El Dios de
nuestra contemplación


Carta del Prior General,
P. Joseph Chalmers, O.Carm.
a la Familia Carmelita


Queridos hermanos y hermanas en el Carmelo,

1.         Al comienzo de este Nuevo Año y en este día Mundial de Oración por la Paz, deseo reflexionar un poco sobre la conexión entre el trabajo por la Paz y la Justicia y nuestra vocación carmelita. Somos comunidades contemplativas en medio del pueblo y de esta manera deseamos ser testigos de Dios, pero ¿cuál es el Dios a quién invocamos y al que tratamos de servir? Se han cometido muchos atropellos en nombre de Dios, a través de la historia y en nuestros días. Como ya se indicó en el Plan del Consejo General para el sexenio: “Como hijos de los Profetas, debemos luchar contra toda manipulación del nombre de Dios en favor de preocupaciones egoístas de cualquier grupo.” A veces se ha usado la piedad religiosa para esconder el deseo del poder al tratar de dar un sentido de seguridad a este mundo que está cambiando. A medida que vamos creciendo y madurando, nuestra imagen de Dios también cambia, porque no podemos tener una imagen de Dios, tal como Dios es. Se nos está retando a examinar nuestra imagen de Dios, debido al secularismo de nuestro tiempo y al resurgir de numerosas sectas en muchas partes del mundo. Hablamos de contemplación y de la acción transformadora de Dios en nosotros, pero ¿cuál es el Dios de nuestra contemplación?

El carisma carmelita

2.         El carisma carmelita habla de un profundo y ardiente deseo de Dios. Un carisma es un don que Dios da, a una persona o a un grupo, en beneficio de la Iglesia y del mundo. En el caso de nuestra Orden, no tenemos un Fundador, en el sentido estricto de la palabra, en quien poder fijarnos; nuestros orígenes fundacionales vienen de un grupo de ermitaños reunidos en el Monte Carmelo. No sabemos muchas cosas de estos hombres e, incluso, no sabemos exactamente cuando fueron allá. Es probable que fueran a Tierra Santa en tiempo de las Cruzadas y, tal vez, alguno de ellos fuera un soldado. Sin embargo, entre 1206-1214, estos ermitaños formaban ya un grupo unido, de tal manera que solicitaron de la Iglesia ser aprobados como comunidad. Hicieron una petición sobre su forma de vida y, basándose en la misma, el Patriarca de Jerusalén, San Alberto, les escribió una carta que contenía una serie de principios en los que debían fundamentar sus vidas. No tenían necesidad de recurrir a las armas de los Cruzados; deberían, no obstante, empuñar las armas espirituales para el combate espiritual (Cf. Regla, 18-19).

3.         Tras algunas dificultades, el Papa Inocencio IV aprobó definitivamente a los carmelitas en 1247 y la Carta de San Alberto se convirtió oficialmente en una Regla religiosa aceptada por la Iglesia. El Papa hizo algunas pequeñas modificaciones, para adaptar el estilo de vida de los frailes, que estaban ya comprometidos en el apostolado en las nuevas ciudades. Sin embargo, estas pequeñas modificaciones han tenido una importancia grande en la Orden porque por medio de ellas los carmelitas fueron agregados al movimiento mendicante y a identificarse con los pobres en los medios urbanos, así como a servirles. La Regla de San Alberto contiene el germen y los principios fundamentales del carisma carmelita. Los ermitaños eran los que vivían cerca de la fuente. Es la famosa fuente llamada de Elías, profeta. Por el hecho de que vivían en el Monte Carmelo era inevitable que tuvieran una devoción especial al Profeta, a quien todos los ermitaños consideraban como modelo. San Alberto dice en la Regla: “El oratorio, si se puede hacer cómodamente, construirlo en medio de las celdas y allí os reuniréis de mañana todos los días para participar en la celebración eucarística, cuando las circunstancias lo permitan” (n.14). Este oratorio fue dedicado a Nuestra Señora y de ahí comenzó una relación especial entre los carmelitas y la Virgen María, su Madre, su Hermana y su Patrona.

4.         Un elemento fundamental para el cristiano y, por consiguiente, para el carmelita, de acuerdo con la Regla de San Alberto, es vivir en obsequio de Jesucristo. Todo lo demás que se halla en la Regla, es el modo cómo los carmelitas han de seguir a Jesucristo. San Alberto usa la expresión ‘armadura’ de Dios (Cf. Ef 6,10-17) para instruir a los ermitaños. Este concepto tendría una especial resonancia en tiempo de guerra y de incertidumbre. Los carmelitas han de embrazar la coraza de la justicia (Cf. Regla 19) y más adelante, al silencio se le llama el culto de la justicia (Cf. Regla n.21). Los valores de la oración, la fraternidad y el servicio son muy importantes para nosotros. La Palabra de Dios es central en nuestra vida. Como la Bienaventurada Virgen María, hemos de meditar en la Palabra y ésta transformará nuestras vidas. De hecho, la finalidad de la Regla carmelita es la transformación en Cristo. Al seguir los valores expresados en la Regla para conformar nuestras vidas, nos transformamos, gradualmente, y nos convertimos en una nueva creación en Cristo.

5.         La vía de la oración, aunque no está desarrollada en la Regla carmelita, y que la impregna totalmente, es la Lectio divina. Este modo de orar era ya practicado muchos siglos antes de que se hubiera hecho una definición del mismo. Las famosas cuatro etapas o fases de la Lectio divina (lectura, meditación, oración y contemplación) fueron descritas por Guigo, el cartujo, hacia 1150 en su libro “La escala de los Monjes”. En la época en la que se escribió la Regla no había muchas definiciones o descripciones sobre las etapas de la oración. Las cuatro etapas de Guigo, lectura, meditación, oración y contemplación, estaban dirigidas para enseñar a los jóvenes que venían a la vida religiosa; nunca se pensó que fueran etapas fijas o definidas. La Lectio divina era el modo normal de orar y estaba dirigido a alcanzar la transformación en Cristo. La meditación en aquella época nada tenía que ver con la reflexión discursiva sobre Dios o sobre conceptos de Dios; era, más bien, una práctica que involucraba a todo el cuerpo en la oración. Los ermitaños rumiaban las palabras de los salmos y las repetían muchas veces durante el trabajo diario, hasta que echara raíces en ellos. San Alberto y los ermitaños habrían meditado mucho tiempo en la Palabra de Dios, ya que la Regla está llena de alusiones a la Escritura y de citas directas. La Palabra de Dios formaba parte de su vida y por esto se convirtió en el corazón de la Regla que él escribió.

