Sant'Alberto di Trapani

Un Santo de ayer para hoy

Giovanni Grosso, O.Carm.

1. Las noticias biográficas

Alberto fue uno de los dos santos antiguos de la Orden del Carmen: por su santidad y por el ejemplo de su vida, se le llamó, junto con S. Ángelo, Pater Ordinis (Padre de la Orden).

No hay muchas noticias de su vida, pero quedan algunos indicios ciertos de la misma. La biografía más antigua fue escrita probablemente poco después de 1385 y fue la base de un segundo texto manuscrito, de autor anónimo carmelita, conservado en la Biblioteca Apostólica Vaticana. Poco después, otros se dispusieron a escribir sobre San Alberto: conocemos la biografías de Vin­cenzo Barbaro, Teodoricus de Aquis, de este último dependen las biografías de Giovanni M. de Po­lucíis de Novellara y la Legenda Áurea, obras todas del siglo XV. Algunas noticias fueron recogidas en el mismo período y se hallan en el elenco de los santos, bajo el nombre de Catalogus Sanctorum

La tradición confirmada por algunos documentos dice que San Alberto nació hacia mitad del siglo XIII en Trápani, de Benedetto degli Abbati y Giovanna Polizí, tras veintiséis años de matrimonio estéril; esta nota nos recuerda los grandes ejemplos bíblicos de Samuel (1Sam 1,1-2,11) y Juan Bautista (Lc 1,5-25; 57-80). La madre se lo ofreció al Señor y lo encaminó para que se consagrara a Él, manteniendo esta promesa frente a los deseos de su padre de hacerlo contraer matrimonio y que habría visto con más agrado, a fin de hacerlo heredero de la fortuna familiar.

Alberto ingresó en los carmelitas, ya presentes en su ciudad natal y de quienes su familia era bienhechora. Ordenado sacerdote fue enviado a Mesina. Sin embargo, algunos documentos lo hacen presente en Trápani el 8 de agosto de 1280, como testigo del testamento de Ribaldo Abbati; el 4 de abril de 1289 también fue testigo del testamento de Perna, segunda mujer del notario Ribaldo; mientras el 8 de octubre del mismo año firmó como testigo el contrato de enfiteusis de algunas tierras en favor de Palmerio Abbati, militar.

A Alberto se le recuerda como hombre de oración, predicador célebre muy solicitado en toda Sicilia. En un documento relativo a una donación de Palmerio Abbati en favor de Doña Perna del 10 de mayo de 1296, se le menciona como Provincial de Sicilia.

No se tiene memoria de la participación de Alberto en algunos acontecimientos cruciales vividos por la Orden en aquel período, o cómo contribuyó a la consolidación y desarrollo de la misma, pero ciertamente su obra como predicador y hombre caritativo, de fraile de una gran experiencia de Dios, capaz de reconocer las necesidades de los hombres, hizo que creciera la estima hacia la Orden en Sicilia. No es sólo por su antigüedad por lo que se le ha atribuido el título de Pater Ordinis.

Alberto murió en Mesina el 7 de agosto de 1307. El año no es del todo seguro, pero es verosímil. La tradición recuerda el episodio de la disputa surgida entre los clérigos y el pueblo en el momento de celebrar las exequias: el afecto y la devoción popular deseaba celebrar a Alberto como Santo, mientras que los clérigos preferían una misa de exequias normal. La leyenda cuenta que en medio de la disputa, aparecieron dos ángeles que entonaron el Os justi, antífona de entrada de la Misa de Confesores, como si dieran razón al sentimiento popular y confirmaran la fama de santidad de Alberto.

La traslación de las reliquias se realizaría en 1309 o en 1317, como es lo más probable. El cráneo fue trasladado de Mesina a Trápani por el Provincial Cataldo di Anselmo, de Erice. Las reliquias de San Alberto se distribuyeron por todas partes. Por toda Sicilia se recuerda la memoria de su paso y de los milagros realizados por Alberto: en Agrigento existe el pozo cuyas aguas se volvieron dulces por obra del santo; en Corleone se conservaba el recipiente del ajenjo; en Petralia Soprana una piedra donde habría descansado; en Piazza Armerina se habría erigido la primera capilla en su honor.

