Un Nuevo Fruto del Carmelo


Carta del Prior General,
P. Joseph Chalmers, O.Carm.
a la Familia Carmelita


Queridos hermanos y hermanas en el Carmelo,

1. El Carmelo aparece en el Antiguo Testamento como un símbolo de belleza y de fertilidad. El Profeta Elías siempre estuvo ligado al Monte Carmelo. Su ejemplo sirvió de inspiración, como un modelo de vida, a los ermitaños que levantaron allí un monasterio hace 800 años. Aquellos hombres deseaban seguir a Cristo, consagrándole sus vidas a través de la oración. Este estilo de vida ha inspirado a numerosos hombres y mujeres, a través de los siglos, para implantar el Carmelo en el mundo. La Familia Carmelita ha dado muchos santos a la Iglesia, que son testigos del Evangelio. Es una gran alegría para nosotros, que la Iglesia reconozca oficialmente que otro miembro de nuestra Familia ha respondido plenamente a la gracia de Dios. Con ocasión de la Beatificación de la Madre Maria Crocifissa Curcio, fundadora de las Hermanas Carmelitas Misioneras de Santa Teresa del Niño Jesús, deseo compartir con toda la Familia Carmelita algunos de los valores de esta hermana, que están muy relacionados con nosotros. Su vida es un reflejo de la belleza y de la abundante fertilidad del Carmelo

Primeros años

2. Madre Crocifissa nació en Sicilia, Italia, el 30 de enero de 1877. Fue la séptima de diez hijos. Dos de ellos murieron siendo aún niños. Se llamaba Rosa. Su familia tenía una posición confortable, en una época en la que la pobreza era la norma común. Dios utilizó algunas de las experiencias tenidas por Rosa durante su infancia, para hacer brotar en ella un gran amor hacia los pobres. Fue al colegio hasta la edad de once años, después se dedicó a ayudar a su madre en las tareas de la casa. Estaba por naturaleza inclinada al estudio, pero su padre pensaba que los estudios elementares eran más que suficientes para la educación de una joven. Según él, ¡una mujer formada creaba frecuentemente problemas en el hogar! Afortunadamente ella tuvo acceso a los libros y los devoraba leyéndolos en su tiempo libre. Trató siempre de satisfacer el hambre de conocimientos que llevaba dentro, pero cuanto más leía, tanto más hambrienta se sentía.

3. La joven Rosa Curcio tenía un gran amor y devoción a la Eucaristía. Su padre tenía ideas anticlericales, propias de aquella época, y no le gustaba que su hija frecuentara la iglesia. Cuando Rosa se veía privada de los sacramentos, intensificaba su oración.

4. Su amor al Carmelo le vino desde muy joven. Leyendo a Santa Teresa de Ávila, se sintió inspirada y consolada grandemente y vio cómo ante ella se abrían nuevos horizontes. Rosa deseaba estudiar para obtener buenas notas o para tener una posición en la sociedad. Leyendo la vida de Santa Teresa, se sintió impulsada a buscar plenamente la voluntad de Dios para ella. En 1890, apenas con trece años, Rosa ingresó en la Tercera Orden Carmelita, que radicaba en el Santuario de Nuestra Señora del Monte Carmelo, cerca de su casa. En 1893 recibió el hábito de terciaria tomando el nombre de Sor Maria Crocifissa. En 1895 hizo su Profesión como laica carmelita. El nombre de Crocifissa era la orientación de su devoción personal a Cristo, típica de la espiritualidad de la época.

5. Rosa Curcio estaba profundamente comprometida con los pobres y, junto con otros laicos carmelitas, se dedicó a hacer obras de caridad. Algunas veces sentía, sin embargo, que deseaba vivir su vida como religiosa. Tras la muerte de su padre, el cual no veía con agrado las inclinaciones religiosas de su hija, ingresó en la comunidad de las Religiosas Dominicas de su pueblo. Sin embargo, lo que ella amaba realmente era el Carmelo y abandonó el convento de las dominicas después de pocos meses. Puesto que en Sicilia no había ninguna Congregación de Hermanas Carmelitas, la idea de fundar una, fue abriéndose paso en su mente y en su corazón.

