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| Al Venerable Hermano LUCIANO GIOVANNETTI 1. He acogido con alegría que este año se celebra en la Diócesis de Fiésole el VII Centenario del nacimiento de San Andrés Corsini, Obispo desde 1349 a 1374. En tan feliz ocasión deseo unirme a toda la Comunidad diocesana, que da gracias al Señor por los beneficios con los que la ha enriquecido a través del testimonio y de la intercesión de su insigne Copatrono. Mientras le saludo con afecto a usted, venerable Hermano, y al pueblo cristiano confiado a su cuidado pastoral, quisiera aprovechar la ocasión para poner de relieve algunos aspectos de la polifacética personalidad de tan ilustre hijo de esa Región. En 1349, cuando Andrés Corsini, entonces Provincial de la Orden de los Carmelitas en Toscana, fue nombrado Obispo de Fiésole, la fama de su caridad y de su piedad trascendía ya el territorio de Florencia, donde había nacido el 30 de noviembre de 1301, de una de las más insignes familias, y donde, a los 15 años, vistió el hábito religioso en el Convento del Carmen. Ordenado Presbítero, entre los muchos e importantes cargos que se le encomendaron, se distinguió por el fervor con el que vivía el ideal carmelita y por su gran empeño en la formación de sus Hermanos. El amor de Dios y del prójimo, puesto constantemente en el centro de su vida, brillaron con particular esplendor con ocasión de la terrible peste de Florencia en 1348, cuando, junto con sus hermanos, se puso al servicio de los apestados con heroica dedicación. 2. En la Bula de nombramiento a la sede de Fiésole, publicada en Aviñón el 13 de octubre de 1349, mi venerable predecesor Clemente VI subrayaba "el celo por la religión, la cultura y la pureza de la vida y de las costumbres, la habilidad en el gobierno de las almas" y "la circunspección en las cosas temporales y los otros méritos de muchas virtudes" del Elegido. Éste, por su parte, confirmó pronto tal apreciación favorable aceptando el encargo con espíritu de fe y poniendo su misión en las manos de la Madre de Dios, a la que amaba con ternura. Los años que siguieron recavaron nuevas pruebas de las singulares virtudes del Prelado. Eligió vivir en Fiésole, renunciando al cómodo palacio florentino, sede de sus predecesores desde 1225, y manifestó un celo especial en la predicación, en la asiduidad a la oración, en la austeridad de vida, en las visitas a las parroquias, en la abolición de los abusos y en la defensa de la libertad de la Iglesia contra las ingerencias indebidas, así como en la acogida con amor de los humildes y desheredados que llamaban a la puerta de su casa. 3. San Andrés Corsini dedicó un cuidado especial a sus presbíteros, a los que pedía que vivieran conforme a la santidad y a la responsabilidad de su estado. Con tal fin fundó una Fraternidad dedicada a la Santísima Trinidad y, anticipando los decretos del Concilio de Trento, dictó normas precisas acerca del reclutamiento y la preparación cultural y espiritual de los candidatos al presbiterado. Fue llamado a realizar numerosos e importantes oficios al servicio de la Sede Apostólica. Con ocasión de la delegación a Bolonia en 1368, se reveló como hombre de paz, capaz de pacificar las discordias, dirimir las contiendas y aplacar los ánimos exacerbados por el odio. Dotes que le fueron ampliamente reconocidas e hicieron de él un apreciado servidor de la Iglesia, animado de profunda espiritualidad. La constante unión con Dios, rasgo dominante de su existencia, no le impidió a San Andrés Corsini dedicarse con diligencia a la administración de los bienes eclesiásticos. Esto le permitió emplear grandes cantidades en la construcción y restauración de monasterios, iglesias y capillas, y sobre todo la Catedral y el Obispado, que desde hacía siglos amenazaban ruina. El santo Obispo murió en la tarde de la Epifanía de 1374. Su cuerpo, enterrado en la catedral de Fiésole, fue trasladado después a la Basílica del Carmen de Florencia. La familia Corsini hizo construir en la misma una espléndida Capilla en 1386, no inferior a la que en 1734 le dedicó en S. Juan de Letrán de Roma el Papa Clemente XII, descendiente del santo. La fama de santidad de la que estuvo rodeado en vida, se difundió rápidamente después de su muerte por Italia y Europa. El culto popular, desarrollado desde principios de 1400 a través de los conventos carmelitas, fue confirmado por el Papa Eugenio IV, que lo proclamó Beato, y por el Pontífice florentino, Urbano VIII, que lo declaró santo el 22 de abril de 1629. 