2. San Alberto y la palabra de Dios anunciada

San Alberto ha sido representado muchas veces con un libro abierto en las manos, o con en el Niño Jesús en los brazos. No es una casualidad: ambos atributos icnográficos indican al predicador del Evangelio, y San Alberto lo fue. Sin embargo, para poder ser un enviado auténtico, es necesario haber encontrado a Jesucristo y esto es sólo posible a través de la escucha de la Palabra. El contacto habitual con la Sagrada Escritura, o en la Lectio Divina cultivada con pureza de corazón y disponibilidad a la acción transformante del Espíritu, hizo que San Alberto pudiera anunciar el Evangelio. También de él se puede decir lo que la gente decían de Jesús: “Estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad, y no como sus escribas” (Mc 1,22; cfr. Mt 7,28­29; Lc 4,32).

De San Alberto se recuerda su capacidad extraordinaria para hablar a la gente con convicción y claridad. No sabemos si estudió en alguna Universidad, o si - como sería lo más probable - su formación fuera de tipo monástico. En ambos casos tenemos la centralidad de la Palabra de Dios, la lectura sabia, continua y apasionada de la Sacra pagina, como se denominaba a la Biblia en aquel tiempo. Formado en la Biblia y en el Evangelio, Alberto asimiló su espíritu y fue capaz de traducirlo, es decir, de transmitirlo de modo atrayente y eficaz, para que fuera luz e inspiración para aquella época.

Una de las características de las nuevas familias religiosas nacidas a finales del siglo XII y posteriormente, fue la predicación popular: ésta no se llevaba a cabo en asambleas litúrgicas o en lugares y momentos considerados hasta entonces como sitios oficiales para la predicación; el ministerio de la predicación, hasta entonces obligación propia de los Obispos o de sus Delegados oficiales, fue asumido por frailes sencillos, e incluso por laicos. También los carmelitas desde el principio, y principalmente después del Concilio II de Lión (1274), se dedicaron a esta actividad considerándola como una verdadera y propia vocación de servicio al pueblo de Dios. Por lo tanto, los primeros santos de la Orden, San Alberto y San Ángelo, fueron dos predicadores insignes, de San Ángelo, incluso, se dice que encontró la muerte a causa de las denuncias dirigidas a un hombre de vida disoluta durante un sermón.

Concluíamos la reflexión anterior diciendo que San Alberto aparece como un verdadero discípulo del Señor, testigo auténtico de su encarnación, pasión y resurrección. De hecho, empleó gran parte de su tiempo y de sus energías como predicador. Su predicación era confirmada con los prodigios que realizaba: no sólo anunciaba el Evangelio, sino que curaba a los enfermos, daba la vista a los ciegos, expulsaba demonios (cfr. Mc 16,9-20). La palabra anunciada se materializaba en gestos de solicitud hacia los que verdaderamente la necesitaban, además de inculcarles una nueva vida. Su llegada a algún lugar era ya de por sí el anuncio de una buena noticia, un Evangelio. Su vida simple y coherente hablaba por sí misma, hablaba de Cristo y del don de su salvación y de su gracia. La transparencia de su vida le permitía traducir la palabra en gestos concretos: incluso en esto se manifestaba su devoción a la Virgen santa: como la Virgen María, que supo dar vida a la palabra, él era un “engendrador de Dios”, como diría muchos siglos más tarde su hermano en religión, el Beato Tito Brandsma.