6. La salud de Rosa nunca fue robusta y la vida en el convento fue dura. Pronto recuperó las fuerzas y volvió de nuevo a vivir como terciaria carmelita. La vocación carmelita iba creciendo dentro de ella. Sentía una gran devoción a Santa Teresa de Ávila, pero no se sentía llamada a la vida claustral. Deseaba, por el contrario, ser carmelita en el mundo, dedicando su vida al servicio de los demás. Rosa fue elegida priora de la Tercera Orden en 1897 a la temprana edad de diecinueve años, signo de la estima que gozaba entre los demás miembros laicos carmelitas. En este cargo continuó hasta 1908.

7. Rosa comenzó a vivir en su casa, junto con otras laicas carmelitas, una cierta forma de vida comunitaria. Su hermano Federico se quejaba amablemente, al ver su casa convertida en convento. Se puso al servicio de su prójimo de distintas maneras, pero el modo preferido por ella era enseñar el catecismo a los niños, llevándolos a conocer y amar a Dios. El párroco estaba encantado de tener estas abnegadas mujeres en la comunidad. El Obispo, Mons. Blandini, la alentó a seguir su vocación y con frecuencia llamaba a ella y a su obra “la pequeña semilla de mostaza” de la cual esperaba que un día creciera y extendiera sus ramas por toda Sicilia, pero no llegó a ver cómo este estilo de vida de Rosa atrajo después a otras muchas mujeres más allá de los confines de Sicilia.

8. Tuvo que afrontar muchas dificultades. Algunas personas no entendían la obra de Rosa; algunos estaban mal dispuestos debido a su dedicación a los pobres. Las críticas y los malentendidos llegaron hasta tal punto, que el Obispo le sugirió trasladar a otro lugar la comunidad. Madre Curcio y sus compañeras cuidaban de las huérfanas. Solicitó de la Orden que pudieran llevar el hábito carmelita, pero el Prior General de entonces, P. Pío Mayer, solamente les concedió que llevaran el escapulario. En 1923 Madre Crocifissa trabó contacto con el P. Grammatico, Prior Provincial de la Provincia de Sicilia. El Obispo local no era partidario de la proliferación de nuevas familias religiosas en la Diócesis y sugirió a la naciente comunidad unirse a la Congregación de las Hermanas Dominicas, ya establecidas. La Madre Crocifissa y sus compañeras creían firmemente que Dios las llamaba al Carmelo y ellas no podían renunciar a esta vocación. Preferían, de hecho, la destrucción de su pequeña obra, antes de abandonar lo que creían que era la llamada de Dios para ellas.

La Madre Crocifissa y el P. Lorenzo

9. La Providencia hizo que se encontraran la Madre Crocifissa y el P. Lorenzo van den Eerenbeemt. A pesar de su apellido, había nacido en Roma, de padre holandés y de madre italiana. Ingresó en la Provincia de Holanda de la Orden y fue enviado a estudiar a Roma. En 1922 fue nombrado Prior del Colegio San Alberto de Roma, muy a pesar suyo, pues deseaba incorporarse a la recién abierta misión en Indonesia.

10. Los misioneros en Indonesia comentaron al P. Lorenzo la situación en aquellas tierras y la gran necesidad que había de tener allí a Hermanas Carmelitas Misioneras. El P. Lorenzo buscó Hermanas que pudieran responder a esta necesidad, pero no las encontró. Conociendo su interés, el P. Grammatico, Provincial de la Provincia de Sicilia, entró en contacto con él y le habló de la Madre Crocifissa y de su comunidad. El P. Lorenzo escribió a la Madre Crocifissa exponiéndole sus ideas sobre la fundación de una Congregación Carmelita Misionera. La Madre Crocifissa le respondió efusivamente. A ella le pareció que el Señor estaba respondiendo a sus deseos más profundos. Al P. Lorenzo le confió que desde su infancia había soñado con una obra tan santa y que abrazara al mundo entero.

