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Las Formas de la Oración

Mariano Cera, O.Carm.

1. La oración de petición e intercesión

Jesús ha dicho cosas extraordinarias sobre la oración de petición e intercesión[1]. Las promesas de Jesús sobre la oración de petición son grandiosas y pueden parecernos hasta exageradas.

En el Evangelio encontramos no sólo frases sueltas aquí o allí, sino una completa teología de la oración de petición e intercesión.


a.      Orar con fe

Jesús al que ora le pide en primer lugar la fe: “todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis” (Mt 21,22). La fe es la llave de la oración.

Para pedir con fe, son necesarias convenciones profundas sobre Dios y sobre nuestra impotencia; se necesita una humildad profunda. Para Santa Teresa de Jesús, la humildad es la puerta de la oración.

No debemos poner límites a la omnipotencia de Dios, porque Jesús nos lo ha prohibido. Sus palabras son clarísimas y Marcos subraya un precioso detalle para entender cuando pedimos con fe: “Todo lo que pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis” (Mc 11,24).

Pedir con fe es comportarse con Dios como con un padre, evitando toda vacilación.

b.         Orar con constancia

Jesús ha dicho: “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá” (Lc 11,9). Pero a veces Dios se retrasa al responder. Esto es bueno, porque se maduran los problemas, hace crecer la humildad, refuerza la fe. No es que Dios tenga necesidad de la insistencia, somos nosotros los que tenemos necesidad de ella para curar nuestra superficialidad o irreflexión. Con frecuencia debemos ser curados del orgullo.

El “amigo inoportuno” (Lc 11,5-8) es la parábola mas bella de Jesús sobre la constancia en la oración.


c.      Pedir al Padre en el nombre de Jesús

Jesús lo repite con frecuencia, lo cual significa que es importante. La Iglesia lo ha hecho siempre. No hay oración litúrgica importante que no siga este camino: orar al Padre en el nombre de Jesús. “Lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre. Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado” (Jn 16,23; también Jn 14,13; 15,16; 16,2; 16,25).

Unidos e incorporados a Cristo, significa tener la mentalidad de Cristo, tener su amistad y, por tanto, pedir aquello que Jesús pediría y como Jesús lo pediría.

d.         Perdonar antes de orar

La oración es el amor de Dios que nos toca, pero si nuestro corazón no está preparado con la caridad, Dios no puede llegar hasta nosotros. Jesús nos dice: “cuando os pongáis de pie para orar, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre, que está en los cielos, os perdone vuestras ofensas” (Mc 11,25; también Mt 5,23).

Jesús entiende el perdón como introducción a la oración. Fuera de la caridad no hay verdadera oración.

La oración es experiencia de Dios, es acoger su amor. Quien no posee la caridad no puede acoger su amor, ¡el Padre es igual para todos sus hijos!


e.      Orar con los otros y por los otros

Jesús sólo ha enseñado a orar en plural. La oración-modelo del “Padrenuestro” está toda en plural. Jesús ha atendido muchas oraciones hechas en “singular”, pero, cuando enseña a orar, nos dice de orar “en plural”.

Orar con los otros y por los otros, tomar con interés las necesidades de los hermanos y, a la vez, reforzar nuestra oración individual con la oración de los hermanos; ésta parece que sea la enseñanza de Jesús sobre la oración: “Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están reunidos dos o tres en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,19). Y más: “No ruego sólo por estos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí” (Jn 17,20).

f.          Pedir en toda necesidad

Jesús no ha enseñado que por algunos problemas y dificultades podemos orar y por otros no. Jesús ha enseñado expresa y repetidamente que podemos pedir a Dios por cualquier problema y Él responderá:

“Todo lo que pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis” (Mc 11,24).

“Todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado” (Jn 14,13).

“Todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis” (Mt 21,22). Verdaderamente, no podemos poner límites al poder de la oración.

g. Pedir el Espíritu

Todo lo que Jesús enseña en la oración de petición e intercesión culmina en una cumbre: Cristo enseña a pedir al Padre la cosa más extraordinaria, enseña a pedir la suma de todos los bienes: el Espíritu Santo: “¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si le pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!” (Lc 11,11).

Jesús nos invita a abrirnos al Espíritu que vive en nosotros, a obedecer al Espíritu, a dejarlo expresarse en nosotros, a fin de que nosotros, en toda acción, podamos estar siempre movidos por el Espíritu.

2. La oración de acción de gracias

Jesús ha denunciado al hombre que no da gracias. Cuando vio que de los diez leprosos curados sólo volvió uno para darle gracias, exclamó: “¿No han sido curados los diez? ¿los otros nueve donde están?” (Lc 17,11).

El Señor espera nuestra acción de gracias[2] por todo lo que nos da. Pero en aquellos “nueve” estamos incluidos todos, porque todos somos culpables de ingratitud para con Dios.