Por otra parte, su atención a las necesidades elementares y primarias de las personas a las que se dirigía, era un fuerte indicador de su capacidad de hablar a aquéllos que necesitaban más que los otros del anuncio del Evangelio. La predicación de San Alberto no se dirigía a un público superficial, atento más a las formas elegantes de hablar que al contenido vital de la predicación. El carmelita iba al núcleo central: corría hacia los hombres y mujeres que tenían necesidad de una palabra de salvación, de vida, de esperanza y a ellos, a los últimos, se dirigía con la fuerza del amor, de la fe, de la esperanza. Por eso, su palabra resultaba eficaz y fuerte, capaz de producir efectos extraordinarios de curación interior y exterior, por lo que es venerado como taumaturgo.

3. San Alberto hombre de la pureza

Otro atributo icnográfico de San Al­berto es un lirio blanco, símbolo de la pureza. Esto quiere decir que su vida resplandecía como ejemplo de candor y de virtud, reconocido y venerado por el pueblo de Dios como don y como ejemplo para todos. La castidad de Alberto se convirtió en una expresión luminosa de una opción radical, definitiva y total por Dios.

Otros dos elementos de la leyenda de San Alberto, de modo diferente, se refieren al valor mismo de la pureza. Se cuenta, que la madre, Giovanna, agradecida al Señor que se lo había concedido después de tanto tiempo de espera, deseaba para el hijo una vida de total consagración a Dios. El padre, sin embargo, habría preferido verlo casado, tal vez con la hija de algún comerciante rico y noble: modo habitual para mejorar la condición económica de la familia, además de asegurar para el hijo un futuro cómodo y rico en perspectivas. La leyenda continúa diciendo que el joven, puesto frente a la elección, prefirió las intenciones espirituales de la madre a las miras utilitaristas del padre, el cual fue convencido por su misma esposa.

Si esto no bastara para manifestar la opción radical por Dios, la leyenda narra la tentación a la cual fue sometido el novicio Alberto. Una joven agraciada habría tratado de conquistar su favor, apartándolo de la decisión tomada. Pero, como se sabe, el diablo hace los cálculos, pero se le escapa lo esencial: el engaño del tentador fue descubierto por Alberto, que reconoció el verdadero rostro del mismo, no disimulado del todo en las apariencias de la joven. El novicio se apresuró a rechazar y pisotear al demonio, confiándose en el auxilio divino. En algunas pinturas se representa a Alberto que pisotea al demonio disfrazado con formas femeninas, pero con pezuñas, indicando su verdadera naturaleza y en señal de victoria. ¡Atención! la imagen no se interpreta como señal de desprecio hacia la mujer, de su dignidad o de su belleza ¡todo lo contrario! Basta pensar a cuantas mujeres se dirigió Alberto para ayudarlas, consolarlas o curarlas en el cuerpo o en el espíritu. La narración se entiende en términos simbólicos: incluso las realidades más bellas se pueden convertir en tentaciones, si nos apartan de la voluntad de Dios o de la propia llamada. No existe una narración, pero podría hacerse, de la historia de una joven llamada al matrimonio y que fue disuadida y convencida por el demonio para que entrara en un monasterio. Incluso en este caso, ceder a la tentación ¡sería nefasto!

Tanta insistencia sobre este punto no es casual: se trata de modos figurados – y esto vale tanto para las pinturas como para las “imágenes” de la leyenda – de narrar una característica de San Alberto que, como verdadero carmelita, era un seguidor de la Virgen María, la Virgo purissima. La «pureza» vivida por Alberto no es solamente un hecho físico, sino ante todo, espiritual; no se trata de una castidad vivida como renuncia al amor humano o a la fecundidad natural. Sirve, más bien, para traducir en términos existenciales la opción radical por Dios y por su designio de salvación, el cual exige plena disponibilidad y dedicación. Alberto se dejó seducir por Dios; se puso a su total servicio; le entregó su vida y sus capacidades; acogió su llamada como un don y como un compromiso de vida.