11. La Madre Crocifissa aún tuvo que afrontar muchas dificultades y sufrimientos hasta poder ver realizado su sueño, la fundación de una Congregación de Hermanas Carmelitas dedicadas al apostolado activo. En 1925 fue canonizada Santa Teresa de Lisieux; la Madre Crocifissa encomendó la fundación a la nueva santa. Fue a Roma para la canonización y el día después, el P. Lorenzo la llevó a visitar Santa Marinella, pueblo situado en la costa, a unos 30 Km. de Roma. El sitió le encantó, tenía la esperanza sobre la posibilidad de obtener allí un pequeño terreno para la comunidad. El P. Lorenzo escribió al Obispo de la Diócesis, a la que pertenecía Santa Marinella, y solicitó el permiso para la fundación, describiéndole el plan de un Instituto dedicado a Santa Teresa del Niño Jesús, teniendo como finalidad las misiones y una atención especial a los pobres y a los niños abandonados. Al P. Lorenzo le fue concedido permiso para la fundación de la Congregación en Santa Marinella por un año y se le concedía también a él poder trasladarse allí, a fin de ayudar a la Madre Crocifissa con sus consejos espirituales. El Obispo de Sicilia había bloqueado, de buena fe, los planes de la Madre Crocifissa de establecer una Congregación de Hermanas Carmelitas, al no estar convencido completamente de que aquella obra estaba en conformidad con la voluntad de Dios y con los deseos de la Iglesia.

12. La Madre Crocifissa pudo, por fin, hacer realidad su sueño en Santa Marinella. Todo lo anteriormente acontecido le sirvió de purificación, para que se viera que la Congregación era una obra de Dios y no solamente la idea de una mujer. Hubo de afrontar aún muchos retos y experimentar muchos sufrimientos. En 1929, murió el Cardenal Vico, que había sido Obispo de la Diócesis a la que pertenecía Santa Marinella. En 1925 él mismo había concedido verbalmente el permiso para la fundación de las Hermanas y este permiso lo renovaba cada año. El nuevo Obispo, el Cardenal Boggiani, no aprobó que el P. Lorenzo viviera fuera de una comunidad de religiosos carmelitas y le retiró el permiso para residir y trabajar en la Diócesis. Consintió, no obstante, que pudiera visitar a las Hermanas dos veces en semana. La Madre Crocifissa sintió con pena su ausencia. A pesar de estas dificultades, ambos pudieron discernir la obra de la Providencia de Dios y entendieron que la fundación, en última instancia, no era una obra de ellos, sino de Dios. El P. Lorenzo solicitó una comunidad de religiosos carmelitas en Santa Marinella, pero no obtuvo el permiso. Como resultado de todo esto, el P. Lorenzo solicitó, sintiéndolo mucho, la exclaustración (vivir fuera de la Orden por un tiempo). Los testigos nos declaran que este procedimiento lo hizo muy a su pesar; dejó la Orden exteriormente, pero permaneció carmelita en su corazón. Poco tiempo antes de su muerte en 1977, tuvo la profunda alegría de poder vestir de nuevo el hábito carmelita, tan querido para él. Una de las riquezas de la Familia Carmelita es la cooperación entre hombres y mujeres que persiguen el mismo ideal. Este ideal lo vivimos de diferentes modos y lo contemplamos desde perspectivas distintas. Son muchos los ejemplos en la historia de la Iglesia en los que la cooperación de un hombre y una mujer en la aventura espiritual ha producido fruto abundante. Hubo una auténtica amistad espiritual entre la Madre Crocifissa y el P. Lorenzo, asegurando así que la Congregación, nuevo fruto en el vergel del Carmelo, echara raíces profundas, las cuales anteriormente se habían hecho profundas en sus corazones. Los comienzos de alguna obra están marcados, frecuentemente, por el sufrimiento. Ambos, el P. Lorenzo y la Madre Crocifissa, soportaron el mismo con alegría, a fin de que pudiera nacer una nueva vida.