Las Cartas de Pablo frecuentemente comienzan y concluyen con una acción de gracias, y siempre está presente el Señor Jesús: “En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (1 Ts 5,18); “sed perseverantes en la oración, velando en ella con acción de gracias” (Col 4,2).

También el libro de los Salmos está todo lleno de oraciones de acción de gracias.

Si toda la Biblia trae a la memoria la acción de gracias, es porque aprender a dar gracias significa aprender a vivir nuestra relación con Dios de una manera vital. Dando gracias a Dios, el hombre encuentra su propio equilibrio; se coloca en dependencia de Dios y coloca a Dios en su lugar, en preeminencia sobre todo.

Ponerse a dar gracias es un estímulo para encontrar los dones de Dios, y estos cuanto más se buscan más se encuentran.

La oración de acción de gracias es la oración más simple, no tiene necesidad de muchas palabras; a veces basta un pensamiento, una mirada, un “gracias”.

3. La oración de alabanza

“La alabanza es la forma de orar que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios. Le canta por Él mismo, le da gloria no por lo que hace, sino por lo que Él es. Participa en la bienaventuranza de los corazones puros que le aman en la fe antes de verle en la Gloria. Mediante ella, el Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios (cf. Rm 8,16), da testimonio del Hijo único en quien somos adoptados y por quien glorificamos al Padre. La alabanza integra las otras formas de oración y las lleva hacia Aquél que es su fuente y su término: “un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y por el cual somos nosotros” (1 Co 8,6).

“Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor” (Ef 5,19). La Eucaristía es, según las tradiciones de Oriente y de Occidente, el “sacrificio de alabanza”[3].

4. La oración del corazón

Al hablar del “corazón” no nos referimos al corazón físico, sino a la parte más íntima del hombre, donde reside la plenitud de su ser, donde el hombre encuentra a Dios y donde Dios puede encontrar al hombre. Es el manantial del cual brota toda la vida psíquica y espiritual del hombre.

Cuando hablamos de “corazón”, sería más lógico pensar en aquella “chispa divina” que, por el bautismo, todo cristiano lleva consigo, con la cual el hombre puede entrar en contacto directo con Dios.

Oración del corazón[4]es ponerse con sencillez delante de Dios en un profundo silencio interior, dejando aparte las palabras, imaginaciones, abriendo a Él lo más íntimo y profundo de nuestro ser, esforzándonos sólo en amar. Todo está en el amor. “Para mí, la oración –dice Santa Teresa del Niño Jesús- es un impulso del corazón, una simple mirada lanzada hacia el cielo, un grito de gratitud y de amor, tanto en medio del sufrimiento como en medio de la alegría”[5].

La madre que ama con infinita ternura a su niño y lo admira en silencio mientras el pequeño duerme, nos da una idea de la oración del corazón.

Oración del corazón es permitir al Espíritu Santo, presente en nosotros, amar a Dios en nosotros, con nosotros y a través de nosotros.

Sucede lo que expresaba genialmente C. de Foucauld: “Él me mira amándome, yo lo miro amándolo”.

Las obras de Santa Teresa de Jesús, de san Juan de la Cruz, de Santa Teresa del Niño Jesús y de la Beata Isabel de la Trinidad están llenas de la oración del corazón.

La oración del corazón, al principio, es bueno que no dure más de un cuarto de hora, porque es árida y cansada. Sólo cuando se convierte, por don de Dios, en sencilla y atrayente, puede alargarse sin perjuicio.

La oración del corazón no es aconsejable a los escrupulosos, a los meticulosos ni a los sentimentales, ni es apropiada cuando la salud está mal, porque, de hecho, exige mucho esfuerzo y mucha concentración. Cuando la salud no funciona, recuerda Santa Teresa, es más recomendable la oración vocal o la de acción de gracias.

Es superfluo hacer notar que el momento especial de nuestro día en el que la oración del corazón tiene un tiempo privilegiado es después de la comunión eucarística.

“La oración es el aliento del alma que ama a su Dios, es la actitud habitual del corazón que tiende a Dios, que quiere vivir con Él, que sabe que todo bien y todo auxilio vienen de Él”[6].

 


[1] Cf. CENTRO MISSIONARIO «P. FOUCAULD», Il cammino della preghiera (Cuneo 1979) 90-128. Este capítulo trae varios pasajes literales del libro.

 

[2] Ibid., 129-142

[3] CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, nn. 2939, 2641, 2643.

[4] Cf. CENTRO MISSIONARIO «P. FOUCAULD», o.c., 144­ 145.

[5] STA. TERESITA DEL NIÑO JESÚS, Ms C-XI, 25rº.

[6] GABRIELE DI S. MARIA MADDALENA, Intimità divina, 191, 1

Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.