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Mensaje Final del Capítulo General 2013 (Sassone, 3-20 Septiembre 2013)

84/2013

Mensaje Final del Capítulo General MMXIII de los Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo

“UNA PALABRA DE ESPERANZA Y SALVACIÓN” (Cf. Const. 24)

Nosotros, frailes carmelitas procedentes de todos los continentes del mundo, y reunidos durante el Capítulo General, en “Il Carmelo” de Sassone (Italia), del 3 al 20 de septiembre de 2013, saludamos a nuestros hermanos y hermanas de la Familia carmelita: la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y de nuestro Señor Jesucristo.

1.- Creemos que el amor creador de Dios, revelado definitivamente en Jesucristo, el Verbo Encarnado, a través de la fuerza del Espíritu Santo, nos llama a una continua transformación. Para recorrer este viaje de transformación, iluminados por la fe, se requiere un encuentro personal, tanto a nivel personal como comunitario, con Jesucristo, nuestra fuente de esperanza y salvación.

2.- A través de conferencias, reflexiones y trabajo de grupos, durante los días del Capítulo,  se nos ha recordado, y a su vez os lo recordamos, los serios problemas que nos interpelan: la compresión de nuestro mundo, discernir bien lo signos de los tiempos y obrar con sabiduría y gracia en los diferentes contextos donde vivimos. Para poder ofrecer un mensaje de esperanza allí donde estamos, se nos pide que seamos hermanos/as enraizados en la experiencia de Dios, personas de fe, esperanza y caridad. Para ser portadores de esperanza, se nos desafía a estar atentos y receptivos a nuestro mundo y a la Palabra de Dios.

3. Discernir los signos de los tiempos

Vivimos un período de rápida transición y en un mundo en continua transformación. Somos conscientes de que esas realidades, gestionadas por personas, son, al mismo tiempo, positivas y negativas. Lo que vemos, percibimos y conocemos allí donde nos movemos, nos pide que ofrezcamos respuestas desde un profundo discernimiento de los signos de los tiempos, interpretándolos a la luz del Evangelio. La situación mundial nos ofrece oportunidades para desarrollar nuevas formas de presencia, acompañamiento, diálogo y acción, inspirados por nuestro discipulado cristiano y carmelita. Sentimos la llamada a caminar con la gente de nuestro tiempo en las diversas experiencias de desarraigo, dominio, aislamiento, activismo y vacío espiritual, pero sólo cuando nosotros mismos estemos enraizados y en comunión con Jesucristo, y seamos un solo corazón y una sola mente en nuestra vida comunitaria.

4. Respondiendo a nuestro mundo

Nos damos cuenta de que, en cuanto al número, somos una Orden pequeña. Sin embargo, tenemos una gran historia y tradición espiritual de más de 800 años en la Iglesia, desde que recibimos nuestra Regla de S. Alberto de Jerusalén (del cual estamos celebrando el centenario de su muerte). Hemos experimentado, especialmente, durante los días con los representantes de otros grupos de la Familia carmelita, que hay un gran número de monjas, religiosas, eremitas y laicos que participan de nuestra espiritualidad. Estamos animados a responder de forma decidida y, al mismo tiempo, permanente a aquellas situaciones gravosas por las que atraviesan las personas que viven a nuestro alrededor. Lo que hemos compartido nos desafía a aportar algo a nuestro mundo, comprometiéndonos a:

a. Ser personas orantes

El Papa emérito, Benedicto  XVI, dijo: “Los carmelitas sois los que nos enseñáis a rezar”. El Papa Francisco nos ha desafiado para que reflexionemos profundamente en el valor de la oración. “Vosotros os definís como contemplativos en medio del pueblo…. La oración es el “camino regio” que abre la profundidad  del misterio de Dios Uno y Trino, pero es también el sendero estrecho que discurre en medio del pueblo de Dios, peregrino en el mundo, hacia la Tierra  Prometida. ¡Un carmelita sin esta vida contemplativa es un cadáver!”[1] En efecto, nuestra Orden es considerada con toda razón una escuela de contemplación. El Beato Tito Brandsma nos lo recuerda: “¡Dios está tan cerca de nosotros! Todo lo que existe, existe gracias a su obra y su presencia…. Deberíamos sentir su presencia y aprender de nuestros antepasados cómo se asociaron íntimamente con Él, hablaron con Él y le escucharon. Entonces la vida parecerá muy diferente”[2]. Con nuestro modo de ser tenemos que concienciar a las personas de que el Carmelo es un espacio para el encuentro y la búsqueda de Dios en el silencio y en la soledad. Nos sentimos llamados a construir comunidades orantes, cuyo principal ministerio sea enseñar a la gente a rezar en los lugares donde viven, a través de los ministerios en la red, y guiarlos hacia una cultura de la oración, por medio de nuestros discursos, de la celebración litúrgica (con un estilo participativo y contemplativo), de la práctica de la lectio divina, cuidando otros modos de oración... Apreciamos los monasterios de las monjas de nuestra Orden y nos sentimos orgullosos de ellas, pues nos recuerdan siempre los valores de la oración y la búsqueda de Dios.