La Misión

13. El 23 de octubre de 1930 se le concedió a la Madre Crocifissa y a otras hermanas poder emitir sus votos como religiosas. Fue un momento de inmensa alegría para la Madre Crocifissa, que había sufrido mucho hasta llegar a este momento. En 1947 pudo ver realizado su sueño de infancia, ser misionera, en la persona de sus hermanas. A petición del Obispo, envió cuatro hermanas a Paracatú, Brasil. Hubiera preferido ir ella misma, pero no fue posible debido a la responsabilidad sobre la joven Congregación y a su frágil salud. Su salud nunca fue buena y fue empeorando gradualmente. Madre Crocifissa murió el 4 de Julio de 1957. La Congregación continuó extendiéndose después de su muerte, llevando su amor a los pobres y especialmente a los niños, en muchos lugares de misión.

14. Todo lo que hizo, lo realizó a fin de que Dios fuese amado. La Madre Crocifissa era una simple mujer con poca cultura, pero con una profunda intimidad con Dios. Todos los estudios que se han hecho sobre ella, han sacado a la luz el carácter místico de su vida interior. Hay que señalar que ella era capaz de expresarse con conceptos precisos teológicos, sin haber tenido nunca la posibilidad de estudiar teología. Espero que la beatificación de Madre Crocifissa anime a muchos carmelitas a estudiar su Diario y sus Cartas; a través de ellas puede vislumbrarse la profundidad en el trato de Dios con su creación y el papel de la Virgen María en la vida espiritual. Por sus escritos se puede ver que la Virgen ayudó a Madre Crocifissa a configurarse con Cristo y a permitir dentro de ella la intimidad con la Stma. Trinidad. En su Diario, que se espera sea publicado y traducido en otras lenguas, podemos encontrar a una mujer de una profunda vida de oración, que se expresa en un lenguaje espiritual del todo personal. El documento no es un registro de los acontecimientos diarios, sino lo que le acaecía exterior e interiormente, generalmente en forma de pequeñas notas. No tengo dudas en calificarla como una mística profunda, en el pleno sentido de la palabra. Sin embargo, no era solamente una mujer de profunda oración y espiritualidad, sino que fue una mujer equilibrada y madura.

15. Como Santa Teresa de Lisieux, a la que estaba dedicada la Congregación, la Madre Crocifissa también sintió la vocación de orar y sacrificarse por los sacerdotes. Nunca deseó que su sufrimiento apareciera ante los demás. Se puede ver en algunas citas, como la siguiente: “Sufría mucho íntimamente, mientras que externamente parecía que participaba y entendía la hilaridad y la conversación normal” (13 Diciembre 1925). También ella comió del pan de los que olvidan y rechazan a Dios: “Durante el día y la noche sufrí muchísimo de una especie de olvido de Dios y de todo lo que comprende mi vida sobrenatural”.

16. La Madre Crocifissa vivió en profunda unión con Dios y trató que sus hermanas fuesen fieles a lo que habían prometido. No quiso tener medias tintas; decía a menudo que es inútil vivir en una casa religiosa, si uno no tiene intención de hacer la voluntad de Dios.

Madre Crocifissa y la Espiritualidad Carmelita

17. Ya he mencionado antes el amor de Madre Crocifissa al Carmelo. La devoción a Nuestra Señora del Carmen en Sicilia era algo muy común. La Madre Crocifissa tuvo también una profunda relación con Santa Teresa de Lisieux, a la cual ella dedicó la Congregación. Desde muy joven entró en contacto con Santa Teresa de Ávila y fue grandemente inspirada por ella.

18. Nuestra Señora, sin embargo, fue la que constantemente estuvo presente en su vida. Decía ella que la tierna Madre del Carmelo le arrebató el corazón desde su infancia y que le había encomendado una misión y ella se determinó en llevarla adelante. La Madre Crocifissa veía a la Virgen como a una Madre llena de ternura y de calor humano y fue atraída por Ella, puesto que María hizo la voluntad de Dios.

