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Para el tercer centenario de la muerte del beato Angelo Paoli.

el beato Angelo Paoli

El tercer centenario de la muerte del beato Angelo Paoli ofrece a la familia carmelita una invitación para dar gracias a nuestro Dios y reflexionar sobre la vida de este hombre santo, formado en la escuela carmelita.

Nota biográfica.

Ángelo Paoli nació en Argigliano el 1 de septiembre de 1642. En una familia modesta, y desfavorecida económicamente, Angelo experimentó la pobreza desde temprana edad. Ingresó en el Carmelo en 1661, posteriormente, a la edad de diecinueve años, en 1667 recibió la ordenación como sacerdote. En los primeros veinte años Angelo pasa por muchas comunidades diferentes, con servicios muy simples y normales. En el año 1687, el Provincial lo envió a Roma al convento de San Martino ai Monti. Con esa decisión, se abre un capítulo nuevo en la vida del Bienaventurado. Permanecerá en ese convento hasta el final de su vida, que tuvo lugar el 20 de enero de 1720. Durante esos 33 años, Angelo se dedicó a la formación de novicios y descubrió el mundo de la pobreza en la ciudad. Con el tiempo, trabajar con los pobres y los enfermos se convierte en su pasión y su actividad principal. Roma había sido golpeada en esos años por dos terremotos y dos inundaciones del Tíber. El resultado fue la aparición de un número extraordinario de pobres y necesitados. Ángelo comienza a distribuir pan. Cientos de personas vienen todos los días para pedirle ayuda. Al mismo tiempo, no dejo de visitar a los enfermos en el hospital San Giovanni in Laterano. Angelo descubrió la forma de acercar el necesitado con quien tenía los recursos para ayudar haciéndose al mismo tiempo amigo de los pobres y de los pudientes.

El tipo de persona que era

En la historia de Angelo podemos ver todos los puntos esenciales de la formación carmelita y religiosa. La historia de sus movimientos de una comunidad a otra indica su obediencia y disponibilidad. Al mismo tiempo, cuando tuvo que permanecer en un lugar durante mucho tiempo, como lo fue su estancia en la comunidad de San Martino ai Monti, aceptó plenamente la voluntad de sus superiores. Sus días estuvieron llenos de compromisos con los enfermos, los reclusos o aquellos que acudieron al convento para buscar su ayuda. No obstante, dedicó mucho tiempo a la oración, y cuando se trataba de la Eucaristía, Angelo dedicó horas y horas a la celebración. Para él no era solo una cuestión de celebrar una misa y eso es todo, en la Eucaristía, como buen carmelita, encontró la presencia de la revelación del amor de Dios y siguió la misa en cada detalle, como participación en la obra de Dios, manifestada en la invitación del Señor a sentarse a su mesa. El Concilio Vaticano II pidió la participación plena, activa y consciente de los fieles en la celebración de la Eucaristía. Me parece que Angelo, así como otros santos de la tradición carmelita, realmente vivieron este tipo de participación ya antes de Concilio Vaticano.

Vemos su participación activa y consciente también en su devoción mariana. No fue suficiente para él hablar del escapulario, no fue suficiente para él distribuir el escapulario masivamente. Angelo cosió en su tiempo libre, fabricó los escapularios que luego dio a la gente. Cómo estamos acostumbrado a recibir cosas y bienes despersonalizados hoy, en el caso de Angelo, el Escapulario hecho a mano por él era una señal de un compromiso serio y personal con respecto a la devoción a la Virgen del Carmen.

