550º Aniversario de la institución de las monjas carmelitas de clausura y de la tercera orden seglar carmelita


  
LA OBRA DE NICOLÁS V Y DE SIXTO IV
EN FAVOR DE LA FAMILIA DEL CARMELO



por Emanuele Boaga, O.Carm.

El día 7 de octubre de este año la Familia Carmelita conmemora el 550º aniversario de la Bula "Cum Nulla" por la cual el Papa Nicolás V concedió la agregación de las Monjas (sanctimoniales) y de los laicos a la Orden, igual que lo tenían las otras Ordenes Mendicantes. Con ocasión de esta celebración el Prior General, P. Joseph Chalmers, escribió una Carta a finales de mayo del 2002 dirigida a toda la Familia Carmelita. En esta Carta, titulada "En la tierra del Carmelo", hacía una reflexión sobre la importancia de la vocación de las monjas carmelitas de clausura y la de los laicos dentro de la Familia Carmelita, a fin de que cada uno en su estado específico de vida pudieran vivir los mismos valores fundamentales que inspiran la vida de los religiosos carmelitas. Al mismo tiempo invitaba a todos los miembros de la Familia Carmelita a dar gracias a Dios por las bendiciones derramadas sobre todos los que, llamados a la tierra del Carmelo, desean vivir más intensamente en "obsequio de Jesucristo", según la expresión paulina indicando la finalidad de toda vida cristiana verdadera, expresión que está reflejada en el prólogo de la Regla del Carmen.

La formación de las familias espirituales

Para comprender el origen y el desarrollo de esta "nueva" presencia en la Orden del Carmen, es necesario situarla dentro del fenómeno más amplio de la agregación de laicos a la vida religiosa y dentro de la organización de las familias monásticas y religiosas, o sea, dentro del marco general, tanto de religiosos como de laicos, que deseaban llevar una vida más evangélica. La agregación de laicos a la vida monástica tuvo su origen en la Edad Media a medida que iba desarrollándose la misma. Dicha agregación se realizaba mediante un acto bastante complejo conocido como oblación, es decir: el laico que prestaba un servicio a un monasterio, podía consagrarse al mismo, según la mentalidad feudal, con un acto específico por el que recibía por parte de la comunidad monástica asistencia temporal y/o espiritual. Las formas jurídicas que caracterizaban este acto de oblación iban desde las formas puramente externas hasta aquellas más profundas de participación en la vida monástica. Uno de los motivos principales que impulsaban a los laicos a unirse en cierto modo con los monasterios, era el deseo de participar de los bienes espirituales y de la vida fraterna del "monje" o del "religioso"; otro motivo importante era considerar la vida religiosa como la forma más perfecta de vida cristiana; por tanto el laico que participaba de los beneficios espirituales de la misma encontraba una gran ayuda que facilitaba y aseguraba su camino hacia el cielo, siempre según la mentalidad de la época. Una de las costumbre más notorias, durante los siglos IX y X, era la de enterrar a los laicos "oblatos" con el hábito monástico (o con el escapulario), uso que pasará también a otras instituciones religiosas no monásticas.

Al nacer y desarrollarse las Ordenes Mendicantes, éstas también agregaron los laicos a ellas. Los laicos deseaban participar de los bienes espirituales y del propio carisma que animaba a los frailes, y esto determinó el nacimiento de una nueva forma de agregación: se pasó de la ‘oblación’ a la ‘afiliación’. Este deseo de vivir la espiritualidad propia de cada una de las Ordenes Mendicantes por parte de los laicos, impulsó a los religiosos – en algún caso desde su fundación y en otros desde principios del siglo XII y durante el siglo XIII (y no en el siglo XIV como afirman erróneamente algunos escritores) – a crear la "Segunda Orden", para las mujeres que deseaban ser religiosas, y la "Tercera Orden", para los laicos, ambos con textos legislativos propios, como hizo por ejemplo San Francisco. La distinción de una única familia espiritual dividida en tres Ordenes tomaba como modelo la comunión de la Trinidad a fin de subrayar: la unidad profunda, la comunión, la participación y la solidaridad entre las tres partes. Tal distinción fue usada por primera vez por la Orden de los Humillados (invirtiendo sin embargo el orden: religiosos, religiosas, laicos). Este modelo fue imitado muy pronto por el resto de las Ordenes Mendicantes.