19. El Diario de la Madre Crocifissa está lleno de descripciones, de sus visiones o locuciones; en muchas de ellas aparece la Virgen María y su unión con la Stma. Trinidad. Cuando se leen los escritos de Madre Crocifissa, hay que tener en cuenta la mentalidad cultural en la que creció, de modo que puedan entenderse las peculiaridades de su espiritualidad. La religiosidad popular tuvo en ella gran importancia, pues estuvo imbuida de la misma desde su infancia. Ésta creó el estilo usado por Madre Crocifissa para comunicar su mensaje. En su Diario podemos descubrir su experiencia íntima, su intimidad con Dios, su intimidad con María y con su Hijo Jesucristo. Dicho Diario está envuelto en un lenguaje lleno de prodigios, debido a su educación, pero la autenticidad de su experiencia puede colegirse por su humildad, por su desinterés, por su caridad y por su temor a las ilusiones.

20. La Madre Crocifissa experimentó el amor maternal de María. De la Virgen recibió como alimento el amor con el que Ella amaba a su Hijo Jesucristo. De estas experiencias recibió la fuerza para resistir a los que, de buena fe, se oponían al desarrollo de la misión, de la cual estaba convencida haber recibido de la “tierna Madre del Carmelo”. La Madre Crocifissa comunicó la experiencia del amor maternal de María tanto a infinidad de niños, con los que ella trabajó en Santa Marinella, como a numerosas familias pobres, que recibieron su ayuda en momentos de necesidad. Este fue el estilo que imprimió a la nueva Congregación y a las hermanas que se le unieron. De María a los pies de la Cruz, aprendió, de modo particular, una profunda compasión por los “más pequeños”. Ella misma decía: "La compasión femenina, maternal, es la expresión más viva del amor que el Espíritu Santo desea difundir en el mundo, a través de la Iglesia” .

21. Estaba convencida de que su misma vocación carmelita provenía de Nuestra Señora del Monte Carmelo. El escapulario fue el signo externo de la relación de Madre Crocifissa con María, y del deseo de conformar su vida a la de la Madre de Dios. Parece ser que Rosa Curcio recibió el escapulario de niña y también más tarde, cuando fue admitida a la Tercera Orden del Carmen a la edad de trece años. Vivió como laica carmelita hasta la edad de cincuenta y tres años, edad en la que hizo los votos como religiosa. El hábito completo fue siempre para ella de gran importancia y ella lo entendía como un signo externo de pertenencia a la Orden de Nuestra Señora.

22. La Madre Crocifissa ingresó en la Tercera Orden Carmelita siendo muy joven y encontró una gran ayuda para sus anhelos espirituales de los laicos carmelitas. Comenzó a sentir “la gran misión a la que la tierna Madre del Carmelo me había predestinado: debía reunirme con otras compañeras mías y hacer florecer el Carmelo en nuestra tierra y en muchos otros lugares”. Cuando se encontró con el P. Lorenzo, éste la animó a seguir su sueño de fundar un nuevo Instituto Carmelita con un marcado sello misionero, siguiendo las grandes deseos misioneros de Teresa de Ávila y Teresa de Lisieux. La influencia de estas grandes santas en ella merece otro estudio.

23. La Madre Crocifissa deseaba que la Congregación fuera completamente carmelita y tomara parte en el florecimiento del Carmelo en beneficio de la humanidad. En sus cartas y en la legislación de la Congregación puso un énfasis especial en la gran importancia del silencio y de la oración aspirativa a lo largo del día. Ella conocía muy bien estos elementos de la tradición carmelita. Entendía la oración como “una relación de amor con Él, que es un Amor inmenso y una necesidad del corazón” . Una experiencia de la necesidad profunda que tiene el corazón humano. La Madre Crocifissa comprendió que su misión, así como la de la Congregación, era establecer una reparación activa del amor de Dios, olvidado muy a menudo o completamente desconocido. Ella propuso distintas devociones, abandonadas después de la renovación del Concilio Vaticano II. Asumió su propia vocación, incluyendo en ella un elemento muy importante de reparación y éste lo trató de comunicar a sus hermanas, las cuales trataron de calar profundamente en este elemento, poniendo un acento especial de reparación al Sagrado Corazón y renovándola con la devoción a la Eucaristía, que ya entonces compartían con la Familia Carmelita.