6.         La Regla proporciona los elementos de una sana vida espiritual que puede llevarnos a la transformación en Cristo. La Regla no describe la oración contemplativa, sino que prepara para el camino hacia ella. A pesar de que las palabras “contemplación” y “oración contemplativa” no están mencionadas en la Regla, se utilizan otros términos para expresar esta realidad, por ejemplo: “permanezca cada uno en su celda o junto a ella, meditando día y noche la ley del Señor” (Cf. 10); “fortaleced vuestros pechos con pensamientos santos” (Cf. 19); “la espada del Espíritu, es decir, la palabra de Dios, habite en toda su riqueza en vuestra boca y en vuestros corazones. Y lo que debáis hacer, hacedlo conforme a la Palabra del Señor” (Cf. 19). La Regla, como hemos dicho, asume el ritmo de la Lectio divina, que nos lleva a la contemplación. Podemos leer la Palabra de Dios, o meditarla. Nuestra respuesta a la Palabra es, normalmente, espontánea y fructifica en lo que hacemos, aún cuando no podamos controlarlo. La oración contemplativa es cualitativamente distinta de cualquier otra oración que le haya precedido. No podemos controlar nuestra oración contemplativa. Es la acción transformadora de Dios la que nos sitúa en una especie de sueño del sentido, mientras que Dios, como un gran médico, obra profundamente en nosotros para transformar los rincones más recónditos de nuestro interior en la imagen de Cristo. Por supuesto que esta acción no es totalmente pasiva, como dice el Cantar de los Cantares: «Yo dormía, pero mi corazón velaba” (Cant 5,2). El proceso de la contemplación se realiza en la vida diaria, pero alcanza sus cotas más altas en la oración contemplativa. No podemos apoderarnos de ella, sino que es un don que se recibe: “La cual es tan delicada, que ordinariamente, si tiene gana o cuidado en sentirla, no la siente, porque como digo, ella obra en el mayor ocio y descuido del alma; que es como el aire, que, en queriendo cerrar el puño, se sale” (Noche Oscura, I, 9,6). Al comienzo, la contemplación es tan indeterminada y delicada que la persona no se da cuenta de lo que está sucediendo. Algunos llegan a tener conocimiento de esto y crece de tal manera en ellos, que pueden ver el fruto de la contemplación, como podemos ver por la abundante literatura mística a través de los siglos.

Contemplación

7.         La Orden ha considerado siempre la contemplación como el corazón de nuestra llamada o vocación. La Institutio Primorum Monachorum, desde el siglo XIV fue la guía para la formación de los jóvenes carmelitas, dice: “En esta forma de vida se puede descubrir un doble fin. El primero, lo podemos alcanzar con la ayuda de la gracia...a través de la práctica de las virtudes, consiste en ofrecer a Dios un corazón santo y puro de toda mancha actual de pecado. Este fin lo conseguimos cuando somos perfectos y escondidos en el Carit, esto es en la caridad que, según el Sabio: “El amor cubre todas las culpas” (Prov.10,12). El otro fin...se alcanza por puro don de Dios, consiste en gustar en el propio corazón y experimentar en la mente, no sólo después de la muerte, sino en esta vida mortal, la virtud de la presencia divina y la dulzura de la gloria celeste. Esto significa beber del torrente del amor de Dios, y este fin se lo prometió también el Señor a Elías: “Beberás del torrente”. (De Instit., Libro 1, cap. 2). Santa Teresa y San Juan de la Cruz, que conocían muy bien la tradición carmelita, llevaron a la misma a su inspiración inicial, lo mismo que hicieron las distintas reformas de la Orden, como vemos por la historia.

8.         El carisma carmelita de la Orden se presenta en nuestros días según las Constituciones de los religiosos, de la siguiente manera : “Los carmelitas viven su obsequio de Jesucristo, comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la fraternidad y en el servicio (diakonia) en medio del pueblo. » (Const. 14). En otro artículo de las Constituciones de los religiosos se dice: “La tradición de la Orden ha interpretado siempre la Regla y el carisma fundante como expresión de la dimensión contemplativa de la vida y a esta vocación contemplativa se refieren siempre los grandes maestros espirituales de la Familia Carmelita.” (Const.17). Continuando con las Constituciones de los religiosos, leemos: “Es ésta (la contemplación) una experiencia transformante del amor de Dios que está por encima de todo y que nos vacía de nuestras limitadas e imperfectas maneras humanas de pensar, de amar y de obrar, y las cambia por otras divinas.” (Const.17). En las Constituciones de las Congregaciones afiliadas y en la reciente Regla aprobada de la Tercera Orden Carmelita, aparece también la insistencia sobre la contemplación.

9.         La Ratio Institutionis Vitae Carmelitanae de los religiosos (documento sobre la formación y citada como Ratio) clarifica el papel de la contemplación en el carisma de la Orden: “La dimensión contemplativa no es sólo uno de los elementos del carisma (oración, fraternidad y servicio), sino que es el elemento dinámico que los unifica a todos.
            En la oración nos abrimos a la acción de Dios, que nos transforma gradualmente a través de todos los sucesos, grandes y pequeños, de nuestra vida. Este proceso de transformación nos hace capaces de instaurar y mantener relaciones fraternas auténticas, disponibles al servicio, a la compasión, a la solidaridad, capaces de presentar al Padre los deseos, las angustias, las esperanzas y los gritos de los hombres.
            La fraternidad es el banco de prueba de la autenticidad de la transformación que se va realizando.” (Ratio 23). La Ratio continua diciendo: “En esta progresiva y continua transformación en Cristo realizada en nosotros por el Espíritu, Dios nos atrae hacia Él en un camino interior que conduce de la periferia dispersante de la vida a la celda más interior de nuestro ser, donde Él mora y nos une consigo.
            El proceso interior que conduce a desarrollar la dimensión contemplativa hace asumir una actitud abierta a la presencia de Dios en la vida, enseña a ver el mundo con sus ojos, impulsa a buscar su rostro, a reconocerlo, amarlo y servirlo en los hermanos” (Ratio 24).

10.       El fin del camino contemplativo es llegar a tener una amistad madura con Jesucristo, de tal modo que sus valores se conviertan en nuestros valores, y comencemos a ver con los ojos de Dios y a amar con el corazón de Dios. La auténtica contemplación encuentra su mejor expresión en el servicio a los hermanos, tanto si estamos en el servicio apostólico, como si nos encontramos en un monasterio. Cuando Dios contempla el mundo, Dios va más allá de lo puramente externo; Dios ve las motivaciones del corazón humano. Una experiencia auténtica como comunidad contemplativa nos lleva a tomar como algo propio “la misión de Jesús, enviado a proclamar la Buena Nueva del Reino de Dios y la liberación total de todo pecado y opresión”. (Ratio, 38).