La pureza de San Alberto expresa su plena conformidad a Cristo, la adhesión simple y total a su palabra de vida, la transparencia con la cual su persona manifestaba y comunicaba la opción fundamental por Dios. Como María, San Alberto supo acoger la Palabra que le fue dirigida y supo hacerla viva, actual, en su experiencia vital. Su persona se hizo tan transparente, por obra del Espíritu Santo, que las palabras y los gestos servían para hacer explícito el testimonio de la acción Salvadora que el Señor continúa realizando a través de la acción de sus discípulos.

4. San Alberto hombre de la pobreza

No hay duda que San Alberto profesó y vivió la pobreza. Prueba de ello es la decisión de ingresar en la comunidad de los carmelitas, enmarcados ya dentro del gran grupo de frailes mendicantes, es decir, de aquellos religiosos que no hacían depender su subsistencia de ganancias o rentas seguras, sino que daban importancia a la sencillez de vida, a la “mendicidad incierta”, yendo a predicar y comiendo lo que la gente le ofrecía, según la posibilidad o la generosidad. Ponían todas las cosas en común y compartían todos los bienes, considerándose hermanos, y por lo tanto, miembros de la misma familia, a la cual proveía el Padre común.

San Alberto había hecho de la pobreza una determinación auténtica de su vida: su procedencia de una familia acomodada y de una cierta ascendencia, no fue obstáculo para ello. Podría haber elegido otro estilo de vida, entrando en el clero de la ciudad, en alguna abadía, o formar parte de los canónigos. Eligió estar junto a los menores, a los últimos de su tiempo, compartiendo con ellos su estilo y su condición de vida. Esto no quiere decir que no conservara la experiencia y los conocimientos familiares: tal vez hiciera uso de ellos en alguna ocasión. Por ejemplo, en el episodio del embargo de Mesina, San Alberto quizás echara mano del algún apoyo influyente que le ayudara, haciéndoles llegar víveres a la ciudad. Está claro que lo que impulsó en aquella ocasión fue el hambre de la gente y el sentido de responsabilidad hacia aquellos que en aquel momento tenían verdaderamente necesidad de ayuda. El precepto evangélico de dar de comer al hambriento estaba antes que cualquier oportunismo, cálculo o seguridad.

La pobreza evangélica implica la lucha por la vida, la justicia, la verdad, la paz. San Alberto, pobre por elección personal, sabía reconocer la auténtica necesidad de las personas que tenía alrededor y había aprendido a intervenir con caridad evangélica según las circunstancias.

Un aspecto correlativo a la pobreza, y como consecuencia de la misma, era el de la penitencia o el de la austeridad de vida propio de la Orden del Carmelo, muy cercana aún a los orígenes. La tradición recuerda al menos dos hechos unidos a esta dimensión práctico- espiritual de la vida de Alberto: el frasco de ajenjo que se conservaba en Corleone y la piedras de Petralia Soprana, donde habría descansado. Esta última nos abre una rendija sobre la vida del santo, a menudo andando por los caminos desiertos de Sicilia, para predicar, curar, aconsejar, sanar espíritus. El carmelita podría haber podido gozar de algún alojamiento mejor, no le faltaban amigos y apoyos familiares que habrían podido darle hospitalidad. Sin embargo, elegía viajar como un pobre. Pobre entre los pobres, buscaba alojamientos improvisados para cobijarse durante los viajes: los establos, las grutas y los refugios naturales no les eran extraños.

El ajenjo se había convertido en un alimento habitual en los días de penitencia, el viernes por ejemplo. San Alberto lo mezclaba con las comidas o con las bebidas, haciéndolas así menos agradables al gusto. Era otra manera de mortificar los sentidos. Hoy tenemos otra relación con la comida y el concepto de penitencia es distinto; sin embargo, no sería justo juzgar el modo de obrar de aquella época. Todavía es válido como signo de una vida austera y pobre que va a lo esencial, sin perderse en cosas inútiles y empeñada en la construcción de relaciones auténticas, jamás utilitaristas con los otros y con la realidad circundante. Los pobres evangélicos, como San Alberto, saben que no pueden contar con otra ayuda fuera de Dios y de su gracia; aceptan y reciben como un don lo que reciben de los hermanos o de las hermanas, sin pretender nada, y lo agradecen todo. La pobreza evangélica hace capaz de reconocer las necesidades de los otros y proveer a ellas con generosidad.