24. La Madre Crocifissa vio en las dos Teresas (Ávila y Lisieux) como una luz y una inspiración para su nueva Congregación. Ambas eran monjas de clausura, pero ella deseaba fundar una Congregación activa. Comprendió que la contemplación era el corazón de la vocación carmelita y ésta debía ser la fuente de las actividades apostólicas, para estar en comunión con el pensamiento y el corazón de Dios. Por instinto comprendió que no había dicotomía entre contemplación y acción. La Madre Crocifissa tuvo gran devoción a Santa Teresa de Lisieux; por esto asistió a la ceremonia de la canonización de Santa Teresa en la Basílica de San Pedro, en mayo de 1925. Este acontecimiento caló profundamente en ella y en su espiritualidad personal y, al mismo tiempo, en la espiritualidad de la Congregación.

25. En este año dedicado a la Eucaristía es importante subrayar este aspecto de su devoción a este sacramento, como un elemento importante de la espiritualidad de Madre Crocifissa y fuente de su energía espiritual. En las cartas a sus hermanas las anima a acercarse a la Eucaristía para sacar fuerzas de la misma. El amor que reciban de esta fuente, puede ser compartido con los demás a través del día. Estuvo noches enteras ante el Sagrario, consciente de que en la Eucaristía la persona puede ser transformada en el infinito de Dios.

26. El gran ideal de la Madre Crocifissa era llegar a la santidad y la Stma. Virgen fue el modelo más grande para poner esto en práctica. Su más ardiente deseo era que la voluntad de Dios se cumpliera en y a través de ella. Deseaba compensar, de alguna manera, la ingratitud de los pueblos hacia Dios. Animaba frecuentemente a sus hermanas religiosas para que lucharan por alcanzar una santidad de vida, pues estaban obligadas a ello por su profesión.

La Madre Crocifissa y la Familia Carmelita

27. La Congregación fundada por la Madre Crocifissa cuenta en la actualidad con 280 hermanas distribuidas en 7 países. Fue afiliada a la Orden a los pocos días de la fundación oficial en 1925. Toda la Familia carmelita se alegra junto con las Hermanas Carmelitas Misioneras de Santa Teresa del Niño Jesús con ocasión de la Beatificación de su Fundadora, Madre Crocifissa Curcio.

28. ¿Qué puede ofrecer la Beata Madre Crocifissa a la Familia Carmelita? Ya he hablado de su amor y conocimiento de la espiritualidad carmelita. Ella estaba convencida de que su vocación fue inspirada por Nuestra Señora del Monte Carmelo, para que el Carmelo floreciera. De acuerdo con el Libro De la institución de los primeros monjes, documento del siglo XIV e importantísimo para la historia de la espiritualidad carmelita, el fin principal de la vida carmelita se describe de la siguiente forma: “Una parte podemos conseguirla nosotros con nuestro esfuerzo y el ejercicio de las virtudes, ayudados de la divina gracia. Este fin consiste en ofrecer a Dios el corazón santo y limpio de toda actual mancha y pecado. Conseguimos este fin cuando somos ya perfectos en Kerit, o sea: cuando nos hemos escondido en aquella caridad de la cual dijo el Sabio: la caridad cubre todas las faltas (Prov. 10,12)…El otro fin de esta vida es don totalmente gratuito de Dios y que Él comunica al alma. Consiste en que no solo después de la muerte, sino aún en esta vida mortal, da a gustar en el afecto del amor y en el gozo de la luz del entendimiento, algo sobrenatural del poder de la presencia de Dios y del deleite de la eternal gloria” (Libro 1, cap. 2).