Ver con los ojos de Dios

11.       El Papa Juan Pablo II dice en su Exhortación Apostólica Postsinodal Vita Consecrata: “En los comienzos de su ministerio, Jesús proclama, en la sinagoga de Nazaret, que el Espíritu lo ha consagrado para llevar a los pobres la Buena Nueva, para anunciar la liberación a los cautivos, restituir la vista a los ciegos, dar la libertad a los oprimidos, y predicar un año de gracia del Señor (Cf. Lc 4, 16-19). Haciendo propia la misión del Señor, la Iglesia anuncia el Evangelio a todos los hombres y mujeres, para su salvación integral. Pero se dirige con una atención especial, con una auténtica « opción preferencial », a quienes se encuentran en una situación de mayor debilidad y, por tanto, de más grave necesidad. « Pobres », en las múltiples dimensiones de la pobreza, son los oprimidos, los marginados, los ancianos, los enfermos, los pequeños y cuantos son considerados y tratados como los «últimos» en la sociedad.
            La opción por los pobres es inherente a la dinámica misma del amor vivido según Cristo. A ella están pues obligados todos los discípulos de Cristo; no obstante, aquellos que quieren seguir al Señor más de cerca, imitando sus actitudes, deben sentirse implicados en ella de una manera del todo singular. La sinceridad de su respuesta al amor de Cristo les conduce a vivir como pobres y abrazar la causa de los pobres.” Esto comporta para cada Instituto, según su carisma específico, “la adopción de un estilo de vida humilde y austero, tanto personal como comunitariamente. Las personas consagradas, cimentadas en este testimonio de vida, estarán en condiciones de denunciar, de la manera más adecuada a su propia opción y permaneciendo libres de ideologías políticas, las injusticias cometidas contra tantos hijos e hijas de Dios, y de comprometerse en la promoción de la justicia en el ambiente social en el que actúan” (VC 82)

12.       Fieles a las Escrituras, a la Iglesia, y a la Orden, han hecho una elección preferencial por los pobres, porque Jesucristo vino a traer la Buena Nueva a los pobres (Cf. Lc 4,18). No podemos quedar indiferentes ante el grito de los pobres (Cf. Ex 22,22.26; Sir 21,5). El empeño por la Justicia y la Paz necesariamente implica, no sólo hacer cualquier cosa por los pobres, sino también el interpelarse: ¿Por qué la situación está como está? ¿Qué podríamos hacer al respecto? Obviamente las razones de las condiciones de pobreza en el mundo y las razones de la falta de paz auténtica son extremadamente complejas. Esta opción preferencial proviene de nuestra vocación contemplativa.
            “La dimensión contemplativa de la vida carmelita permite reconocer las huellas de Dios presentes en la creación y en la historia como don gratuito que nos compromete a realizar el proyecto de Dios para el mundo. El camino contemplativo auténtico permite descubrir la propia fragilidad, la debilidad, la pobreza, en una palabra la nada de la naturaleza humana: todo es gracia. Esta experiencia nos hace solidarios con todo el que vive situaciones de privación e injusticia. Dejándonos interpelar por los pobres y los oprimidos, somos transformados gradualmente y empezamos a ver el mundo con los ojos de Dios y a amarlo con su corazón. Con Él oímos el grito de los pobres y nos esforzamos por compartir su solicitud, su preocupación y su compasión por los últimos.
            Esto nos impulsa a decir una palabra profética ante las exageraciones individualistas y subjetivistas presentes en la mentalidad actual, ante las múltiples formas de injusticia y de atropello, tanto de las personas como de los pueblos.” (Ratio 43).

13.       La razón fundamental de la existencia de tanta pobreza en el mundo, radica en lo más profundo del corazón humano. Es un error echar las culpas a los demás, ya que cada uno de nosotros tenemos una parte de culpa o responsabilidad. El compromiso por la Justicia y la Paz va de la mano con el proceso contemplativo y siguiendo el modo de pensar de Cristo, de tal manera que nuestro servicio a los pobres no sea una manera sutil de servirnos a nosotros mismos. El corazón humano es muy complicado, y para servir a los otros según la mente y el corazón de Dios, debemos someternos a una purificación profunda, lo cual es una parte íntima del proceso contemplativo. (Cf. Lam 4,8; Heb 4,12-13).

El Profeta Elías

14.       La Familia Carmelita ha redescubierto la importancia del Profeta Elías como fuente de inspiración en los últimos años, sobre todo en lo referente a los trabajos de la Justicia y de la Paz. Su experiencia contemplativa lo impulsó a la acción profética. Él denunció sin miedo las acciones de las personas poderosas de su tiempo e iluminó a la luz de la Palabra de Dios las situaciones de pecado. La historia de la viña de Nabot (Cf. 1 Re 21) es un buen ejemplo de la actividad profética de Elías. El rey Ajab deseaba la viña de Nabot para él, pero Nabot no quiso vender su patrimonio. La reina Jezabel, se burló de su marido y lo desafió a demostrar que él era el rey en Israel. Fue ella la que urdió un complot, verdaderamente diabólico: era necesario acusar a Nabot de blasfemia para ponerlo fuera de juego y arrebatar la viña libremente. El Profeta Elías aparece en escena cuando Ajab se había quedado con la viña y condenó a Ajab por abuso de autoridad. Fue éste, sin duda, un paso valiente. Proclamar la Palabra de Dios en ciertas situaciones puede ser muy peligroso. En el Profeta Elías podemos ver a un hombre que tradujo su experiencia contemplativa en la acción profética.