4. A partir de este 30 de noviembre de 2001 sus restos mortales permanecerán en la catedral de Fiésole durante algunos días. Que esta ‘peregrinación’, con la que se abren las celebraciones centenarias de su nacimiento, ofrezcan a toda la comunidad diocesana la oportunidad de encontrarse con este gran Santo y poder redescubrir la propia vocación, así como poder anunciar a los hermanos con nuevo ardor la buena noticia de la que nos habla S. Juan: "tanto amó Dios al mundo, que le entregó su Hijo unigénito, para que todo el que crea en El no muera, sino que tenga la vida eterna" (Jn. 3,16). Esta comunidad, sostenida y animada por los ejemplos y enseñanzas del antiguo Pastor, y extrayendo de los signos de santidad de San Andrés Corsini precisas aplicaciones para el tiempo presente, está llamada a un nuevo impulso apostólico y a un más intenso fervor espiritual, como ha sido subrayado por el reciente Sínodo Diocesano. Contemplando el ardiente celo que impulsó a S. Andrés Corsini a consagrarse al crecimiento humano y espiritual del Pueblo de Dios, dicha comunidad está invitada a replantearse, a la luz central del Misterio eucarístico, la importancia de los ministerios ordenados a una fecunda vida litúrgica y a un anuncio incisivo de la palabra de Dios, como también a poner de relieve otras formas de servicio que expresen una presencia concreta prestando atención a los nuevos retos y a la solicitud por los alejados y los pobres. 5. Que la Diócesis fiesolana, siguiendo los ejemplos del antiguo Pastor, continúe dando importancia a la formación del Clero y ponga sumo cuidado para que el Seminario diocesano sea, cada vez más, un lugar adecuado para la preparación de los candidatos al sacerdocio, dentro de un amplio contexto de una pastoral vocacional organizada, aspecto irrenunciable de toda auténtica programación eclesial. ¿Cómo no ver, además, en la acción paciente y generosa de San Andrés Corsini en la pacificación de las contiendas, una palabra de ánimo para buscar la concordia y la justicia, así como la promoción del diálogo entre distintas culturas, distintivo constante de la vida cristiana? Y ¿qué decir de su solicitud para administrar con sabiduría los bienes terrenos, especialmente los de la Iglesia, a fin de poder ayudar las necesidades pastorales y las necesidades de los pobres, cosa que siempre acompañó la vida de la Comunidad de los discípulos del Señor (cfr. Jn. 12,8)? 6. Toda la vida de San Andrés Corsini atestigua que la relación entre Iglesia y sociedad, lejos de alejar al creyente de los avatares del mundo, lo impulsa a un anuncio valiente de Jesucristo para poder animar, con sentido cristiano, la convivencia civil. Que las celebraciones jubilares del nacimiento del hijo de la noble familia Corsini, que se hizo pobre por amor a Cristo y, que como Obispo de Fiésole, se empeñó en imprimir en los corazones de sus contemporáneos los valores evangélicos, sirvan de estímulo a los fieles de esa Diócesis para que puedan ser instrumentos activos y conscientes del progreso religioso y civil de su tierra. Con tales deseos, encomiendo a la celeste protección de San Andrés Corsini a Usted, venerable Hermano, y a toda la comunidad diocesana e imparto de todo corazón a todos una especial Bendición Apostólica. Desde el Vaticano, 30 de noviembre de 2001 |
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