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Al Reverendísimo Padre JOSEPH CHALMERS 1. Con gran alegría he acogido la noticia de que esta Familia Religiosa conmemora este año el 550º aniversario de la recepción en la Orden de las Monjas de clausura dedicadas a la vida contemplativa y de la institución de la Tercera Orden constituida por laicos deseosos de vivir en el mundo la espiritualidad carmelita. Con la difusión de la Orden en Europa, algunas mujeres solicitaron poder unirse a ella con los mismos vínculos de los religiosos. Muchos fieles deseaban también vivir la misma espiritualidad, pero permaneciendo en sus propias casas. El Beato Juan Soreth, Prior General de entonces, intuyó que la vida de sacrificio, soledad y oración de las monjas podría servir de ayuda para sus hermanos en religión renovándoles su llamada al primitivo y genuino espíritu; también pensó que sería provechoso ofrecer a los laicos la posibilidad de abrevarse en la misma fuente espiritual, como ya sucedía en las otras Ordenes Mendicantes. Por esta razón, el 7 de octubre de 1452, se solicitó de mi venerado predecesor, el Papa Nicolás V, la facultad para instituir en la Orden, Monjas de clausura dedicadas a la vida contemplativa y una asociación de laicos que viviesen en el mundo, la Tercera Orden Carmelita. Esto fue lo que el Papa concedió con la Bula Cum nulla, que ahora se conmemora. Recordar esta intervención por parte de la autoridad pontificia constituye, estoy cierto de ello, un motivo de íntima satisfacción para las Monjas dedicadas a la vida contemplativa en la clausura papal, e impulsa a la Tercera Orden Secular a un mayor animoso empeño espiritual al servicio de la nueva evangelización. 2. Las Monjas Carmelitas, inmersas en el silencio y en la oración, son una llamada para todos los creyentes del primado absoluto de Dios, especialmente para sus hermanos en religión empeñados en el apostolado activo. Consagrándose a El en una búsqueda total del mismo, atestiguan que la fuente de la realización plena de la persona y la fuente de toda actividad espiritual es Dios. Cuando se le abre el corazón, Dios sale al encuentro de sus hijos para introducirlos en su intimidad, realizando con ellos una perfecta comunión de amor. La opción de vivir en soledad, separadas del mundo, es para las Carmelitas una respuesta a esta llamada concreta del Señor. El Carmelo es, por lo tanto, una riqueza para toda la comunidad cristiana. Ya desde el principio dio sus frutos esta forma de vida claustral, enriqueciéndose en el curso de los siglos con el testimonio luminoso de mujeres ejemplares, algunas de las cuales han sido reconocidas oficialmente como Beatas o Santas y son propuestas también en la época actual como modelos a imitar. Me complace citar aquí a la Beata Francisca de Amboise, considerada la fundadora de las Monjas Carmelitas en Francia, ya que trabajó en íntima sintonía y amistad con el Beato Juan Soreth; la Beata Juana Scopelli, una de las exponentes de relieve de esta experiencia en Italia, y la Beata Girlani, la cual tomó el nombre de Arcángela porque deseaba dedicarse completamente a alabar a Dios como hacen los ángeles en el cielo. Santa María Magdalena de Pazzi fue en Florencia un ejemplo eminente de celo apostólico y eclesial y un espejo de la incesante búsqueda de Dios y de su gloria. En este surco de santidad encontramos en España a Santa Teresa de Jesús, la figura más ilustre de las monjas carmelitas de clausura, en la cual se inspiran constantemente las Monjas de cada época. Teresa reelaboró y renovó la tradición carmelita fomentado el deseo de vivir cada vez más perfectamente en soledad con Dios a imitación de los primeros Padres ermitaños del Monte Carmelo. Siguiendo su ejemplo, las Monjas Carmelitas están llamadas, según está escrito en sus Constituciones, "a la oración y a la contemplación, porque este fue nuestro principio, de esta casta venimos, de aquellos santos Padres del Monte Carmelo, que en tan gran soledad y con tanto desprecio del mundo buscaban este tesoro, esta preciosa margarita" (Const. Monjas O. Carm. n.61). 3. Con sumo gusto me uno a la acción de gracias de la Familia Carmelita por los innumerables prodigios obrados por Dios en el curso de los siglos a través de esta forma de vida consagrada, que como leemos en la Regla de San Alberto de Jerusalén, es "buena y santa" (n. 20). En tantas partes del mundo siguen brotando, en el silencio del Carmelo, flores aromáticas de santidad, almas enamoradas del Cielo, que con su heroísmo evangélico han sostenido y sostienen eficazcamente la misión de la Iglesia. En el Carmelo se les recuerda a los hombres, agobiados por tantas preocupaciones, que la prioridad se debe dar a la búsqueda "del reino de Dios y su justicia" (Mt. 6,33). Mirando al Carmelo, donde la oración se convierte en vida y la vida florece en la oración, las comunidades cristianas comprenderán mejor el modo, como he escrito en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte, en que pueden llegar a ser "auténticas ‘escuelas’ de oración" (n. 33). Pido, pues, a las queridas Monjas Carmelitas, dedicadas únicamente a la alabanza del Señor, que ayuden a los cristianos de nuestro tiempo a realizar este comprometido empeño ascético y apostólico. Que sus monasterios sean faros de santidad, especialmente para las parroquias y las Diócesis que tienen la fortuna de poseerlos. 4. El 550º aniversario de la Bula Cum nulla recuerda además la incorporación en la Familia Carmelita de los laicos, mediante la institución de la Tercera Orden. Se trata de hombres y mujeres llamados a vivir el carisma carmelita en el mundo, santificando totalmente su actividad cotidiana mediante la propia fidelidad a las promesas bautismales. A fin de que puedan realizar plenamente esta vocación es necesario que aprendan a fundamentar la jornada diaria con la oración y, especialmente, con la celebración de la Eucaristía y de la Liturgia de las Horas. Tomen ejemplo del profeta Elías, cuya misión profética dimanaba de una ininterrumpida experiencia de Dios; imiten a María, que escuchaba la Palabra de Dios y, conservándola en su corazón, la ponía en práctica. Estos hermanos y hermanas, a los cuales el Escapulario une a tantos otros miembros de la Orden Carmelita, muéstrense agradecidos por el don recibido y manténgase fieles en toda circunstancia a los deberes provenientes de esta su pertenencia carismática. Que no se conformen con una práctica cristiana superficial, sino que correspondan al seguimiento radical de Cristo, que llama a sus discípulos a ser perfectos como es perfecto el Padre celestial (cfr. Mt 5, 48). Con estos sentimientos, pido al Señor para la entera Familia Carmelita una renovada efusión de los dones del Espíritu Santo para que siga siendo fiel a la propia vocación y anuncie el amor misericordioso de Dios a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. A tal fin, imploro la materna protección de la Bienaventurada Virgen María, Madre y Decoro del Carmelo, e imparto de corazón la Bendición Apostólica a los Religiosos, a las Monjas de clausura y a los Terciarios, animando a todos a ofrecer su propia contribución para la santificación del mundo.
Dado en el Vaticano a 7 de octubre de 2002, |
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