15.       Después de la clamorosa victoria en el Monte Carmelo (Cf. 1 Re 18, 36-40) a favor de Jahvé y de las amenazas de muerte por parte de la reina Jezabel, Elías escuchó e inmediatamente las voces interiores destruyeron su confianza en Dios. Se encaminó al desierto (Cf. 1 Re 19, 3-4) que es por tradición el lugar del silencio. (Cf. Os 2, 16) Dios habló a Elías por medio del ángel, para que se pusiese de nuevo en camino. Al profeta esta vez le costó trabajo discernir la voz de Dios, porque estaba preso de sus problemas, pero al final, aunque con gran esfuerzo, llegó al Monte Horeb. (Cf. 1 Re 19, 5-8) Cuando llegó, Dios preguntó a Elías qué era lo que estaba haciendo y a la respuesta de Elías, que se declaró lleno de gran celo por el Señor Dios de los ejércitos, único defensor sobreviviente de Jahvé en todo Israel (Cf. 1 Re 19,10), Dios no responde, sino que dice a Elías que permanezca en la montaña. El Señor pasó. Dios se reveló de un modo inesperado, nuevo para la tradición religiosa y también para su experiencia personal. Para reconocerlo, Elías tuvo que hacer callar todas las voces interiores que le decían cómo debería manifestarse Dios (Cf. 1 Re 19, 11-12). Después de encontrarse con Dios sin prejuicios, Elías se abre para acoger la verdad que lo libró de la ilusión. Él pensaba que Dios tuviese realmente necesidad de él, desde el momento en que era el único profeta que había quedado. Dios con mucha tranquilidad le hace ver que de hecho no estaba solo, ya que unos siete mil no se habían inclinado ante Baal (Cf. 1 Re 19, 18). Libre de la ilusión, Elías está en capacidad de recibir una nueva misión por parte de Dios, misión que será llevada a cabo mayormente por su sucesor, Eliseo, el cuál recibió, una doble porción de su espíritu. (Cf. 1Re 19,19; 2 Re 2,11).

16.       Dios se sirve de cualquier cosa, grande o pequeña, buena o mala, para contestar a nuestro normal modo de estar en el mundo, igual que a Elías, que se vio constreñido a dejar sus propias esperanzas sobre el modo en que Dios se le revelaría, expectivas radicadas profundamente en él, como también están profundamente radicadas en nosotros nuestras expectativas y perspectivas. Antes de que nosotros realmente podamos encontrar a Dios, como Dios es, tenemos que aprender a permitir vaciarnos de todo esto. Éste es un proceso doloroso, una noche oscura real, pero esencial para que nosotros podamos llegar a la luz del día y podamos estar preparados para el encuentro con Dios. Nuestra tradición Carmelita habla de un camino de transformación. Los sucesos de nuestra vida no están ahí por casualidad. Dentro de cada acontecimiento, Dios nos está llamando para que demos un paso adelante en nuestro camino. Dios nos llama a dar un paso hacia adelante en nuestra manera de juzgar las situaciones y las personas, a fin de que podamos empezar a ver las cosas desde la perspectiva de Dios. El fin de nuestro camino es nuestra transformación, cuando seamos capaces de ver todo como si lo viéramos con los ojos de Dios y lo amásemos con el corazón de Dios. Necesitamos comer y beber porque el camino es demasiado largo. Encontramos la comida necesaria para nuestra jornada en la celebración diaria de la Eucaristía, meditando la Palabra de Dios, según nuestra tradición Carmelita.

María, la Madre de Dios

17.       El Carmelo es famoso por su devoción mariana, que se expresa de muchas maneras. La devoción más grande será ser conformes al objeto de nuestra devoción. El Beato Tito Brandsma decía que la vocación de un carmelita era ser otra María. El “fiat” de María fue necesario para que Cristo naciera y de esta manera Ella cooperó al plan de Dios. A través de ella, Dios tiene un rostro humano ahora. Nuestra devoción a María no debe quedar en la imitación de sus virtudes, aunque eso es muy importante. Nosotros debemos permitir a Cristo crecer dentro de nosotros hasta tal punto que nos transformamos en él, para que podamos decir con San Pablo: “ya no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí” (l Cor 2,20). De esta manera nosotros también seremos una palabra de Dios, un tabernáculo de la presencia de Dios en el mundo (Cfr. 1Cor 3,16; Ef 2,21-22). Así podremos vivir nuestra vocación profética.

18.       La maternidad divina fue el tema de reflexión entre los primeros carmelitas. Como Orden con un rasgo contemplativo fuerte, los carmelitas tratan de ver con los ojos de Dios, incluso aquí en la tierra. Nuestra Señora fue el modelo de lo que ellos deseaban ser. Ninguna otra unión más íntima con Dios podría pensarse fuera de la que Nuestra Señora tenía con Dios al llevar sola a su Hijo en su seno. El hecho de que ella era pura, significaba que no había puesto resistencia a la acción de Dios en ella. Su fe y su confianza en Dios eran firmes, pasara lo que pasara. Ella escuchó atentamente la Palabra de Dios e hizo lo que Dios le pedía. Así pudo entrar en la plenitud de la vida.

19.       María tuvo que caminar en la fe. Ella entró en el misterio del plan de Dios y en el misterio de su Hijo con una fe confiada. Ella meditaba todo lo que sucedía en sí misma y lo guardó en su corazón, así pudo seguir el camino hacia donde Dios deseaba conducirla (Cf. Lc 2,19.51). Todos los distintos elementos de la vida revelan algo de Dios y del plan de Dios. María es para nosotros un modelo (Cf. Lc 11,28). Ella es la mujer de fe, la discípula perfecta de Jesucristo. Esto nos permite ver más allá de las cosas que nos rodean, imitando su fe. Ella pudo “ver” a Dios en el corazón del universo, el cual atrae hacia sí a todas las cosas y a todas las personas, a través de Jesucristo. María fue una contemplativa, que no significa que estuviera todo el día de rodillas. Una contemplativa es una amiga madura de Dios, y viéndolo en la realidad con los ojos de Dios y con su amor, de tal manera que lo veía todo con los ojos de Dios. La oración es algo muy importante, pero la prueba de la autenticidad de la oración es ver cómo vivimos nuestra vida diaria. La oración, incluso, se puede utilizar como una huida de la realidad. La realidad que nos rodea es el lugar del encuentro con el Dios viviente. Esta realidad puede ser difícil y puede que nos esté desafiando, pero es, no obstante, el espacio sagrado dónde nos encontramos con Dios. La oración no es, simplemente, un cansar a Dios con nuestras preguntas y peticiones; ante todo, es una apertura de nuestros corazones, de nuestras vidas, a Dios. Dios tiene un proyecto para cada uno de nosotros y para el mundo y en este proyecto se nos confirma el amor que tiene por nosotros. Dios no se nos impone, sino que nos invita a ser sus colaboradores, haciendo realidad el plan divino en nuestro mundo. No podemos orar sinceramente y decir: “Venga tu Reino”, si no tratamos de implantar los valores del Reino por nuestra parte, aunque sea de modo pequeño, en el mundo.

