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Una reflexión sobre la visita del Papa a Colombia

El grupo de jóvenes carmelitas en la visita del Papa en Colombia

Padre Pedro Arenas, O.Carm

(Colombia - 12/09/2017)

La reciente visita del Papa Francisco a Colombia fue una bendición. Hace escasos dos días  regresó a Roma y aquí estamos experimentando como triste y difícil el poder volver a lo cotidiano, a estar sin él. Todo huele a Francisco. Todos continuamos pensando y diciendo algo de él. Habló la verdad del Evangelio desde su corazón al corazón de todos y todos lo entendimos, desde el más niño al más reacio. Colombia fue distinta. Por cinco días, después de más de setenta años, volvimos a sentirnos hermanos y a conmovernos con el sueño de poder vivir reconciliados. Parece que no hubiera oposición, cosa extraña en un país polarizado. Lloramos con él ante los testimonios del dolor y resistencia del pueblo. El fervor y la alegría de los millones y millones de creyentes católicos  que lo seguimos paso a paso, en vivo y por la televisión, se unió a la admiración, el silencio respetuoso, la simpatía y hasta la curiosidad de la mayoría del resto de nuestro pueblo. Los Carmelitas conmovidos, nos fundimos en esa multitud alegre y orante. Sólo sabemos  vivir en medio del pueblo. Como María junto a la Cruz, y después en Pentecostés, no tuvimos ningún protagonismo. Sólo presencia y espíritu.

Un día el Señor dijo de Natanael que era un verdadero israelita, y otro día que en nadie como en un  centurión  había encontrado tanta fe: ¡Vaya piropos!. Ayer una señora me llamó y me dijo que viendo al Papa había pensado mucho en nosotros, los Carmelitas, por la presencia sencilla y la manera de hablar. Pensé en aquel evangelio de "quién dice la gente que soy yo" que le cambió la vida a Jesús. Me sentí contento, lo confieso, y me reafirmo en que es el único camino que nos presenta el vivir en obsequio de Jesucristo y que nos lo recuerda Francisco. Ah, y en Cartagena, en su última eucaristía en Colombia, la imagen que estaba junto a la Cruz, era la de la Virgen del Carmen, la Estrella del mar, nuestra hermana.

Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.



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