29. Por los escritos de la Madre Crocifissa se deduce claramente que ella efectivamente llegó “a gustar en el afecto del amor y en el gozo de la luz del entendimiento, algo sobrenatural del poder de la presencia de Dios y del deleite de la eternal gloria”. Es maravilloso que la Iglesia reconozca que una de nuestras hermanas haya vivido plenamente la vocación para la cual fue creada. El Carmelo ha producido muchos místicos, unos famosos y otros desconocidos, a través de sus siglos de existencia. La experiencia mística es un puro don de Dios y no se puede alcanzar por el esfuerzo humano. Podemos maravillarnos de la experiencia mística de Madre Crocifissa y puede ayudarnos a comprender que a pesar de las restricciones de nuestra vida, podemos cumplir la voluntad de Dios.

30. Desde los comienzos, la Madre Crocifissa tuvo un sentido profundo de su misión. El Carmelo, como parte de la Iglesia, debe ser misionero. En cada país nos encontramos de cara a una gran misión recibida de Dios, proclamar el Reino de Dios de palabra y de obra. La Madre Crocifissa vivió su misión, en gran parte, en Santa Marinella, pero también vivió su compromiso de la missio ad gentes a través de sus hermanas. La misión en países extranjeros (ad gentes) es una parte esencial de nuestro cristianismo y de nuestra vocación carmelita. No todos pueden ir a otros países pero, se puede realizar esta misión hacia fuera, apoyando a los que van con nuestra oración y con nuestra ayuda moral y económica.

31. En este año (2005) la Iglesia está celebrando el año de la Eucaristía. Este sacramento es un pilar central en la espiritualidad de Madre Crocifissa. Su Beatificación nos puede ayudar a centrarnos en el significado que la Eucaristía tiene en nuestras vidas. En la Regla Carmelita se establece: “Construiréis el oratorio, si cómodamente puede hacerse, en medio de las celdas, en el que todos los días, por la mañana, os reuniréis para participar en el Sacrificio de la Misa, cuando esto pudiere hacerse sin dificultad” (Regla, 14). Los ermitaños iban desde sus celdas a la capilla para la oración y la celebración de la Eucaristía y volvían después fortalecidos para la búsqueda de Dios en la soledad de la celda. Hay un equilibrio en la vida carmelita entre la celda y la vida comunitaria. San Pablo echó en cara a los Corintios que su celebración no era, de hecho, la Cena del Señor (1 Cor 11,20). Un aspecto esencial de vida carmelita es la construcción de la comunidad. Un elemento importante en la vida de la Madre Crocifissa fue su gran humanidad. Ella urgía a sus hermanas para que fuesen santas por su profesión religiosa; al mismo tiempo, sin embargo, estaba pendiente de las necesidades humanas de cada día. Si nuestra Eucaristía es realmente la celebración de la Cena del Señor, debe inspirarnos a cada uno en nuestra realidad concreta como hermanos y hermanas en el Señor.

32. Pocos compartieron la vida mística de la Madre Crocifissa durante su vida. Sus hermanas y aquellos a los que ella sirvió, compartieron su amor, expresado de manera práctica y cuidadosa. La autenticidad de la experiencia religiosa se puede juzgar viendo cómo la persona trata a los demás en el día a día. La Madre Crocifissa es un modelo de cómo seguir a Jesucristo. Ella es fuente de inspiración para todos los que se sientan llamados al Carmelo. Ella puede ser un modelo para nosotros en nuestra vida de oración y en nuestra atención a los demás, hasta el día en que felizmente oigamos, junto con ella, aquellas palabras de Cristo: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia preparada para vosotros desde la creación del mundo” (Mt 25, 34).

Joseph Chalmers, O. Carm.
Prior General

27 de marzo de 2005

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Ultima revisión: 6 junio 2005