5. San Alberto hombre de la caridad

La santidad se manifiesta principalmente como vía cristiana vivida en plenitud, sobre todo en la dimensión de la caridad. Juan Pablo II en la Encíclica Novo millennio ineunte definía la santidad como “medida alta” de la vida cristiana ordinaria” (n. 31). Esto vale también para San Alberto de Trápani. Él también forma parte de aquel grupo de santos recordados y venerados por su vida radical, intensa, empeñada, en todas sus dimensiones, especialmente en la atención generosa hacia las necesidades de la gente de su época.

San Alberto, fraile carmelita, fue verdaderamente hermano para muchas hermanas y hermanos, que se dirigían a él porque lo reconocían como hombre de Dios, capaz de manifestar la grandeza del amor de Dios hacia ellos en situaciones delicadas o de difícil solución. Alberto fue el hombre de la caridad concreta y generosa en más de una ocasión, atento a las necesidades de todos, especialmente de los más pobres. No es un caso al azar que se narre, entre los muchos milagros obrados por el santo, que muchos de ellos fueran realizados a mujeres que sufrían a causa de enfermedades; incluso a los hebreos, los cuales una vez curados se convertían al cristianismo, reconociendo en la intervención de San Alberto la mano del Mesías Jesús.

La caridad de Alberto se manifestaba en situaciones bastante diferentes, que pueden clasificarse en tres grandes grupos: un primer grupo, gestos que están relacionados con la colectividad o con problemas de tipo social; un segundo grupo, enfermedades físicas; un tercero, problemas psicológicos o espirituales. En éste y en el próximo apartado trataremos de los tres grupos.

La primera dimensión está en relación con la esfera social y comunitaria. La tradición narra al menos dos intervenciones milagrosas ocurridas en la ciudad de Mesina y de Agrigento y que tuvieron como objetivo el alivio de la población con problemas sociales.

El primero y más famoso está en relación con la ruptura del embargo impuesto por Roberto de Calabria (después rey de Nápoles) a la ciudad de Mesina en el 1301: por intercesión de San Alberto algunas naves – de una a doce, según las diversas narraciones – consiguieron romper el asedio naval y llevar víveres a los hambrientos ciudadanos. Este episodio se recuerda en una fuente ajena a la Orden: de ello se trata en el cap. X de la Crónica del Anónimo Romano, conocida con el título de Vida de Cola di Rienzo. Además del alivio que supuso para la ciudad extenuada, la intervención de San Alberto fue un signo evidente de paz: ¿por qué es siempre la gente sencilla la que tiene que sufrir a causa de las luchas y facciones de los poderosos? El dominio del Estrecho de Mesina, la unificación del reino de Nápoles, la hegemonía de Europa, todos eran intereses que no afectaban a los habitantes de la ciudad de Mesina. San Alberto se hizo portavoz de una exigencia, a la que no se prestaba atención de otro modo, consiguiendo hacer menos pesada para muchas familias esta situación de guerra.

En Agrigento, el santo habría convertido en dulces las aguas de un pozo, de lo que aún se conserva la memoria. En este caso es bueno recordar la clara referencia al pozo de Jericó saneado por el profeta Eliseo (cfr. 2Re 2,19-22). El carmelita Alberto es hijo de aquella estirpe profética nacida de Elías, del cual Eliseo fue el heredero directo. Muchas personas pudieron recoger agua potable y buena sin dificultad; en aquellos tiempos la distribución del agua a domicilio estaba fuera de toda imaginación. El agua es uno de los bienes más preciados de la creación y no siempre está disponible para todos. Muchas veces son los intereses particulares, no siempre confesables, los que han hecho del agua un arma de chantaje o de opresión, un instrumento de poder. El gesto profético de San Alber­to nos recuerda la sacralidad del agua y su destinación para la vida de todos sin exclusión.