20.       En la oración llamamos a Dios para que venga a nuestra vidas, a fin de que pueda formar y amoldar nuestros corazones para ser instrumentos de la paz y del amor de Dios y así llegar a ser tabernáculos de la presencia divina. El mismo Jesús fue el modelo de toda oración (Cf. Mt 6,9-13; Lc 11,1-4). Dios es Padre de todos y, por consiguiente, todos somos miembros de la misma familia. Bendecimos y damos gracias a Dios porque por nuestra fe hemos podido entrar en el plan divino hacia nosotros y así consentimos que se pueda realizar la voluntad de Dios. María estuvo dispuesta a cumplir la voluntad de Dios y ella hizo lo que estaba de su parte. Este deseo de cumplir la voluntad de Dios permaneció firme, a pesar del sufrimiento que tuvo que aceptar a causa de esto. Ella demostró que su oración era, realmente, una apertura hacia Dios y cooperó de modo activo en la voluntad de Dios.

21.       Se nos pide que seamos fieles a Dios en la situación particular que tengamos. Se nos pide que vivamos el Evangelio allí donde estemos. Se nos invita a ser contemplativos en medio del mundo en nuestra vida de cada día, aún en las situaciones más dramáticas. Cada uno será, entonces, un reflejo de la presencia de Dios en nuestro pequeño mundo. En primer lugar, somos conscientes por la fe, de la presencia de Dios en nosotros y en las personas que nos rodean. Así, cada uno se convierte en un punto donde se focaliza la presencia de Dios en el mundo Cuando nos damos cuenta que Dios está presente en todas partes, entonces nos hacemos más sensibles a los signos de la presencia del Reino de Dios. Esto aparece claramente en la visita de María a Isabel y en las palabras de bienaventuranzas del Magnificat (Cf. Lc 1,39-55).

22.       En la Sagrada Escritura se habla de los vigías de las torres. Son ellos los primeros en contemplar el alba del nuevo día desde sus altas posiciones (Cf. Is 21,11-12; 40,9). Los salmos hablan muchas veces de levantarse a la aurora para contemplar el alba. (Cf. Sal 57 (56),9; 108 (107),2-3; 119 (118),147-148). Somos o debemos ser los “vigías del Reino”, los que pueden reconocer los valores del Reino en las situaciones más insólitas (cfr Lc 17, 20-21; 12, 54-56). Hay muchas personas, sin una opción religiosa definida, que viven los valores del Reino de Dios, incluso aquellos mismos valores que Jesús vivió y enseñó (cfr. Lc 10,13-14). Podremos descubrir a estas personas del modo más improbable y compartir con ellos estos valores dondequiera nos las encontremos. Cuando los pastores fueron hasta la gruta de Belén, María meditaba todo en su corazón (Cf. Lc 2,8-20). Ella reconoció la mano de Dios en aquella visita.

Los profetas de la Justicia y de la Paz

23.       Dios no es sordo al lamento del pobre y tampoco nosotros debemos serlo. El Señor dice por medio del profeta Isaías: “¿No será más bien este otro el ayuno que yo quiero: desatar los lazos de maldad, deshacer las coyundas del yugo, dar la libertad a los quebrantados, y arrancar todo yugo? ¿No será partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en casa? ¿Que cuando veas a un desnudo le cubras, y de tu semejante no te apartes?” (Is 58, 6-7). Nosotros vivimos en el mundo de Dios y se nos ha confiado la Creación para que fuésemos administradores de Dios (Cf. Gn 1,28; Sir 17,1-4; Sab 9, 2-3). Esto no significa que tengamos plena libertad para usar o abusar de la tierra sin pensar en el futuro o en las generaciones venideras. Tenemos ciertos derechos, pero también tenemos ciertas obligaciones para con el resto de la creación. La Palabra de Dios se preocupa por la vida en su totalidad, no solamente de las cosas espirituales (Cf. Sal 104 (103),27-30).

24.       Jesucristo es el primer modelo de lo que debe ser un profeta. Nosotros, antes que nada, somos seguidores de Cristo y, por consiguiente, debemos tratar de poner en práctica sus enseñanzas cada día. Jesucristo es sacerdote, profeta y rey, porque en él se cumplen todas las promesas del Antiguo Testamento. En Él llega a su plenitud todo lo que anunciaron los profetas (cfr. 2Cor 1,20; Mt 7,12). Los profetas del Antiguo Testamento proclamaron la Palabra de Dios en medio de situaciones del todo particulares. Ellos predicaban y condenaban, pero también confortaban a la gente en tiempos de dificultad. Ellos trataban de hacer volver los corazones hacia Dios (Mal 3,24) y hablaron con severidad o ternura, según la situación.

25.       Los profetas del Antiguo Testamento hablaron a manera de ensoñación. Ellos piden a las gentes que sueñen en un futuro, cuando todo habla de lo contrario Por ejemplo, los profetas Isaías y Miqueas hablaron de la paz en un tiempo de guerra: “Forjarán de sus espadas azadones, y de sus lanzas podaderas. No levantará espada nación contra nación, ni se ejercitarán más en la guerra... “ (Is 2,4; 11,5-9; Miq 4,3). Cuando el futuro era muy oscuro, los profetas anunciaban la esperanza. Sin embargo para poder hacer esto, era necesario ver más allá de la situación presente y de lo que había debajo de la realidad. Ésta es la fe de la Virgen en el Magnificat, cuando canta que Dios rebaja al orgulloso, al hambriento lo colma de bienes y a los ricos despide vacíos, mientras que por las apariencias externas se podía creer todo lo contrario (Lc 1,46-55).

26.       Dios nos ha enviado un Salvador, Jesucristo, y en Él podemos ver el modo cómo actúa Dios en el mundo. Jesús predicó la Buena Nueva, curó a los pecadores enfermos, perdonando, los acogió, puesto que estaban excluidos por los líderes religiosos de su tiempo. Él no se resistió frente a la violencia que le hicieron como fruto de su fidelidad al Padre; entregó su vida voluntaria y libremente en la cruz, para que nosotros pudiésemos tener vida y tenerla en abundancia. (Cf. Jn 10,10). Frente al mal, parecía estar inmerso en él, pero el Padre lo resucitó al tercer día (Cf. Heb 5,7-9). La resurrección de Jesús demuestra que el amor es más fuerte que el odio o el mal, que la vida es más fuerte que la muerte (Cf. Rom 8,35-39).