Además de esta forma de afiliación a la vida religiosa, surgió otra modalidad entre los Mendicantes, la de agrupar a hombres y mujeres, casados o no, bajo asociaciones llamadas "confraternidades" o "cofradías" (confraternitas) (o"fraternidades"). Los miembros de estas asociaciones eran llamados cofrades, participaban de los beneficios espirituales y de los sufragios por parte de la respectiva Orden o del convento a los que pertenecían. Usaban con frecuencia un distintivo externo que definía su propio estado, la ‘capa’ o el ‘manto’, signo del hábito religioso (de aquí surgen las cofradías llamadas del hábito). Estos laicos se comprometían a vivir la espiritualidad de la respectiva Orden y eran considerados parte de la Tercera Orden.

La Familia del Carmelo

Entre finales del siglo XIII y comienzos de XIV comienzan a existir hombres y mujeres agregados a la Orden del Carmen de diversos modos (oblatos, conversos, semi-hermanos) que hacían este acto de oblación del que se ha hablado antes. Especialmente se dio en el ámbito femenino: así tenemos las llamadas ‘beatas’ en España, las ‘manteladas’ y ‘pinzocchere’ en Italia y las ‘beguinas’ en los Países Bajos. Estas mujeres, que vivían aisladamente, comenzaron a unirse y a formar grupos durante el siglo XIV y, sobre todo, en el XV. Entre los grupos más notables se encuentran las "damas blancas" de Florencia y las manteladas de Venecia, Milán, Mantua y Ferrara. Hay un caso semejante entre las beguinas en Ten Elsen (Geldren, Países Bajos). Estas mujeres no formaban ninguna institución jurídica o canónica.

El desarrollo de estos grupos fue la causa para pensar en darle una organización jurídica. Se tomó, pues, la iniciativa de ir al Papa Nicolás V y solicitar una intervención que aclarara y definiera con su autoridad pontificia esta situación. Diversos son los pareceres de los historiadores sobre quién fue el que solicitó el Documento Pontificio: si el Padre General, Beato Juan Soreth (1394-1471), que conocía de cerca la situación de las beguinas de Bélgica, o los frailes carmelitas de Florencia con el fin de poder agregar a las manteladas a la iglesia del Carmen. Independientemente de esta cuestión histórica, el que puso en práctica ampliamente la Bula Pontificia fue el Prior General, Beato Juan Soreth, para organizar las comunidades carmelitas de clausura en Bélgica y en Francia, por lo que con mucha frecuencia es considerado como el fundador de las monjas carmelitas de clausura.

La autorización contenida en la Bula "Cum Nulla" del Papa Nicolás V (7 de octubre de 1452) fue ampliada más tarde por el Papa Sixto IV con la Bula "Dum attenta" (28 de noviembre de 1457). Es importante hacer hincapié en estos dos documentos Pontificios puesto que son la base de la actual organización de la Familia Carmelita, aún cuando generalmente no se tiene en cuenta la intervención de Sixto IV.

En la práctica son dos las instituciones que surgieron con la concesión de la Bula "Cum Nulla": la Segunda Orden femenina (las monjas de clausura o "sanctimoniales"), con votos solemnes, vida común y la consiguiente clausura, como verdaderas religiosas; y el grupo de mujeres llamadas impropiamente "terciarias", que vivían en el mundo y tenían voto solemne de castidad. Mientras las auténticas religiosas (las "sanctimoniales" de la Segunda Orden) observaban la Regla de los religiosos y tenían Constituciones propias, las "terciarias" recibieron una Regla en 1455 con numerosas prescripciones ascéticas y espirituales. En 1583 la Santa Sede no aceptó el valor de los votos solemnes de estas terciarias y les propuso dos modalidades a elegir: ingresar en un monasterio femenino de la Segunda Orden y convertirse en verdaderas religiosas o formar un grupo laico, que será el origen de la nueva Tercera Orden seglar del siglo XVII.