La caridad de San Alberto tiene una dimensión del todo personal: muchas veces lo encontramos tratando de curar a enfermos del cuerpo o del espíritu con la delicadeza y atención, cosa que caracteriza siempre a las personas espirituales. La curación de los males físicos, la dirección espiritual y la práctica del exorcismo son tres aspectos complementarios en la vida del santo. El anuncio del Evangelio compromete a toda la persona, y esto se traduce en curaciones y en liberaciones interiores o exteriores, de cualquier género de impedimentos que obstaculizan una vida plenamente humana y espiritual.

Enfermedad, sufrimiento, dolor, son siempre situaciones que quisiéramos evitar porque nos crean incomodidad y las afrontamos generalmente de mala gana; cuando esto sobreviene a personas que son ya débiles, física, moral o socialmente, se agravan más para poder soportarlas. Los jóvenes y las mujeres eran categorías necesitadas de atención y de cuidado de un modo especial, abandonadas como estaban por la sociedad de aquel tiempo. Alberto estuvo junto a ellas, se puso a su disposición, ofreciendo ayuda concreta y real a quienes necesitaban ser curados y no tenían otra posibilidad sino la de volverse a Dios. Alberto, hombre de Dios, manifiesta su ternura materna y cura los males de los hijos e hijas más débiles.

Se recuerdan diversas curaciones realizadas en personas vivas y resurrecciones de muertos: en Palermo, un muchacho que se quedó ciego jugando con su hermana, comienza a ver y se hace fraile carmelita; otro joven de Lentini, curado gracias a la fe de la madre que lo había cubierto con una prenda del santo, se haría también religioso, pero la gratitud y el reconocimiento no son siempre signos de verdadera vocación, de hecho algún tiempo más tarde este último abandonó la Orden. La curación física se traduce a veces en un acompañamiento y en un discernimiento espiritual de cara a tomar una decisión en la vida.

Una mujer de Trápani fue ayudada por el santo durante un parto difícil en el que estaban a punto de morir tanto ella como su hijo: Alberto consiguió aliviar a la mujer, que dio a luz felizmente una hija. No es de extrañar que las mujeres se volvieran al santo para ser curadas de absceso mamarios, de fiebres, sobre todo las del parto, causa entonces de muchas muertes a la hora de dar a luz por la falta de higiene. La muerte de una mujer, de una esposa, de una madre, además de ser dolorosa para quien la padecía prematuramente y para sus seres queridos, constituía una calamidad social no indiferente; la mortalidad infantil y la de las madres, bastante alta en aquel tiempo, hacía que Alberto se pusiera al servicio de la vida y de la serenidad familiar.

No atendía solamente el aspecto físico. San Alberto tuvo siempre con el demonio una cuenta abierta; además de afrontarlo en batallas personales, fue también exorcista. Una vez en Licata, una mujer se dirigió a él para que liberase a su hija, de la que tenía sospechas de estar poseída por el demonio. El santo fue a la niña y consiguió liberarla de la presencia maligna con un gesto de humildad, poniendo la otra mejilla después de haber sido abofeteado por la joven en la otra. Una persona es plenamente libre cuando todas sus dimensiones – cuerpo, alma y espíritu – se vuelven hacia Dios y hacia su amor. Aún cuando estas cosas son permitidas raramente por Dios, la posesión diabólica impide llevar una vida plena; el hombre de Dios puede devolver la consistencia, el dominio de sí y la docilidad a la voluntad del Señor. Lo que importa de aquellos gestos, más allá de su parte histórica y de su significado, es que hacen aparecer en San Alberto al santo, al profeta, al hombre de Dios, que resplandece todavía hoy ante nosotros como hombre nuevo, plenamente evangélico, unido al Señor y compenetrado con su Palabra, y que hace de cada gesto una prolongación eficaz y elocuente de la acción sanadora y liberadora de Cristo.