27.       Ser un pacificador es una misión del cristiano (Cf. Lc 10,5; Mt 5,9). No es algo opcional para el cristiano. ¿Cómo podemos ser mediadores de paz? En primer lugar, creo que es necesario que tomemos conciencia de las raíces del mal en el mundo. A veces, simplemente separamos el trigo de la cizaña, pero ésta vuelve a crecer. No habrá paz duradera, hasta que no se hayan eliminado las causas del odio. Nos puede parecer que son muy amplias las causas, en nuestra búsqueda de las raíces de cualquier guerra o injusticia. El nombre de Dios es usado para muchas acciones demoníacas. Es la máscara más astuta de Satanás, pero debemos saber descubrirla para que podamos ser pacificadores. La gran tragedia espiritual es que se pueden cometer actos crudelísimos e inhumanos en nombre de Dios (Cf. Jn 16,2). Nuestro Padre Elías luchó contra el culto a los ídolos y, de hecho, el gran peligro de su tiempo era que la gente podía creer que estaban dando culto a Yahvé, cuando de hecho estaban rindiendo culto al ídolo Baal (Cf. 1 Re 18,16-39). La idolatría persiste aún en nuestros días. Los nombres de los ídolos pueden haber cambiado, pero la sustancia es la misma. Un ídolo puede ser cualquier persona, lugar o cosa, que nosotros ponemos en lugar de Dios y en quien buscamos la plena felicidad. Es muy fácil condenar a otro por los males que hace. Es mucho más difícil ver y aceptar la verdad en la que se nos descubre, que nosotros podemos ser parte del mal, contra el que estamos protestando.

28.       Los judíos, cristianos y musulmanes veneran al Profeta Elías; por lo tanto, nosotros los carmelitas debemos ser ecuménicos en nuestro entorno. Ésta sería una acción realmente profética actualmente. No podremos contribuir a la paz en nuestro mundo, mientras que no estemos en paz con nosotros mismos, en nuestros propios corazones, y mientras que no vivamos en paz con las personas que nos rodean. La falta de paz en nuestras propias vidas, contribuye a la falta de paz en nuestro mundo.

29.       Pero ¿qué podemos hacer? No tenemos el poder político. ¿Cómo podemos cambiar el mundo? Podemos tomar en serio las sugerencias que nos vienen propuestas por las Comisiones de Justicia y Paz local e Internacional. Ya sabéis que la Familia Carmelita ha creado recientemente una ONG asociada a la ONU. Esto amplía nuestras posibilidades para compartir nuestro carisma. El Capítulo General de 1995 impulsó a la Orden para que llegara hasta los nuevos areópagos de nuestro mundo y la ONU es uno de ellos. Son muchos los carmelitas que están involucrados en la promoción de la Justicia y de la Paz como una parte constituyente del modo de trabajar por la venida del Reino de Dios. Hace falta que seamos conscientes de los muchos signos de esperanzas que existen hoy. ¿Quién habría pensado que íbamos a ver caer por tierra el Muro de Berlín o el desmantelamiento del Bloque Oriental? ¿Quién provocó estos importantes acontecimientos? No es fácil responder a esta pregunta. ¿No podríamos decir que es el fruto de miles de personas sencillas que se esforzaron y sufrieron por la justicia durante muchos años? Las personas sencillas pueden cambiar las situaciones. Pongamos por ejemplo la esclavitud. Durante mucho tiempo la venta de esclavos y las inmensas sumas que proporcionaban, era considerada absoluta, social y moralmente aceptables. Sin embargo, muchas personas decidieron reaccionar contra esto. Al cabo de los años lograron cambiar la actitud de la sociedad entera.

30.       Podemos orar por la Paz y la Justicia en nuestro mundo. De todas formas, en un mundo amenazado por el aniquilamiento, la oración no dirá mucho si para nosotros es un intento de influenciar ante Dios o un refugio espiritual o una fuente de consolación en los momentos de mayor cansancio. La oración real es aquella que nos hace examinar nuestras actitudes frente al mundo, hace que nuestro falso ego caiga, se venga abajo y surja uno nuevo, que es Cristo.

El sonido del silencio puro

31.       ¿Dónde se encuentra Dios en medio de nuestros problemas? (Cf. Sal 42 (41), 4; 79 (78), 10; Joel 2, 17). Nuestra fe nos dice que Dios no está ausente de nuestras vidas. Esto sería el infierno (Cf. Is 45,15). Pero, tal vez, necesitemos aprender a discernir la presencia de Dios y su ausencia aparente y aprender un nuevo lenguaje, el lenguaje de Dios. San Juan de la Cruz nos dice:
“Una Palabra habló el Padre,
que fue su Hijo,
y ésta habla siempre
en eterno silencio,
y en silencio ha de ser oída del alma. “
(Cf. Dichos de luz y amor, 104. Obras Completas del Santo, Ed. española de Federico Ruiz Salvador, O.C.D.)

32.       Debemos cultivar el silencio profundo dentro de nosotros para que podamos oír lo que Dios quiere decirnos (cfr Is 50,4). Necesitamos oír a Dios en la oración, pero también necesitamos verlo en los acontecimientos de la vida diaria. A menudo hay tanto ruido dentro de nosotros que no podemos oír o discernir. Como carmelitas, este silencio debe existir en nosotros, o por lo menos el deseo del mismo. Esto no es solamente una práctica ascética y no se refiere meramente al silencio exterior. Es un silencio interior que nos permite discernir la presencia de Dios en medio, incluso, de las situaciones más desesperadas, de tal modo que podamos continuar nuestro camino llenos de esperanzas.
            Nuestra Regla nos dice: “El Apóstol recomienda el silencio cuando ordena trabajar callando; de la misma manera el profeta afirma: el silencio favorece la justicia; y más todavía: en el sosiego y la esperanza está vuestra fuerza” (Regla 21).

33.       Necesitamos tratar de averiguar la algarabía que hay dentro de nosotros: los comentarios de los demás, acontecimientos, etc. Una vez que nos hemos percatado de todo el ruido que hay en nuestro interior, podemos comenzar a discernir, para que no influya en lo que hacemos, pensamos o decimos. Si queremos seguir caminando, debemos afrontar nuestros prejuicios, nuestros miedos irracionales y nuestras presunciones. Esta experiencia no es para deprimirnos, sino para liberarnos de ellos.

