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El Rito Jerosolimitano

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Provincia de Aragón y Valencia

Desde los inicios de su historia el Carmelo recibió como propia la liturgia de la Iglesia de Jerusalén. Al pasar a Europa la trajo consigo y la ha conservado, con no pocos sacrificios, a través de los siglos, hasta después del Vaticano II.

La liturgia galicano-romana del Siglo XI fue llevada a Jerusalén por los Cru-zados y Alberto Avogadro la entregó junto con la Regla a los carmelitas. Al ser enrolado entre las Órdenes mendicantes, el Carmelo hubo de adaptar su rito -con demasiadas reminiscencias locales- a las necesidades pastorales del pueblo. Pero el venerado recuerdo de la Ciudad Santa fue siempre un estímulo para conservarlo lo más puro posible.

Siberto de Beka (1260-1332) compuso el famoso Ordinale que será la guía o ceremonial litúrgico desde el Capítulo General de Londres de 1312, que lo aprobó. El Definitorio de los Padres Descalzos el 13 de agosto de 1586, estan-do ausentes San Juan de la Cruz y el Padre Gracián, aceptó el rito romano.

A finales siglo XIX, cuando el Carmelo pasó los momentos más angustiosos de toda su historia, ya que hubo de luchar entre la vida y la muerte, quiso re-valorizar todos los elementos de la tradición carmelitana. Entre ellos dio gran importancia a la liturgia. En 1904 se imprimió el Ritual y la Sagrada Congrega-ción reconoció la autoridad del Prior general en cuestiones del propio rito. El Ceremonial de 1906 volvía al de 1580, eliminando todos los cambios que se habían ido introduciendo desde entonces.
 
En 1962 llegó el Concilio Vaticano II y con él un gran cambio en las celebra-ciones litúrgicas. Hasta esta fecha, durante más de siete siglos, la Orden del Carmen cuidó con mimos exquisitos el Rito Jerosolimitano. Mas ahora, con la traducción de los textos latinos a las lenguas vernáculas, era prácticamente imposible mantener el propio rito. Los documentos pontificios animaban al Pueblo de Dios a tomar parte en la liturgia y no se podía obligar a los fieles que se adaptasen a un rito particular.

Por el Ordinale de Siberto de Beka y otros documentos medievales sabemos que el canto del Oficio divino y de las misas solemnes ocupaba el lugar central en la jornada carmelitana hacia el 1300. En él de hecho se prescribe que todas las horas canónicas, tanto diurnas como nocturnas, se digan cantadas. Según las Constituciones de 1354, se levantaban a media noche a cantar Maitines to-dos juntos en el oratorio. De este modo toda la espiritualidad carmelita estaba encuadrada en el marco de la vida de la Iglesia por medio de la liturgia, la cual, profundamente vivida, era el alimento de la contemplación.

El Carmelo tiene toda una rica tradición de la trascendental importancia que siempre dio a la celebración del culto divino. Ello fue causa de la fundación de la gran iglesia que levantó en Lisboa el Bto. Nuño Álvarez de Pereira y de otras fundaciones y vocaciones muy preciosas.

En las Reformas Teresianas y de Tours, por el contrario, por dar más tiem¬po a la oración mental trataron de ir quitando brillo a las celebraciones litúrgi¬cas, aunque después, poco a poco, lo fueron restaurando de nuevo.

Sin embargo, los santos carmelitas amaron la oración litúrgica y vivieron de su espíritu. Por todas las citas que podíamos traer aquí baste esta tan bella de Santa Teresa de Jesús: «Contra la menor ceremonia de la Iglesia que alguien viese yo iba... me ponía yo a morir mil muertes» (Vida, 33, 5).

Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.



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