6. San Alberto y los hebreos

Actualmente existe otra mentalidad respecto a la relación entre cristianos y personas de otras religiones, muy distinta de lo que se usaba en un pasado no muy lejano, e incluso en muchos ambientes religiosos y culturales. La fe es una realidad tan íntima que implica a toda la persona y le da un sello especial, orienta su visión del mundo y sus miras personales, sena del tipo que sean. También la cultura y el ambiente social influyen no poco en el modo de concebir la propia religión y la de los demás. Hoy, sobre todo, el Occidente secularizado está enfermo por el relativismo, para el cual no existe solamente una verdad y los principios morales están sujetos a la crítica y a la criba exclusiva y soberana de la conciencia (¿o de la oportunidad?) personal; por esto, muchos creen que es indiferente o banal cualquier forma de expresión religiosa.

El problema es serio y no se resuelve solamente en términos propagandísticos, recurriendo a slogan o a cruzadas. Por otra parte, no se trata sólo de dialogar – conocerse, acogerse, apreciarse – sino de anunciar el Evangelio con un testimonio auténtico. Esto significa ponerse al lado de todo hombre o mujer, respetando su dignidad, apreciando su punto de vista y su cultura, adaptándose a sus tiempos y ritmos. Hace falta, sobre todo, anunciar nuestra experiencia de la Resurrección de Cristo de la muerte, de la salvación y de la vida nueva experimentada por medio de la unión con Él en la Iglesia, y descubriendo que el valor universal de la Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo comprenden también el don del Espíritu Santo a la humanidad, el cual actúa en la vida de cada persona antes, incluso, del anuncio evangélico explícito. De modo especial esto se aplica a nuestra relación con la religión judía: Juan Pablo II se dirigió a los judíos llamándoles “nuestros hermanos mayores” con una actitud totalmente distinta de cuando eran considerados como “pérfidos” y “deicidas”. ¿Cuál fue la actitud de San Alberto?

Al menos en dos ocasiones distintas tuvo que ver con los judíos. Una vez el santo salvó a tres de ellos que estaban a punto de ahogarse cerca de Agrigento; otra vez curó de epilepsia a un muchacho judío de Sciacca. En ambos casos la leyenda habla de una profesión de fe pública y del consiguiente bautismo por parte de ellos. ¿Se entienden estos episodios como ejemplos de evangelización, de diálogo, de proselitismo, o como conversiones forzadas? El tema lo tocamos sin prejuicios, teniendo presente la mentalidad de la época en su contexto histórico. A lo largo de la historia se recuerdan momentos en los que hubo una gran relación entre los judíos y los carmelitas. El convento de Tolosa fue fundado sobre un terreno donado por un judío agradecido a la Virgen María, por cuya intercesión había sido curado. Diversas leyendas, a más de aquella relacionadas con San Alberto, narran relaciones más o menos normales entre carmelitas y judíos. Algún convento estuvo situado en el barrio judío y llegó a ser un lugar de predicación y de conversión. Aún se recuerdan episodios muy interesantes del respeto por los miembros del pueblo del que habían formado parte Jesús y María: en Francia, en la Reforma de Touraine (ss. XVII-XVIII), los maestros invitaban a saludar con respeto a los judíos, y el Ven. Al­berto Leoni (m. 1642) reprendía a sus novicios cuando habían despreciado a alguno de ellos por la calle.

Quizás haya influido como un ejemplo San Elías: Alberto y los carmelitas tenían como punto de honor anunciar la fe verdadera a los miembros del pueblo elegido a imitación del profeta (1 Re 18,20-40). Este tema se coloca hoy en el plano del dialogo y del reconocimiento de los fundamentos comunes, de preocuparnos juntos del anuncio de la fe; pero el ejemplo de San Alberto nos recuerda que el testimonio fundamental consiste en la caridad auténtica, delicada y generosa. Sólo el que se hace “todo a todos” (1 Cor 9,22) es capaz de hacer experimentar la salvación de Dios y favorece el encuentro personal con Cristo.