34.       Es necesario cultivar el silencio interior, para que seamos conscientes de que Dios está hablándonos a través de algún mensajero, tal vez sencillo o humilde. Si no hacemos silencio dentro de nosotros, los acontecimientos vitales pasarán por delante de nosotros sin darnos cuenta y nunca podremos percatarnos de la importancia de lo que sucede en torno a nosotros (cfr. Mt 16,1-3). Muchos de nosotros no nos sentimos cómodos cuando hay silencio a nuestro alrededor. Tenemos un ‘diskette’ interior o un ‘CD’ que va haciendo comentarios sobre todo y sobre todos, a lo largo del día. Los comentarios reproducidos están basados en nuestra perspectiva particular frente a la vida, que lógicamente siempre está a nuestro favor. Nos defendemos instintivamente si nos sentimos atacados y buscamos la estima y aceptación de los demás. Esto lo hacemos, normalmente, sin ser conscientes de lo qué está pasando en nuestro interior. Esta algarabía es constante y nos resulta difícil oír cualquier otra voz. El camino de la fe hacia la transformación es una luz que ilumina radiante los valles obscuros (cfr. Sal 23 (22),4). Dios utiliza todos los acontecimientos de nuestra vida, buenos o malos, como instrumentos de purificación, que son esenciales si deseamos llegar a ser aquello para lo que Dios nos creó. Debemos hacer un esfuerzo para poder discernir la mano de Dios en esta tarea, pero este discernimiento es mucho más fácil si acallamos el ruido interior y oímos la voz de Dios que habla a través del sonido de la brisa suave, que algunos exegetas consideran “el silencio absoluto” (Cf. 1 Re19, 12).

Decir no a la muerte

35.       Somos el pueblo de la resurrección. La resurrección es el “sí” de Dios a la vida. Si decimos “sí” a la vida, nosotros deberemos decir “no” a la muerte bajo todas sus formas. Comenzamos a decir “no” a la muerte, cuando decimos “no” a toda forma de violencia física. Esto requiere un compromiso profundo con las palabras de Jesús: “No juzguéis”(Cf. Lc 6,37). Exige el decir “no” a todo tipo de violencia, ya sea del de corazón, ya sea de la mente (Cf. Mt 5,22). El juicio que hago a otra persona es, en cierta medida, un asesinato moral (Cf. Rm 14,4). Cuando juzgo a los demás, les coloco una etiqueta, les pongo unas categorías fijas, que los sitúa a una distancia segura de mí, a fin de no tener con ellos ninguna relación de tipo humano. Por mis juicios yo divido al mundo entre aquéllos que son buenos y aquéllos que son malos, y esto no es la voluntad de Dios. Cuando nos enfrentamos a los planes de Dios, obramos como el diablo. Las palabras de Jesús van derechas al corazón de todo este nuestro forcejeo: “Amad a vuestros enemigos, y haced el bien a los que odian. Bendecid a los que os maldicen. Orad por los que persiguen” (Cf. Lc 6,27-28).

36.       Aquello que mi enemigo merece, no es mi ira, mi rechazo, mi resentimiento o mi desdén, sino mi amor (Cf. Mt 5,44-45). Sólo un corazón que ama, un corazón que continúa diciendo “sí” a la vida en todo momento, puede decir “no” a la muerte sin ser corrompido por ella. El hambre creciente y la pobreza en el mundo, las guerras que siguen estallando en todo momento, puede que nos ofrezcan razones para temer y desesperar. Cuando oímos las voces de la muerte alrededor de nosotros y vemos los signos de superioridad de la muerte, es duro creer que la vida es más fuerte que la muerte. Tuvo que ser duro, sin embargo, creer aquel primer Viernes Santo que habría un futuro luminoso.

37.       Nuestro Dios es un Dios sorprendente. Cuando decimos “no” a la muerte en todas sus formas, parece que estamos del lado de los perdedores. Puede parecer, a veces, que estamos solos, pero no lo estamos. Hay un ejército entero de personas insignificantes, a los ojos del mundo, que ora y trabaja por la paz. Estas personas están permitiéndole a Dios cambiar sus vidas desde dentro, sacar de su cuerpo el corazón de piedra y reemplazarlo por un corazón de carne, que pueda amar (Cf. Ez 11,19). Estas personas están permitiendo que no sea el falso ego el único criterio externo, p.e., el éxito, la riqueza, el poder, la buena opinión de los demás...etc., sino que están descubriendo el verdadero ego, que se fundamenta en Dios. El verdadero ego está creado a imagen y semejanza de Dios (Cf. Gn 1,26-27) y nada puede destruirlo. El verdadero ego no juzga a los demás por las etiquetas, sino que ve al otro a través del verdadero ego, que trata de liberarse de las cadenas del falso. Este ejército de personas pacíficas producen un fruto en nuestro mundo. Jesús dijo: “Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra” (Cf. Mt 5,5). El poder de Dios es más fuerte que todas las armas humanas (Cf. Judit 9,7; Is 40,15). ¿Cuándo se cumplirá la promesa? No lo sabemos, pero se cumplirá.

38.       Jesucristo es la Palabra de Dios (Cf. Jn 1,14), el “sí” de Dios al mundo. Dios creó el mundo y vio que todo era muy bueno (Cf. Gen 1,31). A través de la creación, podemos entrar en contacto con Dios (Cf. Rm 1,20) y, por consiguiente, tenemos un deber serio de protegerla y cuidarla para que continúe hablando de Dios a las futuras generaciones. Hemos sido redimidos y se nos ha devuelto la comunión con Dios a través de la muerte y resurrección de Cristo (Cf. Rm 6,4-11). La Palabra de Dios no vuelve a Él sin haber cumplido aquello a lo que se le envió, como dice el profeta Isaías (Cf. Is 55,11). Esto se cumple de modo sublime en Jesucristo, a través del cual la creación entera encuentra el camino de vuelta a Dios (Jn 14,6).

39.       Para podernos convertir en una palabra de Dios, es necesario entrar en un proceso de transformación interior y consentir que Dios esté presente y actúe en nuestra vida. Esto es obra de Dios, pero Dios no lo hará sin nuestro consentimiento. Este puede ser un proceso doloroso, pues a través de él, nos vemos tal como somos y tal como nos gustaría ser. El gran peligro es correr lejos y huir para no ver y aceptar lo que se está produciendo dentro de nosotros. Este proceso de transformación incluye una destrucción del falso ego que está dentro de nosotros, a fin de que pueda nacer la verdadera vida.