La Bula "Dum attenta" hizo posible también la organización de hermanos y hermanas tomando como modelo la Tercera Orden de Penitencia de las Ordenes Mendicante. Estos hermanos, además de la "fraternidad" de la Orden, aceptaban ciertos compromisos de vida espiritual establecidos por una Regla propia, llevaban un manto blanco como distintivo y no abandonaban su condición de seglares. El Prior General Teodoro Straccio aclaró en 1637 y 1640 la situación jurídica de estos grupos, junto con las terciarias (tratadas arriba) y las cofradías del Escapulario. Años más tarde se agregarían a la Tercera Orden las religiosas de vida activa y apostólica y otros grupos de laicos.

La semilla lanzada con al Bula "Cum Nulla" y con la "Dum attenta" ha dado sus frutos. De ellas nacieron, florecieron y fructificaron numerosas instituciones y han surgido espléndidas figuras de santos y santas del Carmelo. Entre las monjas carmelitas de clausura: la Beata Francisca de Amboise (+ 1485 en Francia), la Beata Arcángela Girlani (+1495 en Italia), la Beata Giovanna Scopelli (+1491 en Italia), Santa María Magdalena de Pazzi (+1606 en Florencia), Santa Teresa de Ávila (+1582), que dio origen a la reforma de los descalzos y fundó las Carmelitas Descalzas, que tanto fruto han dado a la Iglesia. Entre los laicos y terciarios del Carmelo: la Beata Juana de Tolosa (s. XIV en Francia), Mariangela Virgili (+1734 en Ronciglione, Italia) Liberata Ferrarons (+ 1842 en Olot), Carmen de Sojo (+1890 en Barcelona), el Beato Isidoro Bakanja (+1909 en el Zaire) y el Beato Giorgio Preca, sacerdote terciario de Malta, beatificado recientemente por el Papa Juan Pablo II.

En el surco de la obra de Nicolás V y y Sixto IV

Al analizar la obra desarrollada por Nicolás V y Sixto IV, sus consecuencias en la Orden del Carmen y las sucesivas experiencias históricas vividas en la Familia Carmelita, podemos extraer algunas consideraciones. En primer lugar, podríamos decir, la participación de esta Familia espiritual conlleva una llamada o vocación específica a profundizar la vida bautismal viviendo en concreto los valores del ideal carmelita. En segundo lugar, esta participación en el carisma del Carmelo es una consecuencia de dicha llamada o vocación y se realiza en comunión con los demás, pero al mismo tiempo se vive de manera autónoma según el estado de vida de cada cual, e interiormente se desarrolla a través de unión profunda de la mente y del corazón para así "vivir en obsequio de Jesucristo".

Bajo el impulso y la renovación promovida por el Concilio Vaticano II, se ha comprendido mejor la naturaleza de la Familia Carmelita y la participación y vivencia de sus miembros dentro de las tres actitudes de la identidad propia: a) actitud contemplativa, centrada en el Absoluto de Dios, alimentada por la primacía de su palabra (Eucaristía y Sagrada. Escritura), por la oración tanto individual como comunitaria y por la participación litúrgica, utilizando algunos medios fundamentales (desierto, silencio, soledad, penitencia, trabajo y abnegación); b) actitud fraterna, fundada en los gestos cotidianos de la vida, a través del silencio como escucha y de la acogida del otro, diálogo, trabajo, pobreza compartida y la solidaridad; c) actitud de servicio, a los demás, a la Iglesia y a la sociedad, como fruto de la contemplación y de la fraternidad.

Herederos de esta gran tradición espiritual, todos los miembros de la Familia del Carmelo están llamados a vivir hoy la misma vocación de acuerdo con su condición de religioso, religiosa o laico. Son muchas las perspectivas que hoy se divisan para hacer una nueva lectura carismática. Saberlas "soñar" y "realizar" será el fruto más bello de la conmemoración de este año 2002, 550º aniversario del gran florecimiento de la Familia Carmelita.

(L’Osservatore Romano, 18 de octubre del 2002, p.5.)



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