El Carmelita irlandés, P. Michael Moore, durante una visita a la ciudad de Nueva York el año 1887, recibió del P. James McMahon, la promesa de una nueva fundación en un lugar concreto de la ciudad. El arzobispo de Nueva York, Mons. Michael Corrigan, consideró no apta el área designada, porque la zona gozaba de suficientes iglesias para la ciudadanía. Después de varios intentos para hacer cambiar al arzobispo de idea, el Provincial irlandés, P. John Bartley, visitó al arzobispo en un último intento de hacerlo cambiar de idea, pero también resultó inútil.