40.       Nosotros no realizamos nuestra vocación profética solamente cuando predicamos o cuando trabajamos con los pobres y los marginados, aunque es una obra importante. Realizamos nuestra vocación profética cuando nos convertimos en una palabra de Dios, que incluye una muerte en vista a una resurrección, a una nueva vida a imagen de Dios. Trabajar por la justicia es un elemento esencial de la predicación del Evangelio. Esto se ha subrayado a través de los tiempos en muchos documentos de la Iglesia. Sin embargo, aquéllos que trabajan por la justicia y la paz a menudo se encuentran con incomprensiones o con antagonismos, incluso de sus propios hermanos o hermanas. No es fácil de explicar, pero este hecho ha obscurecido un elemento muy importante de nuestra labor como religiosos.

Un noche obscura

41.       En nuestro camino de fe, hay momentos en los que somos llevados al desierto. Muchas veces caminamos por el desierto al seguir la llamada de Dios y otras, nos encontramos en medio del mismo debido a las circunstancias. El desierto es árido y puede ser un lugar aterrador. ¿Qué significa todo esto? Podemos tener la tentación de no avanzar, porque frente a los problemas creemos que no merece la pena seguir. Entonces Dios nos envía un mensajero (cfr. 1 Re 19,4-7). Este mensajero puede tomar todas las formas o tamaños y él o ella nos animan a comer y a beber, porque el camino es largo. Nos animan a tomar el pan de la vida y a beber de los pozos del Carmelo, que es la tradición Carmelita y que ha dado la vida a muchas generaciones ante de nosotros. Posiblemente estemos tan deprimidos que no seamos conscientes de ello, por eso el mensajero de Dios nos da un codazo y nos anima a comer y a beber. Es una suerte poder reconocer lo que Dios nos está diciendo en medio de la vida diaria y, también, poder reconocer la voz de Dios, a través de la persona que menos esperemos.

42.       Nuestra fe, esperanza y caridad, esas tres virtudes cristianas fundamentales, están al principio de nuestro caminar, basados en ellas podemos aprender algo de los demás. A medida que seguimos en el camino, nuestras razones humanas, por la fe, por la esperanza en Dios y el amor como Cristo nos mandó, empiezan a desaparecer. No son ya suficientes. Entonces es cuando podemos abandonarlo todo, porque el viaje es muy precario y el final incierto o también podemos rechazar al mensajero y quedarnos firmes donde estamos. También podemos continuar el camino en medio de la noche (Cf. 1 Re 19,4-7). Un elemento esencial en nuestro camino hacia la transformación es la noche obscura. Esta no es sencillamente algo oscuro e imposible, sino que es una invitación a dejar que cambie nuestra manera humana y limitada de pensar, para que podamos amar y obrar de la misma manera que Dios lo hace (Cfr. Constit. 17).

43.       San Juan de la Cruz hace unas descripciones magistrales de los distintos elementos que constituyen la noche, pero esto no es igual para todos. Cada persona experimenta la noche de modo diferente y esto es una ayuda para la purificación de cada uno en particular. La noche oscura no es un castigo por el pecado o por una infidelidad, sino que es una señal de la cercanía de Dios. La noche obscura es una obra de Dios y lleva a la persona a la total liberación. Por esta razón ella viene rodeada de sufrimiento y envuelta en oscuridad. La noche obscura puede ser experimentada no solamente por individuos en particular, sino por grupos e, incluso, por sociedades enteras (cfr. Lam 3,1-24).

44.       El camino hacia la transformación, ordinariamente, dura mucho tiempo porque la purificación y el cambio que ella obra en el ser humano son muy profundos. No es solamente un cambio de idea u opinión; es una total transformación en nuestra manera de relacionarnos con el mundo que nos rodea, con las personas y con Dios. Un americano nativo decía que para caminar con una persona una milla, antes de pensar en los zapatos que había que llevar para el camino, había que tratar de comprender a la otra persona. Jesús mandó a sus seguidores que no juzgaran (Cf. Lc 6,37; Rom 14,3-4) y la razón es muy sencilla: nosotros no podemos ver las cosas desde la perspectiva de la otra persona y, por lo tanto, no sabemos cuáles son los motivos que hay detrás de sus acciones. El proceso de transformación cristiana, pues, lleva al ser humano a un cambio profundo de perspectiva, del modo como cada uno ve las cosas, a verlas tal como las ve Dios. Esto, pues, incluye una purificación profunda y un vaciarse de todas nuestras ataduras para que podamos llenarnos de Dios.

45.       Este camino contemplativo, tanto a nivel personal como comunitario, purifica nuestros corazones a fin de dejar espacio dentro para los demás y poder oír el grito de los pobres, sin pasarlo por el filtro de nuestras propias necesidades. Entonces podremos realizar el reto planteado por el Papa Juan Pablo II:
            “ Las comunidades de vida consagrada son enviadas a anunciar con el testimonio de la propia vida el valor de la fraternidad cristiana y la fuerza transformadora de la Buena Nueva, que hace reconocer a todos como hijos de Dios e incita al amor oblativo hacia todos, y especialmente hacia los últimos” (VC, 51).

Nuestra respuesta

46.       Nuestra vocación carmelita es muy profunda. Estamos llamados a servir a los demás como comunidades contemplativas. Al responder a la llamada de Cristo a seguirlo, nos comprometemos a asumir su misma visión y sus mismos valores, pero nos damos cuenta pronto que somos incapaces de ser fieles a nuestros ideales o a nosotros mismos. Al madurar en la relación con Dios, le permitimos a Dios purificarnos para que podamos comenzar a ver de la misma manera que Dios ve y a amar del mismo modo como Dios ama. Este modo de ver y de amar es doloroso, porque requiere una transformación radical del corazón. El grito de los pobres llegará hasta nosotros y podremos responder al mismo, liberado de toda distorsión, o del falso ego, y llegaremos a tener un corazón puro.

47.       El compromiso por la Justicia, la Paz y la salvaguarda de la creación no es una opción. Es un reto al cual, como comunidades carmelitas contemplativas y proféticas, según el ejemplo de Elías y de María, debemos responder, hablando en la defensa explícita de la verdad y del plan divino para la humanidad y para toda la creación. Nuestro mismo estilo de vida comunitario es un signo que debe proclamar esto: debe fundarse en la justicia y en las relaciones pacíficas, de acuerdo con el plan que nos traza nuestra Regla. Oremos unos por otros a fin de ser fieles, tanto individual como comunitariamente, a la vocación que nos ha sido dada por Dios, recordando siempre que “el Cristo descubierto en la contemplación es el mismo que vive y sufre en los pobres” (VC 82). Jesús nos recuerda en el evangelio de San Mateo: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt.25,40).

1 de enero de 2004
Solemnidad de Santa Maria, Madre de Dios
Jornada Mundial de Oración por la Paz

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Ultima revisión: 19 febrero 2004