Vemos el mismo tipo de compromiso en su forma de tratar a los enfermos. Su cercanía con los enfermos y los pobres no era ese tipo de deber minimalista que muchos pobres de hoy deben aceptar. En el caso de Angelo, hubo toda una atención personal, en la que identificó las diversas formas en que se podía mejorar la condición de la persona enferma o pobre. Al acortar distancias, no los trataba como objetos o como cargas, sino como verdaderos hermanos con los que podía compartir algo de la vida. En él, tal vez, vemos un atisbo de la existencia de empatía entre él y los pobres o los enfermos. La empatía es la calidad con la que las personas se sienten unidas en espíritu y comprensión, lo que les permite superar cualquier tipo de instrumentación o solución rápida y mecánica. Y al mismo tiempo, podemos vislumbrar otro aspecto del cuidado de los enfermos al que le damos gran importancia hoy en día, el de tratar a la persona de forma integral. No es suficiente tratar la herida en el cuerpo, también es necesario tratar el espíritu, las emociones, las relaciones familiares, la dimensión social. Este se convirtió en un ministerio muy especial que se asemeja a la idea moderna de un ministerio holístico, en el que Angelo reconoció que, para cuidar a los enfermos, se requería una atención multidimensional: cuerpo y alma, espíritu, emociones y relaciones sociales. En este ministerio Angelo ayudó a los enfermos a rezar, les repartía dulces y almendras azucaradas, trabajó con sus familias y donde encontró conflictos familiares trabajó para su reconciliación. Una novedad en su trabajo fue su atención a la música, poesía y el arte, y usó todo para levantar los corazones de los pacientes. . En esto también, Angelo se ve como religioso profético que anticipó los tiempos modernos.

Angelo Paoli también es recordado por la severidad de sus penitencias. Utilizó los métodos favoritos de la época, el ayuno y el cordón. Hoy podemos preguntarnos qué sentido puede tener ese tipo de penitencia. Es cierto que la verdadera penitencia muchas veces es enfrentar los desafíos de cada día sin quejarse, sin retroceder, recordando a un Jesús que no se retiró. Pero también es cierto que nosotros, los seres humanos, buscamos con demasiada facilidad nuestra voluntad en las cosas, y nuestro consuelo, nuestra posición y opinión, y para superar esa tendencia y dejar que la voz del otro, la voz del espíritu hable en nosotros, pueden servir las penitencias tradicionales. Todo lo que nos hace más disponibles a la voluntad de Dios debe considerarse positivo y, a veces, el sufrimiento autoimpuesto puede ser parte de esta forma de entender la vida cristiana.

Algo muy original en Angelo Paoli es el interés que tenía por la ciudad de Roma. Es algo que encontramos hoy en los escritos del Papa Francisco y en la espiritualidad de grupos como la comunidad de Sant’Egidio. En nuestro beato vemos a un verdadero ambientalista. Sufrió la idea del Coliseo, un lugar de martirio que se había convertido en un gran mercado, o peor aún, en un gran burdel. Tomó medidas para proteger el santuario y erigió una gran cruz visible para todos allí y en otras partes de la ciudad. En esto no debemos ver un acto de arrogancia y abuso de poder, sino el deseo de respetar la naturaleza de las cosas y crear un ambiente positivo a través del uso racional de los símbolos. Hoy esta dimensión debe cuidarse mucho. Por un lado, vivimos en ambientes altamente secularizados, por otro lado, la fe cristiana tiene una gran cantidad de símbolos profundos y significativos que pueden crear ambientes positivos que conduzcan al crecimiento humano, en cualquier lugar donde las personas se reúnan.

Como último punto, y quizás el más característico, recordamos su fe que le decía que quien quiera encontrar al Señor debe buscarlo entre los pobres. La atención a los pobres es una característica del Carmelo desde el principio. Se puede ver en la elección de los lugares, el tipo de apostolado, la dedicación a la educación de los pobres en muchos conventos de la Orden. Aquí en Angelo Paoli encontramos la personificación de la tradición, no solo en palabras, sino en actitudes y actos. Debe ser agradable llegar al final de la vida y ser recordado por su ciudad, su gente, su iglesia, como el "padre de los pobres", llorado igual por ricos y pobres y así fue para el santo, cuyo funeral se parecía al funeral del amado Juan Pablo II tres siglos después que llenò las calles de la ciudad.

Para aquellos que reciben el mensaje de la celebración de este centenario y sienten el deseo de participar de alguna manera, deseo una gran cantidad de gracias y luz, y le pido a Dios, que envíe su bendición, a través de la intercesión de María, a todos aquellos que mirarán la figura del Bienaventurado Angelo Paoli, con ganas de crecer en el conocimiento del amor de Dios para amar a los pobres y los enfermos y poder decir con él "mis enfermos".

P. Míceál O'Neill, O.Carm.

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Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.