidad en varias ocasiones de confrontarse en persona con San Juan Bosco, y se legan también algunos mensajes que propuesto sobre todo a sus hijas, y con los cuales puede fecundamente cotejarse quien hoy está comprometido en el campo educativo. De hecho, María Teresa Scrilli testimoniando heroicamente la esperanza cristiana y la capacidad de resurgir del dolor, invita a considerar la educación como servicio, como una relación personalizada y un saber ponerse en relación.

16. Para su Instituto, el camino de caridad que debe recorrer es el de la educación de la juventud, especialmente la más pobre, «desde la más tierna infancia hasta la completa adolescencia». Por eso pide a las hermanas que hagan además de los tres votos habituales un cuarto voto, el de «ser de utilidad al prójimo mediante la instrucción moral cristina y civil que se debe conferir el sexo femenino» (Reglas y Constituciones ,1854-55,1).
Caridad, afecto, escucha, abnegación, entrega de uno mismo, atención adecuada para cada educanda son las dotes que se requieren a las hermanas educadoras de modo que los entornos educativos deben estar protegidos por el espíritu evangélico de libertad y caridad (cfr. Vita Consecrata, 96).

La fidelidad creativa en la Iglesia
y en la Familia del Carmelo

17. La experiencia histórica y espiritual de la Madre Scrilli como testimonio de una vida concedida a los demás a través de Cristo, nos muestra a todos nosotros cómo ser santos para construir una nueva civilización del amor, de hombres y mujeres que acogen el don de Dios, y responden sin medida a su infinito amor con una dinámica de vida espiritual que invade cualquier dimensión humana y que forja al santo actual. De hecho, uno no se convierte en santo extrañándose de la situación del mundo, ignorándola, sino que uno puede llegar a ser santo hoy al verlo con los ojos de Dios y al amarlo con el corazón de Dios.
De una versión similar se deriva como consecuencia la traducción en la concretización de la vida, de una espiritualidad que vuelve a partir del gran mandamiento del amor porque Dios es caridad. Nos lo recuerda el Santo Padre Benedicto XVI, en su primera encíclica que trata precisamente sobre este tema: «“Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Gv 4,16). Estas palabras de la Primera carta de Juan expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino. Además, en este mismo versículo, Juan nos ofrece, por así decir, una formulación sintética de la existencia cristiana: “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él”». (Deus caritas est, 1).

18. La época de la Madre Scrilli puede tener algunos aspectos comunes con nuestra época, en cuanto a la inquietud de la pregunta sobre la fe. El diálogo entre creyentes y no creyentes se presenta como un reto entre las más altas y ricas en la cultura marcada por la falta de creencia y por la desconfianza religiosa. Como creyentes y como Iglesia estamos invitados a aceptar este reto y a vivirlo sin miedo, con espíritu y corazón, confiados en la fidelidad de Dios. Siguiendo el ejemplo de la Madre Scrilli somos llamados a afrontar retos y a realizar las elecciones de nuestro compromiso en la línea del Señor Jesús como personas individuales y como Familia Carmelita. Son dos los elementos que fluyen con preponderancia: el testimonio y el diálogo.