b. Construir comunidad

Buscamos crear comunidades carmelitas donde se dé el encuentro con Jesucristo y con el prójimo. Comunidades donde haya confianza, amistad, sentimiento de pertenencia, hospitalidad, colaboración y corresponsabilidad. Vemos que el sano equilibrio entre oración y fraternidad conduce hacia la ternura y a la compasión. La integración entre oración y misión profética nos conduce hacia una conversión más profunda. La unión de la misión profética y la fraternidad nos lleva hacia la solidaridad con el pueblo. Por consiguiente, estamos llamados a renovar nuestro compromiso personal para ser fraternidades de oración y contemplación al servicio de la Iglesia y del mundo. Vemos que a la hora de construir la comunidad hay algunos elementos que son irrenunciables, a saber: la presencia en los actos comunitarios (oración litúrgica, comidas, reuniones de comunidad y encuentro fraternos), y el mantener un sano equilibrio entre la soledad y  la actividad.

c. Animación vocacional y formación inicial y permanente

Exhortamos a todos los carmelitas, personal y comunitariamente, a responsabilizarse en la animación vocacional: viviendo con alegría y autenticidad el estilo de vida carmelita; interesándonos en los ministerios con los jóvenes; participando en proyectos comunes de animación vocacional; colaborando con otros animadores vocacionales a nivel comunitario, provincial y diocesano, así como con otras órdenes religiosas. Al ser aceptado en el itinerario de formación carmelita, se inicia todo un programa de formación humana, intelectual, espiritual y apostólica que dura toda la vida. Instamos a que se escojan candidatos competentes para cursar estudios superiores en relación con nuestro carisma.

d. Cultivar el discernimiento.

Un valor profundamente cristiano y carmelita es el discernimiento. Haciendo de nuestras comunidades lugares de acogida, tenemos que renovar nuestra opción por el silencio, escuchando y discerniendo la voluntad de Dios en las situaciones de nuestra vida diaria y a través de las personas con las que nos encontramos. Teniendo en cuenta la sensación de fragmentación y desestructuración que experimentan muchas personas, urgimos a cuidar un sano equilibrio en nosotros mismos, en los demás y en cualquier situación, entre individualidad y comunidad, entre silencio-soledad y comunicación, entre oración y apostolado, entre mística y acción social. Los encuentros comunitarios son herramientas muy valiosas para ejercitarse en el discernimiento[3]. 

e. Tomar las decisiones correctas.

Para que nuestras presencias sean más significativas, deberemos promover valores como la responsabilidad, la escucha y el liderazgo responsable y servicial en todas las estructuras de gobierno carmelitas. Somos conscientes que nos tocará tomar decisiones difíciles, debido al continuo descenso de hermanos en algunas áreas, si bien es cierto que, en otras latitudes, se está experimentando un incremento. Sean cuales fueren esas decisiones, los principios que nos deberán guiar son: la fidelidad a Cristo, la fidelidad al carisma de la Orden y el discernimiento de los signos de los tiempos.

f. Participar en la misión

Nuestra misión es vivir nuestro carisma. El corazón de nuestro testimonio es comprender la dimensión contemplativa de la Orden,  para vivirla, cultivarla y transmitirla[4]. Seamos testigos de la fuerza del Evangelio mediante la transformación de nuestras vidas, dialogando abiertamente con los pobres, las culturas, las religiones, los sistemas... Las personas se sentirán atraídas por Cristo cuando perciban que nuestro Evangelio nos hace llevar una vida basada en la sencillez, en la solidaridad con los marginados, en la celebración de la unidad en la diversidad, en la creación de ambientes seguros para niños, jóvenes y adultos a los cuales servimos, etc. De este modo, esperamos poder contribuir, con nuestro propio estilo, a la nueva Evangelización a la que la Iglesia nos está llamando insistentemente.

5. Mantener viva la esperanza

La situación actual por la que atraviesa nuestro mundo no es motivo para la desesperación; más bien, lo que nuestra humanidad está viviendo nos ofrece la oportunidad de mostrar quiénes somos. Es como si el mundo nos preguntara: ¿Los carmelitas se mantienen firmes, aún cuentan algo? Debemos estar firmes y que vean que somos testigos auténticos y creíbles del Espíritu. Nuestra filiación adoptiva, como hijos e hijas del Padre, y nuestra fe en Cristo, en el poder del Espíritu Santo, son las que nos permiten ver tantas oportunidades escondidas detrás de estos desafíos. Cristo Jesús es la “Palabra de esperanza y salvación”, y es por ello por lo que esperamos, desde nuestro estilo de vida, aportar algo a nuestras comunidades y a los lugares donde vivimos.

Con María, nuestro modelo de inspiración, y con el profeta Elías, que se mantuvo de pie en la presencia de Dios, queremos aprender a esperar con “la esperanza y salvación” que vienen sólo del Señor. Nos encomendamos a su protección y guía mientras vamos de camino hacia el futuro.

“Il Carmelo”, Sassone (Italia), 20 de septiembre de 2013

 


[1] Carta del Papa Francisco al Prior General, P. Fernando Millán Romeral.

[2] Bto. Tito Brandsma, Fragmenten. In: Mystiek Leven. Editor: Bruno Brochert. Gottmer. Nijmegen, 1985, 159.

[3] Regla de S. Alberto, cap. 10 y 15.

[4] Carta del Papa Francisco, o.c.

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Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.