7. San Alberto devoto de Maria

Que San Alberto tuvo una devoción profunda a la Madre del Señor, está atestiguado por más de una de las leyendas antiguas; sería, por otra parte, muy extraño que un carmelita de las primeras generaciones no poseyera esta nota mariana de la Orden. No podemos atribuir a Alberto todas las características de la piedad mariana desarrollada por el Carmelo en los siglos posteriores. Podemos indicar, sin embargo, algunas muy comunes a su tiempo y que se encuentran en textos de la misma época.

María fue venerada por los carmelitas en sus orígenes como la Señora del Carmelo (del lugar donde surgió el eremitorio inicial) y de la Tierra Santa, ya que era la madre de Cristo, Señor feudal de aquella tierra conquistada con el precio de su sangre. Por este motivo, además de la opción, debida al contexto teológico y eclesial, que hacía que se tuviera a María como punto de referencia espiritual para los que trataban de comprometerse con la reforma de la Iglesia, los carmelitas le dedicaron el oratorio construido en medio de las celdas y así se dedicaron al servicio de la Virgen.

En Ella vieron a la mujer nueva, obediente a la Palabra de Dios, dispuesta a discernir su voluntad plenamente y a realizarla con pureza y humildad. En este contexto resulta natural contemplar la virginidad de María y asimilarla como pureza: virtud interior, psicológica y espiri­tual antes aún que física, que constituye uno de los puntos fuertes de la espiritualidad de San Alberto. La obediencia a la Palabra de Dios, traducida en obediencia al superior, en vida fraterna desarrollada plenamente con ánimo puro y transparente a la luz de Dios, capaz de contemplar la belleza de su voluntad y de traducirla con libertad y fantasía en la vida cotidiana. La página de la Anunciación se convierte en este contexto en una de las referencias naturales y significativas que atrajeron a los carmelitas de la primera generación.

Por consiguiente, la Madre del Señor se la contempla como “toda hermosa”, que realiza la novedad traída por su Hijo. Es la mujer nueva, evangélica, el prototipo de todo cristiano, auténtica «nueva Eva», verdadera madre de los vivientes y de los creyentes. La belleza abraza la existencia toda de María, por eso es Inmaculada, elevada al cielo, plenamente asociada a la santidad radical del Hijo y resucitada con Él. No nos maravilla, pues, que los Padres de la Iglesia, y posteriormente los escritores medievales, incluido los carmelitas, reconocieran en la nubecilla que subía del mar e impetrada por la oración de Elías (1 Re 18,44), una imagen de María Inmaculada y elevada a los cielos.

Una antigua tradición une a San Alberto con la imagen de la Madonna di Trápani: podría haber sido realizada y llevada a Trápani cuando el santo era Provincial de Sicilia. Es difícil decir cuál sea el fundamento de esta tradición, pero en la belleza de la imagen de mármol pintado en el busto de la Virgen, que tiende la mirada al rostro de su Hijo, en la sonrisa dulce y triste al mismo tiempo, se pueden adivinar algunos reflejos de la sensibilidad con la que Alberto tuvo que haber contemplado a la Madre y Hermana de los carmelitas. En la mirada de afecto del Niño hacia su madre, pudo haber reconocido el reflejo de la propia devoción, del amor tierno e íntimo, nada empalagoso sino comprometido y exultante de quien sabe que, amar y venerar a María, es desear seguirla a la plena adhesión del proyecto de salvación del Padre por la humanidad. Ser devoto de María significa hoy, como en tiempos de San Alberto, sentirse acompañado y sostenido en el camino de la fe, recorrido concreto de caridad humilde y silenciosa a los hermanos y hermanas, y abierto a la esperanza de la vida nueva y plena que Cristo nos concede con su Espíritu.

[Artículo tomado con licencia de la revista Rallegratevi, N. XIX, VI, enero-marzo 2006, pp. 2-10.]


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Última revisión: 31 octubre 2006