19. El testimonio consiste en ser sujeto de la verdad y, tratándose de una verdad cuya practica es el ágape, es ser sujeto del amor. El testimonio del amor es contagioso pero no violento; no es opresor sino paciente y benigno «no le falta respeto, no busca su interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no disfruta con la injusticia, sino que se complace en la verdad» (1Cor 13, 5-6). «El testimonio evangélico al que el mundo es más sensible es el de la atención a las personas y de la caridad hacia los pobres y más pequeños, hacia los que sufren. La gratuidad de este planteamiento y de estas acciones, que contrasta ampliamente con el egoísmo presente en el hombre, hace que surgen preguntas concretas orientadas a Dios y al Evangelio. También el compromiso por la paz, la justicia y los derechos humanos son un testimonio del Evangelio, si la persona le presta atención y se orienta al desarrollo íntegro del hombre» (Redemptoris missio, 42). Pero «la acción práctica es insuficiente si no se percibe en ésta el amor por el hombre, un amor que se alimenta del encuentro con Cristo. La participación íntima y personal en la necesidad y en el sufrimiento de los demás se convierte en una participación de sí mismo: para que el ofrecimiento no humille a la otra persona, debo darle no sólo algo mío, sino yo mismo, debo estar presente en el regalo como persona» (Deus caritas est, 34).
Por lo tanto un evangelio que anuncia que Dios es amor, que nos ha amado hasta el punto de dar la vida por nosotros y que nos quiere hacer partícipes de su comunión de vida en el Espíritu, y que se alimenta de la Eucaristía, no puede contar entre sus medios todo aquello que considera constricción, imposición, lucha o incluso violencia. El rostro de la Madre Scrilli nos muestra el cumplimiento de la beatitud del Evangelio: «Benditas serán los mansos porque heredarán la tierra» (Mt 5,5), es decir el Reino de Dios, no sólo como dimensión escatológica, sino también como presencia de redención en la vida de cada creyente. Siguiendo el ejemplo del Maestro: «Aprended de mí que soy manso y humilde», la mansedumbre se presenta como un fruto del Espíritu (cfr. Gal 5,12), que constituye comunión con relaciones de acogimiento y de cordialidad, porque «los mansos gozarán de una gran paz» (Sal 37,11).

20. El segundo elemento es el diálogo. Por diálogo se entiende un método de búsqueda de la verdad, mediante la comparación con las opiniones de los demás, la discusión abierta y el intercambio de ideas.
Toda posición fundamentalista, intransigente y totalitaria, con respecto a la verdad es incompatible con el diálogo. A pesar de la dificultad para conjugar el diálogo con la evangelización, la Iglesia afirma categóricamente que «el diálogo es un camino hacia el Reino y sin lugar a dudas dará sus frutos en el momento que el Padre así lo decida» (Redemptoris missio, 57). El ejemplo de la Madre Scrilli invita a fomentar las instituciones educativas de inspiración cristiana, para que se conviertan en lugares en los que la fe acogida, pensada y celebrada, pueda crear un ambiente evangélico propicio a los jóvenes y una auténtica conciencia cultural y social alimentada por el Evangelio de Cristo.
Sin embargo, afirmar al mismo tiempo la alteridad del Evangelio significa delinear un proceso de inculturización de la fe al asumir modelos y paradigmas de las culturas en las que se incluye. La perspectiva es la de formular preguntas y ofrecer un valor al proceso de salvación ya con sus aspiraciones, esperas y sufrimientos. En el mensaje evangélico existe un potencial único de humanización que confiere a la Iglesia la pretensión de proponer un modelo alternativo que hace la tierra más habitable y la comunidad humana más cordial. Por eso la comunidad cristiana puede desempeñar un papel decisivo ante una evidente deshumanización del hombre y antes los desequilibrios de la globalización. Esto sólo es posible en la creencia de que Jesucristo es el Señor y, como centro de la vida de un creyente, como hizo la Madre Scrilli, sin perder nunca la propia identidad y especificidad incluso ante posturas de negación de Dios, de intolerancia, de fundamentalismos, conservando el don recibido de Dios para un proyecto de vida y para su Instituto.
Toda la Familia Carmelita puede hoy dar gracias al Señor por esta próxima beatificación, y por la señal de que la espiritualidad carmelita todavía goza de una fecundidad y creatividad adaptadas a la vida de santidad. Todos los Carmelitas pueden ver en la Madre Scrilli un ejemplo de fidelidad creativa al carisma del Carmelo y al patrimonio de su Instituto, que se plasma en nuevos ambientes, situaciones y culturas, porque «los Santos son los verdaderos portadores de luz en la historia porque son hombres de fe, esperanza y amor» (Deus caritas est, 40).

Joseph Chalmers, O. Carm.
Prior General

8 de septiembre de 2006

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Ultima revisión: 30 septiembre 2006